Me interesaba crear una novela que no tuviera algunas cosas típicas de la ciencia ficción a la que estamos acostumbrados. Era importante que le ocurriera a gente normal. Es muy común que en la ciencia ficción, para resumir tramas, para hacer simbolismos, se recurra a personajes súper grandilocuentes, que lo pueden todo, que son lo máximo, que manejan espadas láser. No quería eso. Yo quería una novela donde los personajes fueran personas normales, pero que les pasen cosas extraordinarias. Porque me interesaba que hubiera gente como mis amigos y mi familia.
Ciudad de México, 18 de noviembre (MaremotoM).- Grijalva es una reportera en un mundo que ha retrocedido. A mediados del siglo XXI, la Tierra ha adquirido anillos similares a los de Saturno tras un cataclismo que extinguió la luz eléctrica y fundió el alma de transistores y circuitos de todos los aparatos en los que la humanidad se sustentaba. Esa es parte de la sinopsis que ilustra la novela de Elisa de Gortari: Todo lo que amamos y dejamos atrás (Alfaguara), un trabajo de ciencia ficción que no sólo plantea un mundo distópico, sino que está tan bien escrito, que propia la lectura de quienes no aman la ciencia ficción.
“Acompañada por su hijastro, Grijalva viaja a Tamarindo, un pueblo en Veracruz donde los niños padecen una rara enfermedad: hablan y se comportan como personas distintas a las que son o las que eran, poseídos por historias lejanas y dolorosas. Los indicios de que el delirio puede ser contagioso —y perturbador para las autoridades— vuelven apremiante la búsqueda de una explicación. Conforme avanza la pesquisa, el relato nos irá revelando qué ocurrió con el planeta veinte años atrás, cuando Grijalva era una estudiante de música enamorada de su maestra y su padre, una emanación digital en un minucioso mundo virtual”, continúa…
–¿Cuándo una novela de ciencia ficción comienza a ser agradable para los que no leemos ciencia ficción?
–Me interesaba crear una novela que no tuviera algunas cosas típicas de la ciencia ficción a la que estamos acostumbrados. Era importante que le ocurriera a gente normal. Es muy común que en la ciencia ficción, para resumir tramas, para hacer simbolismos, se recurra a personajes súper grandilocuentes, que lo pueden todo, que son lo máximo, que manejan espadas láser. No quería eso. Yo quería una novela donde los personajes fueran personas normales, pero que les pasen cosas extraordinarias. Porque me interesaba que hubiera gente como mis amigos y mi familia.
–Cuando se le aparecen los anillos de Saturno, y tú dices, creen en esto, lo verán bien, es lo que nos pasaría a cualquiera de nosotros
–Quería mucho que diera ese sentimiento, que se sintiera real, que uno sintiera que podían salir tus amigos y tu familia, porque de otro modo, a veces la ciencia ficción se vuelve un vehículo para imaginar muchas cosas, excepto mundos con humanos y situaciones donde interviene la gente normal.
–La ciencia ficción tiene un reto, porque es hacer creíbles cosas que ya vivimos. Cuando yo miré hace muchos años Blade Runner, me parecía que no iba a haber un mundo lleno de basura, donde comeríamos comida rápida.
–En ningún momento me propuse que aparecieran cosas como anticipar posibles eventos para la humanidad. Yo ideé la mayor parte de la novela en 2017 y muchas de las cosas que tal vez ideaba en ese entonces, no creía que fueran a pasar tan rápido. Como la migración climática, la importancia o el desdén hacia los migrantes, cómo cambiar dramáticamente y rápidamente un lugar debido al clima. Los migrantes climáticos en esta novela, no todos migran por las razones que ocurren hoy, pero muchas de las respuestas sí son parecidas. Es decir, hay ciudades que definitivamente van a quedar debajo del agua o que ya no van a ser habitables y va a haber otras ciudades que van a sobrevivir porque van a invertir en eso y van a crear las soluciones que les permitan seguir viviendo a pesar de la catástrofe. Y eso es algo que ya estamos viendo y que me parece muy espeluznante, pero no planeaba anticipar nada de eso. Lo único que sí me propuse era destruir Veracruz. Quería destruir la ciudad donde había crecido, porque en todas las películas siempre destruyen Nueva York o destruyen Tokio o destruyen Los Ángeles. Entonces decía: esto es cosa de ricos. Quería destruir también mi ciudad. Y así empezó un poco el viaje de esta novela, que después se fue llenando de otras cosas que son muy reales, como la migración o el racismo o la historia de México, pero que no estaba considerando en esos primeros instantes.
–Pensé que Tamarindo era un lugar de Sinaloa, pero después descubrí que Tamarindo existe también en Veracruz, ¿verdad?
–Sí, me basé en un pueblo real, que tiene unas ruinas prehispánicas.
–Ahora, la ciudad que planeas destruir, también se construye día a día, digamos, hay como una especie de contradicción en la narrativa…
–Es un proceso que ocurre continuamente, pero que pasamos por alto y es algo que quería recuperar. La Ciudad de México no es la ciudad en la que crecieron mis padres y el mismo Veracruz en el que crecí no es el Veracruz de ahora. Sus problemas son distintos y la gente podrá parecernos la misma, pero sus problemas, sus peculiaridades, son muy distintas. Las ciudades cambian tanto como nosotros y cómo las tenemos que adaptar una y otra vez a nuestras necesidades cambiantes, sean apocalípticas o no.
–También pones una mirada sobre el narcotráfico, sobre el crimen organizado en esa zona
–El crimen organizado es lo que más ha golpeado a Veracruz en este siglo. Ha sido el gran problema y lo único que va a desplazar a la inseguridad como el gran problema del Estado, va a ser la crisis climática, como lo vivieron recientemente las personas del sur del Estado, que estuvieron bajo el agua tres semanas consecutivas. No ha sido una situación sencilla, pero a eso además se añade la intervención de la inseguridad y también el militarismo, que han sido espeluznantes sus consecuencias en la región.
