Billy Idol

¡Ay, Vive Latino! Pronto tienes que volver (Parte 1)

Un conjunto de actos multilingües y diversos ayudaron a darle al Vive Latino de este una sensación más incluyente

Ciudad de México, 21 de marzo (MaremotoM).- Como diría Carlos Velázquez: “la vida del acreditado es dura”. En mi caso, cuando no hay recurso para asistir a un festival sí hay tiempo y, cuando no hay tiempo, en ocasiones, ahí están los recursos. Este fin de semana debía estar en Puebla y al mismo tiempo cubrir el Vive Latino. Lo sé, la vida es ingrata, pero —inspirado por el teniente Dan— le grité: “¡jamás hundirás este barco!”, compré un boleto hacia la CDMX y —como fiel devoto— comencé el éxodo. A las 14:50 ya estaba en la TAPO.

Me subí al metro e hice el viaje de rigor: San Lázaro—Morelos—Jamaica—Velódromo y luego a caminar hasta la puerta 15 del Autódromo de los Hermanos Rodríguez, crucé un puente peatonal, luego seguí por la escuela de educación física hasta Churubusco, después crucé otro puente peatonal, caminé la pista alrededor del Foro Sol y el autódromo hasta la entrada. La edición de este año cambió su sede, abandonó el Foro Sol y se mudó al circuito de carreras de la Magdalena Mixhuca.

Vive Latino 2024
La Vela Puerca, desde Uruguay. Foto: Cortesía

Afrontar un festival con la ola de calor del fin de semana es un desafío, pero James era la olla de oro al final del arcoirirs. El cartel del sábado fue un oasis en la mitad del desierto, a muchas bandas no las conocía, pero se me antojaba verlas. Esta crónica no es sobre la música que conozco o la que no, sino del viaje a la ciudad esmeralda en busca del Mago de Oz y del guión que construí desde que apareció el cartel del VL24.

El sábado planeé empezar con Chingadazo de Kung Fu, Los Cafres, La Vela Puerca, Insite, Fito Páez, Jorge Drexler, Billy Idol, Belanova, Panteón Rococó y Gogol Bordello y el domingo estaba lo más duro, Las Ultrasónicas, Semisonic, Silvana Estrada, Babásonicos, San Pascualito Rey, James y Kings of Leon. Y luego lo demás.

Jorge Drexler
Jorge Drexler. Foto: Cortesía Antón Goiri

Pero ya se la saben, si la vida te cambia el guion, hay que corregirle los acentos. La entrada al festival tardó un poco más de lo debido y para acceder debiamos esperar a que se formara un grupo de acreditados, una vez adentro nos llevaron en una especie de minitour por el autodrómo. Había una rueda de la fortuna, algunas actividades de de los patrocinadores —Amazon, Prudence, Indio, Doritos, Pepsi, hasta un OXXO estaba habilitado entre las carpas de los conciertos—. El tiempo se me escurrió como agua entre los dedos y me perdí a mi primer banda del VL24. Pero después del recorrido, que me permitió identificar bien todos los escenarios, aún quedaban muchas bandas por mirar.

Visité la carpa de medios. Todavía era temprano para Los Cafres y necesitaba refrescarme. Había agua de jamaica y una barra de dulces, pero cuando estaba a punto de marcharme lo pensé mejor. Los Kchiporros, músicos de Paraguay que hacen una fusión entre ska y cumbia, ofrecían una conferencia de prensa y, entre otras noticias, anunciaron que en la sugunda mitad del año tendrán una presentación en CDMX. La noticia me provocó emoción. Entre La Vela Puerca e Insite no me iba dar tiempo de pasarme por la carpa Little Caesars para verlos.

Muchas cosas que ves como adolescente permanecen contigo y pasas mucha, mucha, parte de tu vida intentando recapturar la experiencia. En la preparatoria seguí de cerca la discografía de Los Cafres—Espejitos, Vivo a lo cafre, ¿Quién da más?, Luna Park—, pero nunca los había visto en vivo. Ni cuando giraron por sus tres décadas de vida. Contra mis principios, decidí revivir la nostalgia. No lo hagan, compas. No hay nada más decepcionante que poner demasiadas espectativas en algo, sobre todo la música. Los Cafres cumplieron, Guillermo Bonetto se entregó a sus seguidores, jugó e improvisó y luego los invitó a cantar y los asistentes respondieron con el “olé, olé, olé, olé, Cafres, Cafres”. Quizá fue el calor, quizá el cambio de lugar, quizá la perversa industria del recuerdo que lo engatusa a uno, porque la sustancia que me envolvía y se nutría del deseo para revivir la adolescencia escuchando a la banda argentina no llegó. Desfilaron “Acto Salvaje”, “Aire”, “Tus ojos”, “Dale”, “La flor” y “Casi q’ me pierdo”, pero no sentí en el estómago el cosquilleo habitual de los conciertos.

