Quentin Tarantino

LECTURAS | Meditaciones de cine, de Quentin Tarantino

Meditaciones de cine es, a la vez, crítica cinematográfica, teoría del cine, reportaje literario y unas memorias formidables, a la altura de clásicos del género como los de Hitchcock y Truffaut o Luis Buñuel.

Ciudad de México, 23 de marzo (MaremotoM).-Probablemente, Quentin Tarantino sea uno de los mayores cineastas de la historia, pero de lo que no hay atisbo de duda es de que estamos hablando del espectador que mejor puede contagiar su pasión entusiasta por las películas que ha visto. Ahora, por fin llega el libro con el que tantos años soñaron él y sus seguidores. En Meditaciones de cine, Tarantino analiza desde los puntos de vista más insólitos y con su particular conocimiento enciclopédico varias películas clave del cine norteamericano de los setenta, todas ellas vistas en su más tierna infancia (de las más violentas a las más tórridas), así como revisitadas compulsivamente. El resultado es una obra tan rigurosa y reflexiva como juguetona y entretenida.

Quentin Tarantino
Editó Reservoir Books. Foto: Cortesía

Adelanto de Meditaciones de cine, de Quentin Tarantino, con autorización de Reservoir Books

EL PEQUEÑO Q VE GRANDES PELÍCULAS

A finales de los años sesenta y principios de los setenta, el Tiffany Theater contaba con un bien cultural inmueble por el que se distinguía de los demás grandes cines de Hollywood. Para empezar, no estaba situado en Hollywood Boulevard. A excepción del Cinerama Dome, de la cadena Pacific Theatres, que se alzaba imponente en la esquina de Sunset con Vine, las otras grandes salas de Hollywood se encontraban todas en el último refugio turístico del Viejo Hollywood: Hollywood Boulevard.

Por el día aún se veía pasear a los turistas por el bulevar, camino del Museo de Cera de Hollywood, mirándose los pies y leyendo los nombres en el Paseo de la Fama («Mira, Marge, Eddie Cantor»). Hollywood Boulevard atraía a la gente por sus cines mundialmente famosos (el Grauman’s Chinese Theatre, el Egyptian, el Paramount, el Pantages, el Vogue). Sin embargo, cuando el sol se ponía y los turistas regresaban a sus Holiday Inn, Hollywood Boulevard quedaba en manos de la gente de la noche y se transformaba en Hollyweird, «Hollyraro».

En cambio, el Tiffany estaba en Sunset Boulevard y, para colmo, en Sunset Boulevard al oeste de La Brea, con lo que oficialmente pertenecía al Sunset Strip.

¿Y eso tiene alguna importancia?

Una gran importancia.

En esa época se imponía una profunda nostalgia por todo aquello propio del Viejo Hollywood. Dondequiera que mirases, había fotos, pinturas y murales de Laurel y Hardy, W. C. Fields, Charlie Chaplin, el Frankenstein de Karloff, King Kong, Harlow y Bogart (corrían los tiempos de los famosos pósteres psicodélicos de Elaine Havelock). Sobre todo en Hollywood propiamente dicho (es decir, al este de La Brea). Pero, cuando ibas por Sunset y dejabas atrás La Brea, el bulevar se convertía en el Strip, y el Viejo Hollywood, tal como lo definía el cine, se desvanecía, dando paso a los bares de copas hippies y a la cultura de los jóvenes. El Sunset Strip era famoso por sus clubes de rock (Whisky a Go Go, London Fog, Pandora’s Box).[1]

Y allí mismo, entre los clubes de rock y frente al Ben Frank’s Coffee Shop, se hallaba el Tiffany Theater.

En el Tiffany no pasaban películas como Oliver, Aeropuerto, Adiós, Mr. Chips, Chitty Chitty Bang Bang, Ahí va ese bólido, o ni siquiera Operación Trueno. El Tiffany acogía Woodstock, Los Rolling Stones (Gimme Shelter), Yellow Submarine, El restaurante de Alicia, Trash, Carne para Frankenstein (ambas de Andy Warhol) Pound, de Robert Downey.

Esas eran las películas que podían verse en el Tiffany. Y aunque el Tiffany no fue la primera sala de Los Ángeles donde se proyectó The Rocky Horror Picture Show, o ni siquiera la primera que empezó a programarla en sesiones de medianoche, sí fue el cine que más contribuyó a la leyenda en que se convertiría esa película y donde realmente se desencadenó gran parte de lo que constituiría el fenómeno «Rocky Horror»: presentarse disfrazado en el cine, el shadow cast (un «elenco en la sombra» que actuaba en vivo mientras se proyectaba la película), las callbacks (frases que el público gritaba intercaladas en el diálogo de la película), las noches temáticas, etcétera. A lo largo de los años setenta, el Tiffany seguiría siendo el lugar de referencia contracultural para pelis alucinógenas. Algunas tuvieron éxito (200 Motels, de Frank Zappa), otras no (El hijo de Drácula, de Freddie Francis, con Harry Nilsson y Ringo Starr).

Los filmes contraculturales producidos entre 1968 y 1971, fueran buenos o no, eran apasionantes. Y tenían que verse con más gente, a ser posible todos colocados. Pronto el Tiffany se apartaría de ese ambiente, porque las películas alucinógenas realizadas a partir de 1972 eran más bien creaciones trasnochadas para un nicho de mercado.

Pero si el Tiffany tuvo un año especial, fue 1970.

Ese mismo año, cuando yo tenía siete, asistí por primera vez a una sesión en el Tiffany. Mi madre (Connie) y mi padrastro (Curt) me llevaron a un programa doble: Joe, ciudadano americano, de John G. Avildsen, y ¿Dónde está papá?, de Carl Reiner.

Alto ahí, ¿viste Joe, ciudadano americano y ¿Dónde está papá? en una sesión doble a los siete años?

Vaya que si las vi.

Y si bien para mí en su día aquella fue una sesión memorable, y por eso escribo ahora sobre la experiencia, no puede decirse que fuera una conmoción cultural. Si nos guiamos por la cronología de Mark Harris, el principio de la revolución del Nuevo Hollywood se produjo en 1967. Por tanto, mis primeros años como espectador de cine (nací en 1963) coincidieron con los inicios de esa revolución (1967), la guerra revolucionaria cinematográfica (1968-1969), y el año en que se ganó la guerra revolucionaria (1970). Que fue el año en que el Nuevo Hollywood se convirtió en el único Hollywood.

Joe, ciudadano americano, de Avildsen, causó mucho revuelo cuando se estrenó en 1970 (ejerció una influencia innegable en Taxi Driver). Por desgracia, en los últimos cuarenta años, esta película, un auténtico barril de pólvora, casi ha caído en el olvido. El filme cuenta la historia de un hombre de clase media alta, un padre disgustado (interpretado por Dennis Patrick) porque su hija (Susan Sarandon, en su debut cinematográfico) ha sucumbido a la cultura del hippismo y las drogas de la época.