–En estas catástrofes, el militarismo es importante que esté también, porque lo vimos ahora en España con Valencia, si no estaban los militares, ¿quiénes iban a estar para ayudar a la gente?
–Habría que diferenciar entre los militares que realizan labores de rescate y cosas así. Difícilmente eso se podría llamar militarismo y no es, en cambio, como la forma de gobierno en mi novela, en donde todo está completamente militarizado. Curiosamente, en 2017, me parecía un poco espeluznante que los militares fueran los responsables de construir las vías férreaso que fueran los responsables de construir las calles y los canales que funcionan en la Ciudad de México. En ese futuro que imaginaba no es que los militares adopten una función u otra, sino que ejercen un control total o casi total sobre la vida de estos ciudadanos, el futuro. Eso pasa en muchos países hoy en día. Al final del día, tal vez el caso más célebre es Myanmar, donde hay una dictadura militar, pero no es algo que tristemente sea irreal. Aunque sí es cierto que el proceso mexicano tiene varias peculiaridades. Pasadas las desgracias de la guerra sucia del 68 y de la represión en los 70, realmente no se les veía como un factor amenazante y es por eso que la gente confiaba en ellos.
–Los militares tienden a establecer contactos y relaciones con el crimen organizado y uno de repente no ve exactamente dónde están los militares y dónde está el crimen
–Claro, realmente muchas de las soluciones que necesitamos requieren sobre todo voluntad, hay muchas cosas que no comprendo al respecto y algo por ejemplo que no incluí en la novela pero que sí estaba contemplado y que no llegó a la versión final, fue el estatus de las drogas. Se menciona rapidísimamente que todavía hay planteos de marihuana, pero no mencioné que esos planteos en ese futuro muy hipotético son completamente legales, eso me acuerdo que lo incorporé después de que yo hice un viaje como reportera a California para examinar la industria legal de la droga y pues me pareció tan absurdo que allá la misma marihuana que aquí amerita una detención y una sanción, allá es materia de anuncios espectaculares para que las abuelitas que lleguen temprano a las tiendas de cannabis puedan acceder a un 20% de descuento. Obviamente te das cuenta de que todas las drogas deberían ser perfectamente legales, las que consideramos buenas y las que consideramos malas.

–Ahora, vi que publicaste tu novela en Alfaguara, una gran editorial, pero a veces me da la sensación, no sé qué piensas, que habría que hacer una colección de ciencia ficción
–Me fascinaría, la verdad es que creo que sería un gran esfuerzo que alguien juntara apropiadamente esa parte de la historia de nuestra literatura. Para mí es muy importante comunicar el asombro por la imaginación y por la inteligencia, eso se traduce forzosamente en una admiración por la ciencia y por el trabajo de los científicos y de ahí que me interese tanto la ciencia ficción, que creo que es ante todo una perspectiva sobre el trabajo de las personas que se dedican a imaginar, como pueden ser los científicos, pero como también pueden ser los humanistas. Me parecería espléndido si alguien tomara la iniciativa de convocar a toda la gente que hace ciencia ficción en un solo lugar, creo que, por ejemplo, eso sería responsabilidad moral del Fondo de Cultura Económica. No tenemos una colección como la de American Library, en donde se convoca a todos los escritores históricos de los Estados Unidos a tener ediciones elegantes y al mismo tiempo accesibles y hasta cierto punto económicas. Nuestras ediciones de lujo no suelen ser así y el carácter de las grandes colecciones de letras mexicanas tampoco tienen ese matiz, pero podría perfectamente armarse una colección en donde sí se convoque a toda la gente que se ha dedicado a imaginar, de hacer literatura especulativa en este país a lo largo de los años.
–¿Cómo escribes? Porque a mí me parece que escribir no es tener tantas teorías, es sentarse a escribir y ahí aparece la novela
–Mira, llevo muchos años en esto e increíblemente he conocido a mucha gente que está muy interesada en ser escritores, pero no tanto en escribir. Siempre me ha parecido un fenómeno interesantísimo eso, porque alguien tendría el afán de ser visto, tratado, llamado escritor, pero no tienen el afán de sentarse a escribir. Creo que las novelas se escriben así, escribiendo, llenando la silla y tipeando hasta que sale el texto.

Adelanto de Todo lo que amamos y dejamos atrás, con autorización de Alfaguara
Aún recuerdas cuando las noches eran oscuras. Las noches anteriores a que un azar cósmico plantara una cicatriz luminosa en el cielo. Los anillos: pedazos de roca y metal que reflejan la luz del sol, polvo que orbitará la Tierra por eones antes de precipitarse hacia la atmósfera en meteoritos. La noche ya nunca se cierra por completo, la tarde se detiene en el último suspiro y se queda así hasta el amanecer.
Escuchas tu nombre, Grijalva, por encima del ruido del tren y respondes con un simple “dime” sin quitar la vista de la ventana.
“¿Qué pensaste cuando aparecieron los anillos? ¿Te daban miedo?”, pregunta Indiana desde su asiento. Se encuentran en el punto más alto del recorrido y la locomotora ruge a toda marcha antes de iniciar el descenso por las faldas de la sierra, entre pinos cubiertos de nieve.
“Al principio me daban vértigo. Sentía que en cualquier momento podían caerse”, respondes.
“Pero van a caerse.”
“En millones de años. Para ese entonces, quien domine el planeta no sabrá que estuvimos aquí”, agregas casi con placer, pues ese olvido futuro te vuelve contemporánea de este chico alto y desgarbado, aunque ahora mismo parezcan salidos de galaxias distantes. Él no conoció las cajas de cristal donde la luz invisible que llenaba el aire se transformaba en pixeles —celulares, móviles, teléfonos: todas esas palabras cada día parecen más lejanas—, en una época donde cada objeto sabía tu nombre.
