Martín Gak no habla con eufemismos. Mira a la cámara, a la grabadora, al micrófono —y por encima de ellos, al mundo— con un peso visible en los ojos. Se ha convertido, con razón, en una figura central del pensamiento crítico en torno a la guerra en Gaza. Y no es porque se suba al podio de lo políticamente correcto, sino porque se niega a hacerlo. En su lugar, se lanza a las aguas negras del conflicto, saliendo con palabras cargadas de verdad, rabia y una ética que incomoda tanto como ilumina.
Ciudad de México, 17 de julio (MaremotoM).- Desde el comienzo, Martín Gak marca el tono: “Lo que tenemos es el colapso de los mecanismos de representación política”. Para él, los proyectos democráticos han fracasado. La tibieza frente al genocidio en Gaza no es un error diplomático ni una omisión protocolaria: es el síntoma de una descomposición moral que atraviesa al liderazgo global.
“Estamos mirando lo mismo que miran ellos”, dice refiriéndose a los políticos que toleran —cuando no avalan— el asesinato sistemático de miles de niños palestinos. La diferencia, subraya, está en que para el pueblo eso es intolerable. Para los dirigentes, simplemente… tolerable.
“No podemos más que creerle a nuestros ojos”
Martín Gak desmonta sin titubeos los discursos justificatorios que giran en torno al accionar israelí. Rechaza tanto la narrativa que afirma que el genocidio es “necesario” como aquella que niega los hechos. Su crítica no se limita al aparato estatal israelí, sino que se expande al relato histórico: denuncia una amnesia colectiva sobre los orígenes del conflicto, sobre masacres silenciadas como las de Tantura o Lid, sobre la expulsión sistemática de palestinos.
“La diferencia con otros Estados es que Israel no acepta pagar por sus crímenes fundacionales”, afirma con contundencia. Y recuerda cómo los Estados latinoamericanos —con todos sus errores— han, en algún momento, intentado reparar el daño histórico causado a pueblos originarios o víctimas de dictaduras. Israel, en cambio, “se ve como moralmente impecable”.

Sionismo: ¿liberación o nacionalismo de manual?
En uno de los momentos más incisivos de la entrevista, Gak describe al sionismo no como una forma de defensa del pueblo judío, sino como un proyecto profundamente influido por el antisemitismo europeo del siglo XIX. Cita a Herzl, Jabotinsky y Ben-Gurión como arquitectos de una idea que rechaza la imagen del judío tradicional —el intelectual, el crítico, el diásporico— para construir al “nuevo hebreo”: musculoso, armado, viril. Una figura que se asemeja peligrosamente a la iconografía fascista.
“Lo que construyen no es un proyecto judío. Es un proyecto hebraísta”, sostiene. Una construcción que, para él, se nutre del victimismo como capital político y de un nacionalismo irredentista que legitima la limpieza étnica como misión mesiánica.
Judíos contra el genocidio: la guerra civil interna
Gak no acepta que se confunda el Estado de Israel con el pueblo judío. “Dentro de la comunidad judía internacional hay una guerra civil”, afirma. Y relata cómo cientos de jóvenes, académicos, rabinos y periodistas judíos lideran las protestas contra el genocidio desde Estados Unidos, Canadá, Europa y América Latina.
Sin embargo, también reconoce el costo de esa resistencia. “No estás más invitado a la casa de tu abuela, tus amigos te dejan de hablar, tu madre se aleja”, dice, con una franqueza devastadora. El castigo social para quienes critican a Israel desde dentro del judaísmo no es simbólico: es real, emocional, profundo.
Netanyahu y la mafia del poder
Sobre el primer ministro israelí, Gak no escatima palabras: “Es una mafia. Y la mafia funciona con honor. Él no”. Lo acusa de mentir, de operar con propaganda emocional (como las noticias falsas sobre bebés decapitados) y de haber armado una red de poder cuyo interés no es la seguridad del pueblo israelí sino su permanencia en el poder. “Su único interés es Netanyahu”, sentencia.
Incluso lo responsabiliza directamente de fomentar el antisemitismo global al alimentar la figura de Soros como “judío internacional manipulador”, exportando esta narrativa a gobiernos ultraderechistas de todo el mundo.

México, Sheinbaum y la hora del coraje
Desde su mirada internacional, Gak observa a la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum con ambivalencia. Si bien reconoce que su identidad judía no parece alinearse con el sionismo dominante, también cuestiona su silencio. “Esta es la hora del coraje”, dice. Y menciona a Petro, Lula, Sánchez, como ejemplos de mandatarios que decidieron tomar una postura frente al genocidio, incluso a riesgo de su capital político.
“Con el diario del lunes es fácil declararse buen combatiente. Bueno, acá tenés un toro de verdad. Muéstrame”.

¿Y el futuro? “Quiero una intervención militar contra Israel”
Cuando se le pregunta por el futuro, Gak no suaviza su respuesta: pide una intervención internacional que frene a Israel y un juicio tipo Nuremberg para sus responsables, “incluido el patíbulo”. Admite que esta postura contradice su rechazo histórico a la pena de muerte, pero dice que el horror ha alcanzado una magnitud tal que la justicia simbólica ya no alcanza.
“No estamos en una comunidad humana. Estamos en una comunidad de monstruos”, concluye.
Martín Gak no ofrece consuelo. Ni esperanzas fáciles. Su discurso es incómodo porque es radicalmente humano. Porque se planta donde la mayoría mira hacia otro lado. Porque entiende que, como dice Hannah Arendt, a veces el pensamiento tiene que doler.
En tiempos donde la tibieza es la norma y el horror se ha vuelto paisaje, voces como la suya no son solo necesarias: son urgentes. Como un espejo incómodo, Gak nos obliga a mirarnos. Y a decidir qué haremos con lo que vemos.