Cuando Patrick visita el inmundo cuchitril que ella comparte con su novio yonqui, un tipejo rastrero, se encuentra con este y acaba rompiéndole la cabeza (en ese momento la hija no está en casa). Poco después, sentado en una taberna, mientras intenta asimilar tanto la violencia en la que ha incurrido como el delito que ha cometido, conoce a un bocazas, un obrero reaccionario y racista llamado Joe (interpretado, en una actuación estelar, por Peter Boyle). Joe, sentado a la barra tomándose su cerveza después del trabajo, suelta una perorata patriotera salpicada de obscenidades sobre los hippies, los negros y la sociedad de 1970 en general. En la taberna, un local de clase trabajadora, nadie le presta atención (el camarero incluso llega a decirle, obviamente no por primera vez: «Joe, danos un respiro»).

La diatriba de Joe culmina con la opinión de que alguien debería matarlos a todos (los hippies). En fin, el hecho es que Patrick acaba de matar a uno y, en un momento de descuido, se le escapa una de esas confesiones de bar que solo Joe oye.

A partir de ahí surge una extraña relación antagónica y, a la vez, simbiótica entre dos hombres distintos y de diferentes clases. No son exactamente amigos (Joe casi chantajea al angustiado padre), pero, con una comicidad malévola sí se convierten en compinches. El hombre distinguido de clase media, un ejecutivo, ha llevado a la práctica las peroratas fascistas de ese patán y ese bocazas de clase baja, un obrero.

Al forzar a Patrick mediante chantaje a formar una especie de alianza, Joe comparte con el asesino tanto su siniestro secreto como, en cierta medida, la culpa del asesinato. Esa dinámica da rienda suelta a los deseos y a las inhibiciones del obrero fanfarrón y entierra el sentimiento de culpa del hombre refinado, que pasa a sentir motivación y justificación. Hasta que los dos, armados con fusiles automáticos, ejecutan a los hippies de una comuna. Y, en una trágica e irónica imagen congelada, el padre acaba ejecutando a su propia hija.

Fuerte, ¿no? Y tanto.

Pero lo que esta sinopsis no transmite ni por asomo es lo condenadamente divertida que es la película.

Y, pese a lo cruda, e inquietante, y violenta que es Joe, ciudadano americano, en el fondo es una comedia negra como el carbón sobre las clases en Estados Unidos, rayana en sátira y, a la vez, atrozmente descarnada. La clase obrera, la clase media alta y la cultura de los jóvenes aparecen representadas por sus peores ejemplares (todos los personajes masculinos de la película son cretinos aborrecibles).

Hoy día tal vez resulte controvertido el mero hecho de catalogar Joe, ciudadano americano como comedia negra. Pero, desde luego, no era así en la época en que se estrenó. Cuando vi Joe, ciudadano americano, era sin duda la película más inquietante que había visto (posición que conservó hasta cuatro años más tarde, cuando vi La última casa a la izquierda). Para ser sincero, lo que más impresión me causó fue la sordidez del apartamento donde vivían los dos yonquis al principio de la película. De hecho, se me revolvió algo el estómago (incluso la versión del apartamento de los yonquis presentada en la parodia de la revista Mad me puso un poco de mal cuerpo). Y los espectadores del Tiffany Theater en 1970 vieron la sección inicial de la película en silencio.

Sin embargo, en cuanto Dennis Patrick entra en la taberna, y el Joe interpretado por Peter Boyle entra en la película, el público empezó a reír. Y, en un abrir y cerrar de ojos, los espectadores adultos pasaron de un estado de asqueada calma a una hilaridad manifiesta. Recuerdo que se reían casi de cada puta palabra que pronunciaba Joe. Era una risa de superioridad; se reían de Joe. Pero se reían con Peter Boyle. Este último irrumpe en la película como una fuerza de la naturaleza, y el talentoso guionista, Norman Wexler, le proporciona un puñado de frases muy chistosas. La interpretación cómica de Boyle atenúa la monótona fealdad de la película.

No convierte a Joe en un personaje simpático, pero permite disfrutar de él, por así decirlo.

Avildsen, combinando la brillante interpretación cómica de Peter Boyle con ese crudo diálogo barriobajero, crea un cóctel con un poco de orina que resulta inquietantemente apetitoso.

Joe, con sus gilipolleces delirantes, es para troncharse. Como en Una extraña pareja de polis unos años más tarde, el público puede sentirse culpable al reírse, pero se ríe, doy fe de ello. Incluso yo, a mis siete años, me reí. No porque entendiera lo que Joe decía o supiera valorar el diálogo de Norman Wexler. Me reí por tres razones. Primero, la sala estaba llena de adultos que se reían. Segundo, hasta yo era capaz de captar la onda cómica de la interpretación de Boyle. Y tercero, Joe soltaba un taco tras otro, y a un niño pocas cosas le hacen más gracia que un tío gracioso soltando tacos por un tubo. Recuerdo que en la escena de la taberna, justo cuando parecía que las risas empezaban a aflojar, Joe se levanta del taburete que hay frente a la barra y se acerca a la gramola para meter unas monedas. Y, después de echar una ojeada a la lista de discos de (supongo) música soul, exclama: «¡Dios, se han cargado hasta la puta música!». Los espectadores del Tiffany Theater prorrumpieron en carcajadas aún con más ganas que antes.

Pero tras la escena del bar, en algún momento después de que Dennis Patrick y su mujer cenaran en casa de Joe, me quedé dormido. Me perdí, pues, toda la escena en que Joe y su acólito recién hallado emprenden la cacería homicida de hippies. Circunstancia que mi madre agradeció.

Recuerdo que esa noche, mientras volvíamos en coche a casa, mi madre dijo a Curt:

–Me alegro de que Quint se haya quedado dormido antes del final. No me habría gustado que lo viera.

Yo, en el asiento trasero, pregunté:

–¿Qué ha pasado?

Curt me puso al corriente de lo que me había perdido:

–Verás, Joe y el padre acaban liándose a tiros con un grupo de hippies. Y en medio del barullo el padre acaba matando a su hija.

–¿La chica hippy del principio? –pregunté.

–Sí.

–¿Por qué la mata? –pregunté.

–Bueno, no era su intención matarla –me dijo.

–¿Se queda triste? –pregunté entonces.

Y mi madre contestó:

–Sí, Quentin, se queda muy triste.

En fin, puede que me pasara dormido toda la segunda mitad de Joe, ciudadano americano, pero desperté en cuanto terminó la película y se encendieron las luces. Y enseguida empezó la segunda película de la sesión doble en el Tiffany, la más claramente cómica: ¿Dónde está papá?