“Era como cargar contigo una ventana que daba hacia donde tú quisieras”, explicas cuando Indiana pregunta con desconfianza y asombro parejos, como si fuera un cuento de fantasmas, sobre las máquinas inmateriales que te diste el lujo de despreciar toda una vida y que en efecto perdiste hace veinte años. La división entre las dos eras que has vivido es tan clara como esa brillante rajadura que cubre el flanco sur del horizonte, mientras el tren se dirige cuesta abajo por la montaña, hacia las costas de Córdoba, Veracruz.
Nuestra historia es un agregado de últimos momentos.
THOMAS PYNCHON
Que el mar te devuelva
Entraron a la casa poco después de la medianoche, derribaron la puerta de una patada y usaron la misma colcha en que dormía para apresarlo. ¿Eran sombras, era una muchedumbre, eran dos hombres apenas? El caso es que no pudo defenderse. Arrastraron a Orlando hacia los muelles en una bolsa hecha con sus propias sábanas. Nadie en Tamarindo asomó la cabeza para atestiguar la detención, pero todos escucharon absortos detrás de sus puertas: los forcejeos, los golpes, la plegaria carente de elocuencia que refutaba el mito de que los hombres acorralados son oradores eficaces y, sobre todo, la duda: ¿por qué lo trataban como a un delincuente, él que a su propio parecer lo único que robaba del resto a estas alturas octogenarias de la vida era el aire?
“No te hagas pendejo”, dijeron tras atarlo a un poste en el muelle.
Pasó el resto de la noche viendo hacia los anillos, bajo el chipichipi que antecede la tormenta. El cielo se cerró hasta ocultar la parte más alta de los surcos dorados tras una cortina de nubarrones. Orlando era un carpintero apreciado por el detalle y la solidez que alcanzaban sus piezas, así fueran puertas o sillas, no sólo porque fuera hábil con la gubia para trazar garigoleos en el remate de un reposabrazos o en el arco superior de una mecedora, sino porque, a diferencia de otros artesanos jactanciosos, sabía cuándo poner límites al adorno, en un maridaje inesperado entre el virtuosismo y la mesura. No pocos clientes suyos creían que en otros tiempos Orlando hubiera alcanzado esa categoría en desuso, artista, gracias a un barroquismo prudente.
Pero ese día sólo hubo lugar para el oprobio, y los metiches que siguieron nomás de oídas el arresto ocurrido en la madrugada ahora se congregaban alrededor del preso para contemplar la ejecución de un castigo que se decidió en el momento de la denuncia: lo aventaron a una balsa, lo sujetaron boca arriba y amarraron sus brazos y piernas a cada extremo de la embarcación. La naturaleza del castigo, reservada a una clase específica de criminales, reveló a Orlando la acusación nunca dicha:
“¡No toqué a nadie!”, se defendió.
¿Para qué llamar a la cabecera en Córdoba y pedir que bajaran del cerro los soldados si ya todos sabían que Orlando había abusado de una niña? La multitud explicaba las circunstancias, se repetían entre ellos los pormenores de una confesión convertida en letanía, enumeraban las sospechas que levantó el carpintero a lo largo de los años, mientras los hombres empujaban la celda flotante, metiendo las piernas en el agua hasta las rodillas.
“Han pasado dos días enteros, dos días enteros con sus noches, y ella repite la misma historia una y otra vez”, se escuchó en el eco de la muchedumbre.
“Hizo falta un juicio”, sugirió una voz al fondo, y el tímido llamado a la prudencia fue interpretado como un alegato a favor de la cobardía:
“Debimos tasajearle la verga al culero”, respondió alguien más.
En medio de reproches, volvieron a enumerarse los detalles del testimonio: la cabaña de Orlando, las argucias, la petición travestida de inocencia, la vergüenza de quien cede.
“Ya sabrá el mar qué hace.”
De ahora en adelante, Orlando sólo puede mirar hacia el cielo: se ennegrece a medida que las nubes se compactan y chocan, se rozan en pequeños rugidos, como si la tormenta fuera un verdugo que se frota las manos eléctricas, en un anticipo de los relámpagos que caerán la noche siguiente, mientras el pueblo duerme mecido por el chubasco. Pero tal vez eso es lo mejor: que un rayo baje por su cuerpo y cruce la carne en un camino de fuego. Si la tormenta no lo ejecuta, morirá de hambre lejos de la costa, será un cadáver a la deriva; si las olas se ensañan con él, el menor golpe volteará la balsa. Lo improbable sería que la tormenta lo perdone, que las estrellas salgan sobre su cabeza y le digan que todo ha sido olvidado, que las corrientes lo mezan y acaso lo empujen de vuelta hacia la costa, en una forma del regreso reservada a los inocentes.
“Que el mar te devuelva”, dice una voz solitaria en medio de la multitud, antes de que los brazos entreguen a Orlando a la marea; un gesto de misericordia. Así amainara para que las estrellas salieran sobre su rostro, así la ventisca tuviera el tacto de no volcar la balsa, Orlando sabe que acudió sin fortuna a su propio funeral, que flota amarrado a su tumba, y del cielo caerán puñados de agua, no de tierra.
Como carne triturada
El primer caso documentado del brote ocurrido en Tamarindo fue el de una lejera llamada Sandra. Llegó a Córdoba tras ser expulsada de sexto de primaria por no contar con la licencia que permitía a algunos niños extranjeros estudiar en escuelas públicas. Trabajó seis meses en la casa de la familia Yunes, los nuevos potentados del municipio. Cuando llegaron los soldados a investigar, la mayor queja de la señora Yunes fue que Sandra comía demasiado. También reprochó que no vaciara a tiempo las bacinicas. Tan alegre como taciturna, no era extraño que el hijo de los Yunes la describiera como un fantasma amable que flotaba por los cuartos escombrando y recogiendo sin apenas hacer ruido. No entendía cómo Sandra podía cuidar de él si eran casi de la misma edad.
