Elevado al rango de músico de canción protesta por los sudafricanos quienes adoptaron I wonder como bandera de lucha, las letras compuestas por el músico lograron dar la vuelta al mundo para cambiar opiniones y perspectivas
Ciudad de México, 10 de agosto (MaremotoM).- Esta vez parece ser real: Sixto Díaz Rodríguez, más conocido como Rodríguez, murió. La noticia conmovió en lugares opuestos y apartados del mundo. Por un lado, está la comunidad de Detroit, en EEUU, y, por el otro, se hace presente la sociedad de Sudáfrica, lugares separados por el Océano Atlántico y 13, 461 km de distancia, pero extrañamente hermanados por las composiciones del músico y cantante estadounidense descendiente de mexicanos.
Mientras tanto, en Johannesburgo, la ciudad más grande sudafricana, para el diario The Citizen, la muerte cantautor de folk fue calificada como un doloroso Cold fact. Muchos sudafricanos en los años setenta y ochenta, entre ellos el escritor Stephen Segerman y el director de cine Craig Bartholomew, estaban obsesionados con la música de Rodríguez, pero el músico en sí mismo era un misterio.
Hay un mito fundacional en la música de la nación africana. Habla de la llegada, nadie sabe cómo, de un poeta inocente y su batalla contra viento y marea para hacer una vida de la música, que creó las composiciones más puras y hermosas para luego desaparecer dramáticamente.
Algunos dijeron que se había prendido fuego y murió quemado ante una audiencia en su país natal, otros que pegó un tiro en la cabeza arriba del escenario y algunos, un poco más audaces, afirmaron que murió de una sobredosis de droga. Estas circunstancias, que tanto se parecen a la vida real de un músico, obligan a pensar que esta vez Rodríguez murió de veras, en alguna de las tres tentativas. Sin embargo, ese mito romántico de tintes prerrafaelitas fue fracturado el pasado miércoles.

Hace 25 años, cuando Segerman y Bartholomew —después de una intensa búsqueda—lograron establecer contacto con Eva, la hija de Rodríguez, la muerte no podía ser verdad. La diminuta comisión de búsqueda rescate lo encontró humilde y medio alegre, en el país que ignoró su arte y en la misma casa donde vivió los últimos cuarenta años, a poca distancia de los muelles del río Detroit donde los productores Mike Theodore y Dennis Coffey, en los años setentas del siglo pasado, ofrecieron a ese vagabundo y poeta moderno grabar Cold fact, su primer álbum. La propia obra de Rodríguez es el reflejo de esos espíritus errantes que transitan por las ciudades, por sus áreas marginales y desoladas.
En cambio, ahora, el músico de 81 años, que entre 2018 y 2020 estuvo relativamente activo actuando en EEUU, Londres, Slovakia, República Checa, Holanda o Finlandia, fue declarado muerto por Konny Rodríguez, su esposa: “falleció después de una breve enfermedad”, señaló.
Se acabaron las hipótesis de suicidio. Rodríguez no parecía pertenecer a la raza de hombres que deciden acabar con su propia vida. En su música no hay personajes que se inmolen, sus figuras son heroicas solamente en función de su temeridad y su valor para errar, para ir de refugio en refugio, para transitar lugares repletos de decadencia y autentica pobreza, para andar y resistir esas calles que son el hábitat natural de la música de Sixto. Pero, de todos modos, el enigma de la muerte del creador de Coming from Reality es meramente circunstancial, porque esta vez las cosas ocurrieron de manera natural y parafraseando al cantautor:
tal vez hoy, si
se escabulló
para buscar su propia felicidad.
En contraste con el dolor sincero de los melómanos, se destacará en estos días la incertidumbre de los críticos musicales. La pregunta central será hasta qué punto Sixto Rodríguez fue un gran cantante y en qué medida merece un laurel que a él mismo le pareció una simple anécdota, una circunstancia episódica en la vida de un hombre.
En realidad, Sixto sólo fue un testigo ávido, más que de la acción individual, de la naturaleza humana universal. Su Street Boy podría caminar cualquier calle del mundo; su Sugar Man, por una moneda azul, puede ofrecer, en cualquier esquina, Jumpers, coca cola, o dulce Mary Jane; y los alcaldes y políticos que se mencionan en: Not a Song, It’s an Outburst! or, The Establishment Blues, se parecen a todos los alcaldes del mundo que ocultan las tasas de criminalidad de sus ciudades y a los políticos de todas las partes que siguen usando a la gente de la que abusan.
Todos ellos pueden surgir en cualquier lugar del planeta, en cualquier situación y en cualquier nivel de la escala social en que fuera necesario luchar encarnizadamente no tanto para alcanzar la victoria cuanto más para sobrevivir al ritmo de Climb Up on My Music. Y luego, la victoria era apenas un estado superior del cansancio físico y de la incertidumbre moral.
