Arely Oliva se despide con un abrazo cálido. Su voz queda resonando: “A quienes tengan un libro mío en las manos, les doy un tesoro para expresarse”. Quizá eso es lo que necesitamos todos, incluso los adultos: un libro que nos recuerde que todavía podemos mirar el miedo y reírnos de él.
Ciudad de México, 15 de noviembre (MaremotoM).- Hay libros que nacen del deseo de acompañar a los niños en sus primeras preguntas, en esos misterios que parecen enormes cuando uno mide menos de un metro y el mundo pesa demasiado. Arely Oliva lo sabe. Ella escribe pensando en los pequeños que serán nuestros futuros lectores, en esa primera chispa que sólo se enciende si alguien, en casa o en la escuela, abre un libro con verdadera pasión.
Cuando nos encontramos para hablar de Billy, el monstruo comecalcetines (Alfaguara Infantil), Arely sonríe como si estuviera todavía dentro de la historia que escribió. Le pregunto si el libro está dirigido a los más pequeños. “Sí, para pequeñitos”, responde, consciente de que escribir para ellos implica entrar a un territorio donde la imaginación manda y el miedo adquiere la forma de sombras, ruidos o criaturas que viven debajo de la cama. “El amor por un libro surge desde pequeños. Si ellos nos ven apasionados por los libros, no necesitamos obligarlos. De manera natural les va a gustar leer”.

La palabra miedo aparece en la conversación como un viejo conocido al que es mejor mirar de frente. Yo le digo que no le temo a la oscuridad ahora, pero que de niña sí, como casi todos. Ella asiente: “El miedo a la oscuridad es normal. Refleja un desarrollo cognitivo sano; un niño que le teme a la oscuridad está descubriendo su conciencia”. Recuerda las noches en las que la luz se apagaba y su mente inventaba monstruos en el clóset o sapos gigantes acechando en la cocina. Con el tiempo comprendió que lo que más asusta no es lo que existe, sino lo que imaginamos.
La clave —dice— no es negar el miedo, sino aprender a caminar con él. “Si les enseñamos desde pequeños que pueden agarrar de la mano al miedo y atravesarlo, formamos a pequeños muy valientes”. Esa pedagogía del corazón es algo que aprendió de su mamá, a quien agradece en el libro. Me cuenta la escena: un día aparece un sapo en la cocina y su reacción, la de la madre, es primero gritar, pero luego corregirse. “Soy la adulta, no puedo mostrarles más miedo. Así que cambió el chip: ‘Ay, el sapo, qué bonito, vamos a ayudarlo a salir’. Y mi miedo, de repente, se transformó en cariño”. Ahí se gesta la semilla del libro: cómo un monstruo, un sapo o una sombra puede convertirse en un aliado si sabemos mirarlo con otros ojos.

En la historia, Leo, el niño protagonista, es acompañado por sus hermanos, quienes le presentan a Billy. La hermandad no aparece como un simple recurso narrativo, sino como una red afectiva que sostiene. “Hablamos de valentía, de empatía, de amor”, dice Arely, convencida de que esos valores deben estar presentes, no de forma evidente, sino escondidos entre las páginas, como pequeños regalos que los niños descubren sin darse cuenta.
Las ilustraciones, obra de la joven creadora coahuilense Nicté Estrada, aportan una belleza que no pasa inadvertida. Son imágenes luminosas que atrapan el universo infantil con una delicadeza rara. “No ha habido una sola persona que no me diga que son hermosas”, comenta Arely con orgullo.
Sin embargo, detrás de la dulzura de los dibujos y de la sencillez aparente del relato existe una escritora con una sólida formación en pedagogía y desarrollo emocional. Ella crea mundos fantásticos, pero su mirada está anclada en la realidad de los niños que la leen. “Mis libros intentan dejar un regalo. En los anteriores, aunque fueran de actividades, también había valores escondidos: el ingenio, la creatividad, la introspección”. Para Arely, un niño que toma uno de sus libros encuentra una ventana para expresarse, para decir quién es, qué teme y qué sueña.

La motiva, sobre todo, llegar a las escuelas, leer a los niños, verlos sorprenderse. No escribe desde el adultocentrismo ni desde la imposición moral, sino desde ese lugar que llama “la niña interior Aureli”, a quien nadie le preguntaba de pequeña qué quería dibujar, qué quería inventar, qué quería escribir. Su oficio, dice, es honrarla.
Al final de nuestra conversación me queda claro que Billy, el monstruo comecalcetines no es un libro sobre un monstruo. Es un libro sobre la valentía del corazón, ese músculo invisible que crece si alguien nos enseña, desde niños, que los temores pueden volverse compañeros de camino. “La mayoría de los miedos nunca suceden”, me recuerda Arely. Pienso entonces en la luz que se filtraba bajo la puerta cuando yo era niña. Qué distinto habría sido mirar esas sombras con Billy de mi lado.
Arely Oliva se despide con un abrazo cálido. Su voz queda resonando: “A quienes tengan un libro mío en las manos, les doy un tesoro para expresarse”. Quizá eso es lo que necesitamos todos, incluso los adultos: un libro que nos recuerde que todavía podemos mirar el miedo y reírnos de él.











