La novela es sorora, trata el tema de la maternidad y es un tratado cómplice para que todas las mujeres encuentren un espejo en la otra.
Ciudad de México, 1 de mayo (MaremotoM).- Elvira Liceaga es una joven escritora y ha hecho Las vigilantes, tratando un poco de ficcionalizar el yo, en una trama sencilla y sutil que sorprende por lo entretenida que es y por cierto consuelo que esgrime.
La novela cuenta los pasos de Julia, que en su regreso a México se instala en casa de su madre, Catalina. En su regreso conocerá a Silvia, una joven embarazada que vive en una casa de acogida esperando el momento de dar a luz y entregar a su hijo a otros padres. Entre las tres mujeres se establecerá un inesperado juego de espejos que nos colocará frente a algunas de las grandes cuestiones que a todos nos asaltan, como nuestra relación con ese origen que es la madre y el cuidado, a veces vigilante, del otro.
La novela es sorora, trata el tema de la maternidad y es un tratado cómplice para que todas las mujeres encuentren un espejo en la otra.
ENTREVISTA EN VIDEO A ELVIRA LICEAGA
“Una escribe sola en años y cuando descubre que a alguien le gusta, entiende que valió la pena. Es una novela narrada por un yo bastante consciente de sí mismo, le gusta mucho ir a terapias, un yo que escribe, aunque está fracasando en la escritura”, afirma Elvira Liceaga en entrevista.
“Es una novela que nació en un taller de autobiografía, aunque la novela no es nada autobiográfica. Es autobiográfica en lo concreto, en los gestos, en los pensamientos, en el desarrollo de personajes, pero la trama es una ficción”, agrega.

El yo abreva un poco de la ficción desde el principio porque es muy controlador, siempre piensa qué hacer y qué decir.
“Es cierto que es un yo bastante silente, todo lo que no dice forma gran parte de la trama y todo lo que ella interpreta del silencio de las otras, también. Parte del silencio es también controlar la historia”, dice Elvira, nacida en Ciudad de México, en 1983), quien es locutora, editora y profesora de literatura de día y cuentista de noche. Carolina y otras despedidas es su primer libro.
“Escribiendo esta novela me convertí en madre y cuando pasa eso la relación con la madre de una cambia totalmente. Empezó siendo como una especie de reclamo a la madre y luego cuando empezó a volverse una ficción entendí que la narradora tenía unas cuantas carencias que no son las mías. Todos tenemos heridas de infancia, el amor que recibimos al principio es desplazado hacia otras personas”, afirma Liceaga.
“En la novela me interesaba mucho explorar el deseo de no ser madre, incluso estando embarazada y me interesaba también la madre que ya fue madre y ya no quiere serlo”, afirma.

Adelanto de la novela Las vigilantes, de Elvira Liceaga, con autorización de Lumen.
Recuperamos de nuestra vida anterior a mi partida el hábito de comer en el bufet de un antiguo restaurante árabe, ahora venido a menos. Ahí mi madre puede devorar kippes, tabulé y hummus sin vergüenza, pues apenas hay una que otra mesa ocupada. Según ella hacemos, de paso, nuestra buena obra del día al apoyar a una familia de inmigrantes y su negocio en peligro de extinción en la cada vez más aburguesada colonia Narvarte. La colonia que en los tiempos de Celeste fue nuestra casa y en la que de vez en cuando turisteamos por pura nostalgia. Cruzamos hacia el fondo del restaurante por los arcos dorados con sus columnas corintias. Nos sentamos junto al espejo que refleja las bandejas metálicas con comida. Vamos por turnos al baño. Nos da nervio que desaparezcan su bolsa o mi mochila. Pedimos un par de aguas minerales a un mesero vestido de beduino. En esa coreografía rutinaria, primero se sirve mi madre, que siempre llega muerta de hambre. Vuelve a la mesa con un plato colmado de garbanzos. Me sirvo, entonces, yo. Cuando regreso a la mesa con un plato medio lleno para mí, medio vacío para ella, ya se ha arremangado la camisa y mastica.
—Joven —mi madre llama la atención de un mesero en túnica que carga una charola con botellas de refresco, junta las palmas de las manos y sonríe—, ¿será que le pueden bajar tantito a la música?
El mesero asiente con un cabeceo sin que se le caiga el turbante.
—Muchas gracias.
En cuanto se aleja lo suficiente para no escucharnos, me inclino hacia delante:
—No le hables como si fuera un niño chiquito.
Mi madre hace un gesto juguetón de hartazgo: rueda los ojos, saca la lengua chueca y me dice que no la regañe. Después se abstrae en sus bocados. Hace ruidos indiscretos de satisfacción, como si probara cada uno de estos sabores por primera vez.
She’s an eater, me dijo un amigo levantando una ceja, cuando mi madre fue a visitarme a Nueva York y fuimos a cenar a un restaurante polaco que le habían recomendado. She’s so happy eating, insistió, entre la ternura y cierta repulsión, con ese esnobismo neoyorkino que mira al otro como a un animal que escapó de un zoológico. Her happiness is so easy.