Fue el chico quien descubrió el episodio: bajó a la cocina en la madrugada para tomar agua y escuchó los bufidos y los golpes que venían del cuarto de Sandra. No hubo respuesta cuando la señora tocó la puerta, con la timidez propia de quien espera aún una explicación razonable. Por el contrario, los gemidos resonaron con mayor fuerza por el pasillo. Pareció obvio: Sandra había metido un hombre.
Según el informe elaborado por los militares, al abrir la puerta los Yunes se encontraron con una simulación precisa, pero incompleta, de la cópula. Boca abajo, con las manos apoyadas contra el colchón, Sandra imitaba el vaivén activo del coito, aunque no hubiese nadie que recibiera los embistes. Creyeron, como casi todos, que se trataba de una posesión. Los gritos y los jaloneos para hacerla entrar en sí no consiguieron detenerla. Cada vez se congregaban más testigos alrededor de la cama y nadie podía hacer que parara. Ni el médico ni el cura eran capaces de explicar el suceso y cada uno dio por bueno el diagnóstico del otro. Para Sandra ya no existía nada más en el mundo que ese vaivén vejatorio. Ni la sed ni el hambre ni el sueño tenían lugar en aquel trance.
Con las horas entendieron que no era ella misma, que los golpes, las cachetadas, los insultos que lanzaba hacia una víctima invisible no podían provenir de la niña de trece: puñetazos que daba hasta el fondo de la almohada sin que se interrumpiera el vaivén, amenazas de que apenas Sandra terminara de eyacular en un ano roto, el otro culero aquel, el que no podía verse, terminaría reducido a escombros en una zanja o flotando en la corriente del río o siendo el abono de los campos o como carne triturada para los perros.
Puentes de Herrera
Además de los maizales que comienzan en las meras faldas de la sierra coronada por el Pico de Orizaba y los pastos congelados que se extienden hasta el horizonte, a veces el tren pasa frente a puentes derruidos que no llegan a ninguna parte. Estructuras de concreto que empiezan en puntos azarosos de la vieja autopista hacia Veracruz, los puentes se alzan varios metros en el aire y terminan en pleno cenit como rampas de salto. Conectan la nada con la nada, erosionados por la humedad y los vientos.
Ustedes no bajaron ni en Orizaba ni en Córdoba ni en Yanga, como el resto de los pasajeros. En su camino hacia la costa, el tren pasa por en medio de extrarradios de lámina y cartón; de casas que usan, en lugar de ladrillos, botellas de plástico PET que la tierra no puede digerir; de camiones de pasajeros sin ruedas que sirven de dormitorios o de comedores.
Las vías desembocan en el conjunto de obras negras que el gobierno bautizó como el puerto de Córdoba, aun si de momento no son más que unas cuantas atarazanas, algunas dársenas recién construidas y, sobre todo, un montón de planes difusos para estos muelles vacíos cuya población más cercana, Tamarindo, es un pueblo de siete por siete cuadras que aún no parece enterarse que fue elegido para reemplazar al viejo puerto que yace sumergido varios kilómetros mar adentro y que imaginas convertido en un arrecife. Ustedes son los únicos pasajeros que descienden en esta, la última estación.
“¿Crees que sea difícil llegar a Veracruz?”, pregunta Indiana.
“¿Por qué alguien querría ir allá?”, respondes.
“He escuchado que encuentran joyas y cajas fuertes.”
“¿De verdad hay gente que se dedica a saquear ruinas?”
Indiana te explica que un profesor suyo acompañó una expedición en otra ciudad sumergida, Acapulco. Su entusiasmo resulta indolente, pero admites que es una deformación de oficio que comparten reporteros e historiadores: desearías escribir esa precisa historia para el periódico donde trabajas, El Renacimiento. “Podríamos hacer una fortuna con las cosas que la gente dejó allá abajo”, remata.
“Yo soy la gente que dejó todo allá abajo”, le dices en un regaño fulminante que anula todas las expediciones, aun cuando te preguntas cómo sería bucear entre las casas sumergidas.
De inmediato te arrepientes de haber sido ruda con el chico. Dudas si llegará el día en que Indiana no represente un nuevo misterio de la crianza. Tú no lo ves como un hijo y él no te ve como una madre. A ambos les aficiona la historia y la arqueología. Pueden pasar horas hablando de las cosas que se perdieron con el Choque, aquellas que eran al mismo tiempo comunes y prodigiosas, en una lotería de lo obsoleto y de lo extinto: ¿cómo funcionaba el horno de microondas?, ¿por qué volaban los aviones?, ¿dónde pudieron haber caído las estaciones espaciales?, ¿qué era la fibra óptica?
De ahí en fuera, parecen desconocidos que por azar comparten departamento. A veces te produce una ternura discreta: su soledad es semejante a la tuya. Cuando tenías su edad pasabas las noches repasando escalas en el piano o pulsando acordes en la guitarra de tu padre, sentada en el borde del colchón, mientras el resto de tus amigos, en una casa sin adultos, seguía con entusiasmo etílico las revoluciones de una botella de cerveza vacía sobre la loza.
Indiana no está muy lejos de lo que fuiste. Desde que ingresó a la carrera de Historia, repasa discos en la biblioteca varias tardes de la semana, en un fonógrafo de manivela que usa como audífono una lata conectada a un cordón de cáñamo; a veces permites que se amanezca con dos amigos fieles y atolondrados apostando frijoles en partidas de juegos de mesa que parecen versiones de cartón de los videojuegos que te desvelaron cuando eras joven; y sueña con desenterrar edificios corporativos llenos de servidores intactos, de inopinadas tecnologías que restauren el curso de una civilización descarrilada, del mismo modo en que los arqueólogos del siglo anterior soñaban con pirámides escondidas en medio de la selva.
