Esta crónica la publiqué en 2013, cuando conocí a Javier Bátiz. Este es el encuentro de la escritora Laura Restrepo y el hoy ya extrañado guitarrista y una persona exquisita. Ahora que ha fallecido lo recuerdo con su sonrisa y sus historias.
Ciudad de México, 15 de diciembre (MaremotoM).- En la pasada edición de la Feria Internacional del Libro en Tijuana, la escritora colombiana Laura Restrepo, autora entre otras de la impresionante y reciente novela Hot Sur (Planeta), quiso descifrar algunas de las leyendas rockeras que perviven en la hermosa y agitada ciudad fronteriza.
Entre ellas, conocer algunos de los antros y burdeles por los que pasó Jim Morrison, el malogrado líder de The Doors ante quien llegó a tocar otra figura que hoy es mítica en la historia musical vernácula: el guitarrista Javier Bátiz.
Precisamente, en esa noche de exploración de Restrepo, quien además de escritora es una cronista entusiasta e incansable a la que resulta difícil seguirle el paso, tuvo la oportunidad de conocer a Bátiz.
Llegó a la casa del músico en una noche fresca y fue el propio músico, íntegramente vestido de blanco, quien salió a recibirla a la puerta.
Javier vive en una de esas casas premoldeadas tan comunes en las barriadas populares tijuanenses. Vive allí desde que era niño. Allí llegó, cuando era un adolescente, el hoy pastor cristiano Carlos Santana, quien con la guía de Bátiz, inició su camino hacia la cima como uno de los mejores guitarristas del mundo.
El encuentro entre Restrepo y Bátiz fue casi surrealista. El músico estaba ataviado y dispuesto a partir rumbo hacia una fiesta quinceañera, donde lo esperaban, además de algunos familiares y amigos, una botella de su tequila preferido, según contó.
No había tiempo para la charla y se produjo uno de esos momentos incómodos de lo que uno no sabe cómo va a salir, hasta que el olor rancio, pegadizo e inolvidable que emanaba de la vivienda del músico se convirtió en tema de conversación excluyente.
El guitarrista y su familia estaban prácticamente en medio de las ruinas que dejó un incendio casero en la casa.
Lejos de mudarse, Bátiz decidió morar en la parte que no estaba quemada, hasta que sus múltiples compromisos profesionales le dejaran tiempo para ocuparse de arreglar el desastre causado aparentemente por un cargador de celular que produjo chispas cuando no había nadie en la vivienda.
De la charla se pasó a una especie de paseo “turístico” por los restos, dirigido por el propio Bátiz, quien mostraba las cosas que había perdido en el accidente casero. En el piso, olvidados del mundo, yacían los premios obtenidos a lo largo de una carrera tan magnífica como atrabiliaria.
“Mis 70 guitarras están a salvo, por supuesto”, dijo Javier, señalando una finca coqueta que se ubica al lado del humilde hogar del artista y que funciona como centro cultural y refugio de sus queridos instrumentos.
La música, la bohemia, parecen, efectivamente, las únicas cosas que le importan a este hombre que suele bromear con su propia vigencia: ¡Hay que avisarle a Bátiz que ya se murió!, dice el hombre de pelo ensortijado y largo, barba poblada, quien a los 68 años disfruta de ser considerado la leyenda precursora del rock en México.
Javier, un personaje entrañable y muy querido en Tijuana, dio este domingo el primero de cuatro conciertos en el Centro Cultural Tijuana, un recinto lujoso, a la altura de su prestigio.
“Agosto es el mes del maestro Javier Bátiz en el CECUT”, proclamó Pedro Ochoa Palacio, director general de la institución, en alusión a la serie de conciertos gratuitos que ofrece el legendario músico tijuanense todos los domingos y a las clínicas de guitarra que imparte martes y jueves en el Centro Cultural Tijuana.
Más de 500 asistentes al concierto que forma parte del ciclo “Los años maravillosos con Bátiz”y que, según las crónicas locales, mostraron a un artista potente, fiel al estilo musical que lo ha caracterizado a lo largo de su carrera.

“Bátiz es profeta en su tierra y también es profesor en su tierra”, sentenció Ochoa Palacio, en el marco de un encuentro que convocó a varias generaciones, desde personas de la tercera edad que recrearon con nostalgia sus años mozos, hasta jóvenes y niños que tuvieron la oportunidad de escuchar y ver a la leyenda de cerca.
Bátiz, quien en su tierra natal es conocido como “El brujo”, ofreció un repertorio variado, entre blues, rhythm and blues, rock and roll de finales de los 50, que volvió a mostrar su virtuosismo guitarrístico y sus nada despreciables dotes de showman.
“En el escenario, Bátiz es el maestro y con modales de jefe-brujo conduce a sus músicos, un sexteto muy solvente con el que mantiene gran armonía; pulsa la guitarra como pocos y se muestra emocionado por un público que le ha guardado fidelidad todos los años de su dilatada trayectoria”, dice la crónica del CECUT.
“Arropado por el grupo que le da soporte, formado por Claudia Madrid, su esposa, en las percusiones, que alterna con Rafael Alcántara, Marcos Salas en el bajo, Paulina Perea en los teclados y tres jóvenes guitarristas que son su hechura: Abraham Morales, Fernando García y Gabriel Castro, más los coros de Carmen Schaffner y Paola Lozano Zamora, una graciosa adolescente que hace la primera voz en varias piezas, y la potente voz de Jorge Conde en un par de intervenciones, Bátiz se extasía en los acordes que produce con su vieja guitarra blanca”, agrega.
Por suerte, como bien dijo Bátiz, en sus manos las guitarras están a salvo. La música también.