—¿Cómo va todo? —mi madre clava el tenedor en una hoja de parra—. ¿Has buscado clases?
Sabía que tarde o temprano llegaría esa pregunta. Niego con la cabeza. Miro el reloj en su muñeca, son las dos y media de la tarde.
—¿Y luego?
—Pues, a ver…
—A ver, ¿qué? —mi madre agranda los ojos de preocupación para presionarme, mientras sus manos rompen un pan pita que hunde en mi jocoque.
—A ver qué pasa…
Antes de comerse el bocado, abre la boca para decirme algo, pero la interrumpo:
—¿Tenemos que hablar de tu urgencia por que yo consiga trabajo?
Recién me liberé de la camisa de fuerza que es la universidad y ella ya está empujándome al mercado laboral.
—Debería ser la tuya. ¿No vas a buscar algo en la radio?
Antes de irme a estudiar conduje un programa de radio nocturno en el que ponía canciones y hablaba de mis libros favoritos. Me escuchaban adolescentes con gustos musicales alternativos y, más que llamar a la cabina para pedir canciones o mandar saludos, me hacían preguntas concretas sobre los temas de su tarea. Qué es el comunismo, qué es la mitocondria. A veces sabía, recordaba la guerra cristera o la homeostasis de mi paso no tan firme y no tan lejano por la prepa. A veces no, y entonces gugleaba las respuestas. También me escuchaban adultos regresando del trabajo a casa y dependientes de lugares que nunca cierran. Los Oxxos, los aeropuertos. Con frecuencia me llamaban para contarme sus penurias amorosas y a mí me encantaba ser por un rato la Doctora Corazón. Mi madre nunca me escuchó porque no le gustaba la música de la programación. Decía que era demasiado ruidosa, como si hubiera puesto canciones de Sepultura y no de Cerati. A mis horas sintonizaba estaciones de clásicos setenteros o de noticias. No escuchó mi última emisión porque ese día se fugó de la cárcel el Chapo Guzmán. Nadie escuchó mi programa de despedida. Ha pasado un lustro desde entonces y ahora la estación tiene la parrilla completa. Supongo, en vez de preguntar, que no necesitan una locutora fuera de juego. En esa vida anterior también narraba videos o anuncios. Me pedían diferentes entonaciones, intenciones, ritmos. Exploraba la teatralidad de mi voz, parecida al performance de la escritura en la página. Después, en Estados Unidos me convirtieron en latina e hice algunas voces para públicos inmigrantes. Anuncios de detergente, tutoriales para enviar y recibir dinero. Los publicistas gringos celebraban mi inglés mal pronunciado. Yo me sentía culpable por alimentar los estereotipos, pero necesitaba el dinero.
He perdido el contacto con mis compañeros de la estación de radio y, además, no quiero un trabajo. No es esa relación con el mundo la que necesito, sino otro sentido de arraigo, otra versión de la armonía. Quiero poner orden a un desorden más bien interno que no atino a nombrar. Dicen que es difícil irse pero es más difícil regresar.
Por el reflejo de la pared de espejo podemos observar el restaurante sin mirar directamente a nadie. El que creemos que es el dueño por el puro prejuicio de sus ojos negros, la barba de candado, el pelo en pecho y las cadenas de oro que cuelgan de su cuello empuja de un lado a otro un carrito de dos pisos para ofrecer una variedad de postres. Lo esquivamos para servirnos más, otra vez por turnos.
—¿Cómo va la escritura?
Me alzo de hombros. Omito que tengo el impulso de escribir sobre mi hermana para recordarla. Le digo que no he podido concentrarme desde que llegué.
—Me imagino —me roba una cucharada de tabulé—, con lo ocupada que estás.
Tengo que acercarme mi plato para alejarlo de su hambre.
—Por cierto, ¿sabes qué?
Mi madre me informa que Mildred, una de sus antiguas amigas del dominó, le dijo el otro día, después de haber leído un relato mío publicado hace un par de semanas en una revista, que no estaba de acuerdo conmigo:
—Ese cuento sobre ti, Catalina —imita el acento caribeño de su amiga—, ese texto obviamente autobiográfico —suelta los cubiertos para entrecomillar con los dedos las palabras— no es justo.
Se me atora el tabulé en el esófago. Doy un trago a mi agua mineral.
—Mildred —mi madre vuelve a su acento chilango y me acusa con el dedo índice— dice que no soy para nada como en tus narraciones. Es más, dice que soy encantadora y muy maternal. Que desde luego que no soy indiferente, y que si fuera yo, estaría muy dolida.
Se enciende la alerta del sacrilegio en mi cerebro: mi cuerpo se prepara para mentir. Y un poco atragantada le digo que el cuento no se trata en realidad de ella.
—¿No?
—Obviamente, no.
—¿Ni un poquito? —me pregunta con esa modulación terapéutica de la voz que usa para situarse por encima de los demás.
