El impacto de la obra de Pedro Lemebel ha sido tan profundo y duradero que, si hoy en Chile una pareja LGTBI puede besarse en la calle sin temores, es gracias a un cambio cultural producido en la sociedad, que debemos, en gran parte, al influjo de Lemebel. Por ello, en esta época marcada por el auge de esperpentos como Milei y Trump, necesitamos más que nunca volver a las voces de autores valientes, como Pedro Lemebel.
Ciudad de México, 28 de julio (MaremotoM).- Alegre, rebelde, contestatario, memorioso, valiente, tierno, hipersensible, leal, son todos, sin exageración, calificativos que aciertan para definir el carácter y la personalidad de Pedro Lemebel (Santiago de Chile, 1952-2015), escritor, artista visual y cronista desgarrado de la marginalidad social que supo romper, con su vida y obra, los tabúes imperantes en la mojigata cultura de la postdictadura chilena.
Su escritura feroz e iconoclasta arrojó luz sobre la situación de personas que nadie había querido mirar: las minorías sexuales pertenecientes a las clases humildes, aquellos “maricones”, “locas”, “teresos”, lesbianas, prostitutas y travestis, cuyas existencias habían sido ignoradas, ocultadas e invisibilizadas en nombre de la moral, el orden público y los valores cristianos.
Estas personas criminalizadas y rechazadas, fueron puestas por Lemebel en el centro de la literatura a través de obras emblemáticas como Incontables (1986), La esquina es mi corazón (1995) o Loco afán: Crónicas de sidario (1997), donde Lemebel nos presenta a inolvidables personajes de la noche, aventuras y retazos de la vida cotidiana, testimonios de la epidemia del sida y memorias “amariconadas” que nos hablan de discriminación, sufrimiento, miedo, burla, doble moral e hipocresía, pero también de valentía, resistencia, solidaridad, amistad, pasión, amor y deseo. Historias narradas en primera persona, recurriendo a menudo a la propia experiencia personal o a la de sus allegados, con una prosa poética y barroca, enrevesada y cargada de adjetivos que trasciende la mera descripción de unos hechos para llenar de belleza y ternura los ecos de unas vidas en los bordes, los aullidos de una rabia y un dolor comprensibles, justificados, incluso sagrados, diría yo.
El impacto de la obra de Pedro Lemebel ha sido tan profundo y duradero que, si hoy en Chile una pareja LGTBI puede besarse en la calle sin temores, es gracias a un cambio cultural producido en la sociedad, que debemos, en gran parte, al influjo de Lemebel. Por ello, en esta época marcada por el auge de esperpentos como Milei y Trump, necesitamos más que nunca volver a las voces de autores valientes, como Pedro Lemebel.
Pero no solo eso, Lemebel trazó una radiografía social del Chile de la transición a la democracia, desnudando la censura y los pactos de silencio, retratando con precisión quirúrgica a “los famosos”, las figuras mediáticas y televisivas que fueron cómplices del horror, acaparando el discurso público y los espacios culturales y que, luego en democracia, siguieron ejerciendo de vacas sagradas como si nada hubiera pasado. Lemebel realiza un “juicio” en su escritura, rescatando la memoria histórica al recordar lo que muchos preferirían borrar y olvidar, señalando los nombres y los actos de los esbirros y restituyendo el honor y el perfil de las víctimas. Es lo que anuncia en la contraportada de De perlas y cicatrices, de 1998: “Este libro viene de un proceso, juicio público y gargajeado Nuremberg a personajes compinches del horror. Para ellos techo de vidrio, trizado por el develaje póstumo de su oportunista silencio. Homenajes tardíos a otros, quizás todavía húmedos en la vejación de sus costras. Retratos, atmósferas, paisajes, perlas y cicatrices que eslabonan la reciente memoria, aún recuperable, todavía entumida en la concha caricia de su tibia garra testimonial”.
Y, por supuesto, en esta obra Lemebel trasciende la literatura, elaborando una poderosa crítica cultural y social que abrió una brecha fecunda en la roca monótona y monolítica del sistema imperante, rompiendo todos los esquemas preconcebidos.