A las 16:00 estaba programada La Vela Puerca en el escenario Amazon, ya llevaba media hora de retraso. No importaba cuanto tardaría en moverme de carpa a carpa, no podía faltar a la cita. Alcancé a escuchar “Burbujas”, “Zafar”, “Haciéndose pasar por luz”, “El viejo” y “El profeta”. Al final, la banda nacida en 1995 voló libre de expectativas y abarcó un poco de todo, de sus ocho álbumes de estudio dio probadas de “A contra luz”, “De bichos” y “Flores”, “Piel y hueso” y “Discópatico”.

Insite
Insite, un grupo de Mexicali. Foto: Cortesía

Esto de los festivales es cuestión de profesionales. Para escuchar la mayor parte hay que inventarse un talento o varios. También aprender a hacer sacrificios. A las cinco de la tarde, en el escenario Amazon, se presentó Insite, una de las bandas referentes de Mexicali. Con el sol bien alto en el cielo, como un cadáver en el fondo de un pozo, me uní a la muchedumbre de amantes del happy punk y hard rock mexicano. A ellos no los conocía, cuando llegué al escenario me impresionó que los nostálgicos se refugiaron del sol brincando y cantando los temas de la banda. Después se subió al escenario Iván Pérez, vocalista de Thermo y anunciaron que las dos bandas tendrán una gira juntas. Ahí me dí a la tarea de pensar en el festival. Me impresionó el perfil del asistente. Recordé que años atrás el Festival Iberoamericano de Cultura Musical Vive Latino se especializaba en rock en español y con el tiempo evolucionó su perfil. Hoy es común ver invitados especiales principalmente de países angloparlantes. Calma. Esta no es una crítica recalcitrante al perfil del festival. Es una observación de lo incluyente que resulta por el perfil de los músicos que presenta cada año.

A las seis en punto corrí al Amazon Music para ver a Fito Páez. El sol era una mancha rojiza colgando en la parte baja del horizonte, a medida que me movía de un escenario a otro empecé a notar un nudo en el estómago. No quiero llegar tarde. La última vez que vi a Fito fue en el 2007 en Guadalajara así que me salí de Insite varios minutos antes por si había mucha gente. La cuestión es que Fito Páez apenas se presentó por tercera vez en el festival, es uno de los músicos más exitosos de Argentina, El amor después del amor —del cuál interpretó ocho temas en el VL24—es uno de los discos más exitoso de su país y a la gente le gusta verlo. ¿Qué se supone que tienen que hacer todos los asistentes que se mueren de ganas por cantar Ciudad de pobres corazones? ¿Evaporarse? Ahí estaban, apiñados en el escenario.

Fito Páez
A las seis en punto corrí al Amazon Music para ver a Fito Páez. Foto: Cortesía / Lulú Urdapilleta

Mirando las pantallas, acomodándose para encontrar el mejor lugar, mirándose con una sonrisa en el rostro y reconociéndose a la vez. Haciendo acopio de valor me uní a la multitud y respiré aliviado al escuchar los primeros acordes de El amor después del amor. No porque sea el fan más grande de Páez. Vi gente emocionada. Fito cantó Dos días en la vida. Vi fans cantando 11 y 6. Bailando y brincando. Sonó Tráfico por Katmandú. Durante los sesenta minutos miré religiosamente hacia adelante, intentando existir en la gigantesca burbuja. Y lo que no me esperaba se cumplió. Fito pidió tocar una canción más —Mariposa tecknicolor—, los primeros acordes sonaron, pero luego fueron cortados porque el show se extendería más allá de lo programado.

Al final de Fito todos salieron arrojados como esquirlas. Algunos obedecieron el llamado del rock gótico de Prayers. Otros fueron seducidos por los dibujos animados de Destripando la historia. Yo me apuré al escenario Telcel para escuchar a Jorge Drexler. El uruguayo salió más revolucionado. Con versiones de sus temas en una escala más rápida. Interpretó una decena de canciones en su set de sesenta minutos. Fue más directo, menos parlanchín que cuando lo vi en el Metropolitan. No tocó “Asilo” ni “Silencio”. Jorge soltaba esporádicamente palabras a su público y luego anunció que la gira Tinta y tiempo llegó a su fin con la presentación en VL24. El uruguayo sabe cómo ganarse a su público. Nos dejó picados. Escuché: “El plan maestro”, “Cinturón blanco”, “Universos paralelos”, “¡Oh, Algoritmo!”, “La edad del cielo”, “Guitarra y vos”, “Todo se transforma”, “Bailar en la cueva”, “Sea”: la idea era salir antes para llegar a Billy Idol completo, pero fui débil.

