¿Por qué un verdadero artista calla durante nueve años? Bartleby, ese tinterillo en los albores de Wall Street especulador, renunció definitivamente y calló. Qué bueno que Barría no, porque con esta industria cultural – y sus faltas de cariño – a veces dan ganas de hacerse bolita y desaparecer.
Ciudad de México, 28 de septiembre (MaremotoM).- En 2016 Marisol García dijo que Estación Pirque era un disco del que podía brotar algo nuevo para la música chilena. Lo escribió en las últimas líneas de una crítica que ha desparecido de internet, pero el tono era profético y misterioso.
Pasaron nueve años. Javier Barría dejó de hacer canciones y solo pudimos saber de su creación en trabajos ajenos, en su rol de productor. Produjo a más de cincuenta artistas variadísimos -yo fui uno de ellos – y desapareció, pero si uno pone atención a esas canciones ajenas, sus ideas rondan como el fantasma de la portada de ese último disco: una silueta diluyéndose.

Un cariño antiguo trata sobre aquel agujero negro de nueve años. Sobre lo que importa y lo que no, sobre las crisis y el gozo de encontrar un motivo suficientemente honesto para seguir creando.
¿Por qué un verdadero artista calla durante nueve años? Bartleby, ese tinterillo en los albores de Wall Street especulador, renunció definitivamente y calló. Qué bueno que Barría no, porque con esta industria cultural – y sus faltas de cariño – a veces dan ganas de hacerse bolita y desaparecer.
Cariño le sobra a este disco, pero está enfocado en seres significativos. “Tesoro”, la gata-portada que le da nombre a la primera canción, es blanco de una declaración de amor interespecie que entre el ritmo del beat, el CP 70 y un rodhes en loop, nos muestra a un Barría confesional en clave pop: “Tesoro, me muero de ganas de renunciar”.
“Una clase de amor”, “Iván y la Emperatriz” y “Mi nueva canción” confirman no solo la línea temática de este disco sino también otro cariño: ese que sentimos por músicas y sonoridades de épocas formativas. Las influencias son muchas.
Hasta acá, toda la armada argentina con García-Páez-Spinetta, pero también sus influencias: Prince, Steely Dan, Motown. A eso le sumamos Pet Shop Boys, Prefab Sprout, King Crimson, Beach Boys o Ryuichi Sakamoto. Lo increíble es que todo eso suena a Javier Barría y no al revés.
Todos sabemos que cuando escuchamos a Javier Barría no nos suena a nada más que a él. Eso requiere fidelidad, cariño. A veces la gente más fiel a sí misma es la que, justamente, calla. En “Un cariño antiguo” ser fiel a sí mismo es también serlo a todas esas músicas del siglo pasado. Y no, no hay ninguna influencia de este siglo entre los cariños de Javier, todas pertenecen a un mundo ya antiguo.
“Festival” abre la zona más reflexiva del disco, con una atmósfera enrarecida a lo Angelo Badalamenti y su Twin Peaks y un tono irónico y amargo. Usando el recurso de hablarle a un tú que es sí mismo, se nombran “aplausos secos de toda emoción” y un “agotado cuerpo famélico / agotado como un festival del amor”. Aquí hay poesía y también una crítica al ruido de los festivales, sus atascones y bulimias; sus grandes nadas por exceso.
“Puma triste” – probablemente la mejor canción del álbum – es la alegoría central de este disco. Anverso de “Perro fiel”, el músico se enfrenta a la bestia: “Puma, fuiste mi canción / Puma triste, voy por ti / La ternura es una fruta deliciosamente atroz”. El punto más triste, más bajo, el hito más bello del disco. Una fiera arrastrada por un beat se sobrepone hacia adelante.

Es la fe en ese beat la que sostiene el conjunto de “Un cariño antiguo”. Un beat que había desaparecido en Estación Pirque y que ahora acompasa el ritmo pegajoso de este álbum en donde, por primera vez, Barría no trabaja con programaciones de batería. Fue el rosarino Álvaro Manzanero quien desplegó ese beat: el pop, la balada y un rock que se reanima en “Dominó” y sus distorsiones exquisitas junto a un elemento nuevo en la obra de Barría: el trabajo con bronces que dan cuerpo a varias canciones de esta obra.
“Mis calaveras” y “Maravilla de un solo golpe” aunque en distintos tonos, son puro festejo. Es la tribu celebrando alrededor del fuego y el fuego son todas esas músicas amadas de un tiempo antiguo que perviven en escuchas y reinterpretaciones.
“Venus” y su vaivén cierran el disco. Venus, diosa del amor, la belleza y la fertilidad, protectora de los jardines y la naturaleza, llega, nos toca y se va. Y Barría le compone una plegaria en donde aparece, precisamente, el título de este disco. La frase dice: “Cuídate que Venus nos deja / anticipándose a nuestro adiós / Un refugio, un cariño antiguo / El incidente que hizo al universo” / Un cariño tan antiguo como el origen del universo. Esta obra busca estar a la altura. Tardó nueve años, y en el panorama actual de singles, ruido, furia, fast-music y revivals se nota.
El disco todavía no está en redes digitales.