No puedes censurar la emoción que le provocan esos arrecifes que imagina sembrados de tesoros y misterios, sobre todo si ambos están gastando sus vacaciones de Semana Santa para seguir un impreciso llamado de auxilio, la posible crónica de un poblado costero de Veracruz donde se han perdidos los estribos colectivos.
Hace ya un par de días que recibiste un telegrama de Eleonor. Cuatro líneas que le habrán costado una fortuna. Según escribió, los niños de Tamarindo están enfermando y ya nadie sabe si están locos, envenenados o malditos. Ésas son las tres opciones que propuso en el mensaje.
Asomas la vista hacia la costa por la ventanilla de una combi Volkswagen arrastrada por burros. Ayer hubo tormenta, algunos puntos del camino se desgajaron, hay tramos sumergidos bajo charcos de agua turbia que en otros tiempos hubieran sido el terror de los coches más chaparros y que ahora sólo refrescan las patas de las mulas. Acaso en verano podrían temer que un caimán guarecido en un vado atacara a los animales, pero apenas llega el otoño desaparecen, sin que nadie hasta ahora haya descubierto dónde se esconden los reptiles durante los meses fríos.
La marea se abre camino entre los pantanos, las franjas de tierra húmeda que nadie nombraría como playa. Del lado contrario del camino, los niños corren frente a las casas de campaña y los autobuses desvencijados, mientras las señoras se reúnen frente a las cazuelas donde hierven el arroz y los frijoles. En medio de las casas, de la llanura congelada, del barro en la orilla del mar, los puentes se yerguen varios metros por encima del aire, avanzan sostenidos por pilares que podrían caerse en cualquier momento y terminan en el aire, como si estuvieran destinados al paso de carrozas invisibles.
“¿Por qué hay tantos puentes?”, pregunta Indiana.
“¿Quieres la respuesta larga o la corta?”
“La corta.”
“Aquí la gente era muy pendeja.”
Te reclama con la mirada incrédula y te alzas de hombros ante la verdad irrefutable: cualquiera con memoria podía reconocer el origen fraudulento de estos puentes.
“Hace muchos años, antes de que yo naciera, la gente votó por un criminal que prometió construir mil puentes.”
“¿Y los construyó?”
“Mil putos puentes que no daban a ningún lado, que empezaban donde fuera y terminaban en cualquier parte, y que lo hicieron tan rico que le alcanzó para comprar su inocencia.”
El sol se oculta tras la montaña cuando llegan a Tamarindo. Aún es invierno y la botella de agua se congela parcialmente al interior de tu mochila. Eso no impide que algunos pichos graznen desde las copas de los almendros. Pasa lo mismo en todas las ciudades: la mayoría de los pájaros desaparece con el frío, pero siempre queda un puñado de rezagados que enfrentan las nevadas con estoicismo involuntario, guarecidos bajo los sombreros de las chimeneas. Con los años incluso han llegado aves provenientes de otras latitudes: cuervos, estorninos, pinzones. Una parvada circunda el cielo rosa y dibuja piruetas cuyos auspicios aún no comprendes.
Ya nadie sabe lo que es la oscuridad. A medida que el sol se esconde, la luna muestra una silueta opaca y disminuida por culpa de los arcos de luz, los mismos que abolieron para siempre la parte más profunda de la noche.
Cruzan la plaza vacía y le explicas a Indiana que los sábados los chicos solían dar vueltas alrededor del parque mientras las chicas permanecían sentadas en las bancas; en una ruleta de fingimientos y risas nerviosas, de miradas furtivas y un desdén meticuloso, las revoluciones centrípetas eran la máxima expresión del cortejo, que sólo terminaba cuando el valiente detenía el ciclo o la aventada llamaba al presunto.
“No te creas, yo tampoco entendía esas cosas entonces.”
Lo más lejos que fuimos
Del otro lado del parque está la casa de Eleonor, a quien no has visto en casi veinte años. Hay una peculiar vergüenza en reencontrarte con alguien que te es tan íntimo como extraño, acaso porque las viejas amistades ponen a prueba la identidad propia; en ellos se juzga la distancia entre lo que fuimos y lo que somos, entre lo que buscábamos ser y en lo que nos convertimos.
Las cartas esporádicas que se han enviado durante este tiempo no eliminan la sensación de estar frente a una desconocida. Pero Eleonor sólo tiene recortes y abrazos con tu nombre. El periódico donde escribes llega nada más un par de veces a la semana. Eso no le ha impedido amasar una amplia colección de historias sueltas. Sus chinos exhiben las primeras canas, pero su rostro muestra la misma sonrisa de caninos largos y puntiagudos, los mismos ojos rasgados de color miel que forman un contraste felino con su piel tostada. Su silla de ruedas va de un lado al otro de la sala para enseñarte el catálogo de papeles con tu nombre, en una cariñosa admiración acrecentada por la distancia. El único momento incómodo ocurre cuando pregunta si Indiana es tu hijo y él ataja el remate:
“Es complicado.”
“Bueno, todo lo que tiene que ver con hijos es complicado.”
La frase es una espuela para la angustia. Su rostro se deforma en el recuerdo de la emergencia. Como en los funerales, en este trabajo no es infrecuente el salto abrupto de las sonrisas y los saludos al recuento de los agravios y las desgracias.
Los conduce un par de calles hasta la primaria de Tamarindo: un patio central de cemento en donde desembocan ocho puertas con sus respectivos salones, iluminados tangencialmente por los anillos y una lámpara de aceite. Al igual que en el pasado, ella toma la delantera y sólo ves sus brazos empujar hacia el frente los neumáticos de su silla con rápidos manoteos. Llegan al único salón iluminado, cuya puerta se abre antes de que alcancen el pomo, de la mano de Horacio, el marido de Eleonor.
