Motorama

Viaje a la velocidad de la música: Motorama

La banda de post punk formada en la ciudad de Rostov del Don ofreció el pasado 2 de marzo una actuación fascinante en el Teatro Metropolitan

Ciudad de México, 15 de marzo (MaremotoM).- Parece que tocaron más de tres horas y, sin embargo, apenas transcurrieron ciento tres minutos. ¿Se debió acaso al hecho de que intentamos contemplar el recital con el mismo sentido del tiempo que los propios intérpretes?

Antes de que la fatiga condujera a los músicos tras los bastidores del Teatro Metropolitan, el cuarteto ruso vivió un estado tan agudo de conciencia y un sentido del detalle tan profundo como no se puede apreciar en ninguna otra parte. En ningún lugar su concentración será tan plena y su sentido del tiempo, en ningún lugar, será capaz de expeler tanta energía como en el prolongado esfuerzo dentro del proscenio. Ciento tres minutos se antojaron tres horas. Tengamos en cuenta, por lo tanto, la posibilidad que la descripción de lo sucedido en la presentación del pasado 2 de marzo pueda resultar más larga de leer que el concierto propiamente dicho. Sin embargo, de una cosa podemos estar seguros: para Motorama resultó todavía más largo.

Los contemplamos de pie en el escenario a las 21 horas exactas, arrancaron con “I See You” e inmediatamente “Pole Star”. El resultado de la presentación no se decidió desde ahí —para ninguno de los dos, músicos y espectadores— aunque las ovaciones de los asistentes llegaron desde el minuto uno. Vladislav Parshin y su séquito se enfrentaron a un enorme problema, tan enorme como su confianza. Todo el mundo se preguntaba si Motorama podría tocar todos sus éxitos y al mismo tiempo embrujar, una vez más, al público mexicano. Después la dificultad se refinó: ¿Podrían cumplir con las exigencias de los mexicanos antes de que terminara el concierto?

A Motorama se le planteó otro problema, pero es posible que fueran menos conscientes de él que los espectadores. No dudaron ni un segundo de que conseguirían arrancar los suspiros de los asistentes. No pensaron en ello siquiera, del mismo modo que a un guepardo no le pasa por la imaginación que no pueda alcanzar a una gacela; no, se trató simplemente de tocar su recital completo, lo cual constituyó un acierto enloquecedor. No obstante, la dedicación a su trabajo no tuvo más tino que haber interpretado temas, uno tras otro como en una carrera de velocidad, de sus siete álbumes de estudio. No le pueden decir que no cumplió. Al fin y al cabo, Motorama consiguió enamorar a muchos devotos del post punk gracias, precisamente, a su producción sombría fuertemente influenciada por los sonidos de Joy Division combinados con líneas de bajo motorik y acompañados con la interpretación vampírica en un inglés impecable de Vladislav Parshin, todo ejecutado aceleradamente. Arrebatarles la velocidad a sus canciones equivale a dejarlos convertidos en una vaca. A pesar de ello, fue necesario que contuvieran su cólera hasta amarrar bien a los espectadores. De otro modo se hubieran agotado antes de tiempo. 

Motorama
Motorama cautivó al público, aunque estuvo casi estático la primera parte del concierto. Foto: Cortesía

Vladislav Parshin, por tanto, comenzó a trabajar a su público, le frotó el mástil y las cuerdas a la guitarra con ritmo acelerado, recorrió con sus dedos todos los puntos de la guitarra; el roce de los dedos de Vladislav Parshin poseyó toda la sabiduría de treinta y nueve años aportando música en sus diferentes proyectos —Motorama, Utro, Leto V Gorode incluso TEZ—, notas que rasparon, emocionaron, agitaron y suavizaron mientras la mano no dejó de tocar la guitarra. Cada tecla, cada acorde o slide jugaron su papel para hacer de cada canción una experiencia. Eso pasó con And, Yes; Red Drop y Corona. Cuando Vladislav Parshin intuyó que el público se estaba deslumbrado, empezó a cantarles, con ese eco somnífero que en ocasiones se fusionó con el sintetizador y provocó una magia todavía superior y entonces todos adoptaron la expresión de estado hipnótico en el cual el oyente perdió por momentos la consciencia, pero mantuvo el juicio crítico y la capacidad de discrepar. Tuvo demasiadas cosas que procesar. Bailaron delante de las butacas del teatro y asintieron respetuosamente con la cabeza. Parecía como si estuvieran escuchando los consejos de alguien.  

