La adaptación de La bestia también hace guiños a Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, pero con una estética semejante a Alien, el cuento de James deriva en ciencia ficción a la Twelve Monkeys y patenta esa incapacidad para comprendernos y funcionar en las relaciones sociales, como ilustró Lanthimos en La langosta.
Ciudad de México, 24 de enero (MaremotoM).- No he visto L’Apollonide, película de culto del director Bertrand Bonello, pero me parece que La Bestia es una propuesta arriesgadísima que intenta adaptar uno de los mejores relatos en lengua inglesa, “La bestia en la jungla”, de Henry James, el cual, según Borges, era”la meta de la novela psicológica”, “un libro que registra las delicadas emociones de un hombre a quien nada, precisamente nada, le ocurre”.
Siempre me ha parecido un cuento que registra la megalomanía de aquellos que creen estar destinados a un gran acontecimiento y pierden la vida sin entender la épica que se desvanece frente a sus ojos. “La modernidad”, decía Foucault hablando de la genialidad moderna de Baudelaire, “se distingue de la moda, que no hace más que seguir el curso del tiempo; es la actitud que permite captar lo que hay de “heroico” en el momento presente.
La modernidad no es un fenómeno de sensibilidad hacia el presente fugitivo; es una voluntad de “heroizar el presente”. Los personajes de esta película pierden la brújula siguiendo el curso del tiempo, siempre a la expectativa de algo más, otra cosa, esto no puede ser todavía mi vida, sólo un preparativo, un limbo, una sala de espera hasta que acontezca lo verdaderamente trascendental que no acabará de ocurrir nunca.
Esta adaptación con Léa Seydoux tiene un inicio ligeramente anodino, como es la frustración permanente del cuento, pero salta después a una black lodge lyncheana y qué nostalgia me dio ver tantas referencias al cine de Lynch, particularmente en el bar de la escena final, donde los dos personajes descubren el instante crucial de sus vidas que dejaron pasar por dejarse llevar por ansiedades y paranoias del presente.
-Que tu nombre sea un adjetivo -dijo mi primo Cricri sobre la palabra lyncheano-, quiere decir que lograste transformar la cultura de tu tiempo.
Y tengamos en cuenta que la palabra linchar ya existía, y también viene de alguien que se apellidaba Lynch. “James Lynch”, según nos explica María Gainza en El nervio óptico, fue “alcalde de Galway en el siglo XV, había condenado a su propio hijo a la horca por matar a un hombre. Desde entonces, hacer justicia por mano propia se dice “linchar”.
Es un doble logro de David Lynch haber convertido su apellido en el referente de una particular atmósfera de pesadilla desincronizada, pasando por encima del término linchar que tenía un origen aun más cruento.
La adaptación de La bestia también hace guiños a Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, pero con una estética semejante a Alien, el cuento de James deriva en ciencia ficción a la Twelve Monkeys y patenta esa incapacidad para comprendernos y funcionar en las relaciones sociales, como ilustró Lanthimos en La langosta.

Claro que esta película no es ni de cerca tan buena como estas referencias cinematográficas, pero me pareció un filme arriesgado, interesante, con el atrevimiento de hacer guiños a uno de los grandes cuentos de la literatura.
No sé si la volvería a ver, como no sé si volvería a ver la bella y dura película de Almodóvar, La habitación de al lado, pero disfruté con nostalgia el diálogo que establece la de Almodóvar con el cuento Los muertos, de James Joyce y el diálogo que genera esta película de Bertrand Bonello con “La bestia en la jungla” de Henry James. Me parece que, en ambos casos, es preciso haber leído el cuento antes de ver la película.
Si alguien entendió algo que yo no entendí, por favor hágamelo saber.











