En busca de respuestas a estas preguntas —y para abrir muchas otras—, Federico Guzmán Rubio viajó a siete lugares de América Latina en los que alguna vez intentó levantarse una utopía. Y se logró, para bien o para mal. Así, visitó destinos tan diversos como las ruinas de Fordlandia o Pátzcuaro, en Michoacán, donde Vasco de Quiroga inventó sus hospitales-pueblo.
Ciudad de México, 12 de marzo (MaremotoM).- El sueño de una sociedad perfecta ha alentado o perseguido a la humanidad por siglos. Tomás Moro le dio un nombre que delata su naturaleza imposible: utopía, el lugar que no es. Las utopías han proliferado en las páginas de los libros; ahí se han expandido como un género literario mezcla de relato fantástico y manifiesto político. Sin embargo, a lo largo de la historia algunos utopistas han querido dar el salto del papel a la realidad para fundar comunidades que corrijan efectivamente los errores del mundo. Pero ¿qué pasa cuando se materializa una utopía? ¿Cuánto puede durar? ¿Qué huellas deja una vez que naufraga?

En busca de respuestas a estas preguntas —y para abrir muchas otras—, Federico Guzmán Rubio viajó a siete lugares de América Latina en los que alguna vez intentó levantarse una utopía. Y se logró, para bien o para mal. Así, visitó destinos tan diversos como las ruinas de Fordlandia, el delirante proyecto de Henry Ford de crear la ciudad estadounidense ideal —y proveedora de caucho sin fin— en el corazón del Amazonas, o Pátzcuaro, en Michoacán, donde Vasco de Quiroga inventó sus hospitales-pueblo y, sobre todo, una forma de convivencia mucho más armónica en el Nuevo Mundo. También fue en busca de los restos de Nueva Germania, la colonia aria fundada por Elisabeth Nietzsche en la selva paraguaya, y de la anarquista Colonia Cecilia, donde a finales del siglo xix se practicó el amor libre.
ENTREVISTA EN VIDEO A FEDERICO GÓMEZ RUBIO
–Hay muchísimas cosas que frenan la utopía, me parece. ¿Cómo lo ves tú?
–Sí, coincido, pero también tendríamos que ser conscientes de que lo que es una utopía para un grupo de personas representa una pesadilla para otras personas. Pienso ahora que mencionas el tema, una de las utopías que se tratan en el libro, la utopía de Nueva Germania en Paraguay, que fue fundada por Elisabeth Nietzsche, por la hermana del filósofo, bueno, era una utopía racista, una utopía fundar una comunidad en que sólo cabían los arios, una utopía sin judíos. Es una utopía maligna desde su planteamiento, pero no deja de ser utopía.
–También está planteada de manera equivocada sobre la filosofía de Nietzsche, que tampoco era racista.
–Sí, claro. El sionismo tiene una raíz utópica fuerte, hacer un país ideal, perfecto, sólo para un grupo de personas, excluyendo de manera brutal a otras.
–Ahora, tú planteas precisamente cada una de esas utopías, teniendo en cuenta, por otro lado, la unión de personas. Estamos llenos de esos grupos.
–Esos grupos muchas veces se mueven por las mejores ideas y a veces las cosas salen hasta bien y otras veces las cosas salen de la peor forma posible y otras veces la misma idea que impulsa la utopía es tremendamente cuestionable. Me fascina la determinación de un grupo de personas que se juntan y dicen, vamos a fundar la sociedad ideal. Creo que está muy bien imaginar de qué formas podemos hacer el mundo mejor. Entonces, qué bueno que tengamos todavía un imaginario utópico en nuestra imaginación política, pero también hay que tener cuidado de hasta dónde podemos llevar las consecuencias de nuestra idea de mundo perfecto, porque puede resultar desastroso.

–Leí con nostalgia a Solentiname, una utopía que movió mi adolescencia y que movió la adolescencia tardía de Julio Cortázar, pensar en esa utopía como está Nicaragua hoy es casi un absurdo.
– Sí, que es una utopía que funcionó. Cuando el padre Ernesto Cardenal funda la comunidad de Solentiname, él quiere crear una comunidad cristiana, socialista, sandinista. La comunidad funcionó muy bien, hubo un incremento del nivel de vida de la población de la isla, hubo un tremendo boom cultural con todo el arte pictórico que se inauguró en Solentiname. Realmente era una comunidad armoniosa, hasta que llegaron los soldados de Somoza a destruirla. Mucho se le cuestionó al padre que condenó la destrucción de Solentiname por ser una comunidad rebelde, tarde o temprano iba a ocurrir esa represión, pero mientras Solentiname existió, funcionó. Y es muy triste el destino de Solentiname porque primero fue destruida por la Guardia Somocista y después ya con la Revolución Sandinista triunfante, también. Al principio, el padre Cardenal sabemos que tuvo una relación muy cordial con el sandinismo, fue el ministro de Cultura, pero las propiedades fueron expropiadas, él fue prácticamente expulsado de la isla por el comandante y presidente Daniel Ortega.