—Pues no. Es ficción.
—No importa —responde expeditiva, como si ella no hubiera sacado el tema. Echa un vistazo por encima de mi hombro.
Me dice con una repentina indiferencia que no me preocupe, mientras mastica carne cruda.
Me crece adentro una culpa que todavía aletea. Me arrepiento de haber escrito el maldito cuento. Me arrepiento de haberlo publicado. Me arrepiento de haberla usado. Me asusta pensar que ni siquiera se me había ocurrido que una vez fuera de mi cuaderno, mi madre leería el texto y se encontraría a sí misma en el personaje de mala madre. O tal vez sí se me ocurrió. Reconozco en secreto que he desbloqueado un nuevo nivel de egoísmo y, sin embargo, sé que no es la última vez que lo haré.
—¿De verdad no te importa?
—Pues no.
Mi madre tiene una capacidad casi admirable para abrir heridas sin responsabilizarse de ellas.
Le explico con patadas de ahogado que no es ella, que el personaje quizá se parece a ella porque de algún lado tiene una que sacar ideas.
—Robar ideas —corrige mi gramática y mi ideología al mismo tiempo.
Vencemos el silencio incómodo masticando con una lentitud ridícula, entre suspiros. Suben el volumen de la música del Medio Oriente y tengo que levantar un poco la voz:
—¿No te importa que yo te retrate como una madre… —desfilan varios adjetivos en mi mente: lejana, ausente, desobligada— no sé… —acabo la pregunta con un movimiento circular de la mano.
—Una madre… —copia mi manoteo— ¿qué?
—Una madre diferente —respondo desde la cuerda floja. Termino, desde luego, por acobardarme.
Una bailarina con senos que rebosan el escote sale de los baños moviendo sus caderas a un ritmo hipnotizante. Se acerca a las mesas, a las ocupadas y a las vacías, coqueteando con comensales reales e imaginarios, comprometida con su acto. Y a juzgar por su rostro, disfrutándolo.
Para evitarla, clavamos los ojos en nuestros platos con restos de comida.
—¿No que es ficción? —mi madre recupera el tono despreocupado de nuestras lógicas civilizadas que acordonan el drama.
La bailarina viene, irremediablemente, hacia nosotras y baila su danza del vientre. Su cuerpo ondula. Toda ella cascabelea. Nos busca, seductora, con la mirada ornamentada. Una fina cadena de falsos diamantes enmarca sus cejas. Con una sonrisa sella su sensualidad al tiempo que sus brazos serpentean desde su espalda erguida y su ombligo nos envía un mensaje telegráfico.
Mi madre se rinde ante su presencia. Mueve su cabeza al ritmo geométrico de la música árabe. Saca de su cartera cien pesos y, con la boca llena, estira sin vergüenza el resorte del calzón de la bailarina para atorar el billete con la cara de Sor Juana.
El agua mineral se me regresa por el esófago y la escupo. Me limpio la boca con el extremo de la manga.
La bailarina y yo compartimos una sonrisa incómoda.
—Perdónela —le ruego con los ojos.
Ella se esconde el billete en el brasier de lentejuelas y sin interrumpir su cadencia se aleja de nosotras con el movimiento independiente de sus caderas vivas.
Mi madre me muestra su cartera abierta, ahora vacía. La regresa a su bolso. Se mete una cuchara de cuscús a la boca.
Escribo a mano en una libreta medio usada y sucia, con la superficie y las orillas de las hojas empolvadas. Acartonada, además, por la humedad de la azotea de mi madre. Otro intento fallido de un diario disciplinado. Una libreta verde limón, un color estridente para no perderla, que me regalaron en alguno de aquellos trabajos mal pagados en un call center, una agencia de viajes, una tienda. Una libreta que abandoné entre mis libros apilados sobre el piso, en torres sin orden que conquistan la pared, donde también envejecen los papeles huérfanos, los artículos impresos y las fotocopias arrugadas de la universidad que probablemente no volveré a leer, pero que algo me aportan ahí calladitas.
Caigo en la tentación de las letras mayúsculas que me obligué a trazar en los pizarrones, después de que mis alumnos de español en Nueva York se quejaron de que no entendían mi cursiva. Escribo con letras mayúsculas mal amarradas por sus techos y sus suelos, que, ni redondas ni itálicas, se desbordan de los renglones.
Hace unos días, ya de regreso en México, en una sesión de terapia saqué mi libreta resucitada para anotar tal vez una advertencia, tal vez una instrucción o una máxima nueva. Una de esas frases que revelan lo invisible: costuras inconscientes, los mecanismos más interesantes. Y mientras escribía alguno de esos descubrimientos tardíos sobre mí misma la terapeuta se levantó de su asiento para asomarse a mis trazos. Me advirtió que la letra en mayúsculas delata a una persona insegura que finge fortaleza. Dinamitó en un instante mi estrategia caligráfica.
