La heroína de la música mexicana habló de su décimo álbum, un canto al amor propio y a la madurez de darse cuenta de qué para amar a otros, es fundamental reconocerse a uno mismo
Ciudad de México, 15 de julio (MaremotoM).- Después de los desasosegados años virales no es extraño que el nuevo disco de la cantante veracruzana Natalia Lafourcade este sostenido en una potente utopía.
De todas las flores avanza con tres discursos en contrapunto: la historia vital de la cantante, la arqueología de su interés por disponer de lo humano —experiencias, recuerdos, aprendizajes—como habitantes del reino vegetal y el dúo que forman la autoficción —como un proceso de reflexión sobre su propio yo como un ancla arbitraria— y su identidad —desprendida de toda máscara que lleva al escucha a transitar por los espacios que habitó la artista durante los últimos años—.
En el escenario improvisado, que sirvió el pasado jueves para presentar las fechas de sus próximos conciertos en Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara, Lafourcade se convirtió en una narradora. La expresión que cobró su rostro al hablar sobre su música otorgó una visión completa del sentimiento de los procesos íntimos vividos.
Su cuerpo entero es parte de esa narrativa. Al hablar de su música, sus ideas y su trayectoria, sus movimientos pueden compararse con la música folk, todos en conjunto son una secuencia de acordes menores que perecen resolver en uno mayor —cuando se emociona—, pero finalmente regresa al ciclo de acorde menores inicial.

Esta cadencia en suspense de movimientos, junto al ritmo calmado de su voz, trasmite una sensación de estabilidad, resolución, incluso de reparación. El resultado llega veloz, la gratificación casi inmediata, escuchar hablar a la intérprete de Hasta la raíz alcanza altos niveles de sofisticación que se perciben, incluso en su atuendo: un vestido negro desprovisto de todo adorno, unos discretos zapatos amarillos y, eso sí, un cauto collar de rocas discreto que colgó de su cuello y que con el contraste con su piel asemejaron —para continuar con las metáforas florestas — un jardín plano, en el que cada predusco era la representación de su corazón, espíritu y mente, todos perfectamente alineados.
“Realmente me siento como una flor”, comentó la veracruzana, “yo creo que todo ser es una flor. Para mí este disco significa reencontrarme con los jardines de mi corazón, de mi ser, de mi mente y mi creatividad. Este disco me permitió encontrar y conectar con la realidad de que soy muchas cosas, soy muchos mundos en uno”, declaró a los asistentes y continúo, “este es un proyecto que me ayudó a volver a muchas facetas de mi vida como mujer, como ser humano y como artista, donde puedo explorar y liberar una parte muy importante que tiene que ver con conectar, dejar en libertad el alma, generar esa conexión con lo que uno hace y que hace mucho bien, conectar con muchas personas con tu trabajo hace mucho bien”, sentenció con una sonrisa. Natalia lo tiene claro, la imagen de la flor en su reciente trabajo musical le permite indagar en los cambios, las vidas, las muertes, los cambios de piel, todo aquello que la transformó como ser humano y como persona durante este tiempo.
Para la intérprete de “Soledad y el mar” la retrospectiva permite observar la evolución de su carrera y el aprendizaje es una parte clave de su experiencia como artista. “La música se convirtió en mi vida”, afirma, “es mi pasión, es mi servicio, es mi trabajo, es mi agua. Hago la música que amo hacer y eso me da la paz interna de ser quien puedo ser, aunque sea un ser fracturado, para mí eso es una enorme bendición y eso es algo que yo quiero compartir con las personas”.
A través de su apasionada narración Lafourcade logra hacer que los asistentes experimenten todo lo que su música tiene como intención, “De todas las flores es un proyecto que me recuerda todas esas áreas y ese jardín interno que yo puedo visitar y me empuja a no tener miedo a arriesgar a nivel creativo y artístico”. Lo que ella ve es una intimidad distinta, una que se puede leer desde la portada de su disco, “yo veo un espacio onírico, surrealista, una narrativa y una historia detrás de la portada del disco, es ese rincón de mi mente al que no me había permitido entrar con otros proyectos”, sostiene.

