Jack DeJohnette

JACK DEJOHNETTE: EL ÚLTIMO PULSO DEL JAZZ

Murió Jack DeJohnette y con él se apaga una de las voces más libres que tuvo la batería. Tenía 83 años. Su muerte —ocurrida en Woodstock, Nueva York, a causa de una insuficiencia cardíaca— deja al jazz sin uno de sus grandes arquitectos rítmicos, alguien capaz de combinar el rigor con la invención, la estructura con el vuelo.

Ciudad de México, 27 de octubre (MaremotoM).- Jack DeJohnette no fue solo un baterista: fue un modo de entender la música. Nació en Chicago en 1942, comenzó como pianista y esa formación inicial marcó toda su vida. Tocaba la batería como si improvisara al piano: cada golpe, un acorde; cada pausa, una respiración. En los clubes de su ciudad natal aprendió el idioma del swing y del blues, pero también el vértigo del avant-garde. A mediados de los sesenta llegó a Nueva York y su nombre empezó a circular entre los músicos que transformaban el jazz.

Su encuentro con Miles Davis fue decisivo. DeJohnette formó parte del grupo que grabó Bitches Brew, ese disco que rompió todas las fronteras y redefinió el género. En las grabaciones de Miles su batería no acompañaba: empujaba, dialogaba, desafiaba. “Gracias por mantenernos avanzando todos estos años, Maestro”, escribió hoy un colega al conocer la noticia. La frase resume su legado: fue el motor de un tiempo.

Después de Miles, su carrera fue una sucesión de alianzas y aventuras. Tocó con Charles Lloyd, con Bill Evans, con Keith Jarrett, con Pat Metheny y en cada proyecto dejó su firma inconfundible: un ritmo que no se imponía, sino que respiraba con la melodía. Grabó discos memorables, lideró tríos y cuartetosy recibió en 2012 el título de Jazz Master de la National Endowment for the Arts, un reconocimiento que solo obtienen los imprescindibles.

 

DeJohnette era un hombre de mirada serena y curiosidad inagotable. Le gustaba decir que el jazz era “una conversación infinita”. En sus últimos años seguía tocando, grabando, enseñando. Su sonido —mezcla de precisión, riesgo y lirismo— sobrevivirá en las grabaciones, en los conciertos que aún resuenan y en los músicos que lo tomaron como faro.

Su muerte es una gran tristeza para la música, pero también una celebración del camino recorrido. Jack DeJohnette fue, hasta el final, el pulso vivo del jazz: un músico que supo escuchar el tiempo y hacerlo sonar.

Era un baterista que componía. Y no de manera anecdótica, sino profunda. Jack DeJohnette fue de esos pocos músicos capaces de trasladar la estructura melódica a la percusión, de hacer que la batería dejara de ser mero acompañamiento para convertirse en pensamiento musical. Desde su primer disco como líder, The DeJohnette Complex (1968), hasta obras más tardías como Parallel Realities o Sound Travels, su firma compositiva se basó en el equilibrio entre ritmo y atmósfera, entre libertad y forma. Cada tema suyo parecía surgir de un pulso interior, de un diálogo constante con el tiempo.

Su paso por el grupo eléctrico de Miles Davis fue uno de esos instantes en que la historia del jazz se reescribe. Lo convocó en 1969 para las sesiones de Bitches Brew, Live-Evil y A Tribute to Jack Johnson. Allí, junto a Joe Zawinul, Wayne Shorter, John McLaughlin y Dave Holland, DeJohnette desató un nuevo modo de entender la batería: ni el swing clásico ni el rock puro, sino una energía expandida, tribal y cerebral a la vez. Era el motor que hacía avanzar la revolución de Miles.

Su consagración más íntima llegó en los setenta, cuando formó el Trío de Keith Jarrett, junto al bajista Gary Peacock. Aquel grupo, que grabó durante más de tres décadas para ECM, fue un laboratorio de pureza musical. Jarrett improvisaba con la intensidad de un pianista místico; Peacock tejía líneas que parecían venidas de otro planeta —de ahí esa sensación “surrealista”— y DeJohnette sostenía todo con una precisión casi telepática. No marcaba el compás, respiraba con ellos. Ese trío llevó el jazz de cámara a un nivel espiritual: una conversación entre tres almas que se escuchaban más que tocarse.

Jack DeJohnette
DeJohnette era un hombre de mirada serena y curiosidad inagotable. Le gustaba decir que el jazz era “una conversación infinita”. Foto: Cortesía

DeJohnette también componía para esos contextos. Sus piezas Silver Hollow o Ahmad the Terrible revelan una voz lírica, elegante, que demuestra que un baterista puede ser también un arquitecto de melodías. Su dominio del piano le permitía escribir armonías complejas y pensar el ritmo como una forma de canto.

Murió a los 83 años, dejando atrás una obra monumental y una lección que pocos músicos alcanzan: que el ritmo no se impone, se comparte. En su batería no había golpes, había respiraciones. En su música no había ego, había escucha. Y en su vida, una certeza que define a los grandes: el arte no está en el ruido, sino en el silencio que lo contiene.

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