En grande y hasta arriba escribo Celeste. Repito la palabra hasta que, abstracta, me sale en un solo rizo.
Abajo me espera el silencio blanco de la página.
No puedo recordar a mi hermana menor.
¿A qué jugábamos cuando éramos niñas?
Enlisto juegos con los que supongo que las niñas pequeñas se entretienen para saber si alguno se ilumina en mi espacio mental anochecido: las muñecas, la comidita, la peluquería, las secretarias. Aunque estoy segura de que las niñas ya no juegan a ponerse tacones y trajes sastre para pretender que escriben en un teclado de papel y chismean con sus colegas a escondidas de un jefe imaginario, al que le coquetean.
No se me ocurre a qué más pude haber jugado con Celeste y me parece una agresión privada contra ella. Pero no logro arrebatarle esas escenas a la oscuridad, a la que me asomo con vértigo. Quizá porque yo no pude hacer nada por traerla de vuelta, solo me permito cristalizar su ausencia, delinear el espacio hueco y escuchar su vacío.
Recuerdo, sin embargo, haber jugado con mi mejor amiga de la escuela a las princesas. Con Alejandra jugábamos también a las sirenas. El impacto que tuvo en nosotras La sirenita fue incalculable para nuestros padres y, como un par de damnificadas de Disney, ejercimos libremente nuestro derecho a la cursilería envolviéndonos las piernas con sábanas y cantando con desafino las canciones de la película, mientras peinábamos nuestras largas cabelleras de mentiritas. Cada vez que toco uno de esos recuerdos salgo astillada. La familia de Alejandra me invitaba a su casa en Chiconcuac los fines de semana en que mis padres viajaban con mi hermana para consultar especialistas.
Bajo de la que llamo mi azotea al departamento de mi madre. Por más que intento no hacer ruido ella siempre me descubre.
—¡Julia!
Me da un mínimo de vergüenza que me sorprenda entrando a la cocina con los topers vacíos en la mano, en los que pienso llevarme porciones discretas de picadillo, tinga o sopa de zanahoria. No es la primera ni la última vez que me robo en sus narices la comida que ella compra, aunque fingimos que es una situación temporal.
—Si me dejaras vivir contigo, estos penosos saqueos no serían necesarios —le guiño el ojo.
Esta mañana noto que ha comprado alcatraces blancos y aves del paraíso para el altar de Celeste que, en algún momento, reubicó de la sala a ese espacio de tránsito entre la sala y la cocina. No hay donde sentarse para mirarla o platicarle. La foto de mi hermana cuelga del mismo marco dorado y ovalado desde hace quince años. Celeste sonríe. Tenemos diferentes teorías sobre de qué se reía cuando le tomaron la foto. Sus labios delgados. Su diente ausente. Mi madre conserva el diente en el alhajero de su habitación, junto a otras reliquias que un día va a heredarme. Los ojos brillantes y las pestañas largas, enchinadas por la almohada. El cabello a la altura de la barbilla y despeinado. Celeste detestaba vestirse y se echaba a correr para que no la peinaran. El fleco le tapa las cejas tupidas.
—¿Todo bien allá arriba? —me pregunta mi madre, sin dejar de leer las noticias. Está sentada de piernas cruzadas en la cocina. Lleva unos pantalones negros y una camisa a rayas rojas y blancas, mal abotonada. Puedo ver la piel ahora acartonada de su pecho cuando me inclino hacia ella para darle un beso en la frente. Tiene el pelo mojado.
—Tu camisa.
—Qué romántico vivir en una azotea, ¿no? —se burla de mí, mientras se reajusta los botones. Las rayas de su camisa se alinean—. ¿Estás trabajando en obras misteriosas, a la Tina Modotti?
A mi madre le parece patético que yo viva parasitariamente en su azotea, a menos que esté tomando fotos que me hagan pasar a la historia y organizando reuniones clandestinas con una élite de intelectuales para tramar una revolución artística.
—Oye, qué bueno que bajas. Te necesito.
Me parece sospechoso: uno de los acuerdos no pronunciados entre nosotras ha sido no necesitarnos. Yo no sería Celeste. Yo estudiaría, con buenas o malas calificaciones. Trabajaría, con pasión o por obligación. Me emparejaría, quizá tendría hijos. Sería una mujer feliz, o no. Pero me mantendría a salvo y le evitaría más preocupaciones.
—Nos urge alguien que enseñe a leer y escribir.
Le pregunto a quién, mientras elijo entre los platillos que compra en una cocina del barrio. Es obvio que compra para dos.
—Con las embarazadas, en el albergue —se humedece el pulgar derecho para dar vuelta a la página del periódico.
Desde que se jubiló, mi madre es terapeuta voluntaria en diferentes tipos de refugios. En el que más colabora se dedica a conversar con mujeres embarazadas que no pudieron o no quisieron abortar y volver a sus casas es peligroso. A veces porque ahora, esperando un hijo, sus familias las rechazan. A veces porque no pueden costear el embarazo. A algunas de ellas las captaron grupos antiaborto y las convencieron de no hacerlo a cambio de llevarlas a un albergue como ese, donde pueden dar a sus bebés en adopción si no quieren ser madres.
