Gabriel Rodríguez Liceaga

NO INVENTES NADA, MEJOR MIRA BIEN: GABRIEL RODRÍGUEZ LICEAGA

En No hay fotos de aquella noche no hay víctimas prediseñadas ni posturas complacientes. En cambio, hay un desfile de situaciones absurdas, límites, incómodas. Un león famélico que es alimentado con perros callejeros por niños que buscan un milagro. Padres que humillan a su hijo en video por likes. Sacerdotes que juegan videojuegos. Un escritor que mira impotente cómo su familia destruye su biblioteca.

Ciudad de México, 28 de julio (MaremotoM).- A veces la literatura irrumpe como un truco de magia nocturno, uno de esos que —como dice el propio Gabriel Rodríguez Liceaga— ocurren en cabarets antiguos donde el humo es parte del espectáculo y las historias emergen como conejos de un sombrero. Así llega No hay fotos de aquella noche (Trillas), el nuevo libro de cuentos del narrador mexicano, un volumen que recoge rarezas, desconciertos y momentos de brutal lucidez, todo con una voz que parece hecha para observar lo invisible.

El autor, reconocido con premios como el Nacional de Cuento María Luisa Puga, el Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí Amparo Dávila o el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz, dice que este nuevo libro no solo es una recopilación de cuentos, sino el reflejo de una “lenta teoría cuentística”.

“Uno como autor no publica libros de cuentos, sino que va desarrollando a lo largo de ellos una teoría personal de cómo se cuenta y se canta una historia”, afirma en entrevista. “Este libro llega en un momento donde ya tengo más desarrolladas mis herramientas para elegir cómo contar lo que quiero contar.”

Gabriel Rodríguez Liceaga
Editado por Trillas. Foto: Cortesía

Y lo que quiere contar no sigue la ruta de las modas ni los mercados. En No hay fotos de aquella noche no hay víctimas prediseñadas ni posturas complacientes. En cambio, hay un desfile de situaciones absurdas, límites, incómodas. Un león famélico que es alimentado con perros callejeros por niños que buscan un milagro. Padres que humillan a su hijo en video por likes. Sacerdotes que juegan videojuegos. Un escritor que mira impotente cómo su familia destruye su biblioteca.

“Siempre he tratado de no escribir sobre lo que está de moda. No es que me aleje deliberadamente, pero tengo mis propias obsesiones y son esas a las que escucho. Aunque claro, sí son historias contemporáneas.”

Y lo son, porque laten con el presente. La mirada que Liceaga propone no se encierra en la nostalgia ni se regodea en la violencia. Se trata más bien de ubicar lo extraordinario en lo cotidiano, de recordarnos que debajo del silencio de la rutina hay una bestia esperando.

“No inventes nada, mejor mira bien”, resume el autor como una de sus reglas literarias. Y ese lema —a medio camino entre mantra y técnica— atraviesa su obra como un principio ético.

“Uno como narrador escanea una escena, pero decide qué va contando de ella. No hay que inventar el hilo negro. Lo que hay que hacer es mirar con atención. Escribir desde el análisis emocional, físico e instintivo de esa escena.”

Su estilo —sintético, directo, inquietante— ha sido comparado con autores como Daniel Sada, aunque sin replicar su compleja prosa barroca. “Me interesan más las acciones que la imagen”, aclara, pero reconoce el vínculo con el autor de Mexicali: “Los cuentos de Sada me fascinan. Me parece un escritor todoterreno.”

Gabriel Rodríguez Liceaga
“Me interesan más las acciones que la imagen”. Foto: Cortesía

Esa escucha se traduce en cuentos que a veces no pasan de una página, pero que dejan una herida profunda. “Cada cuento tiene su propia pulsión de duración. Hay historias que crees que serán novelas, pero acaban en una línea”, dice. Y recuerda uno de esos ejercicios: “Quería escribir una novela sobre un hombre del mar que soñaba con conocer un edificio de 36 pisos. Al final, el cuento fue solo una frase. Pero necesitaba escribirla muchas veces para darme cuenta de que no había más.”

Trillas, una editorial histórica mexicana, es la casa de este nuevo libro y con ello, inaugura una nueva vertiente literaria dentro de su catálogo. “Todos tuvimos libros de texto de Trillas. Ahora vuelven a publicar literatura formalmente y yo estoy feliz de haber confiado en ellos con el que considero mi mejor libro de cuentos hasta ahora”, afirma.

¿A quién va dirigido este libro? ¿Existe un lector ideal? Liceaga lo piensa unos segundos antes de responder:

“Uno escribe para lectores que todavía no tienen rostro, pero creo que este libro puede hablarle a lectores jóvenes, a quienes están empezando a descubrir la cuentística mexicana. Aunque tiene capas que pueden ser disfrutadas por lectores más experimentados, su tono puede atraer a nuevas generaciones.”

Y es que, aunque Gabriel Rodríguez Liceaga ya ha sido señalado como una de las voces más prometedoras de la literatura nacional —fue seleccionado en la FIL Guadalajara 2018 como uno de los escritores emergentes más importantes del país—, él mismo se considera en construcción. Pero una construcción sólida, silenciosa, alejada del bullicio.

“Tengo muy categorizadas las historias que quiero escribir el resto de mi vida. Y trato de equilibrarlas con mi vida real. Ahora voy a bajar por un jugo, por ejemplo. La vida literaria y la vida cotidiana tienen que dialogar.”

Entre los temas que lo obsesionan está la orfandad, que atraviesa de manera invisible buena parte de su obra. “Muchas de mis novelas las agrupo en lo que llamo la tetralogía de la orfandad. El abismo de la paternidad es un tema que me interesa desde hace años.”

Pronto habrá más presentaciones del libro. Ya ha pasado por varias ferias y se avecinan otras, como Pachuca y posiblemente Celaya. Liceaga prefiere llevar sus libros a plazas no tan comunes, donde los lectores están hambrientos de nuevas voces.

“Ojalá las nuevas generaciones me concedan la bendición de su lectura”, dice, antes de despedirse con una sonrisa y una promesa: seguir escribiendo lo que le obsesiona, sin importar si está de moda o no.

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