Y, desde el mismísimo principio, cuando George Segal se pone el disfraz de gorila y Ruth Gordon le da un puñetazo en los huevos, esa película me atrapó. A esa edad, el súmmum de la comicidad era un tío disfrazado de gorila, y solo había algo más gracioso que eso: un tío llevándose un puñetazo en los huevos. O sea, un tío disfrazado de gorila que se llevaba un puñetazo en los huevos era el no va más de la comicidad. Sin duda, esa película iba a ser la monda. Pese a lo tarde que era, estaba decidido a verla hasta el final.

Nunca he vuelto a ver ¿Dónde está papá? entera desde aquella sesión. Pero, los entendiera o no, muchos momentos visuales se me quedaron grabados en el cerebro.

Ron Leibman, en el papel del hermano de George Segal, perseguido por los atracadores negros a través de Central Park.

Ron desnudo en el ascensor con la mujer que llora.

Y, desde luego, el impactante momento –para mí, pero, a juzgar por la reacción del público, también para todos los demás– en que Ruth Gordon muerde en el culo a George Segal.

Recuerdo que, mientras los atracadores perseguían a Ron por el parque, pregunté a mi madre:

–¿Por qué lo persiguen esos negros?

–Porque querían robarle –dijo ella.

–¿Por qué querían robarle? –pregunté.

Y a eso contestó:

–Porque es una comedia y simplemente se lo toman todo a risa.

Y así me fue explicado el concepto de «sátira».

En aquellos tiempos, mis jóvenes padres iban mucho al cine, y por lo general me llevaban. Seguramente habrían podido encontrar a alguien con quien dejarme (mi abuela Dorothy solía prestarse), pero, en lugar de eso, cargaban conmigo. Ahora bien, si cargaban conmigo era en parte porque yo sabía mantener la boca cerrada.

Por el día se me permitía ser un niño normal (pesado). Hacer preguntas tontas, tener un comportamiento infantil, ser egoísta…, en fin, ya sabéis, como casi todos los niños. Pero, si me sacaban de noche, para ir a un buen restaurante, o a un bar (cosa que a veces hacían porque Curt tocaba en bares musicales), o a un club (cosa que también hacían de vez en cuando), o al cine, o incluso a una doble cita con otra pareja, yo sabía que ese era un «tiempo de adultos». Si quería que me dejaran estar presente durante el «tiempo de adultos», me convenía enrollarme bien. Lo que en esencia significaba: no hagas preguntas tontas, no te creas que la velada gira en torno a ti (no es así). Los adultos están ahí para charlar entre ellos y reírse y bromear. A mí me tocaba callar y dejarlos tranquilos, sin continuas interrupciones infantiles. Sabía que, en realidad, a nadie le interesaba escuchar un posible comentario mío (a menos que fuese una monería encantadora) sobre la película que veíamos, o sobre la velada en sí. No quiero decir con eso que si incumplía esas normas me trataran con severidad; pero se me animaba a actuar con madurez y portarme bien. Porque, si daba la lata con comportamientos infantiles, me quedaría en casa con una canguro mientras ellos salían y se lo pasaban bien. ¡Yo no quería quedarme en casa! ¡Quería salir con ellos! ¡Quería formar parte del «tiempo de los adultos»!

En cierto modo yo era un Grizzly Man en versión infantil, capaz de observar a los mayores en su hábitat natural por la noche. Por la cuenta que me traía, debía mantener la boca cerrada y los ojos y los oídos bien abiertos.

Eso era lo que hacían los adultos cuando no estaban con niños.

Esa era la forma en que se relacionaban los adultos.

Esos eran sus temas de conversación cuando se reunían.

Esas eran las gilipolleces que les gustaba hacer.

Esas eran las gilipolleces que les divertían.

No sé si era la intención de mi madre o no, pero estaban enseñándome cómo los adultos se relacionaban.

Cuando me llevaban al cine, a mí me tocaba quedarme quieto en la butaca y ver la película, me gustara o no.

¡Sí, algunas de esas películas para adultos eran una pasada, joder!

MASH, la Trilogía del Dólar, El desafío de las águilas, El padrino, Harry el Sucio, The French Connection (Contra el imperio de la droga), La gatita y el búho y Bullitt. Y algunas, para un niño de ocho o nueve años, eran un peñazo. ¿Conocimiento carnal? ¿La zorra? ¿Isadora? ¿Domingo, maldito domingo? ¿Klute? ¿Complicidad sexual? ¿Estudio de modelos? ¿Diario de una esposa desesperada?

Pero yo sabía que a ellos, mientras veían la película, les traía sin cuidado si yo me lo pasaba bien o no.

Estoy seguro de que al principio, en algún momento, debía de decir cosas como «Eh, mamá, me aburro». Y estoy seguro de que ella me contestaba: «Oye, Quentin, si vas a dar la lata cuando te sacamos por la noche, la próxima vez te dejaremos en casa [con una canguro]. Si prefieres quedarte en casa y ver la tele mientras tu padre y yo salimos y nos lo pasamos bien, estupendo…, eso haremos la próxima vez. Tú decides».

Pues bien, decidí. Quería salir con ellos.

Y la primera norma era: «no des la lata».

La segunda norma, durante la película, era: «no hagas preguntas tontas».

Quizá una o dos, al comienzo de la película, pero luego tenía que apañármelas por mi cuenta. Cualquier otra pregunta tendría que esperar hasta que terminara la película. Y, en general, era capaz de respetar esa norma. Aunque hubo algunas excepciones. Mi madre contaba a sus amigos una anécdota de cuando me llevaron a ver Conocimiento carnal. Art Garfunkel está intentando convencer a Candice Bergen de que se acueste con él. Y su diálogo era una y otra vez algo así: «Venga, ¿lo hacemos? No quiero hacerlo. ¿Me prometiste que lo harías? No quiero hacerlo. Todos los demás lo están haciendo».

Y, según parece, con mi voz más chillona de niño de nueve años, pregunté: «¿Qué quieren hacer, mamá?». Lo cual, según mi madre, provocó las carcajadas de todos los adultos presentes en la sala.

En otra ocasión, la imagen congelada del final de Dos hombres y un destino me resultó poco clara.

–¿Qué ha pasado? –recuerdo que pregunté.

–Han muerto –me informó mi madre.

–¿Han muerto? –grité.

–Sí, Quentin, han muerto –me aseguró mi madre.

–¿Cómo lo sabes? –pregunté yo sagazmente.

–Porque era eso lo que querían dar a entender al congelar la imagen –contestó ella con paciencia.

–¿Cómo lo sabes? –insistí.

–Lo sé, y punto –fue su respuesta, poco satisfactoria.

–¿Por qué no se ha visto? –pregunté, casi indignado.

A continuación, ya claramente al límite de su paciencia, mi madre dijo con tono cortante:

–¡Porque no han querido que se viera!

–Debería haberse visto –contesté yo entre dientes.

Y, pese a que ese fotograma se ha convertido en una imagen icónica, sigo pensando que yo tenía razón: «Debería haberse visto».

Sin embargo, por lo general, yo tenía la sensatez suficiente para saber que, mientras mis padres veían la película, no era el momento de acribillarlos a preguntas. Sabía que estaba viendo películas para adultos y que no entendería algunas cosas. Pero el hecho de comprender o no la relación lésbica entre Sandy Dennis y Anne Heywood en La zorra no era lo importante. Lo importante era que mis padres se lo pasaran bien, y que yo los acompañara cuando salían de noche. También sabía que el momento de hacer preguntas era el viaje de vuelta a casa, una vez terminada la película.

Cuando un niño lee un libro para adultos, hay palabras que no entiende. Pero, según el contexto, y el párrafo que contiene la frase, a veces puede deducirla. Lo mismo ocurre cuando un niño ve una película para adultos.

Aunque, claro, algunas cosas escapan a tu comprensión y tus padres prefieren que escapen a tu comprensión. Pero algunas cosas, incluso si no sabía qué querían decir exactamente, en esencia las entendía.

Sobre todo los chistes que hacían reír a todos los adultos de la sala. Joder, era de lo más emocionante ser el único niño en un cine lleno hasta los topes de adultos viendo una película y oírlos reírse (normalmente) de algo que, como yo sabía, era casi con toda seguridad subido de tono. Y a veces, incluso cuando no lo pillaba, sí lo pillaba.

Aunque, en realidad, yo no sabía qué era una «goma», por las risas del público me hice más o menos una idea durante la escena entre Hermie y el farmacéutico en Verano del 42. Lo mismo pasó con la mayor parte de chistes sexuales de La gatita y el búho. En esa película me reí con el público adulto de principio a fin (con la frase «bombas fuera», el puto cine casi se vino abajo).

Ahora bien, con respecto a las películas que acabo de mencionar, en las reacciones de los adultos había algo más que yo entonces no podría haber detectado, pero de lo que ahora sí me doy cuenta. Si muestras a un niño una película en la que sale un tío soltando tacos con gracia, o un chiste sobre caca o pedos, normalmente deja escapar una risita. Y, cuando es un poco mayor y le muestras una película en la que aparece un chiste sexual, deja escapar una risita por eso otro. Pero se trata de una risa pícara. Sabe que eso es inapropiado, y sabe que quizá no debería estar oyéndolo o viéndolo. Y la risa revela que se siente un poco pícaro él mismo al participar en ese intercambio.

Pues, en 1970 y 1971, era así como los espectadores adultos respondían al humor sexual de películas como ¿Dónde está papá?, La gatita y el búho, MASH, Verano del 42, Querido profesor Bob, Carol, Ted y Alice. O a la escena de los brownies de maría en Te quiero, Alice B. Toklas. O cuando los jugadores de fútbol se fumaban un porro en el banquillo en MASH. O a escenas que tenían un toque cómico, pero no habrían sido posibles uno o dos años antes. Como cuando se presenta a Joe en Joe, ciudadano americano, o la redada de Popeye Doyle en el bar en The French Connection, en la que las risas de los adultos transmitían esa misma sensación de picardía. Lo cual, visto en retrospectiva, tiene su lógica. Porque esos adultos no estaban acostumbrados a ver esa clase de material. Esos eran los dos o tres primeros años del Nuevo Hollywood. Esos espectadores se habían criado viendo películas de los años cincuenta y sesenta. Estaban acostumbrados a los atisbos, a las insinuaciones, a los dobles sentidos y a los juegos de palabras (antes de 1968, el nombre del personaje interpretado por Honor Blackman en James Bond contra Goldfinger, «Pussy Galore» [«Coño a Montones»], era el chiste sexual más explícito jamás pronunciado en una gran película comercial).

Por tanto, en cierto extraño sentido, los adultos y yo veníamos a estar en la misma onda. Pero no eran las risitas pícaras lo único que oía entre los espectadores mayores. Los personajes homosexuales siempre eran motivo de risa. Y sí, ciertamente, a veces se presentaba a esos personajes como carne de cañón cómica (Diamantes para la eternidad y Punto límite: cero).

Pero no siempre.

A veces las risas ponían de manifiesto, en realidad, un lado desa­gradable del público.

En 1971, el mismo año de Diamantes para la eternidad y Punto límite: cero, vi con mis padres en un cine Harry el Sucio.

En la pantalla, Scorpio (Andy Robinson), el sustituto en la película del Asesino del Zodiaco de la vida real, apuntaba desde una azotea hacia un parque de San Francisco con un rifle de largo alcance. En la mira del rifle de Scorpio aparecía un gay negro con un llamativo poncho morado. Lo memorable de ese cuadro vivo es la propia escena que vemos desarrollarse a través de la mira del rifle de Scorpio. El hombre del poncho morado ha quedado con un tipo de bigote negro, mezcla de vaquero y de hippy, idéntico al personaje de Dennis Hopper en Easy Rider (Buscando mi destino). En la película, nos formamos una idea bastante clara de lo que está pasando. No parecen una pareja; no cabe duda de que se trata de una cita entre los dos hombres. El vaquero acaba de comprar al del poncho morado un cucurucho de vainilla. Y, pese a no haber el menor contacto físico entre ellos, y pese a que la escena transcurre en el más absoluto silencio, vemos que la cita va bastante bien.

Advertimos que el del poncho morado se lo está pasando en grande y que tiene cautivado al vaquero con aspecto de Dennis Hopper. Esa escena muda es, quizá, una de las representaciones de un cortejo entre gais menos sujetas a juicios morales que habían podido verse hasta entonces en una película de unos estudios de Hollywood.

Sin embargo, al mismo tiempo, la observamos íntegramente a través de la mira del rifle de Scorpio, con la retícula puesta en el hombre del poncho morado. Pero, cuando yo era niño, ¿cómo supe que el tío del poncho morado era gay? Porque al menos cinco espectadores dijeron en voz alta y entre risas: «¡Ese es maricón!». Incluido Curt, mi padrastro. Y se rieron de sus payasadas, pese a que solo lo veían a través de la mira de un asesino despiadado, mientras, en la banda sonora, acompaña las imágenes la inquietante música de Lalo Schifrin «asesino tiene una víctima en la mira». Pero yo sentí algo más en aquel cine lleno de personas mayores. A diferencia de lo que ocurría con otras víctimas de la película, en realidad no tuve la sensación de que a los espectadores adultos les preocupara mucho el hombre del poncho morado. De hecho, me atrevería a decir que unos cuantos incluso se pusieron del lado de Scorpio animándolo a disparar.[2]

En el viaje de vuelta a casa, incluso si yo no tenía ninguna pregunta, mis padres hablaban de la película que acabábamos de ver. He aquí algunos de mis recuerdos más entrañables. A veces les gustaba la película y a veces no, pero en general me sorprendía un poco la seriedad de sus reflexiones. Y me resultaba interesante repasar la película que acababa de ver desde la perspectiva de su análisis.