—¿Te gusta la idea? —levanta por fin la vista y después la jarra de café, preguntándome con un gesto si me sirve.
Mi madre, que fue a una escuela de monjas en Guanajuato y por eso nos crio lejos de la religión, que se salió de la primera de muchas misas que sus tías organizaron para Celeste, sin embargo, coopera con esas casas de espera orquestadas por la iglesia. ¿Por qué lo hace? ¿Cuánto desconozco de ella? ¿Por qué me invita? Me siento frente a ella, con mis topers apilados sobre la mesa, y observo a esa mujer que me compró la pastilla y me cuidó mientras abortaba cuando me embaracé en la prepa, sin hacerme una sola pregunta.
Le acerco una taza vacía y me sirve.
Suelen ser mujeres que necesitan hablar y ella quiere escucharlas. A veces no saben qué hacer y ella quiere acompañarlas mientras toman una decisión, en el proceso de renunciar a sus hijos. Me explica que, algunas veces, las mujeres llegan al albergue porque no sabían que estaban embarazadas. Me cuenta de una chica a la que en el centro de salud le regalaron condones, pero no le dieron instrucciones. Los hirvió, creyendo que era un té anticonceptivo. Me cuenta de otra que llegó poco antes de parir porque hasta los siete meses no supo que estaba encinta. Algunas veces, argumenta, los doctores se niegan a practicar abortos. Hablamos de las enfermeras que te ponen mala cara, de tantas maneras de cuestionarte.
Comprendo su relación con ellas, pero no con los hilos que mueven esos lugares. Mi madre lo sabe, pero insiste en su oferta.
—Piénsalo —dobla una columna del periódico y la arranca para guardarla—. Piensa bien si quieres ir a darles clases sin entrometerte…
—¿Ellas quieren?
—Ay, claro. Si no, no te preguntaría.
Doy un sorbo al café, que ya se enfrió.
Divido mi libreta en dos secciones. Titulo la segunda parte Madre. Los picos de la M mayúscula se me quiebran y el resto de la palabra en minúsculas resulta incomprensible, parecen signos vitales. Rayo la hoja entera y cambio de estrategia. Arriba y al centro: Catalina. Con el dedo índice esparzo los sobrantes de tinta en los nudos que enlazan las letras. Sombreo así la palabra, ensuciándola.
Vuelvo resignada a las cursivas. Quiero dominar el crecimiento desviado de una sola línea. Quiero recuperar la letra anterior a mi partida. La de los cuadernos, no la de los pizarrones. Para practicar la honestidad, para escribir sobre nosotras sin engañarme a mí misma. Quizá las cursivas atraigan más recuerdos, mejores recuerdos, recuerdos de piedra. Ojalá que la letra quiera escribir ella. Ojalá que la letra alcance a rascar con las uñas los escombros de ese tiempo.
He perdido la costumbre de trazar esta letra bastardilla que se parece más a un oleaje que a una cordillera, pero me gusta volver al proceso de mi letra verdadera. Me enorgullece que nadie la entienda. Aunque me detenga en pleno garabato porque al dibujarla, después de tanto tiempo, deba reaprender mis propios trazos en un mecanismo de la memoria sobre la hoja. Un acto de conocimiento involuntario. Aunque pause de vez en cuando porque no recuerdo cómo hilvanar algunas letras de finales altos con las siguientes de principios bajos.
Me sorprende que, ya habiendo soltado la mano, escribí jefa en lugar de madre. En mi letra teatral, esa Julia que le muestro a los demás, ella es mi madre, pero en mi letra interna es mi jefa.
Imaginé el albergue como una suerte de galpón con habitaciones improvisadas y catres enfilados sobre piso liso de cemento, con una cocina de estufas portátiles y una alacena de cajas que guardan donaciones de platos y vasos de diferentes juegos. Me imaginé a las mujeres sentadas en sillas plegables alrededor de mesas metálicas de Carta Blanca, agrupadas por actividades. Tal vez tejiendo, tal vez devorando, en contra o a favor del aburrimiento, el maratón de telenovelas de la tarde en una vieja televisión de antena. Pero el albergue es una mansión barraganesca en pleno Pedregal de San Ángel que un puñado de millonarios donó hace años a la iglesia.
Mi madre saluda al portero por su nombre y me presenta como su hija, la grande. Siento un golpe en el estómago, porque hace mucho que no la escuchaba especificarlo.
El guardia se cambia el llavero de mano y me da un apretón flojo.
—Pásenle, Catita.