Al impacto revolucionario de esta obra escrita -a la que se sumaron la novela Tengo miedo torero, de 2001, las crónicas de Adiós mariquita linda (2004) o Háblame de amores (2012), entre otras- hay que añadir la estela fructífera de sus intervenciones públicas. Recordemos que, en los inicios de su carrera artística, fundó, junto a Francisco Casas, el colectivo Las Yeguas del Apocalipsis, cuando todavía el ala negra de la dictadura de Pinochet cubría Chile con su sombra de muerte y represión. Las acciones artísticas audaces, las performances llevadas a cabo por este dúo inigualable, desafiaron la censura del régimen y marcaron el camino de su obra posterior con un carácter transgresor, provocativo y rupturista.

La crítica abierta y radical no solo afectaba a la dictadura militar y sus sostenedores civiles y religiosos, sino también a aquella izquierda anquilosada en lo cultural, a la cual dedicó la que es, seguramente, su obra más significativa, su Manifiesto: Hablo por mi diferencia. Este texto, escrito en la forma de un poema, fue leído por Pedro Lemebel por primera vez durante un acto político de la izquierda realizado en Santiago, en 1986, en plena efervescencia de la lucha contra Pinochet.
De hecho, ese año había sido marcado por el Partido Comunista de Chile como “el año decisivo” para derrocar a la dictadura, a través del impulso de la llamada Política de Rebelión Popular de Masas, que tendría su punto culminante con el intento de magnicidio del tirano, llevado a cabo en septiembre de ese mismo año por parte de un comando guerrillero del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (brazo armado del PCCh). En ese contexto de agitación prerrevolucionaria, podríamos decir, Lemebel, sin ocultar su condición homosexual, vestido con tacos de aguja y maquillaje, presentó este Manifiesto: “No soy Pasolini pidiendo explicaciones / No soy Ginsberg expulsado de Cuba / No soy un marica disfrazado de poeta / No necesito disfraz / Aquí está mi cara / Hablo por mi diferencia / Defiendo lo que soy / Y no soy tan raro / Me apesta la injusticia / Y sospecho de esta cueca democrática / Pero no me hable del proletariado /Porque ser pobre y maricón es peor / Hay que ser ácido para soportarlo.”
Denunció que el machismo no solo afecta a la derecha sino también a la izquierda, y expuso el dolor de las burlas y la discriminación: “Mi hombría no la recibí del partido / Porque me rechazaron con risitas / Muchas veces / Mi hombría la aprendí participando / En la dura de esos años / Y se rieron de mi voz amariconada / Gritando: Y va a caer, y va a caer / Y aunque usted grita como hombre / No ha conseguido que se vaya”. Y agregó, metiendo el dedo en la llaga de una izquierda incoherente: “Yo no voy a cambiar por el marxismo / Que me rechazó tantas veces / No necesito cambiar / Soy más subversivo que usted / No voy a cambiar solamente / Porque los pobres y los ricos / A otro perro con ese hueso / Tampoco porque el capitalismo es injusto / En Nueva York los maricas se besan en la calle”.
Finalmente, reivindicó no para él, sino para los que vienen, la libertad de vivir libremente su sexualidad, sin tener que esconderse y sin sufrir persecución, violencia y burlas: “Y no es por mí / Yo estoy viejo / Y su utopía es para las generaciones futuras / Hay tantos niños que van a nacer / Con una alita rota / Y yo quiero que vuelen compañero / Que su revolución / Les dé un pedazo de cielo rojo / Para que puedan volar”.
El Manifiesto -escuchado por un auditorio estupefacto y conmovido- marcó el inicio de un cambio en una izquierda que encajó la crítica y reconoció que Lemebel tenía razón. Nuevos liderazgos, como el de Gladys Marín Millie al frente del Partido Comunista de Chile, renovaron la mirada sobre este tema. De hecho, Lemebel y Gladys Marín desarrollaron luego una profunda amistad y colaboración hasta la muerte de la dirigente en 2005. Esta íntima relación entre ambos está documentada en el libro Mi amiga Gladys, en el cual Pedro trabajó recopilando crónicas y fotografías y que se publicó de manera póstuma en 2016.