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Preparándose para el concierto. Foto: Cortesía Facebook

En la tarima, Irene Parshina tocó las cuerdas del bajo con serena confianza y gracia, como si estuviera tocando un instrumento clásico. Parshina sirvió de guía para el resto del grupo, apenas si se movió por el escenario, apartaba la mirada del público y adoptó la grave expresión de una mujer que está sopesando las alternativas.

Algún espectador opinó:

— Amo el bajo esbelto de Irene Parshina, no necesita poner mucha fuerza. Combina muy bien con los graves profundos que alcanza el vocalista y esos falsetes que parecen quebrar su voz de dolor.

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Irene Parshina tocó las cuerdas del bajo con serena confianza y gracia. Foto: Cortesía Facebook

Otros escucharon la declaración un poco ofendidos. Hasta el sonido de la mínima palabra les molestó. Muchos se consideran perdidos si tuvieran que escuchar todo el concierto acompañado de cualquier tipo de distracción. Lo único que les interesa es sumergirse en ese ambiente desolador que contagia una singular especie de paz.

Motorama cautivó al público, aunque estuvo casi estático la primera parte del concierto. Consiguió descargar unos golpes tremendos y —la sabiduría del músico profesional— en determinados momentos resultó decisivo.  Sonó la guitarra, una vez más, el tiempo corrió y con él desfilaron Up, Next to Me, Alps y Voyage. En Another Chance Vladislav Parshin abandonó su guitarra con una expresión de amenaza en el rostro, como si en el transcurso de este tema tuviera que atacar definitivamente los platillos ride y crash de la batería de Mikhail Nikulin, pero una vez más se da cuenta que la idea resulta un poco apresurada, y entonces cambió instantáneamente de estrategia, retrocedió y empiezó a jugar otra vez con las cuerdas. Después sonó Twilight Song. El concierto adquirió su configuración definitiva. Motorama soltó los primeros acordes del  tema y el público los aclamó. Desde ese momento los rusos interpretaron sus canciones, Vladislav Parshin recitó las letras durante treinta o cuarenta segundos y hasta un minuto y luego aparecieron largos periodos instrumentales. Cuando la fuerza de su estado de ánimo o la lógica de la concentración le sugierieron que ya se agotó la virtud de las cuerdas lanzó los primeros versos de You And The Others. Y se escuchó uno de los elogios más explosivos de la noche. El teatro sonó como si los asistentes recibieran la fuerza de los dioses del norte, del oeste, del este y del sur. Jamás, en toda la noche, se había emocionado tanto con un tema. Ese fue el pináculo de la historia, el momento en que todo se unió y la tensión llegó a su punto más alto. El concierto se ajustó a ese modelo canción tras canción y, sin embargo, no resultó para nada aburrido, porque se vio a los músicos en constante diálogo a pesar de estarlo y no estarlo. Motorama está girando en otro sentido al de las tornamesas de la escena del post punk. Está demostrando que no son parientes de Interpol ni de Gang of Four y que lo único parecido a Ian Curtis que tienen es el baile salvaje y de otro mundo que adquiere la mano de Vladislav Parshin al tocar la guitarra. Después de eso, Motorama comenzó a cruzar instintivamente riffs de un lado a otro del Metropólitan de tal manera que favoreció la capacidad de los asistentes de moverse al compás de la música. Motorama no se esforzó por bajar la velocidad del concierto, interpretaron Empty Bed, Heavy Wave, Lottery, Tell Me y To the South.

