Laura Restrepo

LAURA RESTREPO: SOY LA DAGA ES UNA NOVELA DE AMOR EN TIEMPOS DE GENOCIDIO

Laura Restrepo habla con serenidad, pero su voz no elude la rabia ni la compasión. Soy la daga, soy la herida confirma que su literatura sigue siendo una forma de resistencia. En un mundo que naturaliza el horror, ella insiste en escribir desde el amor y la lucidez, recordándonos que la palabra, incluso herida, puede seguir siendo un arma ética.

Ciudad de México, 8 de octubre (MaremotoM).- Regresó a Colombia después de veinte años y lo hizo con una novela que refleja, con humor feroz y lucidez política, el espanto de los tiempos actuales. En Soy la daga, soy la herida (Alfaguara, 2025), Laura Restrepo retoma su voz más combativa para adentrarse en un territorio nuevo: el del brutal noir, un género inventado por ella misma que combina la tragedia, la sátira y el mito.

Misericordia Dagger es un verdugo metódico que trabaja bajo las órdenes de un dios cruel llamado Abismo, pero su fe ciega se tambalea cuando se enamora de la nieta de su próxima víctima. En ese punto, la obediencia se convierte en disidencia y el amor en la forma más radical de resistencia.

Restrepo, autora de Delirio, Hot Sur y Los divinos, ha construido a lo largo de su obra una poética que oscila entre la historia y la fábula política. Esta vez, su narrativa alcanza un tono profético: la del amor enfrentado al horror, la de un mundo donde los verdugos reflexionan y los poderosos pierden toda forma de compasión.

Laura Restrepo
Editó Alfaguara. Foto: Cortesía

“Es una novela del amor en tiempos de genocidio”, dirá más adelante la autora. La frase condensa no solo el corazón de Soy la daga, soy la herida, sino también su ética de escritura: una literatura que no huye del espanto, sino que lo interroga.

–¿Cómo estás, Laura?

– Bien, de regreso a la patria después de veinte años de vivir fuera. Contentos de estar aquí en América Latina otra vez.

–Leyendo la novela, tú dices que es un brutal noir. Me parece que estás cada vez más osada, que tu literatura es fruto de una disposición inevitable y sin concesiones. ¿Lo ves así?

–Me gustaría que así fuera, Mónica. Me gustaría ser fiel a mi época y fiel a lo que considero una visión humanista. Aunque sea ficción, comprometida con el humanismo, con la ecología, contra el genocidio, por la defensa de la vida humana, por la defensa de un espacio para el amor. Sí, es una decisión muy consciente. Quisiera que fuera una literatura que se inscribiera dentro de una narrativa de defensa de la vida, de la dignidad, de los pueblos pobres, de la gente marginada.

–La novela me pareció muy fuerte. Misericordia Dagger destroza cuerpos, pero también se deja interpelar por su propio horror.

–Me alegra mucho que lo veas así. Pensaba decirte que me gustaría que esta novela fuera una novela del amor en tiempos de genocidio, porque de todas maneras es una historia de amor, en la medida en que el amor puede sobrevivir a una negación tan brutal del amor como es un genocidio.

Laura Restrepo
Estamos, como dijo Charles Dickens, en el mejor y en el peor de los tiempos. Foto: Cortesía

–Vivimos tiempos de negación. Hay gobernantes que niegan el cambio climático o el exterminio.

–Sí. Me impresiona esa desmemoria. Fíjate que estamos, como dijo Charles Dickens, en el mejor y en el peor de los tiempos y creo que también estamos en una era de conciencia global. En la vida tuya y mía nunca habíamos visto una humanidad tan conscientemente anticolonialista, antisupremacista, antiimperialista. Son millones las personas que han salido a la calle. La movilización alrededor de Gaza ha sido como una epifanía. Aunque los gobiernos poderosos apoyen el genocidio, la gente en buena medida está en contra. Es tranquilizador pensar que aún se puede hacer parte de una narrativa distinta, una narrativa de lucidez y defensa de la vida.