A mi madre no le pareció importante avisarme que nos recibirían un par de monjas con las que tendría que presentarme en un despacho, al fondo de un jardín que parece de revista. Me da un empujón hacia ellas. Tengo el impulso nervioso de saludarlas con un beso en la mejilla y ellas dan con firmeza un paso hacia atrás. Yo, entonces, me retracto desconcertada, inconsciente del protocolo, que erige de inmediato un muro entre nosotras. Me dejo observar. Me pregunto por la renuncia radical de esas mujeres. ¿Cuáles son sus tentaciones? ¿Por dónde regresa y se cuela lo sacrificado? Me pregunto por las grietas de una vida reglamentada. No entiendo los compromisos totales, pero frente a ellas me doy cuenta de que me impresiona su capacidad para mandarlo casi todo a la chingada. Saben que yo también las estoy analizando. Me examinan con una sonrisa que acopla la distancia que nos separa.
Mi madre tampoco me advirtió que las mujeres en el albergue eran tan jóvenes.
—Buenas, buenas… —avanza por el inmenso jardín rectangular hacia el interior de la casa como si fuera suya—. Esta es mi hija, la grande —pregona otra vez, con lealtad a mi hermana.
Yo la sigo como una intrusa, saludando con movimientos cobardes de cabeza, con holas mudos y miradas de reojo, llamando sin querer la atención.
Conoce los nombres de todas. Y evidentemente sus historias. Admiro y envidio la familiaridad que tiene con ellas.
Algunas de las chicas juegan con una baraja en la sala, otras pasean en el jardín u hojean revistas, como matando el tiempo. Mi madre, como en su hábitat natural, da un par de pasos hacia delante, se acerca a ellas dejándome atrás. Yo la espero en mi sitio, como una isla. Con un tono de voz que las abraza les pregunta cómo están, cómo se sienten, si ya tienen hambre, si pueden dormir. Pasea sin vergüenza su mirada entre sus ojos y sus panzas, a las cuales yo no me atrevo a voltear. Cuando termina el recorrido se detiene en el desnivel que divide la sala del comedor de la mansión. Una de las chicas pasa y nos saluda con acento colombiano. Se acerca a mi madre para acomodarle el cabello:
—Antes de que te vayas, te peino.
—Chau, Irma —mi madre se recarga en el barandal para sacar la agenda de su bolsa, mientras la observo y pienso que parece más de todas esas mujeres que mía. Lee el nombre de las chicas con las que ese día tiene cita y antes de subir por las escaleras hacia donde me imagino que están las habitaciones y dejarme definitivamente sola, me señala con la nariz a una chica que me espera sentada en la mesa del comedor:
—Ella es Silvia.
Cuando era niña, de un tubo metálico mi madre exprimía hasta la última gota de una pasta negra. En el mismo cuenco de plástico de siempre la mezclaba con un líquido apestoso con el que, de pie y frente al espejo del lavabo, teñía cada rincón de su cuero cabelludo.
Ella había renunciado a la belleza mucho tiempo antes de que yo naciera, pero comenzó a pintarse las canas después de que en una junta de padres de familia una maestra le preguntó si era mi abuela. Desde entonces, tal vez una vez al mes o cada mes y medio, en domingo por la mañana me lanzaba un grito para invitarme a verla pintarse el pelo. Sabía que para mí aquello resultaba un espectáculo.
Me sentaba en primera fila, sobre el borde de la tina, para admirar cómo dividía su cabello en secciones y lo sostenía con pinzas, se enguantaba las manos para no mancharse y, sin dejar que me acercara, con una brocha se ennegrecía el pelo mientras cantaba canciones de Juliette Gréco que yo, por no hablar francés, tarareaba para imitarla.
A veces me concedía pintarme un mechón, aunque fuera de atrás, donde no se me viera, para que fuéramos un poco iguales. A veces también se sentaba en el piso y me dejaba a mí pintarle a brochazos el pelo. Nos bañábamos juntas y, llevándose algo más que nuestra apariencia original, el negro diluido descendía enramado por nuestros cuerpos, encharcándose a nuestros pies. Salíamos de la regadera como nuevas, siendo otras personas. Y yo volvía ese lunes a la escuela empoderada por mi secreto mechón negro que nadie nunca notaba.
Silvia me saluda de usted. Siento los dedos delgados de su mano fría en la mía. No sé cómo evitar que la clase sea un escenario donde ella tenga que actuar.
Es más o menos de mi estatura, ni alta ni chaparra. Lleva el pelo largo relamido con gel y atado con una dona fosforescente, ochentera, en una media cola que la aniña. Su voz, sin embargo, la aseñora por ser rocosa, naturalmente radiofónica. Me cuenta que quiere aprender a escribir cartas y le sonrío con complicidad, porque a veces pienso que para eso también aprendí a escribir yo. Las cartas libres de correspondencia son para lo único que de veras me ha servido poner una palabra tras otra. Silvia quiere escribirle a su familia en San Felipe Neri, su pueblo en Morelos. Quiere explicarle a su abuela por qué un día le dijo que ahorita venía y no regresó.
—¿Te están buscando?
Me responde con voz serena, pero mordiéndose las uñas, que no, que le habló desde el teléfono de este lugar.
