Sonora Santanera

La Sonora Santanera: una treintena de poemas y una visión de México

La agrupación mexicana de música tropical se presentó en el Auditorio Nacional con una big band y un amplio grupo de invitados

Ciudad de México, 13 de junio (MaremotoM).- El México de La Sonora Santanera es un lugar polifónico y contradictorio que no tiene descanso. Gracias a la afinidad por el símbolo literario, la famosa agrupación de música tropical mexicana sigue la línea de aquellos cronistas que escarbaron en la realidad del país hundiéndose en sus mitos, alegorías, imágenes y metáforas, con obras que representan una ruptura, un choque frontal con el relato histórico y canónico impuesto y, a la vez, oponiendo resistencia al sistema de oposición entre alta y baja cultura. Sus canciones están repletas de símbolos y puntos de vista. La Sonora Santanera se introduce en las profundidades del barrio, en las callecitas tortuosas, en los parques con una voluntad comunicativa intelectual, emocional y afectiva.

La Sonora Santanera es una de las voceras de las calles mexicanas, una de las pocas a quienes les está permitido revelar aquello que no registran los diarios ni los noticiarios, una especie de Roberto Arlt que se iba a pasear, observaba y regresaba para contar lo que capturaba su mirada curiosa, un policía mudo, un enamorado ofreciendo la vida en intercambio a su amada solo “Por una cosa”, un “Corazón de acero” por culpa de una traición, penas de amor ahogadas en vino y en amores de cabaret, la agrupación es una especie de caja negra en la que entran, por un lado, chorros de emociones ajenas y salen, por el otro, cuadros en los que se condensó, sin literatura de por medio, la cruda realidad urbana.

Sonora Santanera
Sonora Santanera en el Auditorio Nacional. Foto: Cortesía

La sala de conciertos es grande y estuvo en penumbras. Más de nueve mil personas permanecieron en silencio. No tomaron notas: miraron. No secretearon: esperaron. Unos rayos de luz brotaron de un proyector y se estrellaron allí, en una cortina. La noche del domingo La Sonora Santanera abordó el escenario del Auditorio Nacional y comenzó su opereta de incontables actos con “El orangután”, poco a poco las cortinas se fueron abriendo. La primera nota fue importante: fue la que rompió el silencio. Entonces el público aplaudió y vitoreó y la primera nota ya no fue la primera nota, sino un río de sonidos llegados de otro mundo que se clavó en los oídos del público y los hizo añicos. Al poco tiempo, aparecieron las siluetas de los miembros de la agrupación enfundadas en elegantes esmóquines color palo de rosa a juego con brillantes zapatos de charol del mismo tono que resaltaron en la semioscuridad del escenario hasta que los reflectores revelaron las sonrisas de los santaneros. Sonrisas que surgieron “Juguetear a ritmo” y de escudriñar, desde casi setenta años, los grandes imaginarios de la gente.

La grande sala ya no estuvo en penumbras. Más de nueve mil personas pasaron del silencio al jolgorio. “Oh no, not I / I will survive” pronunció María Fernanda enfundada en un espectacular traje de carnaval, cubierta por miles de suntuosas lentejuelas que la marcaron como una de las estrellas del concierto, mientras el auditorio no cabía de emoción y, luego, arremetió con otro pasaje “Oh, as long as I know how to love / I know I’ll stay alive / I’ve got all my life to live / And I’ve got all my love to give / And I’ll survive, / And I’ll survive”. El público se rindió con respiración, con emoción, con oscuridad, con luz.

La música de La Sonora Santanera es como un pacto que el músico le propone al oyente. Voy a contarle una historia y esa historia es cierta, ocurrió y yo me enteré de eso. Musicalmente, es la inspiración innegable de los acordes del danzón, el bolero, la rumba, el chachachá, el mambo. “Luces de Nueva York” la canción que prosiguió en el repertorio de la noche. Una pieza lúdica, irónica de nacimiento, combina música, cuerpo, imagen, personalidad, humor, ironía y voz.

Vagando en busca de nuevos ritmos, los músicos permiten que el grupo sea acompañado con una Big band que impregna a los temas ligeros toques de swing, bebop y jazz; los músicos sonaron como un vocán en erupción. El conjunto interpretó una colección de melodías animadas acompañados por distintos artistas, Carlos Cuevos, Nora González, Casimiro Zamudio (incluyendo una versión tropical de “Ramito de violetas”), Chico Ché Chico, Caló y La Orquesta de Pérez Prado. Como tantos conjuntos tropicales, la santanera demostró una extraña habilidad para progresar de un crescendo, aparentemente inigualable, al otro, dando la clara impresión de que tocarían toda lo noche si alguien se los pidiera.

Las canciones que interpretó La Sonora Santanera están cruzadas de símbolos y puntos de vista. “El celoso”, “Musita”, “Dónde estás Yolanda”, “Vergüenza” “Perfume de gardenias” se convierten en los avatares y la construcción heroica de nuestro país, en una búsqueda de identidad como ciudadanos.

Hay un silencio súbito. Un telón negro salpicado de luces doradas. Un haz de luz cíclope enterrándose en la cara del cantante que anima al público a cantar al grito de “otra canción se pide con aplausos. Con las manos arriba empujando el cielo”, los músicos hicieron todo lo posible por defenderse de la creciente ola de ruido, ensordeciendo a los presentes con una voz de acero y determinación. Al igual que otros músicos regionales su voz no es convencionalmente atractiva y se especializa en una especie de abrasividad sentimental. A favor de las frases declamatorias cortas, los espectadores que habilitaron los pasillos del auditorio como pista de baile quedaron cegados después de cada una con una aterradora sonrisa que parecía haber sido engendrada en las salas de conciertos de Las Vegas. “El barbarazo” emana de la voz de los cantantes que se acompañan con La Orquesta de Pérez Prado, giran sobre sus ejes, mueven los brazos como unos locos en medio del aguacero de aplausos, marcan el tiempo de la canción con los pies, con los zapatos golpeando discretamente las tarimas y esperan la señal secreta para dar una última vuelta a la melodía y terminarla de golpe, con determinación, como un torero clavando la espada asesina en el animal que lo embsite… Y, enseguida, recomienzan, ahora con las notas que anuncian “La boa”, para inmediatamente recibir a todos los invitados en la pista y cantar todos juntos.

Entre todas las iconografías memorables que me dejó la noche del domingo, privilegio estas: (1) Los múltiples cambios de vestuario —por lo menos trece— de las bailarinas que acompañaron a los músicos; (2) el Auditorio Nacional lleno, rendidos a los músicos y acompañándolos con aplausos, coros y sus celulares encendidos a manera de estrellas; (3) las sonrisas de los músicos como si todos los sueños de sus vidas se hubieran realizado ahí.  Y sobre todo esta que sigue y en la que me voy a detener un poco más.

El aspecto más conmovedor de la noche fue ver al personal de seguridad del Auditorio Nacional tratando de detener a la audiencia bailando en los pasillos, una tarea que los dejó avergonzados y completamente derrotados. La carrera de La Sonora Santanera es tan brillante como las ropas que vistieron la noche del domingo.

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