Cada elección, en ese sentido, es una nueva versión del viaje del héroe. Cada país, una narración que intenta reconocerse en sus propios personajes. Las urnas son el umbral donde el mito colectivo se reinventa, donde el ciudadano, al marcar una línea sobre el papel, pareciera contar —una vez más— la historia de sí mismo.
Ciudad de México, 12 de noviembre (MaremotoM).- Todo relato, incluso el histórico, es una forma de ficción, decía Hayden White. Toda discusión política funciona como un relato, una narración que se (re)inventa en cada prueba de fuego llamada elección. Por eso puede decirse que cada votación es, en el fondo, una competencia de ficciones que luchan por el poder: un mundo de mundos posibles que se disputan un verdadero tesoro en estos tiempos: la verosimilitud.
Por difícil que sea, no pretendo tomar partido en este momento —la neutralidad, aunque imperfecta, será aquí una ética de la creación—; más bien quiero leer este escenario electoral chileno como si fuera una novela coral y además escrita entre varias manos.
Siguiendo con el filósofo Hayden White, las ideologías no serían más que géneros narrativos disfrazados, por ejemplo, de un determinado programa político. Si sumamos a esta conversación al escritor argentino Juan José Saer, entendemos que la ficción puede ser el modo más profundo de explorar el espíritu humano. Por su parte, el experto en medios de comunicación Henry Jenkins nos diría que los discursos políticos funcionan como universos ficcionales transmediales, donde cada candidato expande una narrativa que otros continúan, contradicen o adaptan.
En esta historia colectiva —una suerte de gran ficción nacional— los candidatos a la presidencia de Chile son personajes que encarnan arquetipos narrativos: potenciales heroínas, antihéroes, trágicos o cómicos, protagonistas y secundarios que coexisten en el mismo universo narrativo llamado República. Comencemos.
La candidata Jeanette Jara encarnaría la figura de la heroína obstinada, propia del realismo latinoamericano; esa personaje que podría haber filmado el cineasta Patricio Guzmán o escrito María Luisa Bombal: alguien que avanza entre ruinas, sin prometer el paraíso, pero defendiendo la dignidad de lo cotidiano. Su épica es silenciosa, hecha de coherencia más que de triunfo. En su relato, la resistencia es el único final posible.
Evelyn Matthei, en cambio, parece salida de Shakespeare: una Lady Macbeth que aprendió a convivir con el peso del poder sin dejar que la ambición la devore completamente. Su gesto recuerda a los personajes de Bergman, por aquella lucidez que se transforma poco a poco en soledad: la certeza de que gobernar es también administrar sombras. Su universo ficcional es clásico, jerárquico, pero también trágicamente humano.

José Antonio Kast pertenece al linaje de los antagonistas convencidos a ultranza de su heroísmo. Sin duda, su narrativa es medieval, porque el bien y el mal están claramente trazados y él cabalga, como un cruzado contemporáneo, hacia la restauración de un orden perdido. En su ficción, el Estado es un castillo sitiado y la moral, un estandarte. Hayden White diría que su relato adopta la forma del romance: el héroe que lucha contra el caos del mundo moderno y, como todo cruzado, su fuerza radica tanto en la convicción como en la ceguera que ella impone.
Johannes Kaiser, por su parte, parece haber escapado de una novela de Ayn Rand o de un filme de Kubrick. Estamos frente a un personaje que se enfrenta al mundo con la fría pureza de su razón, sin reparar en las emociones que quedan fuera del marco. Su visión libertaria es una distopía a veces burda, en otras brutal, donde el individuo es el único protagonista legítimo y la solidaridad, una anomalía narrativa. En su universo, el héroe no salva al pueblo: se salva de él.
Eduardo Artés representa la persistencia del mito revolucionario. Su relato está escrito con la tinta de Los Miserables, pero sin la redención final. Es el residuo heroico de una epopeya inconclusa, el testigo de un siglo que prometió justicia y terminó administrando desencantos. Su tono recuerda a los planos largos del cine soviético (Tarkovsky) o a los discursos perdidos de un agitador que sabe que el tiempo lo ha dejado atrás, pero que no por eso renuncia a la esperanza. En tiempos de ironía, su fe tiene algo de anacrónica y, por eso mismo, de poética.
Franco Parisi, en cambio, es el personaje posmoderno por excelencia: un Truman que ha aprendido a habitar su propio show. Su narrativa se despliega en la pantalla; es el más transmedia en el sentido literal de Jenkins. No necesita presencia física porque su poder reside en la ilusión de la cercanía virtual: es un héroe de la era del algoritmo, multiplicado en pantallas y emojis. Si Fellini viviera, lo habría filmado en un carnaval digital donde el espectáculo suplanta la sustancia.
Harold Mayne-Nicholls introduce otra figura: la del gestor épico. Su relato pertenece al cine dirigido por Eastwood o Iñárritu, es decir, del hombre que cree que la ética del trabajo puede reparar el tejido social. Su universo es el del mérito, la disciplina, la comunidad. Su épica no promete redención colectiva, sino un orden moral en el que la palabra vale más que el eslogan, aunque pierda.
Marco Enríquez-Ominami, por último, es nuestro Ulises condenado a la repetición. A esta altura, cada elección es su regreso a Ítaca, aunque nadie lo espere ya en el puerto. Su personaje también pertenece al realismo mágico, pues es el candidato que muere y resucita con cada ciclo electoral. Es el protagonista de su propia saga, mezcla de Sísifo y Don Quijote, impulsado no por la victoria sino por la persistencia del relato. En él, la política se vuelve literatura: una voluntad de empezar de nuevo un guion, incluso sabiendo que la última toma será la misma.
En el fondo, estas elecciones, como muchas otras, más que una batalla de programas, son luchas de relatos, porque cada candidato propone una versión del país como quien ofrece un género inventado por sí mismo: la epopeya, la tragedia, la comedia, la fábula tecnológica o el drama existencial de un Chile que no deja de ser material literario. Porque, como advertía Joseph Campbell, todo mito (político) se alimenta de un arquetipo profundo: el héroe que sale de su aldea, enfrenta pruebas y regresa transformado. Cada elección, en ese sentido, es una nueva versión del viaje del héroe. Cada país, una narración que intenta reconocerse en sus propios personajes. Las urnas son el umbral donde el mito colectivo se reinventa, donde el ciudadano, al marcar una línea sobre el papel, pareciera contar —una vez más— la historia de sí mismo.












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