Joan Manuel Serrat

LA PUERTA SIEMPRE ESTÁ ABIERTA PARA JOAN MANUEL SERRAT

La puerta, como siempre que viene Serrat a México, volvió a quedar simbólicamente abierta. Quien llama, ya lo sabe, encontrará del otro lado a un barcelonés que hace mucho tiempo decidió que también podía ser un poco mexicano.

Guadalajara, Jal, 3 de diciembre (MaremotoM).- En la sala de prensa de la FIL Guadalajara el aire pesaba un poco más que de costumbre. Demasiados cuerpos, demasiadas expectativas, demasiadas memorias lanzadas hacia un solo hombre. Los organizadores tuvieron que cerrar el acceso: ya no cabía nadie. Desde el fondo, alguien decía medio en serio, medio en broma: “Si Protección Civil ve esto, nos saca a todos”. El culpable era un señor que llegó con quince minutos de retraso, sonrisa cansada y esa mezcla de ironía y pudor que lo ha acompañado toda la vida: Joan Manuel Serrat.

Entró acompañado por Anna Guitart, comisaria de la delegación de Barcelona como Invitada de Honor. La catalana tomó primero la palabra, explicó que Serrat quería estar en Guadalajara “como barcelonés”, casi como quien vuelve a una casa prestada que terminó sintiendo propia. El cantautor agradeció la paciencia, se acomodó en la silla, miró a los lados, dejó que la sala respirara unos segundos. Después soltó la frase que desarmó cualquier protocolo:

–Canten ustedes, que yo hoy vengo a escuchar.

Joan Manuel Serrat
Joan Manuel Serrat presente en “Antonio Skármeta: un entusiasta de la literatura” en XXXIX Feria Internacional del libro de Guadalajara, a 02 de Diciembre del 2025, Fotos: FIL/ MELINDA PAULINA LLAMAS POLANCO

La invitación era una forma de decir que el turno era de los demás. Los periodistas se lanzaron sobre el micrófono con ansia acumulada, aunque no todos en el mismo tono. Algunos reporteros catalanes intentaban marcar el territorio, imponer matices de “nuestro” Serrat frente a los medios mexicanos que lo han adoptado como exiliado ilustre, cómplice sentimental, vecino de larga temporada. La tensión se notaba en los turnos de preguntas, en los empujones discretos, en el gesto de quien siente que le están quitando “a su” artista. Serrat observaba aquella pequeña disputa de pertenencias con una media sonrisa de Mediterráneo en invierno.

Las primeras preguntas giraron alrededor de lo que ha sido siempre su casa: la canción. Alguien le pidió que definiera el lugar de la música y la poesía en su vida. Serrat respondió sin grandilocuencias, como quien enuncia algo aprendido en voz baja hace décadas.

–La canción es un medio de comunicación. Cantando llegamos, cantando me gustaría que me despidieran. Todos merecen ser cantados y todo se puede cantar.

La frase quedó flotando como una última estrofa. La sala, que no estaba para matices, aplaudió como si hubiera asistido a un miniconcierto. Cerca de la primera fila, una señora que llevaba bajo el brazo un viejo LP murmuró emocionada: “Con eso tengo para todo el día”.

Joan Manuel Serrat
La canción es un medio de comunicación. Foto: FIL / Natalia Fregoso

El catalán recordó el barrio donde creció, “cercano al mar y a la montaña”, obrero, lleno de gente llegada de otros lugares de España, de países árabes, de América Latina. Ese paisaje social todavía late en sus letras.

–Mis canciones están llenas de barrio. Difícilmente podría haber escrito alejado de mi propia realidad –dijo, casi como una confesión de método.

En algún momento aparecieron los nombres indispensables: Antonio Machado, Miguel Hernández, el joven poeta muerto en la cárcel franquista cuya voz Serrat recogió y multiplicó cuando cantar a Hernández todavía era una forma de desobediencia. El pasado se coló sin nostalgia, con un filo que sigue vivo.

El exilio mexicano asomó inevitable. En 1976, cuando la dictadura franquista aún proyectaba sus sombras más largas, Serrat llegó a México acogido por la familia Taibo. Aquella hospitalidad se convirtió en una historia de amor con claroscuros, llena de afectos, matices y desencantos.

–Desde entonces –recordó–, siempre que llamo a la puerta me dicen: “¿Por qué llamas si la puerta está abierta?”.

