The Smiles

The smile: un caleidoscopio de sonidos, desde el post punk hasta el romanticismo

La agrupación se presentó por primera vez en México. Para muchos, la virtuosa actuación del proyecto paralelo a Radiohead es de lo mejor que ha sucedido en los últimos tiempos. Una voz excelente en pistas que van desde el post punk puntiagudo hasta el romanticismo provocativo.

Ciudad de México, 23 de junio (MaremotoM).- Pese a ser de reciente creación, The Smile demostró calidad en su primer concierto en el Auditorio Nacional. Hasta antes de la noche del martes 21 de junio, el problema eran sus altibajos. Un día parece tener la fuerza y la decisión suficientes para derribar con sus puños la sombra de Radiohead que la persigue. Al otro día parece ser un extraño menjunje de The Bends mezclado con In Rainbows. Pero, cuando los músicos salen en su noche son capaces de conquistar hasta al crítico más exigente.

Más allá del aporte de Thom Yorke y Jonny Greenwood en el escenario hubieron otros factores fundamentales en la consagración de la banda de rock inglesa en su presentación en México. Uno de ellos fue Tom Skinner. Al inicio, el escenario, la dupla Yorke-Greenwood  se mostró serena, nada de malgastar acordes como si fueran baratijas. El percusionista inglés, erguido, los hombros relajados sin ningún tipo de tensión aparente para el cuello o los brazos, lanzó los fulls, downs, taps y ups solamente cuando tuvo la certeza de que encajaban, como las piezas de un rompecabezas, con las armonías de sus socios, disparó cada nota directo a causar una emoción en los asistentes.

Después de recorrer Europa y EEUU, la triada Yorke—Greenwood—Skinner aterrizó en México y rápidamente entró en su modo operativo estándar, con Yorke y Greenwood intercambiando tareas de bajo, mientras que el otro abordaba la guitarra principal o las teclas al interpretar The Same. Para el segundo tema, Thin Thing, los cerca de diez mil asistentes entraron por el agujero del conejo a medida que las notas crecían más y más alto. Ese fue el primero de varios de los momentos más agresivos de la noche, con la guitarra entrecortada de Greenwood en conversación con las partes de batería de Skinner. El percusionista fue el comodín de la noche para los fans de Radiohead, que por un momento se olvidaron de la forma de tocar de Philip Selway. El estilo de Skinner ofrece un toque diferente: un carácter funky y ligero que mantuvo obstinadamente el tiempo durante las secciones más aventureras de Yorke y Greenwood.

En la música el contraste es importante. Mientras The Smile, el nombre de la agrupación que hace referencia a una sonrisa tramposa, cínica, propia del tipo que miente todos los días —como cualquier político—, las sonrisas que los músicos dedicaron a los asistentes fueron las de aquellos que luchan contra el absurdo de la existencia de la mejor manera que saben: ofreciendo un bálsamo para calmar las ansiedades.

En el recinto se escuchó la música. Y cuanta música. Los intérpretes, envueltos primero en luces rosas, luego rojas, otras veces azules y otras verdes, salieron de sí mismos a cada rato, con sus instrumentos dijeron que sí, luego que no, que no, que no. Avanzaron y retrocedieron como las olas del mar. Todas las notas a galope dicen que no, que no, los músicos dicen que sí, no pudieron estar quietos, me llamo Speech Bubbles gritó un tema acompañado por el golpeteo en la tarola, yo soy A Hairdryer, señaló otro, y luego llegó Waving a White Flag para formar parte de la marejada.

Trompetas de jazz que comparten riffs con guitarras eléctricas, paredes estáticas punteadas de bipbops robóticos, espaciales y la voz principal que suena como a un extraterrestre muriendo de asfixia. Cuando suenan las cuerdas para comenzar un nuevo tema los espectadores se quedan solos y sueñan. Es posible que en esos noventa y cinco minutos de penumbra soñaran, como un niño, con ángeles en el limbo, sintetizadores y las florituras orquestales de Greenwood señalando el fin de los tiempos. Y, al despertar, los expectantes no encontraron música sino un caleidoscopio de sonidos y luces que se ordenaron, se acomodaron, encontraron su lugar. Los sonidos fueron de aquí para allá, como el mar y yo me sentí como como una barca sacudida por todas esas olas.

Y luego llegaron mil suspiros. Thom Yorke oyó con sumo cuidado, calibró al público, aunque pareció que, de repente, no le prestó atención. Calculó los sonidos. Luego disparó un monosílabo, tajante como un jab con el cual pretendió mantener cierta distancia. No dejó escapar ni una palabra que comprometiera su presentación. No dijo, por ejemplo, esas frases clichés que todo músico dice cuando visita México “Nos encanta México. Es el mejor lugar donde hemos tocado”. Se limitó a agradecer todo el tiempo.

Otros aspectos destacados incluyeron la balada de piano Pana-vision, que se convirtió en un final ruidoso, completo con Greenwood atacando su bajo eléctrico con un arco; Bending Hectic, un jam experimental y extendido que podría convivir con Sonic Youth; el seductor y minimalista The Smoke y la glorificación de minutos que concurrencia rindió a Jonny Greenwood. “Jonny, Jonny, Jonny, Jonny”, se escuchó por un considerable periodo de tiempo y York los alentó aún más.

El repertorio musical de The smile en el Auditorio Nacional fue completo. Se transformó en un verdugo implacable, en una máquina de demolición sonora que no presentó fisuras por ninguna parte. En ningún momento se sintió que los músicos siguieran al pie de la letra un libreto gastado en la memoria, deteriorado por el uso. Fue el testimonio vibrante de un grupo de artistas que se sumergieron hasta el fondo de la experimentación, un discurso recitado con las pausas necesarias. Los músicos no trabajaron: abrieron sus corazones y el Auditorio Nacional los escuchó con la boca abierta y las manos levantadas queriendo tocar el cielo. Cuando el grupo terminó la presentación, Thom Yorke saludo con la mano izquierda, aparentemente despreocupado por establecer de dónde llegaron los gritos. Sonrió, caminó despacio para abandonar el escenario. Entonces, tuve la impresión de que ya no avanzaba a pie sino encaramado en lo más alto de los hombros de los escuchas, en las nubes, de donde, por más que lo intentemos, jamás de los jamases podremos alcanzarlo.

Al final, los asistentes dijeron al unísono y en tono de bienvenida:

—¡Hola, The smile!

—Radiohead, ¿quién?

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