–Tu novela se inscribe en ese espíritu: denuncia y lucidez, pero también es una obra sobre el poder.

–Saramago decía: “El poder pervierte y el poder absoluto pervierte absolutamente”. Agregaba: “No hace falta que sea absoluto para pervertir absolutamente”. Yo prefiero pensarlo como pueblos contra el poder. Hay pueblos perdidos en esta dinámica del genocidio que lo justifican incluso, pero eso se explica por la intimidación y la manipulación. El miedo se ha vuelto un sistema de control.

–Misericordia Dagger, el personaje, dice que inaugura un nuevo género: el brutal noir.

–Sí, él pretende que su vida y su narración conformen un nuevo género literario. Dice que si a la novela de crimen se la llama novela negra o noir, la novela sobre genocidios debe llamarse brutal noir. Sienta sus propias reglas: humor y horror tienen que ir de la mano. El humor como una de las pocas armas que tenemos contra el horror y contra el poder que lo ejerce. Me gustaba ese juego de literatura dentro de la literatura: cómo enfrentarse al horror con otra narrativa que no parta de la razón, sino del sueño, del subconsciente, de la imaginación, de la mitología.

–Decía Hannah Arendt que el mal es banal, pero hoy parece más desafiante, más sistemático, que ve hasta donde el hombre es más impiadoso

–Prefiero pensarlo como una dinámica del poder y de la riqueza. No cabe el discurso del amor en el capitalismo. No cabe.

–La novela también tiene una dimensión teatral. ¿Piensas que podría adaptarse al teatro?

–Interesante. Mira que me hace pensar en El adversario, de Carrère. Cuando los niveles de maldad rebasan todo límite, ya ni siquiera hay lenguaje para nombrarlo. En ese sentido, la figura del diablo vuelve a tener sentido: la maldad absoluta, banal, cotidiana.

–¿Qué te pasa a ti como escritora al seguir escribiendo con esta intensidad, con esta conciencia?

Creo que tanto tú como yo tenemos la convicción de que hasta el último aliento ahí estaremos. Es un riesgo, claro. A los grandes como Saramago o Gabo les pasó: en sus últimas novelas no tenían la misma vitalidad, pero seguían fieles a lo que creían. Álvaro Mutis lo decía muy bien: que te coja la muerte con los sueños intactos.

–Esta novela me pareció muy riesgosa y muy joven.

–Fue escrita en medio de un remesón brutal. Intenté entrar a Gaza en noviembre, un mes después de que empezó el genocidio. No pude, pero desde entonces estoy ahí, pendiente, escribiendo crónicas, artículos, reportajes. La pregunta era: ¿se puede hacer algo desde la ficción para cambiar la narrativa oficial? Esa fue la apuesta.

–Para muchos, Gustavo Petro, el presidente de Colombia, representa esa narrativa distinta, ese símbolo de resistencia.

A mí me gusta Petro. Por audaz, por visionario, por valiente. A veces se le va la mano, pero normalmente tiene razón. Puede que sea irrealizable lo que plantea, pero es un revolucionario. Lo que más me gusta es su desfachatez y su valentía. Claro, hay una prensa feroz en su contra. Es la primera vez que Colombia tiene un presidente de otra clase social.

–La novela está llena de símbolos. ¿Te gustaría que Misericordia Dagger se convirtiera en uno de ellos?

–Sí, me gustaría. Así como hay mitos que ayudan a comprender el horror —la flotilla Sumud, por ejemplo—, también la literatura puede acuñar sus propios mitos. Quisiera que Misericordia Dagger y su mundo brutal pudieran servir para hablar de esta era feroz.

Laura Restrepo habla con serenidad, pero su voz no elude la rabia ni la compasión. Soy la daga, soy la herida confirma que su literatura sigue siendo una forma de resistencia. En un mundo que naturaliza el horror, ella insiste en escribir desde el amor y la lucidez, recordándonos que la palabra, incluso herida, puede seguir siendo un arma ética.

Comments are closed.