Fermín Muguruza

162 VOCES CONTRA EL GIGANTE: CRÓNICA DEL BOICOT VASCO A SPOTIFY

Durante años, la escena musical vasca ha sido un territorio donde la resistencia cultural no es un lema, sino una forma de respirar, pero lo que ha ocurrido en las últimas semanas supera cualquier gesto aislado, cualquier comunicado suelto, cualquier malestar escondido entre guitarras y cables. Son 162 grupos, 162 pulsaciones de un corazón que decidió dejar de latir en Spotify y que encontró en Fermín Muguruza —otra vez— al agitador que enciende la mecha, pero no para sí mismo, sino para una causa compartida.

Ciudad de México, 19 de noviembre (MaremotoM).- La historia empieza, como tantas otras veces, con un hartazgo: pagos irrisorios, algoritmos que invisibilizan, políticas que benefician al mainstream y aplastan a la base. “Enough is enough”, dicen en Estados Unidos. “Hau ezin da horrela jarraitu”, se escucha en Euskal Herria y cuando Muguruza anunció que retiraría su música de Spotify, la gente entendió que no era un berrinche: era una señal.

Lo que siguió fue un eco. Uno que empezó pequeño —un mensaje de Telegram, un estado de WhatsApp, un tuit que ya no era tuit— y que pronto se volvió una lista que parecía no terminar nunca. 112, Abereh, Adrian Perez, Adur, Agara, Aiert, Alba… Los nombres se acumulaban como si una marea subiera de golpe por el Cantábrico: Glaukoma, Broken Brothers Brass Band, Audience, La Furia, Kokein, Mursego, Kinbonbo Brass Band, Negu Gorriak, Kortatu, MICE, Inoren Ero Ni, Rodeo Idiot Engine, Üther, una alianza improbable entre generaciones, estilos, geografías y formas de entender el oficio.

No hacía falta que hubiera un manifiesto unificado. Bastaba entrar a las redes de algunos músicos para entender el ambiente: “Es una cuestión de dignidad”, escribió uno. “Es hora de buscar alternativas”, dijo otra. “Si no valoramos nuestra música, ¿quién lo hará?”, se leía en una publicación compartida más de mil veces.

Spotify
Spotify se ha callado la boca. No ha dicho nada. Foto: Cortesía

La industria musical vasca no está fragmentada. La lista de 162 nombres es la prueba de lo contrario. En un país pequeño, donde los estilos y las generaciones suelen recorrer caminos paralelos, esta vez ocurrió lo inesperado: se encontraron en el mismo punto. Punk, folk, metal, electrónica, ska, hip hop, brass bands, solistas, bandas míticas y proyectos nuevos, todos alineados bajo una misma bandera.

La decisión de Fermín Muguruza y de todos los grupos de retirar toda su música de Spotify no nació solo del descontento por los bajos pagos o las condiciones impuestas por la plataforma. La verdadera razón —explícita, política y urgente— es la guerra de Israel contra Gaza.

Muguruza denunció que Spotify mantiene relaciones económicas y publicitarias con empresas y actores vinculados al aparato militar israelí y que su silencio frente al genocidio en Gaza lo coloca del lado de los agresores. Ese fue el detonante: “No puedo permitir que mi música conviva con quienes legitiman un genocidio”, declaró el artista. Su gesto es, ante todo, una posición ética frente a la masacre palestina y no una simple disputa económica con una plataforma de streaming.

Desde hace décadas, Fermín Muguruza ha sido una de las voces más incómodas, vibrantes y coherentes del panorama musical vasco y latinoamericano. Lo ha sido desde Kortatu y Negu Gorriak, lo ha sido en su carrera solista y lo sigue siendo hoy, cuando el debate ya no pasa únicamente por las calles, los escenarios o las radios, sino por las plataformas digitales que controlan —con una precisión casi quirúrgica— el modo en que la música circula, se escucha y se monetiza.

Ahora, Muguruza vuelve a levantar la voz, esta vez contra Spotify, una compañía a la que acusa de precarizar el trabajo artístico, distorsionar el consumo cultural y reproducir un modelo que concentra ganancias en las grandes discográficas, mientras deja a los músicos independientes en una situación de virtual desaparición económica.

Lo que para la empresa es una “optimización del sistema”, para Muguruza es un ataque directo a los creadores que no cuentan con la maquinaria del marketing detrás.

“La cultura no puede sobrevivir si quienes la sostienen no pueden vivir de ella”, afirma. Y ese es, en el fondo, el núcleo de su batalla.

La posición del músico ha encontrado eco en otras latitudes. Artistas de América Latina, Francia, Alemania y Estados Unidos llevan años denunciando el mismo fenómeno: la concentración del mercado musical en manos de un par de gigantes digitales, el empobrecimiento del oficio y la imposibilidad de sostener proyectos independientes.

 

 

 

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