“Me da gusto volver a verte”, dices, pero Horacio sólo asiente en silencio.
El fondo del salón está cubierto por los pupitres escombrados en torres. En las paredes están el retrato oficial de la presidenta, la bandera clavada por las puntas superiores y el nuevo mapa de la República. Estos niños memorizan muchas menos capitales y reconocen como propia una silueta que para ti seguirá siendo el retrato de una catástrofe, los litorales desfigurados por el ascenso del mar.
Sentado en el piso hay un muchacho de pelo revuelto, vestido en harapos que no son de su talla. Eleonor te explica que Javier viene del campamento entre Córdoba y Tamarindo, el mismo por el que pasaron de camino aquí.
“Campamento”, repites para ti en voz baja, sorprendida de que aún pueda considerarse como provisional una colonia de refugiados que llegaron antes del Choque y que se ha ido llenando con oleadas sucesivas de lejeros provenientes del sur.
“El muchacho trabaja conmigo en el basurero. Primero le dio fiebre, luego se le olvidó el nombre”, te explica Horacio.
“Pero no es sólo él, no fue el primero y, para como vamos, no será el último”, agrega Eleonor.
“¿Habla?”
“De que habla, habla, pero no sé si te vaya a decir algo que tenga sentido.”
“¿Te he explicado cómo funciona?”, preguntas a Indiana mientras extraes de la mochila un tubo de cartón que contiene un cilindro de cera cubierto de papel estaño. Sacas de una vieja lonchera de latón las partes de tu grabadora: la manivela conectada al mandril giratorio donde insertas el cilindro de cera. Una aguja escribirá el sonido que reciba a través de un cable conectado a una membrana de tela, cercada por un amplio cono de papel que funge como micrófono.
“¿Es un fonógrafo?”, pregunta Horacio.
“Una grabadora. Su diseño es nuevo, pero claramente está basado en las más antiguas.”
¿Qué tan nuevas podían ser las cosas recién fabricadas; qué tan antiguas pueden considerarse las cosas del diecinueve o del veinte? La aparición de los anillos anuló la distinción entre lo pretérito y lo futuro, entre lo superado y lo posible. El bucle histórico en que viven te recuerda los videojuegos donde retrocedías si fallabas en un nivel. La muerte era una forma de aprendizaje: repetías el escenario sabiendo de antemano el camino y sus peligros, de modo que las sorpresas ya no eran tales, pero tampoco estaban inscritas en el pasado cronológico del juego, sólo en la memoria del usuario reencarnado. Tras el Choque, el mundo retrocedió, no cabe duda. ¿Pero cuánto? A veces parece que han vuelto hasta el principio. A veces parece, también, que es imposible caminar de nuevo hacia adelante.
“Es cien por ciento mecánica y completamente analógica y por lo mismo Indiana me hará el favor de girar de la manivela para que podamos grabar”, dices mientras le extiendes unos audífonos de estetoscopio por donde habrá de monitorear el sonido que grabarán en cera.
“¿Cómo te llamas?”, preguntas al muchacho sentado en el piso.
No responde, pero te sostiene una mirada tan tensa que los pájaros podrían posarse en ella como en un alambre de púas. No responde, aunque parece escucharte.
“Me llamo Grijalva. Soy reportera.” Te sientas en el piso junto a él. “Me dedico a escribir lo que la gente me cuenta y me han pedido que venga desde México para oírte. Dime: ¿de dónde vienes?”
“De lejos”, te dice.
“¿Qué tan lejos?”
“Allá no teníamos anillos, como aquí. Sólo había una línea negra. Cruzaba el cielo de punta a punta, parecía un hilo.”
“Supongo que venías de algún lugar en el ecuador. ¿Cómo llegaste hasta aquí?”
“Caminando.”
“Me dicen que trabajas en un basurero.”
“Trabajo en la mina.”
“¿En cuál mina?”
“Quién sabe. Nadie nos dijo dónde estamos. Cruzamos la frontera y nos trajeron aquí. Yo ni quería. No sabía en lo que me estaba metiendo. Y ahora no puedo irme.”
“¿Por qué no puedes irte?”, preguntas, pero Javier ya no parece escucharte.
“Yo tenía líneas en las palmas. De pronto siento que se me borraron de tanto meter las manos entre las rocas. Duermo entre rocas, me cubren la cabeza, las persigo, arrastro una con los pies. A veces sueño que me voy de la mina y al final descubro que es inútil, porque el mundo también es una roca y lo más lejos que fuimos fue a otra.”
Bajo una luz fría
Yo era una niña cuando empezaron a construir la muralla, muchos años antes del Choque. Los noticiarios discutían los antecedentes, los pormenores del financiamiento; la oposición denunciaba licitaciones decididas a punta de sobornos y en la red había cientos de videos en los que preguntaban si era posible detener con un muro el ascenso del mar.
Veracruz empezó a sumergirse mucho antes de que yo naciera, en una invasión milimétrica pero inexorable que se prolongó por lustros, hasta que alguien propuso levantar una barrera entre la ciudad y el golfo de México. Así fue como renunciamos al horizonte. La primera fase de su construcción duró la mitad de mi infancia. Cada mañana, de camino a la escuela en el coche de mi madre, veíamos las grúas automatizadas levantar los páneles metálicos de cara al sol, mientras tapiaban el amanecer.
“¿Cuándo terminan?”, preguntaba a mi mamá desde el asiento trasero, mientras el coche se dirigía por el bulevar hacia el norte, hacia las zonas donde la barrera apenas era una red de vigas y andamios que asomaba por encima de las aguas como la espina dorsal de un monstruo mesozoico. A esas horas, el cielo se debatía entre el azul neblinoso de la madrugada y el rosa dorado que pintaba los cúmulos que se formaban al este. A veces tenía la fortuna de voltear hacia el horizonte cuando la corona del sol asomaba bajo la forma de un rayo verde que duraba un instante y se desvanecía.
