¡Ay, Vive Latino! Pronto tienes que volver (Parte 1)
La segunda jornada del festival premió a aquellos que visitaron el autódromo y ofreció emociones desde la voz angelical de Silvana Estrada, la actitud del líder de James sin olvidar a los miles que salieron del clóset a rayar el sol
Ciudad de México, 25 de marzo (MaremotoM).- ¿Van para el Vive Latino?, nos preguntó un hombre con traje de Batman. Sí, respondimos.
Segundos después surgió de los altavoces del convoy del metro que teníamos que descender en la siguiente estación porque los trenes solo dan servicio hasta Velódromo. Era una advertencia. Una amenaza. Otra vez caminaríamos casi dos kilómetros hasta el autódromo para llegar a la puerta 15 por las acreditaciones. Había tres camisetas con una margarita dibujada y la leyenda James. La algarabía me provocaba mareos y me empujaba hacia un hambre rara, extensa. Recorreríamos, por segunda vez en el fin de semana, todo el autódromo como si de un parque de diversiones se tratara, símil que queda perfecto si tomamos en cuenta la gran rueda de la fortuna Amazon que instalaron entre las carpas.
Unas horas antes, para “matar el tiempo” (el cartel del domingo del VL24 me resultó más demandante que el del día anterior y el plan era comenzar desde las dos de la tarde con el punk de Alí Gua Gua, Jenny Bombo y Roxxxy Glam), tuve que llevar de emergencia a mi gato al veterinario porque al muy león se le ocurrió que era una buena idea sacarse un tiro con un gato callejero y terminó con un hoyo bajo el brazo, cuando lo descubrí volteó y con su mirada —ojo grande y vidrioso, pupila dilatada, como el gato de Shrek— me dijo que al otro le fue peor. Ingenuo. Una vez más hice uso de ese hermoso y único talento que poseo, llegar tarde a todas partes. Me perdí otra presentación de la edición de este año. La última de Las Ultrasónicas.
La salida del metro no parecía, era una convención de amantes de la música. Una horda de adoradores de todos los géneros, con gorras y bermudas, algunos con sombreros y con camisetas de bandas unos cuantos elegidos, se daban cita en el la salida del metro para el acontecimiento pre primaveral del año. El Vive Latino 2024. Por mi parte, obedecí el llamado, desde que ví el cartel me juré que en el escenario donde se para Timothy John Booth ahí estaría yo para montar guardia.
Caminamos todo Viaducto hasta la puerta seis. Antes de cruzar el umbral que separaba a los melómanos del resto de los normales me topé a un cantante de la tercera edad en silla de ruedas, pedía unas monedas a cambio de una versión covereada de “Cómo te extraño mi amor”, la de Leo Dan: “Cómo te extraño, Vive Latino, ¿por qué será? / Me falta todo, en la vida, si no estás / Cómo te extraño, Vive Latino, ¿qué debo hacer? / Te extraño tanto que voy a enloquecer. / ¡Ay, Vive Latino, divino! / Pronto tienes que volver…”. ¿Alguien quiere preguntar a Jordi Puig si se puede considerar a este artista urbano para el cartel del próximo año? Caminar junto junto a otras personas me hizo sentir como miembro de una larga procesión, una larga marcha. En las paredes había marcas: “#PonganBelanova”.
Pretendía mantenerme al margen. No quería convertirme en activista del merch, pero luego el destino se pronunció, recordé las sabias palabras de Jorge Caballero contándome que Chava Rock presume tener unas dos mil camisetas de conciertos en su haber y caí en la tentación. Había camisetas de Maná. Dicen que Dios es fiel con los que le son fieles; sincero con los que le son sinceros, y yo creo que también con los dueños de los gatos contusos, porque cuando iba caminando rumbo a las carpas el sol acarició con sus nobles rayos una camiseta de Travis. Caí. Hoy día, la fuerza de voluntad esta sobrevalorada.
