Alberto Ruy Sánchez

Pensar que todo lo que uno escribe es una composición: Alberto Ruy Sánchez

“Acabamos de estar en la Feria del Libro de Morelia y Verónica Murguía volvió a comentar mi libro, notando una cosa para mí que lo sabía, pero no lo había notado con tal énfasis. Porque justo antes de la pequeña mesa de presentación de mi libro hubo una mesa redonda sobre viajes, porque el tema del festival eran las fronteras imaginarias y fronteras reales. Y entonces Verónica me dijo una cosa muy curiosa. Me dijo, tú has sido un Simba, has estado viajando muchísimo, te has ocupado de muchas otras culturas y obviamente la pandemia te hizo regresar a tu casa y poner atención en las cosas inmediatas. Entonces de ahí viene este ciclo sobre luz del colibrí, que es el despertar con la persona amada, sobre las jacarandas y sobre los gatos”, explica.

Ciudad de México, 6 de junio (MaremotoM).- Alberto Ruy Sánchez termina su aproximación poética a lo cotidiano, luego de haber publicado Dicen las jacarandas y Luz de colibrí, haciéndolo ahora sobre El silencio del gato, los tres de ERA.

“El gato no es nuestro. Gentil, permite que vivamos con esa ilusión, pero quienes lo amamos sabemos que la posesión de una vida ajena es un espejismo. Si la posesión fuera posible, seríamos nosotros quienes le perteneceríamos. El gato acompaña y mira desde la distancia insalvable que los humanos creamos cuando nos separamos de los animales, y nos invita a disolverla. Algunos, por momentos, lo logran. Pero para atravesar esa distancia, esa nostalgia del Paraíso “hay que ser un poco gato””, es la voz de la contraportada, donde Alberto muestra un mimetismo absoluto con este animal fascinante.

Ruy Sánchez, nacido en la ciudad de México en 1951, evoca a otros escritores, a otros oficiantes que supieron, también, que en el silencio gatuno se cifra lo que no comprendemos del todo: el porqué de la vida. La vida y el gato son “luz que es claridad y misterio / como un libro que al final se cierra”.

Una de las primeras cosas para preguntarle es precisamente si él sigue al mercado, porque últimamente los libros con los animales bigotudos se venden como pan caliente.

“No sé si el mercado, porque no estoy muy al tanto de las novedades ni de todo lo que va saliendo, pero lo que sí he notado en las presentaciones es que hay muchísima más gente de la que imaginaba que ama a los gatos. Ahora, esto es poesía. Es muy diferente a las novelas y los libros. Soy un gato, de Natsume Soseki, abrió en Japón una bibliografía inmensa. Y bueno, los libros sobre gatos son miles”, dice Alberto Ruy Sánchez en entrevista.

Están también los gatos afiliados a la literatura. Osvaldo Soriano tenía muchos gatos, Jorge Luis Borges, tenía uno, Julio Cortázar, muchos autores con cómplices de su escritura.

“Acabamos de estar en la Feria del Libro de Morelia y Verónica Murguía volvió a comentar mi libro, notando una cosa para mí que lo sabía, pero no lo había notado con tal énfasis. Porque justo antes de la pequeña mesa de presentación de mi libro hubo una mesa redonda sobre viajes, porque el tema del festival eran las fronteras imaginarias y fronteras reales. Y entonces Verónica me dijo una cosa muy curiosa. Me dijo, tú has sido un Simba, has estado viajando muchísimo, te has ocupado de muchas otras culturas y obviamente la pandemia te hizo regresar a tu casa y poner atención en las cosas inmediatas. Entonces de ahí viene este ciclo sobre luz del colibrí, que es el despertar con la persona amada, sobre las jacarandas y sobre los gatos”, explica.

Alberto Ruy Sánchez
Editó ERA. Foto: Cortesía

¿Cerrará la saga sobre lo cotidiano?

“Pues no lo sé, no lo pensé como un ciclo. Claro que tengo muchas notas de cosas inmediatas. Uno toma notas como loco y luego las va ordenando.

Y a veces llegan a tener la dignidad de ser libros.

–Me comentaba mi hermana el otro día, hablando de su gato que está enfermo, dice que es tremendo y no sé cuánto, aunque aclara que no quiere humanizar a los gatos, pero cada gato tiene una personalidad diferente.

–Uno tiene una atención sostenida sobre los gatos, descubres muchísimas cosas que por encima no notas y que la verdad hace que sean maravillosos, misteriosos y al mismo tiempo reveladores. Y son increíble compañía, porque es una compañía que no es incondicional. El gato impone sus reglas.

Alberto Ruy Sánchez
Los gatos deciden qué quieren y con quién quieren. Foto: Cortesía

–En tu libro hablas del gato cuando quería ser perro.

–El gatito que tenemos llegó después de que mi hijo tenía un perro y mi hija una perrita. Sobre todo con la perrita que es una husky, una raza no típica de los perros, un perro muy temperamental, el gato aúlla. Es muy interesante ver cómo con este tipo de perro, este gato encontró afinidades. Y eso suele suceder, los gatos deciden qué quieren y con quién quieren. Pero que un perro que es tan diferente de pronto pueda construir un ámbito solidario y afectivo con el gato, es decisión del gato, sin duda. Y el gato a veces despierta actuando como perro.