–Hablas de Forlandia, cuéntanos un poco de esa utopía
–Es la más loca de todas que a Henry Ford se le ocurrió, él también creía, porque las utopías siempre surgen del convencimiento que el mundo está arruinado, entonces tenemos que refundarlo. Estaba convencido que Estados Unidos estaba arruinado y que había que crear el pueblo estadounidense perfecto en alguna parte y decidió que la mejor parte para fundar un pueblo gringo era en la mitad del Amazonas, que también iba a aprovechar para construir plantaciones de caucho para sus llantas. Obviamente si tú construyes el pueblo estadounidense ideal en el Amazonas, todo va a salir mal. Era tan absurdo, por ejemplo, Ford dictaminaba qué tenían que comer, qué tenían que creer, a qué hora se tenían que dormir todos sus empleados amazónicos, y por ejemplo, él odiaba la fruta de la selva. Él decía que la única fruta que había que comer eran los duraznos enlatados. Estás en mitad de la selva, en medio de árboles frutales, con estas maravillosas frutas selváticas, comiendo duraznos enlatados porque es lo que dice Henry Ford. Obviamente todo salió mal en Fordlandia y ahora es un pueblito en medio del Amazonas fabuloso, se fueron todos los gerentes gringos, se fueron los empresarios, pero dejaron esas casas construidas con el estilo del medio oeste en medio de la selva, con todas las ruinas de los aparatos, de las ruinas de los automóviles que quedan por ahí. Es un pueblo fantasma abandonado y cuyos habitantes viven plácidamente y a su manera, en medio de esas ruinas. Pero hay algo también muy curioso en eso, que hace un siglo un empresario que tuvo mucho éxito vendiendo carros, que se le ocurrió decirle a la humanidad cómo debía vivir según él, es lo que estamos viviendo otra vez hoy. Un empresario que tiene éxito vendiendo carros es el que le dice a la humanidad cómo debe vivir. Entonces, un siglo después lo que hizo Henry Ford se está repitiendo de cierta forma ahora con Elon Musk. Yo no sé por qué a los vendedores de carros les da por decirle a la humanidad cómo debe vivir y lo que es más preocupante, por qué una parte de la humanidad les hace caso. Yo no discuto las maravillas de sus automóviles, sus avances tecnológicos, la cadena de montaje de Ford, pero de ahí a que Ford nos diga que tenemos que comer, me parece que hay una distancia salvable.

–También es cierto que me parece a mí que hoy somos un poquito más inteligentes que en aquella época, aunque la ciencia está a un costado de todo esto
–Vivimos tiempos extraños, de cierto desencanto, que ante todos estos sueños que fracasaron de una u otra manera, no sabemos un poco por dónde movernos, sobre todo pienso en la izquierda, mientras que ciertas derechas están haciendo realidad su imaginario utópico. Ellos están creando un nuevo mundo que solo tiene cabida, por supuesto, para ellos y que toda la población que no contemplan, bueno, no está contemplada para este nuevo mundo. Entonces, vivimos tiempos interesantes, lo cual no necesariamente es una buena noticia.
–¿Cuánto tiempo te llevó a investigar sobre estas sociedades utópicas?
–Fueron aproximadamente tres años. Un año de investigación bibliográfica, un año que me tomaron los viajes, que no fue un año seguido obviamente, pero un año en que viajaba, volví a todo y un año de escritura. Dejé algunas afuera, quise limitarme a América Latina, porque para bien y para mal, la utopía y América Latina siempre han ido de la mano. En los Estados Unidos hay un caso muy bonito, una utopía de Owens que se llama New Harmony, donde fundaron, como se le exige a una comunidad utópica, bibliotecas y escuelas gratuitas. Entonces, es curioso cómo esas instituciones en un país tan ajeno a lo público como es Estados Unidos, adoptó las bibliotecas. Estados Unidos tiene una maravillosa red de bibliotecas y tiene un sistema educativo gratuito, sobre todo en la educación básica y lo adoptó en buena medida a partir de esos experimentos utópicos. Muchas veces, aunque el experimento utópico fracase en sí, deja algo muy valioso para la sociedad.
