¿Comemos caracoles?

LOS CARACOLES, UN MANJAR EN RETIRADA: DEL LUJO FRANCÉS AL OLVIDO MEXICANO

El caracol es una proteína baja en grasa y alta en hierro, magnesio y vitamina E. Contiene además aminoácidos esenciales y un nivel bajo de colesterol. Es, en términos nutricionales, un alimento completo y sostenible: su cultivo requiere poca agua y puede desarrollarse en pequeñas granjas, con bajo impacto ambiental.

Ciudad de México, 6 de octubre (maremotoM).- Hubo un tiempo en que los caracoles eran sinónimo de sofisticación. Llegaban a las mesas en pequeños platos de porcelana, nadando en mantequilla, ajo y perejil, acompañados de un vino blanco frío y un aire de celebración. Hoy, sin embargo, los caracoles parecen haber perdido su brillo: apenas sobreviven en algunos restaurantes clásicos de la Ciudad de México —como Au Pied de Cochon, Almaral, Les Moustaches o Estoril—, y son casi una rareza en los menús contemporáneos.

¿Comemos caracoles?
De Francia, los ricos caracoles. Foto. Cortesía

En Francia, los escargots à la bourguignonne siguen siendo una institución. Se calcula que el país consume más de 40 mil toneladas de caracoles al año, con festivales, granjas dedicadas y una industria que los exporta por millones. En España, el caracol también tiene un lugar en la mesa: se come en guisos, tapas y caldos populares, sobre todo en Cataluña, Andalucía o Valencia, donde las cargolades reúnen a familias enteras.

En México, en cambio, su consumo fue siempre marginal. “Aquí el caracol es más visto como rareza que como tradición”, explica un chef de cocina francesa en Polanco. “No tenemos una cultura del escargot y además es un producto caro y complejo de mantener fresco”.

El caracol es una proteína baja en grasa y alta en hierro, magnesio y vitamina E. Contiene además aminoácidos esenciales y un nivel bajo de colesterol. Es, en términos nutricionales, un alimento completo y sostenible: su cultivo requiere poca agua y puede desarrollarse en pequeñas granjas, con bajo impacto ambiental.

Sin embargo, como explica un chef experto en este platillo: “no basta con que sea sano o ecológico: tiene que haber demanda. En México el comensal promedio no se siente atraído por los caracoles, ni siquiera como curiosidad. En cambio, los insectos son parte de nuestra cultura ancestral y eso genera una conexión inmediata”.

Los insectos ganan la batalla

Mientras los caracoles se apagan, los insectos viven un auge. Chapulines, escamoles, hormigas chicatanas o gusanos de maguey han sido revalorizados como superalimentos y símbolos de identidad nacional. Lo que antes era rusticidad hoy es sofisticación: restaurantes de alta cocina como Quintonil, Pujol o Azul Histórico han reinterpretado los insectos como ingredientes de vanguardia.

Escamoles
Entrada en el Azul Histórico, con escamoles, llamado el “caviar mexicano”. Foto. Cortesía

“En los caracoles hay una sofisticación europea; en los insectos, una memoria indígena”, comenta un investigador gastronómico del Claustro de Sor Juana. “Y México está mirando hacia sus raíces, no hacia París”.

Pocos restaurantes mantienen viva la tradición. Au Pied de Cochon, abierto las 24 horas en el Hotel Presidente InterContinental, sigue sirviendo escargots en concha con mantequilla y perejil. En Les Moustaches, los caracoles se ofrecen como entrada clásica; Estoril conserva su receta original de los setenta.

La Brasserie Lipp y Almara, de Guy Santoro, los mantienen más por respeto a la tradición que por rentabilidad. “Es un plato que se cocina por amor, no por negocio”, dicen los chefs.

Un sabor en extinción

Quizá los caracoles nunca se vuelvan a poner de moda. Son demasiado lentos para el ritmo del nuevo comensal, demasiado clásicos para la estética del plato de autor, demasiado europeos para una cocina que busca reconocerse en lo propio. Pero siguen siendo un recordatorio de otro tiempo: cuando comer era un acto más ritual que digital, más lento que fotogénico.

Dónde comer caracoles hoy en la Ciudad de México

Au Pied de Cochon

Hotel Presidente InterContinental, Polanco.

Abierto 24 horas. Clásico francés con escargots en concha y mantequilla de ajo.

Les Moustaches

Río Sena 88, Colonia Cuauhtémoc.

Especialidad en cocina francesa tradicional. Escargots a la Bourguignonne.

Estoril

Alejandro Dumas 24, Polanco.

Cocina internacional con elegancia mexicana. Sirve caracoles como entrada.

Almara

Hotel Galería Plaza, Zona Rosa.

Fusión mediterránea-mexicana dirigida por el chef Guy Santoro. Caracoles en carta estacional.

En México, la mayoría de los caracoles que llegan a los restaurantes son importados de Francia o España, en conserva o semipreparados, aunque también existen pequeñas granjas de helicicultura en estados como Jalisco, Veracruz y Guanajuato, donde se crían especies europeas como el Helix aspersa. Estos caracoles se alimentan de hojas, frutas y harinas vegetales y su cosecha es lenta: tardan entre nueve meses y un año en alcanzar el tamaño ideal.

Los productores aseguran que es un negocio sostenible, pero aún sin mercado. “No hay suficientes consumidores”, dice un criador jalisciense. “Criar caracoles es fácil; venderlos, no”. Quizá ese sea el símbolo perfecto del propio caracol: un alimento noble que avanza despacio, a contracorriente del vértigo gastronómico del presente.

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