Mónica Lavín

LA LITERATURA NECESITA MALDAD, DICE MÓNICA LAVÍN, AUTORA DE LA AUSENCIA

Mónica Lavín escribe La ausencia desde el riesgo, el artificio y el juego. En esta novela, tres escritoras —Carson McCullers, Katherine Anne Porter y Eudora Welty— coinciden en 1941 en una residencia artística, donde la desaparición de una autora joven marca para siempre sus destinos. Desde el presente, Lavinia Melín, narradora sin ideas, vuelve a ese episodio para enfrentar su propio vacío. Entre tiempos que se cruzan, duelos que no cesan y una frontera borrosa entre la vida y la ficción, Lavín construye un relato donde escribir es sobrevivir y donde la imaginación, incluso en la tragedia, necesita un poco de maldad.

Guadalajara, Jal, 30 de noviembre (MaremotoM).- Por momentos, Mónica Lavín habla con una sonrisa que parece haber atravesado ya la grieta del dolor. Su voz se mueve con soltura entre lo fantástico y lo íntimo: La ausencia es un ejercicio de riesgo, un juego de espejos donde la literatura se asoma al abismo para ver qué queda cuando las palabras fallan.

“Pasaron dos cosas”, dice sobre el origen de la novela. “Una tiene que ver con la estrategia, con el permiso de usar lo fantástico y la otra con una provocación lejana”. Recuerda un cuento suyo, El deprimido, donde el tiempo podía cruzarse como si fuera un río. El personaje salía de sí mismo —de su época— y volvía a otro punto de la vida. “Dije: voy a volver a usar este elemento. No me lo había permitido. Fui muy realista, pero este artificio me permite resolver lo que de otro modo no podría”.

Después vino la foto. Tres escritoras juntas, jóvenes, brillantes, todavía sin intuir la huella que dejarían: Eudora Welty, Katherine Anne Porter, Carson McCullers. “Las vi en el álbum de la residencia de Yaddo. Están ahí, en la foto. Pero la novela no surgió en ese momento. Fue años después. No sabría decirte cuándo hizo clic, pero un día esa foto y la idea del viaje en el tiempo se tocaron”.

Ese cruce abrió una puerta: ¿cómo se escribe cuando falta la chispa, cuando se agotaron las ideas? Lavín no duda en nombrar su propio temor. “Uno de mis fantasmas es que un día ya no se me ocurra nada. Y puse ese miedo en Lavinia, mi personaje. Esa ausencia de ideas es un vacío, un despropósito. Una forma de tristeza”.

Mónica Lavín
Editó Planeta. Foto: Cortesía

La desaparición es un eje en la novela. Beth, la joven autora que se pierde en el lago, es una figura que perturba no por la tragedia, sino por lo desconocido. “No supieron suficiente de ella. Es un desaparecido, un rostro que jamás terminó de contarse”. Lavín no lo subraya, pero roza algo más profundo: vivimos en un país donde desaparecido es una palabra cotidiana. Y sin embargo, aquí no se trata de denunciar, sino de insinuar el hueco. “La palabra se coló por otra vía. No quise entrar de frente. Pero está ahí: lo que no se dice pesa tanto como lo que se dice”.

—¿De qué manera la investigación sobre Beth transforma a Lavinia?
“Ella se cree su propia ficción”, responde. “Cuando uno escribe, el mundo inventado crece de tal manera que la frontera con lo real se vuelve borrosa. Quizá Mónica Lavín sabe lo que pasa, pero Lavinia no distingue si es engañada o si está creando lo que investiga. Y esa confusión es parte del juego: ¿qué es la escritura? ¿Qué necesitan esas mujeres? ¿Qué necesito yo?

Las tres escritoras son centro gravitatorio: Porter, la audaz; Welty, la que vuelve a casa y escribe desde la contención; McCullers, talento brillante y vida perturbada. Lavín observa sus destinos y los cruza con los futuros imaginados para Lavinia. “Le inventé su biografía. Jugué. Me divertí —dice riendo—, porque la escritura es artificio. No es documental. