Mauricio Montiel

MAURICIO MONTIEL: EL VERDADERO MISTERIO ESTÁ EN UNO MISMO

La bruma y el detective confirma el lugar de Montiel como uno de los escritores más singulares de su generación: un autor que funde el ensayo, el relato y la memoria personal en un territorio fronterizo. En su universo, el cine no es solo referencia, sino método: mirar para descubrir lo invisible.

Ciudad de México, 10 de octubre (MaremotoM).- La literatura de Mauricio Montiel Figueiras (Guadalajara, 1968) siempre se ha movido en los bordes: entre el sueño y la vigilia, entre lo visible y lo que se desvanece.

En La bruma y el detective (Salto de Página, 2025), su nueva novela, vuelve a recorrer esa frontera con una historia que rinde homenaje a Alfred Hitchcock, especialmente a Vértigo, pero también al propio acto de mirar. En ella, el autor combina el pulso narrativo del thriller con una meditación sobre la identidad, la memoria y los fantasmas que habitan en toda investigación.

Montiel, uno de los escritores mexicanos más finos en el arte de unir cine y literatura, explica que no se propuso escribir una secuela, sino un tributo libre: “La película de Hitchcock ha sido la que más veces he visto en mi vida y todavía no hay otra que la destrone. Quise devolverle algo de lo que me ha dado, convertirla en una caja de resonancias literarias”.

La novela, breve y precisa, está dividida en dos secciones —“La bruma” y “El detective”— que funcionan como dos planos de un mismo personaje, como si la conciencia del narrador se desdoblara entre lo real y lo onírico. “Son dos partes de un mismo ser”, dice el autor, “dos maneras de habitar el misterio”.

El punto de partida de la novela fue doble: un libro encontrado en el parque Dolores y un cartel de una anciana china desaparecida en el distrito Marina de San Francisco. Ambos hechos son reales y le ocurrieron a Montiel y a su hija en un viaje después de la pandemia. “Ahí se me encendió todo —cuenta—. El libro hablaba del ‘yo integral’, una figura de la que no sabía nada, pero que me fascinó y el cartel despertó la idea de un detective que podría ser el hijo del personaje de James Stewart en Vértigo”.

De esa semilla surgió una historia que juega con la herencia del cine negro, pero que se abre hacia una dimensión metafísica. “No es una secuela atada a la película, ni falta que le hace —dice Montiel—, pero sí un homenaje a esa atmósfera que Hitchcock logró, esa sensación de que la niebla —la bruma— no solo cubre la ciudad, sino también la mente”.

La propia ciudad de San Francisco se convierte en un personaje. “Esa bruma que tiene nombre —Carl— invade y se retira a su antojo. Desde Telegraph Hill uno ve cómo cubre el Golden Gate, cómo crea un mar encima del mar. Es impresionante: parece una criatura viva, una figura casi diabólica que vigila la bahía”.

Mauricio Montiel
Editó Salto de Página. Foto: Cortesía

La novela como caja de resonancias

El título dialoga también con la novela francesa De entre los muertos (1954) de Pierre Boileau y Thomas Narcejac, base de Vértigo. “Me gusta pensar que La bruma y el detective es la tercera estación de ese viaje: primero la novela francesa, luego la película, y ahora este texto que dialoga con ambas”.

En ese juego de ecos y espejos, Montiel enlaza referentes sin pretensión académica. El resultado es una narración atmosférica, ambigua, donde el enigma no se resuelve del todo. “Me interesan las novelas policíacas que no devuelven el orden al final —dice—. Aquellas que dejan preguntas abiertas, que entienden que el misterio no siempre se esclarece”.

Esa idea lo aleja de los moldes tradicionales del género negro. “No me interesa ser considerado un autor de novela negra —explica—. Admiro a quienes lo hacen, pero creo que el género puede volverse tedioso cuando se repite como fórmula. Lo que me atrae son los escritores que lo usan como vehículo para otras exploraciones: lo psicológico, lo metafísico, lo simbólico. Eso intento hacer aquí”.

El propio Montiel reconoce que La bruma y el detective es su obra más personal. “La primera persona aquí está más cerca de mí que en ningún otro libro. Tiene mi mirada, mis obsesiones, mi relación con el cine y con la escritura”.

Mauricio Montiel
La bruma y el detective confirma el lugar de Montiel como uno de los escritores más singulares de su generación. Foto: Cortesía

Hoy, además de escritor, Montiel es editor en Malpaso México, sello que agrupa también a Lince, Jus y Salto de Página. “Me gusta mucho el rumbo que ha tomado la editorial —dice—. En un momento en que la literatura se ha vuelto una papilla Gerber, Malpaso apuesta por libros que proponen algo distinto. Me interesa que el español, que pronto será la segunda lengua más hablada del mundo, se asuma como una potencia literaria con voz propia”.

El autor celebra la renovación estética del sello: “El nuevo diseño de Salto de Página me entusiasma: más abstracto, más dinámico, una imagen que refleja esa búsqueda de riesgo”.

La bruma y el detective confirma el lugar de Montiel como uno de los escritores más singulares de su generación: un autor que funde el ensayo, el relato y la memoria personal en un territorio fronterizo. En su universo, el cine no es solo referencia, sino método: mirar para descubrir lo invisible.

“Creo que la literatura, como la vida, es una investigación sin resolución”, concluye. “A veces el detective no encuentra al culpable, porque el verdadero misterio está en uno mismo”.

La mirada sobre el Nobel: la literatura profunda

Cuando se le pregunta por el Premio Nobel de Literatura 2025 otorgado al húngaro László Krasznahorkai, Montiel responde con entusiasmo: “Coincido plenamente con la decisión. La Academia Sueca vuelve a premiar a un escritor que se preocupa por la literatura profunda, por la palabra exigente, por la potencia del lenguaje”.

El escritor mexicano considera a Krasznahorkai heredero de una tradición que lo apasiona: “Es, por supuesto, un descendiente directo de Kafka, esa K monumental que puso a la literatura centroeuropea en el mapa, pero también de Thomas Bernhard, el autor rabioso y furibundo que pateó el pesebre austríaco durante toda su vida. La diferencia es que Krasznahorkai, aunque también observa lo absurdo del ser humano, lo hace desde una mirada más compasiva, más espiritual”.

Y añade: “Es un autor de voz única, de esos que parecen escribir sin respirar, con un flujo de conciencia que no se interrumpe. Que la Academia haya vuelto a reconocer este tipo de literatura, densa y arriesgada, es una señal alentadora: hay esperanza para la palabra cuando se la trata con hondura y no con ligereza”.

 

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