A los dos les gustó Patton, pero durante el regreso a casa toda la conversación giró en torno a su admiración por la interpretación de George C. Scott.

A ninguno le gustó Querido profesor, de Roger Vadim, por razones que no entiendo del todo. En la mayoría de las películas de orientación sexual a las que me llevaban, me aburría como una ostra. Pero Querido profesor destilaba una genuina vitalidad que captó mi atención y la retuvo. Como también el desenfadado savoir faire de Rock Hudson, que no pasó inadvertido a un niño de ocho años. Como es natural, mi padrastro masculló comentarios homófobos sobre Rock Hudson durante todo el camino, pero recuerdo que mi madre salió en defensa del señor Hudson («Pues si es homosexual, ahí tienes una prueba más de que es un gran actor»). Recuerdo que Aeropuerto fue todo un éxito en mi familia en 1970. Sobre todo por la sorpresa de la detonación de la bomba de Van Heflin. El momento en que la bomba estalla a bordo del aparato fue una de las mayores conmociones en una película de Hollywood hasta entonces. Como dijo Curt en el viaje de vuelta a casa: «Yo pensaba que Dean Martin iba a disuadir a ese tío», cuyo subtexto era que así se habría desarrollado una película de Dean Martin de 1964 o 1965, en comparación con un filme –incluso uno relativamente anticuado de 1970.

Y la escena posterior –cuando el agujero abierto en el avión absorbe a la gente– fue una de las imágenes cinematográficas más intensas que yo había presenciado. Pero aquel año, 1970, vi cosas muy intensas.

Con el rito de iniciación de Un hombre llamado Caballo, en el que clavan unas garras de águila en el pecho al protagonista, flipé. Lo mismo que con la cruenta evisceración a cámara lenta mediante una estaca en Sombras en la oscuridad. Recuerdo que, durante esos dos momentos, fijé la mirada en la pantalla boquiabierto, sin acabar de creerme que en una película pudiera hacerse algo así. Estoy seguro de que esas noches hablé sin parar en el coche de regreso a casa (esas películas me parecieron increíbles).

El 15 de abril de 1971 (poco después de mi octavo cumpleaños) se celebró en el Dorothy Chandler Pavilion la entrega de los Premios Óscar para películas de 1970. Las cinco nominaciones a la mejor película fueron Patton, MASH, Mi vida es mi vida, Aeropuerto Love Story. Llegada la noche de los Óscar, yo había visto las cinco (obviamente, en el cine). Y la película que yo prefería, MASH, la vi tres veces. Ese año vi prácticamente todas las películas importantes. Las dos únicas que me perdí fueron La hija de Ryan y Nicolás y Alejandra, que no me importó perderme. Además, vi los tráileres tantas veces que tenía la sensación de que sí las había visto (vale, tampoco vi ¡Agáchate, maldito!, porque, en opinión de Curt, el título era una estupidez; lo mismo pasó con Dos mulas y una mujer).

Mis otras dos películas preferidas de ese año fueron Un hombre llamado Caballo y, probablemente, Los violentos de Kelly. Para ilustrar en qué modo esas películas estaban modelando mi gusto, diré que en 1968 mi película favorita fue Ahí va ese bólido. En 1969, fue Dos hombres y un destino. Pero en 1970 mi película favorita fue MASH, una comedia sexual de temática anarquista en un entorno militar.

Con eso no quiero decir que hubieran dejado de gustarme las películas de Disney. Las dos grandes películas de Disney de ese año fueron Los aristogatos Marineros sin brújula, y las vi las dos y me gustaron las dos. Pero nada me hizo reír tanto como la escena en que Labios Ardientes (Sally Kellerman) queda desnuda a la vista de todos en la ducha. O cuando Radar (Gary Burghoff) coloca el micrófono debajo de la cama mientras Labios Ardientes y Frank Burns follan y luego John «Trampero» (Elliott Gould) lo retransmite por todo el campamento. (En cambio, toda la sección central, cuando Sin Dolor, el dentista del campamento, entra en un estado de pánico homosexual, nunca me dijo gran cosa. Lógicamente, porque es la peor parte de la película).

Pero, insisto, aunque con MASH disfruté de verdad, para mí parte del placer de verla se debía al hecho de estar en un cine lleno de adultos que se desternillaban de risa, todos exaltados por su propia procacidad. Y no hablemos ya de lo mucho que me divertía volver al colegio y describir esas escenas a los otros niños de mi clase que ni en sueños verían una película como MASH, o The French Connection o El padrino, o Grupo salvaje, Deliverance (Defensa) (solía haber únicamente otro niño al que le permitían ver las barbaridades que yo veía).

Como a mí me dejaban ver cosas vedadas a otros niños, mis compañeros de clase me tenían por una persona sofisticada. Y como veía las películas más estimulantes de la época más destacada de la historia en la cinematografía de Hollywood, no les faltaba razón: yo era sofisticado.

Llegado un punto, al tomar conciencia de que yo veía películas que otros padres no dejaban ver a sus hijos, pregunté a mi madre al respecto.

–Quentin –dijo–, a mí me preocupa más que veas las noticias. Una película no va a hacerte daño.

¡Así se habla, Connie, joder!

Después de verme expuesto a todas esas imágenes, ¿alguna de ellas me resultó perturbadora? Pues ¡claro, algunas sí! Pero eso no quiere decir que la película en cuestión no me gustara.

Cuando sacaron del hoyo a la chica desnuda muerta en Harry el Sucio, para mí fue totalmente perturbador. Pero lo entendí.

La crueldad de Scorpio era el colmo del colmo. Tanto mejor para que Harry lo acribillara con el arma más potente del mundo.

Sí, me resultó perturbador ver a una mujer en pleno sufrimiento histérico arrastrada por la calle y azotada por los aldeanos después de ser condenada por brujería en la película El grito del fantasma, de Vincent Price, que vi en una sesión doble junto con la excelente película de terror española La residencia. ¡Qué gran noche!

El mero hecho de enumerar las descabelladas imágenes violentas que vi de 1970 a 1972 horrorizaría a la mayoría de los lectores. James Caan, al ser tiroteado con ametralladoras hasta morir en el peaje, o Moe Greene al recibir un disparo en un ojo, en El padrino. Aquel tío que la hélice del avión corta por la mitad en Catch-22 (Trampa 22). El delirante viaje de Stacy Keach colgado del costado del coche en Los nuevos centuriones. O Don Stroud disparándose en la cara con una metralleta en Mamá sangrienta. Pero limitarme a enumerar momentos grotescos –fuera del contexto de las películas que los contenían– no es del todo justo para las películas en cuestión. Y el punto de vista de mi madre –como más adelante me explicaría– partía de la idea del contexto. En esas películas, yo podía hacer frente a las imágenes porque entendía el argumento.