Hacia el final de la noche, Motorama alcanzó a su público con algunas de las notas más contundentes de toda la presentación. La combinación de las dos guitarras, la batería y el bajo sumió al público en un estado alucinante. Es probable que no haya visto semejante devoción desde que unos miles de roedores desfilaron cortésmente a través de las puertas de Hamelín detrás de un flautista. Al final de To the South se despidieron del público dirigiéndole las primeras palabras en toda la velada y después salieron del escenario. En los pocos segundos que les costaron a los músicos llegar a los bastidores, sus cuerpos ofrecieron el aspecto de unos hombres que comienzan a pasear por sus habitaciones por primera vez en semanas. Estuvieron a punto de regresar y dirigirse de nuevo a los instrumentos.

En las butacas, uno que otro espectador se preguntó si ese era el final.

—Irán a tocar —dijo una joven— ¿Será que vayan a regresar?

La duda debió ofrecer un aspecto de preocupación. Primero comenzaron puntuales la presentación, después interpretaron veintiséis temas a tal velocidad que arrebataron a Noah Lyles el título de “rey del esprint” y ahora estábamos contemplando el escenario con un hueco en el estómago. Dado que muchos apostaron muy fuerte por el concierto de Motorama, aquél último movimiento se antojó un poco siniestro.

Si en lugar de un concierto hubiéramos presenciado un encuentro de box, en ese momento los músicos, en su esquina, habrían recibido un masaje en los hombros, mientras jadeaban un poco y mostraban el interior de los labios con la respiración de un caballo acorralado.

No obstante, al sonar la campana, se levantaron muy animados. Se plantaron en la mitad del escenario dispuestos a mostrarle al público un nuevo tipo de Jab, un tipo de finta que les permitió iniciar un nuevo ciclo de combinaciones de sus instrumentos acompañados de pequeños movimientos de cabeza. El ritmo fue distinto, como si quisieran decirle: “Todavía no empecé a enseñarte lo que se hacer”.

Se les vio enteros, el encore comenzó con Ghost. Si la fatiga hizo mella en ellos no se notó. El público contestó coreando a todo pulmón: “It’s like dancing in the room with a female ghost / It’s like falling from the edge / To the bed with cold clean pillow”. Vladislav Parshin agradeció el gesto propinando tremendo gancho acelerado y otro golpe tan pesado con la derecha contra la batería de Mikhail Nikulin y luego se trabó por primera vez en todo en concierto. Vladislav soltó un puño tras otro mientras la emoción se mezclaba con el sudor y las más de tres mil personas seguían cantando el coro.

Los músicos debieron de llegar a alguna conclusión, dado que inmediatamente comenzaron con One Moment. El público, entre tanto, no dejaba de cantar, “You see life in these ruins/ But I find it hard to believe / In places where your heart bleeds”, y los músicos resoplaban y lanzaban notas en todas direcciones, en un intento de extasiar al público, que se balanceaba sobre el borde de sus butacas; y se sentía cada vez más tranquilo a cada minuto que pasaba en la segunda fecha de la banda en el Metropolitán. No obstante, hacia el final del concierto, Motorama complació al público con uno de los temas que menos interpretan: Anchor, justo después de que sonó el último compás y, al volverse para despedirse del público, Vladislav Parshin dijo con toda claridad: “thank you”. Al final Motorama abandonó el escenario y durante los últimos treinta segundos los mexicanos no dejaron de corear: “Motorama, Motorama, Motorama…”. Casi todos ellos alcanzaron su objetivo. Algunos se pusieron a hacer el recuento de canciones interpretadas durante la noche. Se sucedieron siete temas de Sleep, and I will Sing; cuatro de Alps, Before the road y Poverty; Calendar, Dialogues y Many Nights aportaron solo dos. Escuchamos, en total, veintinueve canciones.

 

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