–Ahora, me gusta lo de Vasco de Quiroga
–A todos nos encanta viajar por el lago de Pátzcuaro y es muy bonito, porque el legado de Tata Vasco sigue muy vigente en Michoacán. Siempre sabemos que cada pueblo michoacano todavía está especializado en una artesanía, que finalmente fue una industria que desarrolló Tata Vasco, con su idea de que todas las comunidades tendrían que ser autosustentables. Tata Vasco lee la utopía de Moro, prácticamente como una novedad, y dice, yo voy a convertir esto en realidad, yo quiero fundar una utopía. Primero lo intentó hacer en Santa Fe, fue su primer hospital Misión, todavía se puede visitar en el espantoso distrito de Santa Fe y después lo hace en Michoacán. Hay otra cosa curiosa de Tata Vasco, ahí lo nombran Obispo de Michoacán, cuando tiene 70 años, que bueno, para esa edad, era un venerable anciano, entonces la obra de su vida, toda esta energía de viajar a Michoacán, fundar sus hospitales, pueblos, pacificar la región, empieza toda esta obra a los 70 años, me parece maravilloso.
–A veces las utopías empiezan con la desigualdad. Las Lomas, por ejemplo, no dejaron entrar al Metrobus o Santa Fe, que es una utopía en medio de la miseria
–Sí, claro, en el libro viene como Utopía Santa Fe, que la pongo como la ciudad utópica neoliberal, una ciudad con edificios inteligentes, solo abierta a las élites, apartada de lo público, sin ninguna medida de control estatal. También hay que decir que muchas veces las utopías tienen un espíritu excluyente. Las utopías conforman una isla que pueden habitar quienes estén a favor de la utopía y quienes estén de acuerdo que ese es el mundo perfecto, quienes no, bueno, se les expulsa o son eliminados y eso pasa en Santa Fe, es una utopía solamente para quienes están contemplados para habitar ese mundo perfecto y con eso hay que tener cuidado con las utopías, con su costado excluyente, porque finalmente si estamos viviendo en un mundo perfecto como es el utópico, el cuestionamiento no tiene cabida.
–Claro, ahora desde que la humanidad se creó, se formó, vivimos todo el tiempo empeñados en atacar al otro y me parece que eso va a seguir…
–Ay, quisiera pensar que no, por ejemplo hablábamos de Vasco de Quiroga, por más que su empresa haya sido también una empresa colonizadora, finalmente era una empresa que buscaba la convivencia posible. Solentiname también era una utopía que buscaba una convivencia armónica. Todas las utopías anarquistas también buscaban formas más pacíficas, más sanas de convivencia. Entonces quiero creer que finalmente ese ánimo utópico va a tender a la convivencia de todos, a la integración con el respeto a la diferencia, y no a este es mi mundo perfecto y a quien no le guste lo extermino, como está pasando en buena medida ahora.
–¿Qué otras utopías ves como posible? Me llama mucho la atención toda esta cosa de la autoayuda…
–Bueno, ahora que lo mencionas, quizás hay dos espíritus utópicos flotando en el aire muy peligrosos, ¿no? Uno es el tecnoutopismo, pensar que la inteligencia artificial y la tecnología va a resolver por sí sola todos los problemas. Vamos a arrasar las selvas del mundo y vamos, que no nos importa el cambio climático porque la misma tecnología se va a encargar de arreglarlo. Y otro, como tú dices, esta creencia de que con nuestra propia voluntad podemos cambiar absolutamente cualquier realidad o que la realidad depende de nuestra iniciativa y voluntad, también es peligrosísimo, porque no es así. Tenemos que entender que desde el individualismo acérrimo, para curar el cáncer es necesario desarrollar un sistema público de salud que lo prevenga y que lo combata cuando nos dé cáncer. Tampoco es el cáncer un castigo por haber tenido malos pensamientos. Entonces, quizás las utopías más necesarias son las más sensatas, que tampoco es ningún secreto. Organicemos instituciones que funcionen para lo colectivo, para poder vivir mejor desde lo individual.

–¿Para quién crees que está escrito este libro?
–De una forma tremendamente egoísta todo libro en primer término está escrito para uno mismo. Son cuestionamientos, ideas, dudas que uno tiene, que uno mismo quiere saber qué piensa sobre un tema y entonces escribe el libro para averiguar qué piensa. Está escrito para todas las personas que les interesa el tema de la utopía, para todos los lectores que les guste la crónica en tiempos de la inteligencia artificial. El libro es también un cruce entre literatura e historia y es para todos los lectores que quieran ver cómo se han imaginado mundos mejores y cómo han terminado esos mundos y que quieran seguir imaginándolos, creo que está destinado el libro.
Federico Guzmán Rubio (Ciudad de México, 1977) estudió Letras Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y se doctoró en Literatura Europea en la Universidad Autónoma de Madrid. Es autor de la novela Será mañana, del libro de cuentos Los andantes y del libro de crónicas El miembro fantasma, además de varios títulos de literatura infantil y juvenil.