Llegué tarde a escuchar al líder de Generation X y permítanme comenzar con una afirmación que a cualquier amante de la música le parecerá un disparate. Todos asumimos que hay músicos que no escuchamos en los años juveniles o que los escuchamos, atentamente, cuando ya teníamos cierto camino recorrido. Entendemos, pues, que un clásico como el autor de “Eyes Without a Fac2” se define porque llega a nosotros en cualquier momento de la vida. Aún así, insisto, por segunda vez llegué tarde a Billy Idol. Cuando me planté en la presentación estaba terminando “Cradle of Love”. Ingenuamente pensé que ese fue el primer tema que interpretó. William Michael Albert Broad y Steve Stevens comenzaron a hacer música en el escenario Amazon, ambos músicos tienen suficiente sustancia para rivalizar con el paso del tiempo. Si bien la música de Idol navega por ritmos distintos entre el punk rock, hard rock, new wave, glam y hasta un poco de power ballad, la energía que despide entre canciones puede calificarse de emotiva. El desarrollo del show estuvo bien planeado. El, desde 1981, fiel escudero de Billy, Steve Stevens, improvisó con la guitarra para darle tiempo a su compañaero de hacer múltiples cambios de vestuario —al final fueron más que cualquier digna integrante del RuPaul’s Drag Race—.

Billy Idol
Aún así, insisto, por segunda vez llegué tarde a Billy Idol. Foto: Cortesía / Lulú Urdapilleta

El guion funcionó y al final de cada tema Idol se dirigia a su público para medirle la temperatura. Momento en que la ovación popular cundió como miles de Nelson Muntz ovacionando a Andy Williams. Superando las espectativas, Steve Stevens y Billy Idol cumplieron las espectativas, entre su set incluyeron Flesh for Fantasy, Eyes Without a Face, Mony Mony, Rebel Yell, Hot in the City, White Wedding; vamos, los músicos dieron un conciertazo incluyendo un machacante solo de guitarra de Steve Stevens añadiendo ese extraño experimento con la guitarra y una pistola de juguete de rayos láser. ¿Qué fue eso? Un futuro retro. Un viaje al pasado. Como sea, la dupla Idol—Stevens dejó claro que en el rock mucho cuenta la actitud.

Apenas terminó San Billy quise deambular para preparamer para Panteón Rococó. Pero antes se me atravesó el escenario Amazón y Belanova. No soy activista del Baila mi corazón, pero me impresionó la cantidad de espectadores que había coreando sus canciones. Parecía que no se había separado. Que no se tomaron un descanso. Habrán sido unas ochenta mil personas, no lo sé. Pero fue impresionante escucharlos cantar One, Two, Three, GO! y Rosa pastel. Casi me convierten al belanovismo.

El manual del buen mexa que vivió su adolescencia en los principios de los dos miles en la Ciudad de México obliga a no perderse a Panteón Rococó. Después de tan emprendedor comportamiento la noche se transformó un poco. No suelo llevar el recuento de las canciones, pero se tocaron catorce en poco más de una hora. El problema con el Panteón es que esperas que lo mejor quede para el final y Dr. Shenka se descoció con La dosis perfecta apenas en la segunda rola, de ahí todo fue una fiesta y brincar y bailar. Con tanto slam los asistentes no se dieron cuenta cuando Esta noche, Dime, Cúrame, El último ska, Vendedora de caricias, Acábame de matar, Abajo y a la izquierda, Viernes de webeo y La carencia, desfilaron una tras otra y de pronto ya se había acabado el resital. Yo me sentí bien. Animado.

Para cerrar la noche regresé a la carpa Little Caesars para ver al Gogol Bordello. Hay que admitirlo, se siente bien desmelenarse de vez en cuando. Ellos y su punk gitano son los culpables de el final del primer día del VL24 —para mí— terminara con revoluciones, sudor y platos rotos. Su líder, Eugene Hütz, que tiene la actitud de aquel gremlin loco al que los ojos le daban vueltas en las peliculas de los años ochentas del siglo pasado y en gran medida es el culpable de de que la carpa se llenara de brincos y desenfrenos gracias a un underground producto de cuatro limitados acordes de aires balcánicos que, años atrás, engatusaron a Madonna, Gucci y la noche del sábado 16 de marzo, a un servidor. Y a otros tantos aistentes de la primera jornada del Vive Latino 2024.

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