En esa primera época, sí encontré verdaderamente inquietante, sin embargo, la secuencia en que Vanessa Redgrave, en el papel de Isadora Duncan, muere estrangulada al enredarse, en la rueda de un automóvil biplaza, la chalina que llevaba puesta en Isadora. Supongo que ese final me afectó tanto por lo mucho que me aburrió todo lo anterior. Esa noche, en el viaje de regreso a casa, no paré de hacer preguntas sobre el riesgo de morir accidentalmente si se te enganchaba el pañuelo en la rueda del coche. Mi madre me aseguró que no tenía nada que temer. Nunca me permitiría ponerme un pañuelo largo y ondulante en un biplaza descapotable.

Una de las cosas más aterradoras que vi en una película por aquel entonces no fue una escena de violencia cinematográfica. Fue la representación de la peste negra en El último valle, de James Clavell. Y, una vez terminada la película, la descripción histórica de mi padrastro me puso los pelos de punta.

Algunas de las experiencias más intensas que viví en el cine no fueron siquiera las propias películas. Fueron los tráileres.

Sin duda alguna, lo más horripilante que vi de niño en el cine no fue ninguna de las películas de terror a las que me llevaron. Fue el tráiler de Sola en la oscuridad.

Antes de saber siquiera qué era la homosexualidad, vi la escena de sexo entre dos hombres, Peter Finch y Murray Head, en Domingo, maldito domingo. No me impactó; me provocó confusión. Pero sí me impactó el combate de lucha libre ante la chimenea entre Alan Bates y Oliver Reed, desnudos, en el tráiler de Mujeres enamoradas, de Ken Russell. También capté lo esencial de las estremecedoras consecuencias de la subyugación masculina en el tráiler del drama penitenciario Los ojos de la cárcel. Y, por alguna razón, también me asustó el tráiler psicodélico de 200 Motels, de Frank Zappa.

¿Hubo alguna película de esa época a la que me fue imposible hacer frente?

Sí.

Bambi.

Bambi extraviado al separarse de su madre, los disparos del cazador contra ella y el horroroso incendio forestal me afectaron más que cualquier otra de las imágenes que vi en el cine. Lo único que se acercaría a eso fue la película de Wes Craven La última casa a la izquierda, que vi en 1974. Es cierto que esas secuencias de Bambi han trastornado a los niños durante décadas. Pero estoy casi seguro de conocer la razón por la que Bambi tuvo un efecto tan traumático en mí. Por supuesto, el hecho de que Bambi pierda a su madre toca la fibra sensible de todos los niños. Pero creo que, incluso más que la dinámica psicológica de la trama, el inesperado giro trágico de la película fue lo que me causó tal conmoción. Los anuncios de televisión no ponían de relieve la verdadera naturaleza de la película. Por el contrario, se centraban en las travesuras de los entrañables Bambi y Tambor. Nada me preparó para el desgarrador giro en los acontecimientos. Recuerdo que mi pequeño cerebro exclamó el equivalente en un niño de cinco años a: «¿Qué coño está pasando aquí?». Creo que si hubiese estado más preparado para lo que iba a ver, lo habría procesado de manera distinta.

Una noche, no obstante, mis padres se fueron al cine sin mí. Era una sesión doble: Violenta persecución, de Melvin Van Peebles, y El volar es para los pájaros, de Robert Altman.

Los acompañaron el hermano menor de mi madre, Roger, que acababa de volver de Vietnam y que casualmente salía con mi canguro, Robin, una simpática pelirroja de clase media que vivía a un paso de casa en la misma calle.

La velada no fue precisamente un éxito.

No solo no les gustaron las películas, sino que, además, mi padrastro y mi joven tío se pasaron días despotricando contra ellas. El volar es para los pájaros es una de las peores películas que jamás han llevado el logo de unos estudios, y eso teniendo en cuenta que Altman también hizo para unos estudios Quinteto, que es malísima, aburrida y absurda. Pero El volar es para los pájaros es el equivalente cinematográfico a una cagada de pájaro en la cabeza. Aun así, tiene su gracia imaginar a mis padres, y a mi joven tío, y a mi canguro de diecisiete años, comprando entradas para El volar es para los pájaros con la idea de que iban a ver una película de verdad.

Se quedaron de una pieza (sobre todo mi tío).

En todo caso, la película de Altman era la parte secundaria de la sesión doble. La película que pagaron por ver era Violenta persecución (Sweet Sweetback).

Esta estaba clasificada X («¡por un jurado compuesto íntegramente por blancos!»), y esa fue la razón por la que yo no pude ir. Estoy seguro de que Curt, el tío Roger y Robin no supieron qué pensar del inquietante grito en favor del empoderamiento negro de Van Peebles, como tampoco de El volar es para los pájaros. Pero, si bien no alcanzaron a comprender –estoy seguro de ello– por qué iba alguien a molestarse en hacer una chorrada como la de Altman, debía reconocerse que el filme de Van Peebles era otra cosa.

Una cosa que no entendieron.

Una cosa que los desbordó (lo cual los sacó de quicio).

Una cosa que no era para ellos (después de que la película los rechazara, ellos rechazaron la película), pero era una cosa, a diferencia de El volar es para los pájaros, que no podían negar.

La parte interesante de mi recuerdo es que fueron a verla única y exclusivamente por mi madre. Dudo que alguno de ellos, aparte de mi madre, hubiera oído hablar de Violenta persecución (ella se la dio a conocer). Además, mi madre nunca usaba la versión abreviada del título (Sweet Sweetback en inglés). Siempre se refería a ella por su título soul extenso: Sweet Sweetback’s Baadasssss Song. Y, aunque recuerdo que los dos hombres llegaron a casa quejándose de la película (y así siguieron durante días), mi madre apenas dijo nada. No la defendió, pero tampoco se sumó a la diatriba. Guardó silencio (algo poco habitual en ella) sobre el asunto.

Menos de un año después abandonaría a Curt y saldría solo con hombres negros durante los tres años siguientes.

Durante ese periodo mi madre y yo fuimos menos al cine juntos, porque ella iba más al cine en sus citas. Y en esas citas vio algunos de los primeros filmes del género blaxploitation. Una de esas películas fue Super Fly.

El caso es que yo ya conocía Super Fly porque ella tenía el álbum de la banda sonora, un superéxito, y en el apartamento se ponía continuamente. La película también recibió mucha promoción en el programa Soul Train. Y, en nuestro apartamento, llegado el sábado, nunca nos perdíamos Soul Train. Por esas fechas yo vivía con mi madre en un apartamento bonito y moderno que ella compartía con dos camareras de bares de copas que en esa época eran sus mejores amigas: Jackie (negra) y Lillian (mexicana).

Eran tres mujeres jóvenes, modernas y guapas en los vibrantes años setenta, aficionadas a salir con deportistas. Tres mujeres sexis (por entonces mi madre era una mezcla entre Cher y Barbara Steele), una blanca, una negra, una mexicana, que compartían un apartamento con el hijo de diez años de la blanca: prácticamente éramos una telecomedia.