“La idea es que nunca terminen.”
“¿Cómo?”
“Mira, Grijalva, cuando construyes algo así, lo único que deseas es nunca parar”, decía mi mamá mientras me lanzaba una mirada a través del espejo retrovisor.
La incomprensión en mi rostro de nueve años la obligó a seguir.
“¿Cuántas carreteras son suficientes carreteras? ¿Cuántos millones de transistores por milímetro cuadrado son suficientes transistores? Es lo mismo con el muro. Nada nos dejará satisfechos. Si quisieran terminarlo, lo habrían terminado hace mucho. Pero, si acabaran mañana, igual querrían hacer otro muro y ampliarlo. La idea siempre es nunca parar.”
Diez años después, la muralla seguía siendo una promesa inacabada, una parábola de metal y recubrimiento fotovoltaico de cien metros de altura que se extendía desde las chozas de lámina a las afueras de Cardel hasta los fraccionamientos ricos del sur, en Antón Lizardo. De un lado de la muralla quedaba el nuevo puerto; del otro, la bahía coronada por la isla de los Sacrificios. La muralla no sólo nos protegía del mar; se adentraba varios kilómetros en tierra firme, entre médanos, manglares y calles sin banquetas ni pavimento y separaba la ciudad de sus extrarradios como los muros de la ciudad antigua separaban las castas.
A mis diecinueve años tomaba el mismo camino hacia el norte siguiendo el serpenteo del bulevar junto a la playa, a veces en coche, a veces en bicicleta. La muralla era una ola inmóvil de escoria y acero por donde el sol escalaba fuera de nuestra vista durante buena parte de la mañana.
Por aquel entonces estudiaba piano en el conservatorio. La fe que por lustros profesé hacia mi talento se diluyó durante los dos primeros años de la carrera. La primera señal ocurrió cuando me volví experta en ganar menciones y terceros lugares, después perdí mi lugar en la orquesta juvenil. Hacia el final del cuarto semestre empecé a dudar de las decisiones que había tomado siendo una niña. La música no fue lo primero que aprendí, fue lo único. De pequeña aún no sabía nada de Cristóbal Colón o del estrecho de Bering pero ya sabía tocar; no podía distinguir el verbo del sustantivo pero ya diferenciaba las armaduras en el extremo izquierdo del pentagrama; hacia mis trece no había besado a nadie pero ya me habían domado los rizos bajo el rigor de la plancha y el peine, antes de ponerme a tocar sonatas de Scarlatti frente a cincuenta desprevenidos. Empezar con tanta ventaja, entrenar con tanta anticipación, no impidió que todos me rebasaran apenas inició la carrera. No escuché el disparo de salida. Y si de pequeña odié la atención a veces sospechosa de los promotores y los maestros, ahora debía lidiar con el silencio, lejos de las orquestas estudiantiles, de los concursos, las preseas. Seguía convencida de que la música era para mí, pero ya no tenía muy claro si yo era para ella.
No ayudaba, por supuesto, que mi madre viviera atormentada por el hecho de que en el pop corporativo los compositores y ejecutantes mejor pagados no fueran humanos sino variaciones de software; y me lo recordaba cada vez que podía, siempre a medio camino entre el espanto avícola y el reproche. Le parecía bochornoso que su hija fuese a depender toda la vida de la renta universal que repartía el gobierno. Aunque la música de la academia no era parte de esa industria dominada por computadoras compositoras y artistas virtuales, tampoco tenía los mejores argumentos a favor de un arte plagado de atavismos, asombro de unos cuantos y aburrimiento de muchos.
Sólo la clase de investigación me salvó de claudicar, en un tiempo en que coqueteé con la idea de abandonar la carrera y estudiar para un empleo que ocurriera detrás de la línea de comandos, así fuese para coordinar grúas portuarias o para controlar hatos de cerdos, como mi madre. Esa materia, que todos consideraban cuando menos relleno y cuando más un suplicio academicista, a mí me enseñó que la música también estaba en los cuadernos manchados por el moho, en las grabaciones huérfanas de los archivos.
Antes de que terminara el semestre, me inscribí en un proyecto de archivo creyendo que serían créditos fáciles. Todavía no tenía idea sobre quiénes eran Luis Montané o Fulvia Angelerio. Tampoco lo investigué. Llegó el verano y éste se llenó de sus propias preocupaciones, sus propios bucles de aburrimiento. A veces iba con mi mamá al estadio de futbol, a veces salía con Joaquín a dar vueltas en coche, sin ningún propósito, cerca de la muralla, y mi mamá siempre me reprochaba que mi exnovio fuese mi mejor amigo. Seguido rechazaba una invitación para ir a bailar y me quedaba jugando videojuegos. Sólo dos veces durante las vacaciones me aburrí bajo leds estroboscópicos masticando hielo, con una copa vacía en la mano, mientras el sudor de mis amigos se condensaba en el techo hasta llover de vuelta empujado por el golpe sincopado de un bombo electrónico.
Para el primer día de clases me había olvidado del proyecto y sólo entonces supe que pasaría seis meses transcribiendo partituras carcomidas.
“¿Qué sabes de Luis Montané?”, me preguntó Fulvia apenas nos presentamos, la tarde de agosto en que nos conocimos.
“Creo que nada.”
“Ése es el problema de esta ciudad, todos olvidan muy pronto.”
Fue la primera vez que escuché sobre el presunto genio escombrado, Luis Montané, de quien Google no parecía saber nada y Fulvia Angelerio quería saberlo todo. Ella se había mudado por un año a esta ciudad con el único propósito de transcribir las obras para piano y guitarra de Montané, que yacían en decenas de cajas en el fondo reservado de la biblioteca, para luego regresar a la Ciudad de México y escribir y escribir, según dijo, una obra que “sacara al compositor del olvido”. Ésa fue la frase que utilizó: “sacar a Montané del olvido”, como si fuese un sitio específico y no una condición. Por aquel entonces, esas palabras me sonaban como un claro ejemplo de la ambición de Fulvia, ahora me parecen una inocentada.