La frase arrancó otra oleada de aplausos. No era sólo la anécdota. Era la constatación de que México lo sigue recibiendo como si se tratara de un pariente que se fue por un tiempo y aparece de nuevo con la maleta llena de historias.

Su mirada sobre el país no es romántica. Serrat habló de la hermosura y de las dificultades, de la complejidad, del albur, de la dureza de ciertas zonas. Insistió en que ha querido “amar este país con toda su hermosura y las dificultades que conlleva”. El cariño que le devolvía la sala de prensa probaba que, al menos de este lado, el vínculo está lejos de agotarse.

Cuando alguien mencionó la palabra “retiro”, el gesto se le endureció un segundo.

–“Retirar” es una palabra fea. “Jubilación”, también. Yo he renunciado a cualquier tipo de jubilación –aclaró.

No sube a los escenarios, no hace giras, no soporta ya el rigor de los viajes, pero no se siente retirado de nada salvo de ese esfuerzo físico de tocar en vivo. Confesó que no siente añoranza, “sólo la de compartir con la gente con la intensidad” con la que lo hizo durante casi sesenta años. Una vida entera puesta en las tablas no se borra con un comunicado.

Joan Manuel Serrat
Toda la gente reunida por él. Foto: FIL / Natalia Fregoso

Alguien le preguntó por los jóvenes, por el diálogo con nuevas generaciones que quizá lo conocen más por lo que han escuchado en la casa que por haberlo visto en directo. Serrat elogió el espíritu rebelde, inconforme, desobediente de la juventud. Adelantó su encuentro Mil jóvenes con Joan Manuel Serrat, previsto en el auditorio Juan Rulfo, como una manera de seguir tendiendo puentes.

–Ser joven es un estado magnífico. Sería bueno que ocurriera a lo largo de la vida de todo ser humano, pero no se puede. Ojalá los jóvenes sepan que ese estado es temporal y relativo –añadió, con una mezcla de humor y melancolía.

Lo que le molesta de la vejez no es la edad en sí, sino la forma en que esta sociedad trata a quienes han entregado su vida a un oficio, a una causa, a un trabajo.

–Esta sociedad, ya de por sí soberbia y dura, tiene maltrato con la gente que ha entregado su vida –lamentó.

La frase sonó a defensa propia, pero también a defensa de muchos otros, lejos de las luces y las portadas.

Un periodista mexicano intentó llevar la conversación hacia la coyuntura política. Un colega catalán se impacientó, quiso devolver el foco a Barcelona, a la ciudad homenajeada, a la identidad compartida. El cruce de prioridades se notó en los silencios y en algún gesto displicente. Serrat cortó la tensión con la misma habilidad con la que alguna vez esquivó censuras más peligrosas. Volvió a los libros, a la FIL, a ese doctorado honoris causa que la Universidad de Guadalajara le entregará “con mucho cariño y orgullo”, según dijo.

Proyectos nuevos no hay. Compilaciones, libros, discos inéditos: nada, al menos de momento. Avisó, sin embargo, que no lo tomen al pie de la letra.

–No quiero que mañana me llamen mentiroso si digo hoy que no tengo nada y pasado mañana se me ocurre hacer algo –bromeó.

El viaje a la FIL, en todo caso, ya es una excepción a su retirada de los grandes eventos. Lo explicó con una sencillez que no requiere muchas notas al pie.

–¿Por qué estoy aquí? Porque quería estar en Guadalajara y aproveché que Barcelona estaba invitada. Si no me hubieran invitado, lo hubiera hecho yo solito.

En la puerta seguían agolpadas las personas que no alcanzaron a entrar. Afuera, en los pasillos de Expo Guadalajara, alguien tarareaba “Mediterráneo” como se reza una plegaria laica. Adentro, mientras se levantaba la sesión, Serrat volvió a la idea de la canción como forma de despedida. No cantó una sola estrofa, aunque el público lo hubiera seguido a capela sin dudarlo. Bastó su presencia para que muchos salieran de la sala con la sensación de haber asistido a algo irrepetible, aun cuando esa escena se haya repetido durante décadas en distintos países, idiomas y acentos.

La puerta, como siempre que viene Serrat a México, volvió a quedar simbólicamente abierta. Quien llama, ya lo sabe, encontrará del otro lado a un barcelonés que hace mucho tiempo decidió que también podía ser un poco mexicano.