¿El veredicto de mi madre con respecto a Super Fly? Le pareció una película poco profesional. Pero consideraba que la escena de la bañera entre Ron O’Neal y Sheila Frazier era una de las más eróticas que había visto.

Otra película del género blaxploitation de la que me habló se titulaba Melinda, protagonizada por Calvin Lockhart (también muy promocionada en Soul Train). Yo mismo la vi muchos años más tarde. No está mal (viene a ser una versión blaxploitation de la película de cine negro Laura, con muchos combates de kung-fu al final). A mi madre le encantó. Y le dije que yo también quería verla. Pero en esa ocasión me dijo que no podía. El caso es que eso no lo decía a menudo (las otras dos únicas películas que, según ella, no podía ver eran El exorcista y Carne para Frankenstein). Así que le pregunté por qué. Y si bien Melinda no era una película memorable, nunca he olvidado la respuesta de mi madre a esa pregunta.

–Verás, Quentin, es muy violenta. No es que eso lo rechace forzosamente. Pero no entenderías el argumento. Y, sin entender el contexto en el que se desarrolla la violencia, estarías viendo la violencia por la violencia. Y eso no es lo que quiero –dijo.

Teniendo en cuenta que esa sería una conversación que yo mantendría durante el resto de mi vida, nunca he oído a nadie expresar mejor la idea. Ahora bien, tampoco puede decirse que entendiera las confusas intrigas de la trama de The French Connection, más allá del hecho de que la poli iba detrás del francés de la barba. Pero supongo que, en lo que a mi madre se refería, bastaba con eso.

Durante esa época mi madre salía con un futbolista profesional llamado Reggie. Este, en un esfuerzo por anotarse un tanto con ella, se ofreció a pasar algún rato conmigo.

Como jugador de fútbol que era, preguntó a mi madre:

–¿Le gusta el fútbol?

–No, le gusta el cine –contestó ella.

En fin, quiso la suerte que a Reggie también le gustara el cine. Y, al parecer, veía todas las pelis de blaxploitation que salían. Así que un sábado a media tarde Reggie (a quien no conocía) se pasó por el apartamento, me recogió y me llevó al cine. Fuimos a una parte de la ciudad donde yo nunca había estado. Había visitado las zonas de grandes cines de Hollywood y Westwood; pero aquel era un sitio distinto. En aquella avenida había cines enormes en ambas aceras y se sucedían a lo largo de unas ocho manzanas. (Ya de mayor, caí en la cuenta de que Reggie me llevó a la zona de cines del centro de Los Ángeles, situada en Broadway Boulevard, que incluía, entre otros, el Orpheum, el State, el Los Angeles, el Million Dollar Theatre y el Tower). No solo eran grandes los cines, con amplias marquesinas delante, sino que también eran gigantescos (de siete metros de alto, o eso me pareció a mí) los carteles de las películas que había encima de las marquesinas. Y, a excepción del clásico de las artes marciales De profesión: invencible y (curiosamente) My Fair Lady, todas eran películas del género blaxploitation. Películas que yo nunca había visto, pero conocía por los anuncios que veía en televisión (especialmente en Soul Train) u oía por la radio en 1580 KDay –la emisora de música soul de Los Ángeles–, o por la fascinante publicidad presentada en forma de cómic que leía en la sección «Agenda» del Los Angeles Times.

El sol empezaba a ponerse y se encendía ya el neón de las marquesinas de vistosos colores con su característico zumbido. Mi nuevo amigo me dijo que podía elegir la película que más me apeteciera ver (excepto My Fair Lady). La noche de aquel sábado pasaban en aquella calle Hit Man, con Bernie Casey (un remake con actores negros de la película británica Asesino implacable), y Goldy el Chulo, que pronto se convertiría en un clásico, protagonizada por Max Julien y Richard Pryor.

–¿Qué tal Goldy el Chulo? –pregunté.

–Bueno, Goldy el Chulo ya la he visto –me informó.

–¿Es buena?

–¡Es sensacional! –contestó–. Y, si de verdad es esa la que quieres ver, yo puedo ver Goldy el Chulo otra vez, pero sigamos para ver qué más hay.

También pasaban Super Fly, Su majestad, el Hampa, Cool Breeze (un remake con actores negros de La jungla de asfalto) y Come Back Charleston Blue (secuela de Algodón en Harlem), y él ya las había visto todas. Pero la nueva película en Broadway, recién estrenada el miércoles anterior, era Pólvora negra, el último filme de Jim Brown, la superestrella del blaxploitation. Yo esa semana había visto mucho los anuncios en televisión, y parecía muy interesante. Incluso recuerdo los anuncios de radio, que proclamaban: «Jim Brown va a pillar al cabrón que mató a su hermano».

El caso es que Pólvora negra era la película que Reggie quería ver a toda costa. Para empezar, como el buen entendido que aparentemente era, había visto todas las demás. Por otra parte, se veía a la legua que Jim Brown le molaba.

Le pregunté quiénes eran sus actores preferidos. Dijo: Jim Brown, Max Julien, Richard Roundtree, Charles Bronson y Lee Van Cleef.

Me preguntó quién era mi actor preferido.

–Robert Preston –dije.

–¿Quién es Robert Preston?

–¡El de Vivir de ilusión!

(Por entonces yo era una gran fan de Vivir de ilusión).

Como era sábado por la noche y ponían la ultimísima película de Jim Brown, la enorme sala (tendría un aforo de unas mil cuatrocientas butacas) no estaba exactamente abarrotada, pero desde luego sí muy concurrida, y se palpaba la expectación.

Mi cara pequeña era la única blanca entre el público.

Esa iba a ser mi primera película en una sala con un público totalmente negro (excepto yo) en un barrio negro. Corría el año 1972. Hacia 1976 me aventuraría a ir solo a un cine en el que casi todo el público era negro, el Carson Twin Cinema (en Carson, California), donde me puse al día de todos los clásicos del blaxploitation y el kung-fu que me había perdido en la primera mitad de la década (Coffy, Goldy el Chulo, Foxy Brown, J. D.’s Revenge, Cooley High, Sin testigos, Doctor Black, monstruo asesino, De profesión: invencible, Hapkido, Furia oriental), además de todas las otras películas del blaxplotaition que salieron en esa época. Y, a principios de los ochenta, volví casualmente a esos cines de Broadway. Pero por esas fechas el barrio era mucho más mexicano que negro, y en general las cintas de 35 mm que exhibían contenían subtítulos en español.

Además, ya avanzados los setenta, pasaba muchos fines de semana en casa de Jackie (¿os acordáis de la antigua compañera de apartamento de mi madre?), que vivía en Compton. Para entonces, Jackie era como mi segunda madre, su hija Nikki (que era cuatro años mayor que yo) era como una hermana para mí, y el hermano de Jackie, Don (lo llamábamos «Gran D»), era como mi tío.

