Rosalía

Fervor con Rosalía: Con todos vosotros, aquí me he terminado de enamorar

Tras una extensa gira por Estados Unidos, Canadá, Centroamérica y Sudamérica, Rosalía cierra con récord su ciclo de presentaciones con un concierto en el Zócalo de la Ciudad de México.

Ciudad de México, 29 de abril (MaremotoM).- Un concierto en el Zócalo es una moneda al aire. Nunca sabes a que te vas a enfrentar. La militancia mesiánica de Roger Waters, horas y horas de introspección mientras Sir Paul McCartney hace su aparición o una buena dosis de un espeso jarabe de música regional mexicana.

Existen lugares para convertirse en un muégano, digno del metro a la hora pico, bajo los efectos de la música y lugares para no vivir la experiencia. Sin embargo, hay otros lugares para obtener la redención, como por ejemplo hasta atrás en un concierto de Rosalía pendiente de una de las dieciocho pantallas que instaló el gobierno de la ciudad para disfrutar el espectáculo. Ojo, no quiero decir que la experiencia de mirar a Rosalía a centímetros de distancia mientras se escucha su música en vivo no se casen. Al contrario. Pero ya saben como es la edad, uno no tolera la proximidad. Y estar apresado en medio de una turba marinada por con sus propios humores, como buen católico que soy, no es algo que se desee ni al peor enemigo.

El Zócalo capitalino, la plaza pública más grande el mundo —después de la de China— lució, una vez más, abarrotado. Sonó y lució como un domingo en La Lagunilla, con reggaeton, pero sin puestos de cervezas. Para llegar a uno de los accesos —habilitados en las calles Pino Suárez y 20 de noviembre— anduve por Articulo 123 desde avenida Balderas. Incauto, todavía no sabía de qué se trata Rosalía ni que tan potente era, comencé a caminar hasta llegar al Liverpool de Venustiano Carranza. Eran las siete de la noche y se comenzaba a mirar la afluencia de seguidores.

Rosalía
Rosalía, la gran Rosalía. Foto: Cortesía

Rompe la noche. El lugar huele a cigarro, cilantro y cebolla de las tlayudas de maíz negro, algunas partes inunda un aroma terroso o amaderado —que algunos confunden con el olor a zorrillo—, también está el olor de los cuerpos, sobre todo, y resuenan las voces de los asistentes. Los gritos, también, por todas partes:

—Lleve la playera del evento, seño, la gorra, sólo cincuenta pesos…

Grita una señora quemada por el sol y de camiseta blanca muy gastada mientras sostiene una pila de gorras en la mano izquierda y con la otra levanta una playera con letras rojas y la leyenda “MOTOMAMI” cuyas letras “M” parecen unas mariposas estilizadas. Hay otro grito más allá:

—de limón, melón y tamarindo. A diez la paleta…

Grita otra mujer y después se aleja, todo en un tono discreto donde solo entiendo la palabra “limón”. Los vendedores son bajos y cobrizos y ofrecen cigarros, binoculares, vapeadores a cien pesos y, por qué no, cervezas de contrabando.

Cayó la noche y entonces el espacio se fue ocupando como un puzzle multicolor de miles de piezas. Y así, como las piezas del puzzle la gente fue ocupando cada hueco. Y, aunque estaba lejos de sentir incomodidad, el apretujamiento ya era digno del metro Indios Verdes en lunes a las siete de la mañana. No era paranoia, era simple instinto de supervivencia.

Conforme me adapté al lugar me di cuenta que no cabía un alma más en el Zócalo. Horas más tarde la Secretaría de Gobierno de la Ciudad de México reportaría la asistencia de 160 mil personas, un récord de asistencia para sus conciertos.