De este modo, gracias al impacto de la labor de las Yeguas y de su Manifiesto, Lemebel comenzó a ser una figura conocida en círculos de la izquierda. Sin embargo, el gran despegue de la obra de Lemebel, que lo acabó convirtiendo en protagonista de la cultura en Chile, vino de la mano de su exitoso programa radial, el legendario Cancionero, transmitido entre 1994 y 2002 por la feminista Radio Tierra. Aquí, Lemebel leyó por primera vez, con su estilo propio y sin igual, centenares de crónicas que luego escampó en revistas y periódicos alternativos y que también formaron parte de sus libros. Muchos de estos geniales relatos se siguen escuchando, disponibles en plataformas como Youtube, de la misma manera que son accesibles numerosas entrevistas, diálogos y debates donde brilla la actitud desenvuelta y desinhibida de Pedro Lemebel.
Fue esta actitud valiente, de atreverse con todo, de no ocultarse y no morderse la lengua, la que tan profundamente golpeó la conciencia nacional. Un ejemplo destacado de esta actitud, lo pudimos ver en un programa de televisión emitido en directo en un horario de máxima audiencia al cual Lemebel figuró como artista invitado. Se trataba del programa De Pé a Pá, conducido por Pedro Carcuro, un muy reconocido periodista deportivo que durante décadas transmitió en vivo y en directo los partidos de la Selección Chilena de fútbol para la televisión pública. O sea, no hay nadie en Chile que no le conozca, y esa es la razón por la cual, siendo un periodista deportivo, se le otorgaba dirigir un programa de televisión de variedades, ya que el éxito de telespectadores estaría asegurado para la cadena. Lemebel entró en escena con tacones de aguja y maquillaje y dialogó con seguridad y carisma con el entrevistador, que ni se imaginaba la sorpresa que le aguardaba al final. Fue allí, justo en el momento de la despedida, cuando Pedro Lemebel hizo una inesperada declaración en riguroso directo: “Antes de irme, yo creo que de alguna manera ya me estoy despidiendo para siempre de acá, quería pedirte un minuto. Un minuto para en éste, tu programa, en éste canal, me gustaría rendirle un homenaje a todas las mujeres que fueron torturadas y detenidas en la dictadura de Pinochet, en el nombre de tu hermana, Carmen Carcuro. Muchas gracias”.
Pedro Carcuro, pillado por sorpresa, empalideció como si hubiera visto un fantasma, pero supo reaccionar, dando las gracias, despidiendo al escritor y siguiendo con el guion del programa que, rápidamente, pasó a transmitir anuncios comerciales. La revelación que hizo Lemebel, sin aviso ni permiso, cayó como un auténtico bombazo en ese Chile mojigato de los noventa donde todo se ocultaba y todo se escondía. Nadie sabía que la hermana de tan destacada figura pública hubiera sido víctima de la dictadura. El debate posterior fue encendido y duro, pero necesario, imprescindible. Somos muchos los que tenemos la sensación de que, gracias a Lemebel, Chile comenzó a comportarse como un país adulto, a vivir libre de miedo y sin las tutelas morales que nos encadenaban desde la Colonia, mientras que los poderes civiles y religiosos que alentaron y sostuvieron la dictadura militar, insistían en tratarnos como a niños, infantilizados, juzgándonos incapaces de afrontar la verdad por nosotros mismos. Por su parte, el periodista Pedro Carcuro guardó silencio y, solo años después, realizó unas declaraciones donde valoró positivamente el gesto de Lemebel y le dio las gracias por haberle ayudado, a él y a su familia, a enfrentar un tema delicado y tabú. En definitiva, Lemebel abrió ventanas por donde entró luz y aire fresco para un país que tanto lo necesitaba.
Por todo ello, por el ejemplo notabilísimo de su vida y obra, Roberto Bolaño, como fino observador de la realidad cultural latinoamericana, no dudó en considerar a Pedro Lemebel de una manera superlativa: “Travestido, militante, tercermundista, anarquista, mapuche de adopción, vilipendiado por un establishment que no soporta sus certeras palabras, memorioso hasta las lágrimas, no hay campo de batalla en donde Lemebel, fragilísimo, no haya combatido y perdido. Para mí Lemebel es uno de los mejores escritores de Chile y el mejor poeta de mi generación, aunque no escriba poesía”.
A diez años de su partida, enarbolamos su recuerdo como si fuera una bandera y celebramos que su obra sigue siendo refugio y fuente de inspiración para nosotros, y para nuevas generaciones de lectores.












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