Y Nikki y sus amigas me llevaban al cine en Compton, donde vi Mahogany, piel de caoba, Dos tramposos con suerte, De profesión: estafadores Adiós, amigo (no solo veíamos películas de negros; también vimos Aeropuerto 1975 y Juego peligroso). Además, Nikki y una de sus amigas me llevaron (cuando yo tenía catorce años) al Pussycat Theatre, en Hollywood Boulevard, a ver mis primeras películas porno: Garganta profunda y El diablo en la señorita Jones, la clásica doble sesión que se pasó en esa sala durante ocho años(No entendimos a qué venía tanto revuelo con Garganta profunda. Pero El diablo en la señorita Jones nos pareció una película bastante buena).

¿Cómo conseguí entrar a los catorce años?

Primero, era un chico tirando a alto. Solo me habría delatado la voz de pito. Así que sencillamente dejé hablar a Nikki.

Segundo, el cine abría toda la noche. Así que nos presentamos a las dos de la madrugada. Dudo que en el Pussycat Theatre se negara jamás la entrada a una mujer que se acercase a la taquilla a las dos de la madrugada.

Más adelante, ya a los dieciséis, conseguí trabajo de acomodador en el Pussycat Theatre de Torrance.

Pero volvamos a mí, Reggie y Jim Brown.

En el Tower Theatre ponían Pólvora negra en sesión doble con otra película, un drama social un tanto amateur sobre la situación de los negros titulado The Bus Is Coming.

Entramos en la sala cuando aún faltaban unos tres cuartos de hora para que terminase The Bus Is Coming. Como ya he dejado claro, en tanto que niño que veía películas estimulantes en compañía de espectadores adultos, yo era una persona bastante sofisticada. Había visto a muchos públicos adultos distintos reaccionar ante muchos tipos de película diferentes. E incluso había presenciado situaciones en que el público se mostraba contrario a una película y abucheaba contra la pantalla (eso ocurrió con un filme de Crown International titulado Los jóvenes graduados). Pero no conocía nada parecido a la reacción de aquel público ante The Bus Is Coming.

Joder, qué hostilidad la suya.

Y empezaron a proferir obscenidades sin parar contra la pantalla durante los tres cuartos de hora restantes de la película. La primera vez que oí la expresión «¡chúpamela!» fue cuando un espectador se la gritó a un personaje que salía en la pantalla. Como nunca antes me había encontrado con nada parecido, al principio no supe cómo tomármelo. Pero sus insultos a los personajes eran cada vez más subidos de tono, y, conforme avanzaba la cinta, más profundo era en apariencia el desprecio del público y más cómicos los insultos. Hasta que se me escapó la risa. Y al poco rato me reía ya sin control. Estoy seguro de que mi reacción y mi risa desinhibida y aguda de niño de nueve años debió de hacerle tanta gracia al futbolista que me acompañaba como me la hacía a mí el público.

–¿Te lo estás pasando bien, Q? –preguntó.

–¡Esta gente es de lo más chistosa! –dije, y no me refería a la película.

Me sonrió y me dio una palmada en el hombro con su mano enorme.

–Eres un niño enrollado, Q.

Y, a partir de ahí, envalentonado, decidí sumarme al alboroto y grité contra la pantalla. Al instante miré de reojo a Reggie para ver si ponía algún reparo. Pero Reggie, viendo que yo me sentía lo bastante a gusto como para participar, se limitó a reírse. Así que participé. Hasta el punto de que proferí en dirección a la pantalla mi nueva expresión preferida: «¡chúpamela!».

Y, ante esa salida, Reggie y otros adultos sentados cerca empezaron a troncharse de risa.

¡Qué noche aquella! ¡No veáis!

Pero la velada no había hecho más que comenzar.

Lo último que recuerdo sobre The Bus Is Coming es la escena final, cuando aparece el autobús y el niño negro de doce años que lleva toda la película esperándolo (el autobús debía de ser una metáfora, creo) empieza a gritar una y otra vez la frase que da título al filme («The bus is coming» [«Viene el autobús»]). Momento en el cual un espectador contestó a voz en cuello: «¡Vale, pues móntate, y anda y que te jodan!».

Cuando se encendieron las luces en la enorme sala, tuve que enjugarme las lágrimas porque lloraba de risa. Comenzaba a entender que, para ganarse a mi madre, Reggie intentaba congraciarse conmigo. Le pregunté, pues, si podía comprar una Coca-Cola y unos caramelos en el bar. Pero, en lugar de llevarme al puesto, sacó la cartera, extrajo un billete de veinte dólares y dijo: «Cómprate lo que quieras».

Por mí, mi madre bien podía casarse con aquel tío.

El caso es que, en un cine descomunal prácticamente del tamaño del Metropolitan Opera House, me encaminé hacia el bar. Después, cargado de chuches por valor de diez dólares, regresé a mi asiento cuando las luces ya se atenuaban. Enseguida, en aquella noche de sábado en el centro, empezó a parpadear a través de la ventana del proyector Pólvora negra, la última película de Jim Brown, para un público sumamente entusiasta formado por unos ochocientos cincuenta negros, ochocientos de los cuales eran hombres.

Y, para ser sincero, ya nunca he vuelto a ser el mismo desde entonces.

A partir de ese momento, en mayor o menor medida, me he pasado la vida entera yendo a ver películas y haciéndolas, en un esfuerzo por recrear la experiencia de ver una película de Jim Brown recién estrenada, un sábado por la noche, en un cine con público negro en 1972. Lo más cercano a esa experiencia que había vivido antes fue el año anterior, cuando vi mi primer James Bond, Diamantes para la eternidad, mientras el público, con una actitud cómplice, respondía a cada comentario jocoso de Sean Connery. Y quizá debería añadir las reacciones del público ante Clint East­wood en Harry el Sucio.

Aun así… no había punto de comparación.

Cuando Jim Brown está sentado detrás de su escritorio, y Bruce Glover (el padre de Crispin) y el otro esbirro blanco lo amenazan, y Gunn pulsa un botón bajo el escritorio y cae en su regazo una escopeta de cañones recortados…, los espectadores negros que llenaban la sala prorrumpieron en vítores de un modo que el niño de nueve años que yo era nunca había visto en un cine. En aquel entonces –viviendo con una madre soltera– fue posiblemente la experiencia más masculina de la que había formado parte jamás.

Y cuando la película terminó con un fotograma congelado de Jim Brown en el papel de Gunn, el tío sentado detrás de Reggie y de mí declaró en voz alta: «Esto sí es una peli sobre un cabronazo de lo más malo».[3]

Por desgracia, después de esa noche, nunca volví a ver a Reggie. Y hoy por hoy sigo sin saber qué ha sido de él. De vez en cuando preguntaba a mi madre:

–¿Qué fue de Reggie?

Ella se encogía de hombros y decía:

–Ah, por ahí anda.

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