Y, en el universo Sixtiano, la victoria no estaba destinada al más fuerte, sino al que hace las cosas lo mejor que puede, al que echa mano de la sabiduría aprendida por la experiencia. En la vida no hay garantías de nada, eso lo supo de primera mano el músico. En ese sentido, Rodríguez fue un idealista. Pocas veces se ve a un cantautor que es capaz de demostrar que hay una alternativa, que tiene la voluntad de transformar el tormento y la agonía, la confusión y el dolor, y convertirlo en algo bello. Su historia no es diferente a la de El patito feo, de Hans Christian Andersen. Pocas veces en su breve obra —dos discos que no sobrepasan la treintena de canciones— surgió una circunstancia en la que el conocimiento no fuera amenazado por la fuerza bruta. Él tomó todo ese material crudo y lo transformó en algo bello. América cero, héroe de Sudáfrica, rezó un periódico cuando ofreció su primera presentación en Africa en 1998. Sugar Man Rodríguez canta ante la multitud que lo adora, dijo otro periódico ese año y recordó que la vida del músico llevó la esperanza y el mensaje de que ser ignorado en su país natal, en lugar de ser un defecto, fue una cualidad especial que el futuro premió. En otro medio apareció: Hechos sobre un hombre misterioso, un hombre que como un personaje de Hemingway, agotado y perseguido por la mala suerte, logró vencer al pez grande del mundo en una contienda que fue más de resistencia que de fortaleza física.
El tiempo demostrará también que Rodríguez como músico “menor” se comerá a muchos músicos “grandes”, por su conocimiento de los motivos de los hombres y los secretos de su oficio. Su música es una casa construida para durar décadas; tienen buena estructura —incluso cuando fue amenazada por las inclemencias del tiempo—, posee cimientos sólidos, cuenta con ventanas y conductos especiales que permiten la circulación del aire, dispone de un buen sistema de drenaje y un techo firme que no deja filtrar el agua y protege de los rayos del sol. En buena medida, las canciones del compositor norteamericano están formadas por escenas básicas y universales que con los elementos justos consigue atar algo al inicio de la narración que logra desatarse justo al final para trasmitir su mensaje de esperanza al oyente.
La trascendencia de Sugar Man, cómo se le conoció después del documental de 2012 que contó su odisea, está sustentada precisamente en la oculta sabiduría que mantiene a flote letras de contenido objetivo, de estructura directa y simple, y a veces escueta inclusive en su dramatismo. Rodríguez sólo contó con sus propios ojos, lo gozado y lo padecido en su experiencia vital fue al fin y al cabo el pretexto de su escritura. Su vida fue un continuo aprendizaje de su oficio como músico, en el que fue honesto hasta el límite: habría que preguntarse cuántas veces estuvo retratada, en sus canciones, la vida del compositor, para que fuera válido cada gesto de sus personajes.
“Estoy vivo gracias a ustedes”, agradeció el músico a los africanos en 1998. En este sentido, Rodríguez no fue nada más, pero tampoco nada menos, de lo que quiso ser: un hombre sencillo que estuvo preocupado por su comunidad en cada acto de su vida. Su destino, en cierto modo es el de los héroes, sus canciones se volvieron icónicas después de que aguataron el paso de dos generaciones: cincuenta años. Es verdad que todas sus piezas dan ese plazo de medio siglo para valorar sus méritos, ya con una perspectiva que no depende de las modas ni de las tendencias presentes cuando aparecieron. Cuando las canciones de Rodríguez se cruzaron con los vientos de la historia el resultado fue una conmoción que logró cambiar la forma de entender la vida. Elevado al rango de músico de canción protesta por los sudafricanos, quienes adoptaron I wonder como bandera de lucha, las letras compuestas por el músico lograron dar la vuelta al mundo para cambiar opiniones y perspectivas, enseñó a la gente que está bien protestar y estar enojado con el sistema. Stephen Segerman afirma que lo que Rodríguez regaló a los sudafricanos fue el mensaje: “atrévete a ser antisistema”.
Esa es, tal vez, la dimensión más exacta de Rodríguez. Probablemente este no sea el fin de hombre sino del principio de un héroe en la historia de la música universal. En cierto sentido el fracaso total en EEUU, en otro lugar no lo fue en absoluto. Se trata más bien de lo que el músico deja de tras de sí: eslabones de una cadena de canciones que se extenderán muchas décadas más. Ese es el legado natural de un espléndido ser humano, de un trabajador incansable y extrañamente humilde, que quizá merezca más que un puesto en el Olimpo musical.