La carpa de medios interrumpió el recorrido y se plantó entre mí y los escenarios. Había personas con changos color naranja en la cabeza. Yo no soy un hombre de plegarias, pero por si estaba en el cielo, le pedí a Superman un aire acondicionado marca Terminator, como el de los Simpson, y en nivel Witch´s teat. Es más, por un momento consideré actuar gratis en La rosa de Guadalupe, solo para recibir el airecito. El problema del calor se resolvió parcialmente con agua de jamaica y de horchata cortesía del tío OCESA.
La espera había terminado. A las 17: 30 tenía enfrente a Dan Wilson, John Munson y Jacob Slichter. Semisonic sólo se pasó un cuarto de siglo para su regreso a tierras nacionales. Su power pop comenzó con “F.N.T”, mi mente de inmediato se transportó a 1999 y recordó a Julia Stiles y a Heath Ledger embarrándose pintura roja y azul en el Paint Ball, ¿recuerdan “10 cosas que odio de ti”? Los asistentes no dejaron de corear “Singing In My Sleep”, “Chemistry”, “DND” y “Little Bit Of Sun”, la carpa Little Caesars bailó y cantó. La banda de Minneapolis le puso el tono de comedia romántica al Vive Latino, pero parafraseando un poco a Dan Wilson, el vocalista: Nobody knows it but I’ve got a secret plan, una vez que terminó “Secret Smile” me marché a la carpa Telcel, quise llegar a apartar lugar para ver a Silvana Estrada.
El sacrificio valió la pena. En el escenario la gente se fue concentrando poco a poco hasta llenarlo. Sonó angelical la primera nota de “Marchita” y, por segunda vez, el taller de instrumentos de la familia de Silvana, se hizo presente en VL24, se sintió como una ventana al cielo. Armada con su cuatro, un vestido blanco y su tradicional sonrisa, la cantautora dialogó con su público que no dejó de canturrear su nombre. Silvana se dio tiempo para cautivar a su audiencia, utilizó una interpretación sencilla para “Sabré olvidar” acompañada de su grupo, las palmas del público y su impecable precisión y rango vocal. Cantó “Carta” y, entrada en calor, saltó a una interpretación sublime de “Lila Alelí” un tema nuevo que, prometió, si pasaba la prueba del Vive Latino lo grabaría. Luego sucedió algo, al empezar “Clandestina” tuvo que hacer una pausa y volver a comenzar para lograr el tono correcto. Estrada y su grupo evocaron una manifestación de puro amor con la impresionante interpretación de “Si me matan”, “Para siempre”, “Te guardo” y “Al norte”, que contó con la colaboración de Kevin Kaarl, aunque más de uno se quedó con ganas de ver a la veracruzana hacer pareja con Jorge Drexler. Caprichos musicales. El set lo completaron “Brindo”, “Tom’s Diner” y “Tenías que ser tú” que subió al escenario a Daniel, me estás matando, músicos que impulsaron, hace varios años, a la cantante. La voz de Silvana resonó, una vez más, en la CDMX y el mundo exhaló y disfrutó de un fugaz momento de divinidad en la tierra.
El fin de Silvana fue el anuncio de que venía lo grueso. En el escenario Amazon Music ya estaba avanzada la presentación de Babasónicos. Una más. La número once en el festival. La banda de Adrián Dárgelos tiene la denominación de ser la banda con más presentaciones en el VL. Seguro que Dárgelos ya paga predial en la CDMX. La cámara se enfocó en la cara principal de Babasónicos. La presentación en el Vive llegó a algunos puntos particularmente interesantes. A pesar de la edad, el espectáculo de los argentinos conserva su energía, Adrian sigue bailando como si fuera la primera vez, pero el paso del tiempo se nota en el aspecto físico los miembros de la banda. Es como si ambos, escuchas y músicos, hubieran madurado juntos. La mirada corrosiva de la banda sobre el estado de las cosas aún se siente en sus canciones. En total fueron cinco los discos recorridos —Trinchera, Anoche, Infame, Jessico, Discutible, Mucho, Romantísimo—. La noche se convirtió en un carrusel emocional de estilos: pop rock, art pop, rock alternativo. La entrega del público fue una caricia salvaje, quizá me equivoque, pero por un momento me pareció que el público se la pasó mejor que los músicos.
