¿Pero desvanecer la identidad oficial de alguien es tan sencillo? ¿Es factible borrar su estela financiera y penal? ¿Los bancos o las instituciones no contratarían despachos de cobranza para rastrear a deudores evaporados?
Ciudad de México, 7 de marzo (MaremotoM).- ¿Por qué alguien querría desaparecer completamente? Para divagar al respecto, hablemos de una de esas peculiaridades culturales –esta vez de carácter demográfico– con las que nos suele sorprender Japón: en tal nación existe un cúmulo de personas que pagan por “ser borradas de la historia”.
Ello no se refiere a que contraten un suicidio asistido, sino que gestionan su muerte simbólica, una “inmolación social” a través de la desaparición de toda huella o registro de su existencia oficial. Lo que pierden, para fines prácticos, es su identidad: nombre, trabajo, información (en servidores y bases de datos) sobre su persona y sus vínculos familiares, civiles, laborales… Como pretenden volverse fantasmas en vida, el gobierno japonés los ha denominado johatsu (“personas evaporadas”).
Puede haber muchas razones para abdicar de la propia historia y devenir, pero para los johatsu el deseo de “desvanecerse” usualmente obedece a la presión o “vergüenza” –Japón es el campeón del “qué dirán”– que implican los roles de su identidad fallida o el devenir desfavorable de su situación socioeconómica. Soledad, depresión, presiones externas, adicciones, pérdidas de empleo, fracasos académicos o de pareja… A pesar de que la mayoría de los johatsu son hombres, hay algunas mujeres que consideran tal recurso de invisibilidad social para conseguir escapar de parejas o relaciones violentas.
Al parecer, la estructura de la sociedad japonesa auspicia esta y otras clases de “silencio administrativo”, pues se han configurado zonas de tolerancia para el asentamiento de dichos automarginados. Barrios como Sanya (en las afueras de Tokio, área en donde desesperadamente se congregaron personas sin hogar tras la Segunda Guerra Mundial) o Kamagasaki, en Osaka, se han transformado prácticamente en lugares marginales que el gobierno incluso “ignora” en las disposiciones oficiales, lo que permite a muchos de los fugados de la sociedad sortear allí sus días en condiciones de precariedad, habitando minúsculas habitaciones de hotel y aceptando trabajos deplorables que no les demanden una identidad ni los documentos respectivos.
Los johatsu, por si fuera poco, suelen ser estigmatizados por partida doble, ya que además del hecho de no haber conseguido encajar pertinentemente en el engranaje socioeconómico, a la vista de la cultura japonesa carecen también de la valentía necesaria para afrontar la tradicional y “honorable” opción del suicidio (habitual, asimismo, en la rígida estructura social de esa nación).
¿El fisco y los bancos se olvidan de las deudas de los johatsu?
Especialmente a partir de los años 90 del siglo pasado, cuando estalló una burbuja financiera que colapsaría su economía, en Japón aparecieron varias empresas de “mudanzas nocturnas” (así eran conocidas), las cuales ofrecían servicios para borrar el rastro de una persona, ayudándola además para retirarse discretamente de la historia oficial e instalarse en el anonimato.
¿Pero desvanecer la identidad oficial de alguien es tan sencillo? ¿Es factible borrar su estela financiera y penal? ¿Los bancos o las instituciones no contratarían despachos de cobranza para rastrear a deudores evaporados?
En cuanto a los familiares, ¿no buscarían con detectives –o incluso a través de médiums– a sus parientes desaparecidos? Al parecer, en la misma esfera de presión social, a las familias de los “evaporados” les resulta viable y hasta pertinente esa dinámica de ignorar el problema antes que enfrentar una vergonzosa dictaminación pública. Quizás, las legislaciones japonesas en materia de protección de la privacidad de los ciudadanos fomenten que allí el esfumarse resulte más sencillo que en otros países. Es probable que, también por causa de dichas políticas, a los angustiados padres de un eventual johatsu sólo les quede acudir a las morgues para cotejar cadáveres o tolerar la incertidumbre sobre si la muerte de su desaparecido acaso hubiera sido expedida en el ámbito simbólico.
Hikikomoris, otakus, ninjas y otros buscadores de invisibilidad
Hay otros tipos de personas que buscan escapar, en mayor o menor grado, de la presión exterior de sociedades como la japonesa. Existe una gama de introvertidos o esquizoides de diversa índole.
En dicha cultura, por ejemplo, se presentan casos como el de los hikikomori, personas con algún trastorno o ansiedad que los orilla a abandonar la vida social y confinarse en su habitación, usualmente de manera parasitaria en la comodidad de la casa de sus padres o familiares.
O casos como el de los otaku, usualmente jóvenes “excéntricos” que juegan a adoptar la identidad de algún personaje de ficción, especialmente de anime o manga, a veces en detrimento de la maduración de su propia personalidad. No obstante, en su caso, si tales “fantasías”, fruto de la edad y de la palpitante cultura de masas, son compartidas por individuos con aficiones semejantes, al menos en un círculo cerrado llegan éstos a desarrollar un tipo de comunidad que les permite expresar con cierta libertad sus obsesiones.
Por otro lado, también hay oficios en los cuales individuos o grupos requieren invisibilizarse por períodos indefinidos, como es el caso del espionaje u otros trabajos clandestinos. En el Antiguo Japón, por ejemplo, tenemos a los legendarios ninjas, agentes especializados en labores encubiertas, capacitados para realizar misiones complicadas y turbias (quizás por ello su apelativo de “guerreros de la sombras”). Sus prácticas, que implicaban una instrucción secreta, dieron pie a clanes ocultos cuya identidad y huella debía ser capaz de desvanecerse sin dejar rastro.

Latinoamérica como escenario especialmente sensible para “gestionar desaparecidos”
En latitudes diferentes, como nuestra América Latina, las personas que desean evaporarse no necesitan tramitarlo de la misma manera que en Japón. En el entorno latinoamericano, más laxo, la presión social no corresponde a la de países con obsesión y neurosis por el desarrollo y la excelencia. Acá los lazos familiares, la falta de logística y la impunidad en general permiten que, si alguien pretende dar un giro a su vida (o escapar de sus responsabilidades), le baste con mudarse de domicilio –algunas veces es suficiente trasladarse a una colonia cercana–, o bien cambiar de trabajo o de profesión.
Y –esta vez por asuntos de inseguridad– si acaso alguien con razones para evaporarse en Latinoamérica no llegase a avisar del carácter simbólico de su desaparición a algún familiar o persona de su círculo social, seguramente el asunto sería catalogado como abandono de hogar, secuestro, asesinato, feminicidio, rapto, o incluso por motivo de alguna brujería o abducción extraterrestre…
Latinoamérica, eso sí, se ha especializado en albergar a otro tipo de “desaparecidos de la Historia”, como criminales de guerra, genocidas, embaucadores financieros, pederastas, líderes sectarios y otros psicópatas, los cuales aprovechan lo distendido de la región para llevar apaciblemente vidas relativamente anónimas, no necesariamente en condiciones de precariedad y muchas veces ni siquiera en barrios tan clandestinos.










