Ciudad de México, 13 de noviembre (MaremotoM).- En una sala madrileña llena, Javier Bardem mira al público, presenta a Cherien Dabis y enseguida cede el foco. La actriz, guionista y directora palestina-estadounidense, responsable de Todo lo que fuimos, habla con una mezcla de calma y temblor. Lo que está contando no es solo cine: es la historia de su padre, de su familia, de un pueblo entero.
La película, que Bardem y el también actor Mark Rufalo producen y Dabis escribe, dirige y protagoniza, recorre la historia de Palestina desde 1948 hasta hoy a través de tres generaciones de hombres y una mujer que intenta sostenerlos. No es un manifiesto político, aunque todo en ella es político. Es, sobre todo, una historia íntima del trauma y la resistencia.
“Mi padre es palestino de Cisjordania”, cuenta Dabis. “Fue exiliado en 1967, automáticamente se convirtió en refugiado. Le tomó años conseguir otra ciudadanía para poder volver solo de visita a su casa, al único hogar que había conocido”. Ella creció en la diáspora, viendo de cerca cómo ese exilio minaba la salud de su padre, cómo el estrés crónico le provocaba infartos en la cincuentena. “La película nace de observar cómo la situación lo fue cambiando con el tiempo, de preguntarme qué hace ese dolor con una persona”.
Desde niña, Dabis sintió que la historia palestina que la había marcado no aparecía en ninguna parte. Las noticias en Estados Unidos reducían a los palestinos a masas sin rostro, a “jóvenes que tiran piedras” o a “terroristas”, nunca a familias atravesadas por la humillación cotidiana. “Me preguntaba por qué nadie sabía quién era ese chico que se planta frente a un tanque. Qué le lleva a estar ahí”, recuerda.
De esa pregunta nace la decisión más radical de Todo lo que fuimos: contar la gran tragedia política desde el interior de una familia. “Quería mostrar cómo la vida de una familia se ve moldeada por eventos que se les imponen. Los palestinos nunca pedimos nada de esto, pero lo sufrimos en cada detalle de la vida diaria”. Por eso el filme vuelve a 1948, al año de la Nakba, la expulsión masiva que marcó a varias generaciones. “No se puede contar la historia palestina sin empezar, al menos, en 1948. Algunos dirían que habría que ir más atrás, pero ese es el trauma colectivo”.
La estructura es ambiciosa: un arco que va desde la Nakba hasta el presente, siguiendo a un abuelo, un padre, un hijo y a la mujer que intenta mantenerlos unidos. Bardem confiesa que, al leer el proyecto, pensó que un filme que abarcara de 1948 a la actualidad estaba condenado a convertirse en un tratado, una lección, una pieza “importante” pero pesada. Lo que encontraron, en cambio, fue una historia profundamente humana, donde la política es el fondo pero nunca tapa a los personajes.
Dabis lo explica así: “Crecí observando a mi padre, las distintas reacciones de mi familia a lo que pasaba en Palestina, mi propia identidad formándose en oposición a la suya. Yo no quería responder como él, necesitaba encontrar otra manera. Esa distancia es lo que me permitió escribir la película. Es muy personal, pero a la vez tengo el privilegio de estar fuera, y con ese privilegio sentí la responsabilidad de contar una historia que no se está contando”.
La directora empezó a pensar el guion en 2014. Se tomó cinco años antes de escribir la primera línea: leer, investigar, soñar la historia, decidir cómo abordar varias décadas de trauma. Sabía que sería una narrativa multigeneracional. Le faltaba el final. La respuesta llegó desde una noticia de 2005 que la había perseguido durante años: un niño palestino de 12 años, asesinado de un disparo en la cabeza por soldados israelíes al confundir su pistola de juguete con un arma real; su padre decidió donar sus órganos. “Nunca olvidé esa historia. El dilema moral es brutal. Cuando me senté a escribir entendí que ese gesto podía estar en el corazón del filme”, cuenta.

En la película, ese transplante provoca el encuentro entre la familia palestina y un hombre israelí. No hay panfleto, hay confrontación humana. “Para que existas, mi hijo tiene que morir. Para que tengas corazón, mis hijos tienen que morir. Para que tu país crezca, el mío tiene que desaparecer”, resume Dabis. “Te estoy dando existencia y tú me niegas incluso el derecho a expresar mi dolor”. Eso quería filmar: la violencia de la negación, pero también la posibilidad de que una historia, un cuerpo compartido, abran grietas en el relato único.
