Dentro de la FIL Guadalajara, en un pabellón que huele a páginas recién abiertas y a conversaciones en voz baja, se escucha hablar de un libro que regresa. No es un título nuevo, aunque lo parece. Se llama Fricciones, pero ahora lleva un apellido más preciso: edición ampliada y revisada, con textos de Sara Mesa y Eduardo Berti.
Guadalajara, 6 de diciembre (MaremotoM).- Pablo Martín Sánchez, nacido en Reus (como Andreu Buenafuente) en 1977, se sienta a conversar sin prisa. Sonríe cuando dice que, en realidad, el título completo debería incluir también esas dos presencias. “Para mí el libro no se titula Fricciones. Se titula Fricciones, edición ampliada y revisada, con un exordio de Sara Mesa y una postilla de Eduardo Berti”.
Lo dice en serio. La edición corregida no es un gesto cosmético. En 2011 publicó este volumen en una editorial pequeña de Málaga. Pasó una década, acumuló lectores, escribió novelas que viajaron lejos y ganó un lugar en Acantilado, la casa donde hoy publica. Volver a Fricciones no fue nostalgia. “Creía que el libro todavía tenía vigencia y que había nuevos lectores esperando”, explica. “Si no lo hubiese hecho, no habría estado nunca en la FIL y por eso estoy muy contento”.
La decisión viene con una historia mínima. Cuando era solo lector, encontró erratas en una edición de Una tumba para Boris Davidovich, de Danilo Kiš, publicada por Acantilado. Escribió a la editorial con la audacia de quien todavía no sospecha que un día tendrá contrato. Jaume Vallcorba, fundador de Acantilado, le respondió. Años después, cuando Pablo tuvo su primera novela lista, volvió a escribirle: “Soy aquel lector puntilloso, tengo una novela, me gustaría que la leyeras”. Vallcorba la leyó y dijo: la quiero en mi catálogo. Esa naturalidad explica el entusiasmo con que Pablo habla del proyecto editorial: hubo suerte, hubo oficio, hubo correspondencia leída.
En Fricciones, lo primero es el juego. Un lector atento encontrará humor, ironía y trampas planeadas como si cada cuento fuese una máquina de relojería. “Me interesa mucho la forma”, dice, sin pedir disculpas por ello. “Podría decir que soy estructuralista o formalista, pero no olvido nunca que la literatura está escrita para alguien, para los lectores. No podemos permitirnos hacer nuestros jueguecitos privados. Siempre tenemos que pensar que eso tiene que estar a disposición del lector”. La difícil pregunta es dónde empieza un texto: ¿en la forma o en el fondo? Pablo ha encontrado una tercera puerta: el efecto de lectura. “Voy a intentar escribir a partir de la emoción que quiero generar. Luego encontraré la forma y el contenido adecuado para conseguirla”.

En su mesa conviven lecturas, traducciones y escritura. Desde 2014 es miembro de Oulipo, aquel laboratorio de literatura potencial que un día fundaron Queneau, Perec y compañía. Sus dos primeros libros ya eran ulipianos antes de entrar en el grupo. No fue una conversión, sino un reconocimiento. “En realidad, todo escritor se pone reglas de escritura”, dice. “Lo que pasa es que en Oulipo nos gusta complicarnos la vida. Nos construimos un laberinto y luego intentamos salir”.
En Fricciones el motor tiene nombre: intertextualidad. Cada relato roza otro texto, otra película, otro objeto artístico. “Me interesa el contagio, la cita por el suelo, el plagio en el buen sentido”, afirma. El libro funciona como un puzzle, con piezas que vienen de tradiciones distintas. “La literatura no deja de ser un diálogo constante”, dice, con Borges asomando detrás de la frase. Su referencia a Kafka es consciente: kafkiano ya no describe a Kafka, describe al lector que llega a él después de los adjetivos.

El territorio de la traducción le dio otra mirada. Pablo ha traducido a Wajdi Mouawad, Édouard Louis, Delphine de Vigan, Hervé Le Tellier. En su biblioteca vive la voz ajena. “Antes decía que traducía para ser mejor escritor y ahora también digo lo contrario: escribo para ser mejor traductor”. Cuenta una anécdota con Mouawad: tradujo Ánima, una novela narrada por animales y ese experimento lo llevó a poner un galgo como narrador en una obra propia. “Una voz animal no tiene juicio moral, no puede ser cursi. Eso me interesó”.
Luego aparece un principio ético. La traducción, dice, es una reinterpretación, “como un montaje de Shakespeare”. No cree en el traductor invisible. Quiere que se escuche su respiración junto a la del autor original. Esta sinceridad también apunta a un hecho elemental: “En muchos lugares del texto voy a estar por debajo del original. Si en algún momento puedo aportar algo, incluso mejorar el original para compensar, lo hago”.
En su trayecto como narrador hay una trilogía involuntaria: El anarquista que se llamaba como yo, Tuyo es el mañana y Diario de un viejo cabezota (Reus, 2066). Tres novelas atadas por el hilo mínimo de una biografía: nombre, lugar y fecha de nacimiento. Fragmentos que definen vidas ajenas y la suya propia. “Empieza en el siglo XIX y termina en el futuro. Voy de lo macro a lo micro. Del mundo entero a un manicomio reciclado en hospital de guerra en Reus”.
Ahora prepara dos libros. Uno será de cuentos. El otro, ya terminado, es un memorial sin constricciones. Se llama No A. Es la historia de una interrupción. Él y su pareja perdieron a una hija en el séptimo mes de embarazo. La llamada Noa no llegó. No ha podido ser. Son 130 páginas de no ficción. Sin artificios. “La única constricción fue no inventar nada”, dice. “Ser lo más justo posible con los hechos”.
Pablo Martín Sánchez no busca el misterio dramático en el escritor aislado. Le gusta escuchar la FIL. Le interesa lo que ocurre alrededor. Lo dice con la calma de quien sabe que la literatura necesita mundo para respirar: “La imaginación está muy bien, pero si estás despegado de lo que te rodea, a tu literatura le falta aliento”. Esa frase queda flotando mientras firma un ejemplar de Fricciones. Un lector se acerca y le pregunta qué hay detrás de tantos juegos formales. Pablo responde con un gesto simple, sin teoría: “Lo que hay siempre es lectura”.
En Fricciones, la literatura vuelve a empezar sin traicionarse.