Muchos creen que saber pilotar un festival es saber volantear por las carpas. Saber pilotar un festival es mucho más: es saber frenar. Parar es todo un arte. Así que después del subidón de emociones me merecía una entrada en el pit lane a recargarme de agua de jamaica. La carpa de prensa se parece a Luis Echeverría y su culto por el agua de Jamaica.
Ahí me encontré al buen Mr. Bestia redactando su crónica y como ninguno de los dos teníamos prisa nos «parkeamos» en una de las mesas y nos quedamos a intercambiar la risa fácil. Hacía meses que no me sentía tan bien en un festival. Me resultó terapéutico. Hablamos de lo diverso que se convirtió el cartel con el tiempo y de lo difícil que sería mantener el cartel sólo con bandas latinoamericanas —entre otras cosas por las agendas de los músicos que no necesariamente coinciden con las fechas del Vive—. Después acordamos echar un ojo a Maná. El gusto culposo.
A las 22:10 salí a mi encore personal. A la cita con el destino. Sonaban los primeros acordes de “Manda una señal” y reventaron una luces artificiales que iluminaron todo el parque. Por un momentos pensé que fueron las temibles komodo 3000 que Malcom y sus hermanos tiran en el campo. Mientras Maná debutaba en el Amazon Music me lancé a la carpa Telcel a hacer fila, quise estar hasta adelante para ver a James. Mientras cruzaba el parque mis ojos contemplaron como el autódromo se convirtió en Mordor. El paisaje lunar y oscuro, iluminado con el reflejo de las luces rojas y las tolvaneras que se le levantaron lo volvían más dramático. Las hordas de closeteros dispuestos a rayar el sol salieron de Ered Lithui, en el norte; Ephel Dúath, en el oeste; y del valle de Udûn, en el noroeste. Sí, el debut de la banda mexicana quizá fue de lo más destacado de la jornada dominical. No los culpo. Al final de cuentas, no exagero cuando digo que todos llevamos una canción de Maná muy en el fondo. La mía: Selva Negra. Y antes que de que acosen con preguntas les diré: aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Al final, parafraseando a Carl Wilson, no existe la música buena o mala, sino gente que hace música y a quien le gusta, y cuando esta está bien hecha las personas sólo quieren escucharla.
¿Tú me preguntaste por la camiseta de James?, nos preguntó un hombre con una camiseta igual a la mía.
No, le respondí. Y le dije que era raro que no hubiera camisetas oficiales en el evento. Él me dijo que tampoco las hubo en el Guanamor Teatro Studio, en Guadalajara, donde la banda de Manchester se presentó un par de noches antes. Después se nos acercó una pareja que, nos confesó, sólo pagaron el boleto del domingo por ver a Tim Booth y sus apóstoles.
A las 20:20 éramos pocos los congregados en el escenario Telcel y fue el único momento en que lo fuimos, el escenario se llenó al máximo. Hasta adelante, en primera fila, estaba el hombre vestido de Batman que miré en el metro. Todo tenía sentido, en 2005 Tim Booth apareció como el villano Victor Zsasz en Batman Begins. La hora de espera pasó como un suspiro.
El set arrancó a mil por hora. Lo primero que se escuchó fue: “Ladies and gentlemen, here’s my disease / Give me a standing ovation and your sympathy / Poor old Johnny Yen set himself on fire again”, pronto la voz de Tim fue acompañada por los acordes de “Johnny Yen”. El escenario Telcel no tardó en incendiarse. Se prendió fuego con la trompeta de Andy Diagram y el extraordinario baile de Booth. La banda sonó enterita, a sus cuarenta y cuatro años siguen emocionando a sus fans y haciendo música nueva tan buena como la que hicieron hace cuatro décadas. Sonó “Waltzing Along” y Tim Booth, a sus 64, se arrojó al público. El gesto de su cara de un chamaco de 15 años que rompió la porcelana de sus abuelita no lo abandona. ¿Será esa la fórmula para evocar cantos masivos entre sus fans y para lograr el espíritu comunitario?