—¿Y sabe que estás bien?
—Sí, sí. Mi abuelita estaba llore y llore porque creyó que me había pasado algo. Cómo me voy a haber ido así nomás sin avisarle, ¿verdad? Pero ya cuando le dije que estaba en una casa de unas madrecitas se calmó. Bueno, más o menos. Luego ya sí, cuando le dije que iba a regresar.
—Qué susto…
—Pues por eso le quiero explicar bien.
Después de romper el hielo, me confiesa que lo de escribir a su casa es algo que les dijo a las monjas, pero lo que de veras quiere es escribirle una o tal vez varias cartas al destinatario que tiene en la panza.
—A este es a quien le quiero explicar bien —susurra para que el bebé no la oiga, aunque me pregunto si no la escucha, si no se conocen por dentro.
—¿Explicarle qué? —replico el susurro, y me acerco a ella.
—Pues por qué no me lo voy a quedar.
Debería decir algo que demuestre que comprendo la situación.
—¿Es niño?
Silvia mueve de un lado a otro la cabeza y alza los hombros, como si el bebé no fuera de ella.
Lleva puesto un vestido negro que le queda grande y casi no se le nota la panza. Me cuesta trabajo asociar a la chica que tengo enfrente con el estereotipo que tengo de una mujer embarazada. Silvia se acomoda para sentarse en flor sobre la silla y deja caer las chanclas al suelo. A través del cristal de la mesa puedo ver la piel morena de sus piernas delgadas y puedo leer la talla 23 de las suelas.
—¿Cuántos meses tienes?
—17 semanas.
—¿Y eso cuántos meses son?
Levanta una mano y mueve los cinco dedos. El verde turquesa de sus uñas está desconchado.
—¿Sabes contar?
Mi pregunta la ofende:
—Si quieres pregúntame.
Niego con las manos para disculparme.
—Tenemos, entonces, poco más de cuatro meses —no se lo digo, pero es poquísimo para aprender a escribir cartas.
En mi grupo de segundo de primaria había una silla vacía. Durante casi un año, no permitimos que nadie se sentara en ese lugar y pedimos formalmente que no lo limpiaran. Estábamos convencidos de que la silla tenía los átomos de Alejandra. Alejandra falleció un domingo por la noche en un accidente en la carretera. En su ausencia hicimos de su silla una reliquia, a la que tal vez quien fue su propietaria visitaba.
Como muchas veces antes, ella había dejado de hablarme. Sin embargo, esta vez no habría manera de contentarnos. Yo no sabía, entonces, si la gente que muere enojada con alguien se queda enojada para siempre porque en vida no hubo oportunidad de hacer las paces, o si acaso la muerte anula los malentendidos y pendientes entre los muertos y los vivos.
Me dediqué a escribir cartas para Alejandra. Le pedía perdón. Me dediqué a destinar la separación, en ese caso irreparable, a la escritura. Dejé los sobres cerrados sobre su silla por una semana, dándole tiempo a que leyera las cartas en una de sus visitas. Después las guardaba en una caja de puros reciclada que forré y etiqueté con su nombre, un módico ritual con el que me acostumbré a apaciguar la pérdida al mismo tiempo que a prolongar el duelo.
Al regresar de las vacaciones de verano encontré las sillas pulidas. Busqué en otros salones, pero no encontré ninguna con rastros de las palabras marcadas con la letra de Alejandra. Me pregunté si volvería a visitarnos, aunque no tuviera una silla, su silla, aquel objeto de metal y de madera con el que invoqué a su fantasma mientras aprendí a aceptar su ausencia. Esa primera ruptura no me preparó para perder a Celeste, años después. Me enseñó, tal vez, a quedarme sin respuestas. Me quedé, además, sin el perdón de Alejandra, y con un montón de hojas en blanco para seguir escribiendo cartas. Y, hasta la fecha, me aseguro de tener papel disponible en caso de futuras pérdidas.
Después de años de oponerse a la tecnología, mi madre sucumbió a la presión social y cambió su teléfono de botones por uno de pantalla táctil. Cree que es la última persona adulta en haberlo hecho, y eso le place. Le tomó tiempo aprender a mandar correos, pero de repente me reenvía videos por WhatsApp. Videos curiosos sobre el descubrimiento de alguna nueva especie animal, cuerpo galáctico o yacimiento arqueológico; mensajes reflexivos, motivacionales. Es sorprendente, porque tuvo que tomar un curso para aprender a usar su computadora y casi cada vez que me ve me entrega un paquete doblado con recortes de revista y de periódico que cree que podrían interesarme. Tampoco termina de renunciar a esa agenda de bolsillo con funda de piel que cada año compra en Sanborns. La colma de pendientes, post-its con notas y tareas. Necesita materializar su administración del tiempo, tocar su vida ordenada. Mi favorito, escribe después de un concierto subrayado. Se cancela porque la maestra está enferma, escribe al lado de un taller tachado.