–Alberto, El silencio del gato (ERA), me parece que trae una poesía un poco más directa…

–¿Sabes que desde el libro Luz del Colibrí me han dicho eso? Porque obviamente, ya he sido tan experimental en las formas. Obviamente tengo una conciencia de cómo escribo o reescribo mis notas sobre gatos. Entonces toda esta serie, tanto Luz del Colibrí como Jacarandas, están muy llenos de octosílabos, de poemas en octosílabos, que son finalmente canciones y al mismo tiempo hay aquí ya cuestionamientos sobre la forma. Aquí en el gato hay un poema sobre la facilidad de la cacofonía, la rima fácil. En Luz del Colibrí hay un juego de aliteraciones, de cosas que parecen que van a concluir de una manera y son el comienzo de otro juego. En fin, lo que sí hay es de formas simples a formas más complejas, porque en las Jacarandas incluso hay poemas barrocos que son intraducibles. Lo he experimentado ahora que están traduciendo el libro en inglés. De la simplificación o la sencillez del octosílabo al verso barroco, hay un viaje lúdico. Eso sí, digamos, una enorme diferencia con mis libros de lo que podríamos llamar el examen autoritario, la reflexión autoritaria, que son desde Los Demonios de la Lengua, Los Sueños de la Serpiente, el libro de Anna Ajmátova, donde hay dos personajes mujeres. Uno es la policía que junta los documentos y otra es la editora, que aunque lo terminé en 1920, yo puse fulanita y tal, editora ucraniana en el exilio. Obviamente es de Crimea. Y es una gran lectora de Alejandra Pizarnik, es la editora de Pizarnik al ruso. Entonces hay una vena poética bastante llena de claroscuros, luminosa en la oscuridad. Y esta otra poesía es una poesía mucho más solar.

–¿Qué significa la editorial ERA para ti?

–Tengo como 10 libros de poesía, pero claro, cuando los publicas en editoriales dispersas, se nota menos. Tengo un libro que quiero mucho en Ediciones del Lirio, que me gusta mucho desde El Juego de Palabras, que lo preparó un profesor de Toluca, que buscó poemas míos en revistas, incluso desde 1970. Hay un primer poema que se llama “Soy el camino que tomo”, que es mi primer viaje como hippie de aventón, como decíamos, por la carretera hacia Oaxaca. Y es muy curioso porque él nota que todo lo que va pasando en ese poema se va convirtiendo como en una poética, que va a impregnar todos mis libros, incluso en diferentes registros. Entonces, bueno, ese es uno de los libros que te digo que están en otra editorial que me gusta mucho. Tengo plaquettes, hay un pequeño libro en la editorial Martín Pescador, que también es una editorial que adoro, por el personaje que la hace, Juan Pascoe, que hace maravillas con el papel. Tengo una relación siempre muy afectiva con cada uno de mis editores de poesía y al mismo tiempo está ERA con una fidelidad que es mutua, que he tenido por ellos y que ellos han tenido hacia mí en estos libros, a pesar de todo lo difícil que significa publicar poesía.

–¿Cuál es tu arte poética?

– Siento que es mejor cuando otros la piensan. Y claro, yo tengo una reflexión que tiene que ver con la atención sostenida sobre algo cotidiano. La otra es la escucha. O sea, todos mis libros sobre el deseo están escritos por un hombre que entiende que no entiende y que tiene que seguir preguntándole a las mujeres muchas cosas que están más allá de su extrema limitación de mexicano educado, de cierta manera. Entonces, esa atención sostenida, esa escucha, la utilización barroca de los sentidos, una atención a cómo se escucha con los ojos, etcétera. Y luego algo también que utilizo mucho que, no sé si llegue a ser un arte poética o una técnica simplemente, para no ser demasiado presumidos, que es pensar en las técnicas utilizadas en las artes aplicadas. Desde mi primer libro, Los nombres del aire, hay una atención sobre cómo están hechos ciertos tejidos que tienen figuras y cómo cuentan historias. Un cinturón que da vuelta, por ejemplo, y que mezcla, por lo tanto, el tiempo. No como cinta de Moebius, sino como una cintura que la historia cambia donde comiences a leerla. Y que están todos los tiempos simultáneamente ahí, pero accedes a ellos de diferente manera. Está también una atención a la composición geométrica que se hace con azulejos. Claro, en lo geométrico del primer libro de los textiles, son textiles mexicanos, de técnicas de verdad que solo existen en México y que estudió una señora que se llama Johnson, que es una mujer maravillosa. También pensar algo que para mí es muy importante, que no hay una forma previa para lo que tú quieres decir, sino que cada cosa que tú quieres decir, cada historia que quieres contar, cada sensación, cada reflexión, requiere volver a pensar la forma y crear un registro narrativo, poético, reflexivo o las tres cosas juntas. Pensar que todo lo que uno escribe es una composición.

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