Bardem insiste en algo que le impresionó desde el principio: la manera en que la película retrata a los hombres palestinos desde la mirada de una mujer. “Es la historia de padres, abuelos e hijos contada por una mujer, y eso permite ver su fragilidad, su quebranto”, dice. Dabis asiente. “Durante años, en el discurso occidental se ha aceptado que las mujeres y los niños palestinos merecen cierta empatía, pero al hombre se le reduce a terrorista. Parece que no podemos defender a un hombre palestino. Con esta película quería honrarlos, mostrar cómo los brutaliza la ocupación, las distintas formas de masculinidad, las diferentes respuestas a la violencia”.

El contraste es claro: a lo largo del filme, los hombres se rompen; es la mujer quien debe entrar en su poder para tratar de curar a la familia. «Quería explorar ese equilibrio entre lo masculino y lo femenino», explica. A la pregunta de una mujer palestina de la diáspora que celebra la existencia de la película –“no somos números”, repite desde el público–, Dabis responde que esa ha sido su intención desde el inicio: «Ayudar a cambiar la narrativa, mostrar que tuvimos un pasado hermoso, que nos enamoramos, que reímos, que tenemos una historia antes de los muros y las bombas».
La propia realización de Todo lo que fuimos estuvo atravesada por la violencia actual. El rodaje se preparó en Cisjordania en 2023: el equipo palestino construyó una recreación de un campo de refugiados, se levantaron decorados de distintas épocas, se localizó un viejo autobús que había transportado familias durante la Nakba. “La emoción era enorme. La gente estaba feliz de que se hiciera una gran película histórica palestina”, recuerda la directora.
El 6 de octubre el equipo hizo la última visita técnica a las locaciones en Tel Aviv-Yafa. El 7 de octubre despertaron en Ramala con la noticia de una nueva escalada y el cierre de ciudades y checkpoints. A dos semanas de empezar a filmar, Dabis tuvo que evacuar a su equipo extranjero primero a Chipre y después a Jordania. «Todo el dinero invertido en Palestina se perdió. Tuvimos que rearmar el 90% de la película», cuenta. Finalmente rodaron en dos campos de refugiados al norte de Jordania, uno de 1948 y otro de refugiados de Gaza de 1967, y completaron escenas en Grecia y con tomas hechas por un director de fotografía palestino en territorio ocupado.
“Estábamos haciendo una película sobre limpieza étnica mientras veíamos un genocidio en tiempo real”, dice. “De repente, la línea entre vida y arte desapareció. Lo que se ve en cámara es dolor real. No estábamos actuando el sufrimiento, lo estábamos canalizando”.
Queda un espectador esencial: el padre de la directora. Tiene más de ochenta años y aún no ha visto la película. Dabis confiesa que le da miedo mostrarle un relato que condensa toda una vida de heridas. “Quiero que la vea en una sala, con público, que sienta el abrazo y la solidaridad que he encontrado en las proyecciones. No quiero que la vea solo”. Cuando ese día llegue, imagina a sus cuatro hermanas rodeándolo. “Como la mayoría de las familias palestinas, estamos dispersos por el mundo. La película también es un intento de reunirnos”.
Todo lo que fuimos ya tiene distribución en España, Italia, Alemania, Francia y Reino Unido. Estados Unidos, en cambio, rechazó el filme sistemáticamente: “Varios distribuidores me dijeron que temían el tema”, revela la directora. Bardem interviene: si se dijera eso de cualquier otra comunidad, lo llamaríamos por su nombre: racismo.
A pesar de los obstáculos, la película empieza a hacer lo que se propuso: mover miradas. “He tenido espectadores, sobre todo estadounidenses, que se me acercan llorando y me dicen: “Voy a replantearme todo lo que me enseñaron””, cuenta Dabis. “Como artista, no podía pedir más. De niña solo quería cambiar un poco la perspectiva de la gente sobre nuestra experiencia. Si la película consigue eso, aunque sea en algunos, ya valió la pena”.
En Madrid, al final de la charla, una mujer se levanta y agradece entre lágrimas: «Hemos esperado muchos años para ver una película que cuente nuestro lado». Dabis escucha, también con los ojos húmedos. Quizá ese sea el verdadero corazón trasplantado de Todo lo que fuimos: una historia que viaja de cuerpo en cuerpo para recordarnos que detrás de cada cifra hay un padre, una madre, una hija, una familia que insiste en existir.