No me dije, me advertí a mi mismo: “sin Yolanda”, pero en “Beautiful Beaches” ya estaba gimoteando a pulmón suelto. Como diría la banda y tres canciones más adelante: “Life’s A Fucking Miracle” y las lágrimas no me impidieron ver las estrellas. James es uno de los grandes supervivientes del Madchester de los ochentas del siglo pasado, al menos uno de los pocos que todavía pueden hacer música igual de buena, se retiraron de los estadios y celebran su longevidad con presentaciones más íntimas. Y se dan vuelo sacándole brillo a su catálogo. Tocaron “Ring the Bells”, “Beautiful Beaches”, “Five-O” y “All the Colours of You”.
Saul Davies tocó una improvisación de guitarra a mitad de “Some times” y Jim Glennie y su bajo se comportaron a la altura. Larry Gott y David Baynton-Power los escoltaron de cerca y Tim le ofreció el micrófono al público para cantar los coros: “Sometimes, when I look in your eyes / I can see your soul, I can reach your soul”.
Tim Burton dice que: “cuando conoces al amor de tu vida el tiempo se detiene, y es verdad” y agrega: “después lo que no te dicen es que cuando se pone en marcha lo hace aún más rápidamente para recuperar lo perdido”. En lugar de intentar calmar los ánimos tocaron “Getting Away With It” y Tim se lanzó al público , una, dos, tres, mil veces. Y luego apareció “Laid” otro tema de comedia romántica. ¿Coincidencia? La noche pudo terminar con una decena de canciones. Entonces Tim decidió cambiar el set list planeado y sonaron los acordes de “Sit Down”. Entonces sí, a bailar. ¿De eso se trataba no? En piedra quedaron escritos los once evangelios de James. La iglesia ortodoxa de Tim Booth crece día con día. ¿Cuántos sintieron la madrugada del lunes la evangelización? ¿Cuántos se convirtieron?
Entre todas las imágenes memorables de la iconografía del VL24 privilegio estas: (1) el gesto altruista de quienes levantaron a un joven en silla de ruedas enmedio de las presentaciones (sigo estático de la emoción por el gesto de inclusión de los asistentes al festival); (2) la guitarra de Steve Stevens (es verdad, Billy Idol rompió la primera jornada del festival, pero la magia de la velada se la lleva el guitarrista con el peinado más esponjado que el de Amanda Miguel); (3) Tim Booth aventándose con toda la actitud del rock al público (escena que me humedece los ojos apenas invocarla) y sobre todo esta que sigue en la que me voy a detener un poco más.
La noche avanzó, el autódromo olía a polvo y a sudor, cerveza vieja y cigarro, al cansancio de los cuerpos sobre todo y resonaron las plantas de los pies de los asistentes. La música se fue disolviendo por cada rincón, también los ánimos. Los gritos se escucharon por todas partes:
—¿Lleva la camisa del evento? ¿Buscas la playera del vive?
Gritaron los hombres mientras agitaban las manos y otro a un lado gritaba que él va a donde le pidan. Hubo otro más allá:
—¿A dónde vas? ¿Buscas un viaje? ¿Quieres un taxi?.
Gritan y después regritan todo en una lengua donde solo entiendo la palabra taxi seguro. Los hombres son bajos y rechonchos y ofrecen una solución, los oyentes se las compran. Los oyentes, miles de asistentes —que fueron llegando durante la tarde andando en sus pies— ahora ya no andan—. Son hombres y mujeres, altos y bajos, adultos y jovénes; se cargan a la espalda las camisetas de colores, también llevan en las manos envases de Flashlyte —un suero que reciben gratis a la salida del festival—. Se fueron desparramando por las calles alrededor del inmueble hasta que encontraron sus lugares, se sentaron en el suelo, desplegaron sus fuerzas o sus ganas, esperaron. Esta imagen me acompañará durante muchos años. Al día siguiente ninguno de ellos sabrán qué los embistió, quizá recuerden que la placa del automóvil que los arrolló decía VL24. Mientras, yo solo pensé en las palabras del viejo: “¡Ay, Vive Latino, divino! / Pronto tienes que volver”.











