María del Mar Ramón

LA MEMORIA NO OBEDECE: MARÍA DEL MAR RAMÓN Y LA VIDA NARRADA DESDE EL SILENCIO

La memoria es un animal esquivo explora la fragilidad del recuerdo y los vínculos que lo sostienen. María del Mar Ramón habla sobre hermanos que se aman y se hieren, sobre duelos que llegan tarde y sobre una escritura que se vuelve territorio para lo no dicho. Su novela encarna la pregunta por la voz, el origen, el silencio y la identidad que vuelve aun cuando queremos huir de ella.

Ciudad de México, 2025 (MaremotoM).—María del Mar Ramón sostiene la mirada mientras habla de memoria como quien roza una fibra expuesta. Su novela La memoria es un animal esquivo no se acomoda en definiciones simples. Tampoco en ensayos que clausuran. Ella quería la porosidad del recuerdo, su inexactitud, su ruido. Una historia narrada por un hombre que ya envejece, que intenta reconstruir su vida como quien junta astillas sabiendo que le faltarán piezas. Una vida marcada por hermanos que han amado, odiado, perdido. Una vida que se rompe en silencio.

“No se concibió como ensayo en ningún momento”, dice Ramón. “Desde el principio fue una novela. Me interesaba narrar lo no dicho, el silencio y esa falta de veracidad de la memoria propia”. No bastaba con pensar la historia. Había que dejarla hablar. Por eso eligió la primera persona. Por eso necesitaba un narrador que despertara dudas, sospechas, grietas. “Cuando entendí que la novela redundaría sobre el conflicto entre hermanos, supe que la voz tenía que ser poco confiable. La memoria nunca lo es”.

María del Mar Ramón
Volver a salir volver a juntarnos, volver a pensar en el ocio, en la poesía en la belleza, en las cosas que no producen en todo lo que sea comunidad juntarse… Foto: MM

Habla de Caín y Abel. Habla de la herida primitiva del vínculo fraterno. “Quería preguntarme por qué dos hermanos dejarían de hablarse”, dice. Él —nuestro narrador— regresa por la muerte de uno de ellos. Regresa para encontrarse con la versión del pasado que no coincide con la suya. Cada recuerdo se presenta como un campo de batalla. Nadie recuerda igual. Nadie recuerda limpio. “Nada me lleva a los niveles de ira o felicidad como mis hermanos. Es algo muy primitivo”. Quería explorar esa fuerza. Quería que la novela cargara una vida entera. Setenta años. Idas y vueltas. Puentes quemados. Regresos tardíos.

La memoria no es espejo. Es animal. Muerde lo que quiere conservar y deja lo demás bajo la tierra. María del Mar Ramón lo sabe. “La escritura es pulsión vital. Una forma de estar viva y de pensar el mundo”, dice. Hay algo misterioso en ese flujo donde las frases se alinean sin explicación lógica. Algo que no puede imitarse ni programarse. “Nadie escribe como habla. Nadie piensa como escribe. Hay una alquimia que sucede ahí”. Ella defiende el error como forma de estilo. La rugosidad. Lo no perfecto. Lo que respira.

Le pregunto por su relación con los lugares. Colombia le vuelve aunque viva en Buenos Aires. Lo hace sin pedir permiso. “Cuando me siento a escribir, Colombia aparece”, confiesa. Al principio se resistía. Quiso ubicar La manada en un no-lugar norteamericano que no conocía. Bogotá se impuso. Luego Cúcuta en esta novela. “Ya no peleo con eso. Lo acepto como parte de mi identidad”.

Argentina la acompaña en la voz cotidiana, en la radio, en el acento que adopta y abandona según la tierra que pisa. Colombia regresa cuando escribe. Incluso si Bogotá le disgusta. Incluso si nunca volvería a vivir ahí. Escritura como retorno involuntario. Raíz que se rehúsa a desaparecer.

María del Mar Ramón
Editó Hachette. Foto: Cortesía

En La memoria es un animal esquivo no hay mujeres que contengan. Hay hombres que callan. Hombres que se heredan silencios como si fueran un apellido. “Quería narrar el silencio como mito de origen de esa familia”, dice Ramón. Cuando la madre muere, queda el linaje masculino. No hay códigos de afecto. No hay conversación. Solo ira, burla, frustración. “No se dicen que se aman. No se dicen que se lastimaron. Lo expresan con golpes de lenguaje. Con lo que no se verbaliza”. El silencio es territorio fértil. Donde crece lo innombrable.

Hacia el final, la conversación se desplaza. Ya no hablamos de novela, hablamos del mundo. Ella observa el presente con incredulidad. Siente que el piso se mueve. Que los consensos básicos se disuelven. Que las certezas de 2018 ya no sirven para explicarnos. “Dejé de entender la realidad”, dice. “El mundo está deteriorado. La democracia está deteriorada. No puedo pensar ser mujer escindida de clase, raza, territorio o ecología”. Sobrevivir se vuelve verbo colectivo. Necesidad de comunidad. De escuchar. De estudiar otra vez el mundo.

Yo no vuelvo a preguntar. No hace falta. María del Mar Ramón se queda un instante en silencio. La palabra esquivo de su título parece flotar entre nosotras. La memoria se oculta. La memoria elige. La novela intenta atraparla igual. Como quien persigue un animal que nunca se deja atrapar del todo. Como quien escribe para no olvidar que estuvo vivo.

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