Montané vivió casi toda su vida en Veracruz, y eso explica la mitad de sus circunstancias. Fue hermano de Lalo Montané, el equivalente sonero a ser hermano de Vladimir Horowitz. Lalo alcanzó la fama internacional en los años cincuenta del siglo XX tocando con Benny Moré. La grabación más conocida que hicieron juntos fue, sin duda alguna, Mucho corazón, donde la voz profunda de Lalo permanece siempre a una tercera de distancia del liderazgo vocal del cubano. Luis no alcanzó la fama de su hermano, aunque dio algunas vueltas por el mundo durante los sesenta cantando en la Sonora Veracruz. Pero todas las estrellas son estrellas fugaces y, tras salir de la Sonora, nunca volvió a traer dólares en la cartera. Tuvo que conformarse con las tocadas sin templete del portal de Miranda y con apariciones eventuales en la televisión local. Pasó sus últimos años dando clases de tresillo y guitarra a los no muy diestros niños que acudían al centro cultural de Boca del Río. Decir que murió en el olvido acaso sería darle la razón a mi maestra. Murió sin que nadie supiera que se trataba, con toda certeza, de un prodigio de la composición moderna; o al menos eso sostenía Fulvia, quien no se molestó en entrevistarme para saber si yo era apta o no para el proyecto. Le bastó con saber que además del piano también tocaba la guitarra. Me contó la biografía parcial, me aseguró que este proyecto cambiaría muchas entradas de Wikipedia y me advirtió que en ocasiones trabajaríamos con polvo de otro siglo:
“¿Te molesta usar cubrebocas?”
Yo creía saberlo todo y por lo mismo me creía cualquier cosa. Quedé tan impresionada con esa historia de olvidos imperdonables que ni siquiera pregunté cuál sería mi paga. Fulvia me llenó de augurios académicos y a cambio me comprometí a trabajar como mula, todo porque ella estaba en plan de morirse de calor y yo estaba en plan de prometerlo todo. Tantos años después, también puedo admitir que su entusiasmo me pareció electrizante y su sonrisa cautivadora, así fuera un cónclave de granizos. Ahora siento pena por mi torpeza y por la sinceridad que no me tuve entonces.
A lo largo de la tarde siguiente transcribimos las primeras de las muchas partituras que legó Luis Montané. En ocasiones se trataba de hojas de cuaderno con rayas trazadas con regla, a veces eran evidentes fotocopias de una hoja pautada matriz. Eran papeles tan desgastados por la humedad que no bastaba con transcribir, había que verificar el sentido gramatical de cada frase en la guitarra o en el piano. Ante la falta de ortografía a veces rotunda en las partituras, me quedaba claro que estaba ante la obra de un prodigio. ¿Quién se molestaría en mudarse de ciudad sólo para transcribir parrafadas?
Era imposible dimensionar el peso de esas obras a partir de los retazos que íbamos juntando, ambos procesos eran tan lejanos como querer juzgar el valor de un videojuego por algunas líneas solitarias de código.
Esa primera tarde transcribí una pieza contundente pero florida llamada Acuarios. De primera intención, parecía la reunión azarosa de algunas frases huérfanas que sólo la pericia había dotado de cierta unidad semántica. “No muy distinto”, escribiría después Fulvia, “a las peceras donde conviven especies ajenas en un ecosistema artificial. ¿Y qué es un ecosistema sino una dinámica autónoma y sostenible entre los elementos?” Pero era mucho más que eso. Se trataba de un arpegio mecánico y acelerado que, a medida que pasaban los compases, variaba en acordes inesperados y desafiantes. No podías predecir el siguiente cambio en las armaduras, la modulación audaz pero nunca artificiosa.
Desde el principio, Fulvia prestó toda su atención a la forma en que se conjugaban los elementos técnicos. Yo, que debía padecer de tanto en tanto las composiciones siempre dóciles de mis compañeros, que distinguía a los premiados nacionales por su chovinismo bélico y sentimental, no podía sino rendirme ante una composición que despreciaba la geografía. Montané no podía negar que estábamos en el trópico, pero tampoco le era digno de mención, y ese desdén me resultó atractivo. En rigor, su melodioso apego a los acordes de séptima y de novena lo acercarían más a Chopin y a Django Reinhardt que a nuestros cursis locales; su simpatía por los bucles lo emparentaba con Richter y Glass. Sus progresiones armónicas podían ser abigarradas, pero nunca pretenciosas. Su fraseo era, en ocasiones, excesivo, pero nunca olvidable. Una vez que la convencí sobre el tema, Fulvia llegó a escribir que Montané, parte de una tradición mulata, empleaba la sintaxis rítmica que va de Haití a Guerrero, de Luisiana a Medellín, para hablar en un idioma rejuvenecido. “Luis Montané”, escribiría en un ensayo cuya única lectora terminaría siendo yo, “no tenía vocación de buzo sino de entomólogo que debe poner las cosas bajo una luz fría para apreciarlas mejor”.
Escuchamos varias veces las tomas de Acuarios que grabamos en la casa que había rentado en Costa de Oro mientras la tarde caía contra las ventanas y el cuarto se teñía de un naranja intenso. Seguimos en la pantalla el movimiento del cursor sobre una silueta de picos y valles que dibujaba el sonido de mi guitarra al convertirse en una cadena de ceros y unos. La música que habíamos descubierto nos hipnotizó a tal grado que sólo hasta el final nos dimos cuenta de que estábamos a oscuras, sentadas en el sillón una a lado de la otra. Mi codo a veces chocaba contra el suyo. Ya casi era de noche y el monitor emitía una luz blanca sobre nuestros rostros.