Fueron llegando con la noche a la plaza donde caben —aunque no caben— mujeres, niños y hombres altos, bajos, sólidos, de colores, la atmósfera que se respiró era digna de Cuerpos sonoros, la novela gráfica de Julie Maroh. Desprenderse del frente y atestiguar el concierto desde atrás fue una buena idea. Al darme media vuelta y buscar una de las pantallas vi el mar de personas, ya habían inundado hasta el Antiguo Palacio del Ayuntamiento. En la madre, ya se llenó, me dije y en ese momento comenzó a sonar Como la flor, de Selena. Algunos minutos después La Rosalía apareció en el escenario acompañada de su corte de bailarines, todos con cascos de motociclista diseñados por el artista Carlos Sáez.

Rosalía
Un disco de Sony Music. Foto: Cortesía

— Chica, ¿qué dices?

Pronunció la cantante y sonrió, como esperando la aprobación de su público. Rosalía tiene la piel morena. Viste de negro con corsé y botas color rojo. Lleva el pelo suelto y la sonrisa luminosa y una botella de agua de la que no se desprenderá en todo el concierto.

— Saoko, papi, saoko

Volvió a pronunciar y los asistentes corearon con ella una vez más.

— Saoko, papi, saoko.

Después de esto supe que todo sería distinto. El asomo de la incertidumbre se esfumó y comencé a experimentar alborozo. Entendí, después de muchos años de vida, el homenaje que la artista catalana hace al reggaeton clásico, tomando prestada al samplear la percha que utilizaron en su momento los cantantes Daddy Yankee y Wisin. Se suponía que el sonido debía ser más fuerte. Incluso las bocinas de mi vecino suenan mejor. Pero el desperfecto me dio la oportunidad de poner más atención en la imagen: una granproducción performática y conceptual.

Las canciones son depósitos de muchas clases de energías y tipos de poder. Son determinantes a la hora de formar coaliciones humanas, la música siempre ha tenido una vinculación íntima con la conducta agresiva y tribal, ya sea de la caza, guerras, huelgas, protestas políticas o simplemente las competiciones deportivas.

Y me entregué al:

— Yo no soy y ni voy a ser tu bizcochito / Pero tengo to’ lo que tiene delito / Ta-ra-rá, ta-ra-rá, ta-tá / Ta-ra-ra-ta-tá-ra (me lo quito)

Cuando comenzó a sonar “La noche de anoche” observé a mi alrededor y noté a quienes me rodeaban en todo su esplendor. Eran un regimiento de motomamis. A mi lado todos eran seres disfrutando la música. Altos, bajos, grandes, con botas o cadenas, con alas o sin ellas, no era una vil demostración de testosterona sino gente que escucha música, y cuando esta está bien hecha las personas sólo quieren escucharla. Era un asunto irracional, animal. Un estado de trance. Sólo un grupo de chicos, quienes cantaban de memoria varias de las letras de las canciones de la cantante molestaban a los demás cuando comenzaron a gritar:

—Rosalía, te amo. Prestame a tu novio.

En “Blinding Lights”, una de las canciones de The Weeknd, la gente bailó mientras las pantallas mostraban a la cantante a través de unas tomas conceptuales en toda la extensión de la palabra, un concierto pensado y planeado para disfrutarse desde las pantallas.

— Sepan qué de tras de mi música hay mucha inspiración mexicana. Desde hace muchos años estudié muchas canciones, estudié canciones como la llorona.

Confesó desde el escenario y comenzó interpretar la canción popular mexicana con lágrimas en los ojos. En ese momento el concierto estaba resultando mejor que muchos otros que miré este año. La Motomami conectó con sus seguidores, con una ciudad que esperó durante días, que cuestionó y especuló y acampó en la plancha del Zócalo para tener un mejor lugar en el concierto.

En “Chiken Teriyaki” bailé mientras las gotas de sudor bajaban por mi frente. Pero toda aquella energía se apaciguo de un momento a otro cuando sonó CUUUUuuuuuute. Todas mis dudas se vinieron abajo. Experimenté un momento de satisfacción. El concierto terminó y yo salí de ahí, disfrutando de mi propia experiencia, mientras la gente caminaba unto de mi me quedé pensando, ¿es posible cambiar las reglas del juego? En varios niveles, incluyendo el político Rosalía está invirtiendo varios códigos.

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