En un país que suele poner en duda la cultura, novecientas cincuenta mil presencias reales son una respuesta que no hace falta argumentar. Aquí estarán otra vez. Aquí volverán.
Guadalajara, Jal, 8 de diciembre (MaremotoM).- La Feria Internacional del Libro terminó con el registro de 953,112 asistentes. El dato no es menor. Habla de un crecimiento sostenido, de un espacio que ha sabido mantenerse en medio de crisis políticas, tensiones presupuestales y agendas cambiantes. Habla, sobre todo, de una comunidad: lectores que ocupan la Expo Guadalajara como si fuera una ciudad paralela hecha de pasillos, libros, conversaciones y encuentros imprevistos.

La rectora de la Universidad de Guadalajara, Karla Planter, lo dijo sin rodeos en la presentación del balance final: la FIL es México. Un país ruidoso, plural, contradictorio y también luminoso. La FIL como regalo, desde Guadalajara, a esa inteligencia global que todavía encuentra en los libros una forma de vivir y de pensar.
El presidente de la Feria, Trinidad Padilla López, puso la cifra sobre la mesa con tono de satisfacción. Se trata de 45 mil visitantes más que en la edición anterior. Un aumento de alrededor de 5 por ciento. Padilla habló de la FIL como un puente: tradiciones literarias, lenguas, culturas, generaciones. No fue retórica.

En nueve días, pasaron por la Feria grandes nombres y miles de voces menores: Richard Gere y Joan Manuel Serrat, Chimamanda Ngozi Adichie y Gael García Bernal, Venki Ramakrishnan y Cristina Rivera Garza. Más de tres mil actividades. Seiscientas cuarenta y ocho presentaciones editoriales. Dos mil setecientos noventa sellos de sesenta y cuatro países. Una multitud que fue escuchando, preguntando, llenando salas.
La directora de la FIL, Marisol Schulz Manaut, habló de un “gran trabajo” y del otro trabajo, el invisible: el de gestión cultural, patrocinios, seguridad, traducción simultánea, editoriales, prensa. Schulz se detuvo en Barcelona, invitada de honor y en la rambla que instaló dentro del recinto. La curadora Anna Guitart describió el gesto con la frase justa: la plaza ya no estará el lunes, lo que quedará serán las relaciones, los afectos que se tejieron en estos días. Lo efímero como forma de permanencia.

En esa lista, aparecieron los premios, que siempre condensan lo que cada edición quiere recordar. Amin Maalouf recibió el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Fernanda Trías, el Sor Juana. María Victoria Díaz, el Premio de Literaturas Indígenas de América. Elena Ospina, La Catrina. Homenajes a Gonzalo Celorio, a María Eugenia Salcedo y a la Asociación de Editoriales Universitarias de América Latina y el Caribe. Una cartografía mínima de los acentos que cruzan la Feria.
FIL Niños volvió a ser el espacio consentido. Casi doscientos mil asistentes. Padilla y Schulz coinciden todos los años en algo que parece obvio y no lo es: sin lectores jóvenes no hay continuidad. Ese dato, junto con los más de sesenta millones de usuarios alcanzados vía digital, muestra de qué está hecho el presente y de dónde debería venir el futuro.

Barcelona se despidió con elegancia y cierta tristeza. Italia tomará la posta. Será el invitado de honor en 2026, año de la edición número cuarenta.
Schulz habló de “celebración en grande”. Una promesa que, más que promesa, es un gesto de continuidad. La FIL, con sus cifras y sus nombres, con su memoria pública y sus discusiones íntimas, ya prepara la siguiente jornada.
En un país que suele poner en duda la cultura, novecientas cincuenta mil presencias reales son una respuesta que no hace falta argumentar. Aquí estarán otra vez. Aquí volverán.