El tiempo libre fue durante años su objeto inalcanzable de deseo. Su vida transitaba atropelladamente entre la casa y sus pacientes, la casa y los consultorios de los doctores de mi hermana, la casa y los hospitales. El día que por fin se jubiló se consagró a otra tiránica lista de pendientes, se repleta de trámites, clases, voluntariados, paseos, viajes, de todo tipo de compromisos esclavizantes. Leí en una novela de Rachel Cusk que cuando uno consigue liberarse de cierta dependencia, como en una relación tóxica o una deuda económica, tarde o temprano y sin saber cómo, termina en otro tipo de atadura. Una nueva versión de la prisión anterior.
Desde que tiene un teléfono nuevo al que ella llama moderno, y cada vez que dice moderno pronuncia la r en inglés, manda consejos e inspiraciones prefabricadas. La imagino acostada en el sofá de terciopelo azul petróleo de su sala, ignorando su calendario y descubriendo el universo infinito de los consejos de vida.
—Ma… No me mandes cadenas.
—¿Qué es eso?
—Los videos y las imágenes.
—Ay, pero es que son buenísimos.
—No caigas en eso.
—Y ¿por qué no?
—Porque tú eres una persona inteligente.
—No, ¡tú quieres que lo sea!
En México encontré mi antigua habitación sin una sola estantería, ni un gancho del que colgar un suéter o una chamarra. No tenía un cajón donde guardar al menos mi pasaporte o mi título universitario entubado. Desde mi última visita, mi madre redecoró estratégicamente el espacio con un carácter minimalista para que yo no cupiera. Estiló un cuarto de visitas de tonos árticos, con la misma cama individual de mi infancia y adolescencia ahora cubierta por una colcha beige. Al lado, una repisa flotante con una lámpara gris. Tuve que desempolvar del trastero un viejo perchero de latón que me permitió desempacar por lo menos la muda de un par de días, y reutilizar una maceta que puesta de cabeza sirvió de buró. Enfilé los libros que traje en una esquina sobre el piso y acomodé cremas en el reborde de la ventana, pero ella no me dejó instalarme.
—Puedes empezar de nuevo —me dijo, con las mismas palabras que usó cuando me convenció cinco años antes de estudiar en otro país—. Ser quien tú quieras.
Como si yo supiera quién quiero ser.
Me fui a estudiar literatura, a pesar de que todo mundo me advirtió que después me moriría de hambre. En ese momento mi madre me aconsejó:
—Estudia lo que más te guste y si es necesario pido un préstamo y ponemos una papelería. Yo me las arreglo, que para algo me he matado trabajando toda la vida. Pero que te guste más tu carrera que tus hijos y tu marido.
Y me fui con una beca que les dio envidia a mis compañeros, que contrajeron deudas. A diferencia de ellos, no me gasté ni un dólar más del necesario porque sabía que, en el regreso, esos ahorros serían mi escapatoria de una vida de oficina.
Ahora que he vuelto, mi madre ignora que lo único que quiero es pausar un tiempo con ella.
Hace unas semanas se cruzó de brazos y se recargó en el umbral de la puerta, afirmándose, innegociable.
—Pero si tú ya eres una adulta. ¿Por qué querrías vivir con tu mamá?
Me dijo que me fuera para que encontrara mi lugar en esta ciudad. Me dijo que me fuera de la que antes fue mi casa porque de quedarme ahí la iba a odiar, a ella. Odiaría vivir bajo su techo, bajo sus reglas. Me dijo que empezaría a criticar su alimentación, sus horarios, sus modos y hasta su decoración. E iba a querer educarla como ella también alguna vez quiso educar a sus padres. Eso —advirtió con el dedo índice en alto para señalar sus primeros recuerdos de la inconformidad— fue insoportable.
—Así que permíteme ahorrarte el mal trago: soy incorregible —remató con una sonrisa para enredar lo que en ese momento me pareció frialdad.
Me pregunté cuándo empezamos a ser personas sin remedio. Pero, sobre todo, me pregunté por qué disfrazaba su necesidad de estar sola con mi independencia. A Celeste, a veces lo pienso con un inmediato latigazo de arrepentimiento, nunca la hubiera empujado a las afueras.
Como siempre, mi tía Mercedes escuchó el inventario de mis quejas, reclamos, sentimientos no cobrados. Platicamos y platicamos. Ninguna terapia como la de Mercedes para convertir en agradecimientos mis rencores. Me invitó a su casa. También mi amiga Lucía me ofreció un sillón donde acomodarme el tiempo que me diera la gana, pero sabíamos que esa no era ninguna solución. Al cabo de un par de semanas, con tal de no gastarme los ahorros de la beca en alquileres y con tal de no necesitar por un rato un trabajo, me mudé al cuarto de servicio en el techo. Todas lo vieron como una derrota y, sin embargo, me acomodé con mis pocas pertenencias y mi colección de vergüenzas fingiendo que empezaba de nuevo.