Con esta forma de ver la música, no sorprende que Natalia Lafourcade se presente en recintos importantes. De todas las flores inició su ciclo de presentaciones en el Carnegie Hall, uno de los sitios ilustres para los músicos, de partió a distintas ciudades como Chile, Montreal, Indio, París, Madrid, Dallas, Los Ángeles, frente a audiencias ávidas de experimentar su energía. Y nada queda fuera. Las doce canciones que componen el álbum —cuyas influencias incorporan nombres como Violeta Parra u Omara Portuondo— son universales porque incluyen temas a los que llevamos siglos cantando: la angustia, la pérdida y el dolor. “Este es un momento muy importante porque siento que se convierte en un parteaguas en mi camino artístico”, cuenta y luego con la mirada levantada al cielo dice “el disco me dice; no sabía que podía hacer esto, tampoco imaginaba que podía lograr esto otro. Eso abre nuevas ramas en la cantidad de cosas que puedo ir explorando en mi música. Sin duda este es un momento que da pie a otro momento de mi historia como cantadora y como compositora. Empieza un nuevo momento en mi carrera, no sé de qué, pero lo se internamente”.
Inspirada por el movimiento de una comunidad de artistas “increíbles”, según sus palabras, integrada por mujeres como Rita Guerrero, Julieta Venegas o Eli Guerra, Natalia cuenta que un día tuvo la ilusión de habitar esos espacios que ellas estaban morando. “Con el paso de los años me tocó encontrarme con muchas mujeres, conectar y reconectar con ellas, como Mercedes Sosa, una mujer muy presente en mi familia, Soledad Bravo, Toña La negra, Lucha Reyes”. Y, después de veinte años de carrera artística, la veracruzana saluda con gusto encontrar mujeres emergentes como Silvana Estrada y Elsa y el mar que son bien recibidas por el público mexicano, “todas estamos comprometidas con nuestra música, cada una con su propio mensaje”.
Lo magnífico de De todas las flores es su conjunción entre música y poesía cargado de un ejercicio de reflexión que va más allá de una canción pop. Mientras que lo primero le permite conectar con su audiencia, lo segundo es un viaje de introspección. “Sabía que esto tenía que salir de mi sistema, se siente muy bien, es muy liberador”, resalta.

Las primeras de todas las flores
Mi manera de querer, fue el primer sencillo que se desprendió del álbum. Es una canción que honra las distintas formas del amor y el amor sin género. Durante los meses enfermos Natalia descubrió el cultivo, las flores y la posibilidad de crear jardín con sus reflexiones. No destripo el disco si cito unas líneas del proceso íntimo que la cantante describió en un podcast sobre el tema que da nombre al disco, “De todas las flores habla de la agonía que puedes llegar a vivir en una relación. En una relación que comienza siendo mucho amor, mucha pasión y mucha química, pero que eventualmente, por una extraña razón que no alcanzo a comprender, son las relaciones más complejas y más difíciles de sobre llevar. Es decir, poder trascender ese espacio de enamoramiento, cuando pasa eso comienza a ser muy problemático amar a esa persona y que te ame de vuelta porque se convierte en un amor venenoso, un espacio oscuro donde ya no es amor sino el polo opuesto”.
El futuro
Natalia Lafourcade está preparando una serie de conciertos durante el mes de noviembre. El día 7 se presenta en la Ciudad de México, luego el 22 en Monterrey, y, finalmente, el 26 estará en Guadalajara. No quiere desvelar detalles de los invitados que tendrá en cada presentación, pero asegura que en cada uno de ellos intentará conectar con su público.
Tampoco dio pistas acerca de si presentará el libro: De todas las flores, el diario musical y fotográfico que recorre todas las etapas del álbum desde la composición de las canciones, la intimidad en los estudios de grabación, la relación con los músicos, hasta el primer encuentro de la música en vivo con el público. Se emociona cuando cuenta que la vida de este disco es distinta a lo que experimentó con todos sus discos anteriores. “Quisimos liberar un álbum en el Carnegie Hall y grabarlo en vivo cuando aún no era un disco propiamente dicho. Luego no hacer una gira inmediatamente después para mí era muy importante, no apresurar los pasos y darle a todo su tiempo para no caer en las dinámicas de inmediatez que demanda en este momento la industria musical”, cuenta y dice a manera de confesión, “pero luego todo se invirtió porque comencé a recibir invitaciones de muchas partes del mundo. Quiero que ya sean los conciertos en México, pero visitar varias ciudades antes me permitirá tocar en noeviembre un show muy bien montado porque ya lo habremos tocado en muchos lugares”.
Natalia Lafourcade es una mujer alegre, simpática. Desprende gran energía. No le importa asumir riesgos a cambio de obtener experiencias que hagan que su carrera sea más emocionante. Dice que se siente feliz por poder llevar su música a distintos lugares y agradece los contrastes que le permiten conectar con su tierra y con la gente, “mi carrera me sigue enseñando que eso con lo que yo puedo conectar con la gente es mostrar mi verdadera humanidad”, finaliza sin perder nunca la sonrisa.











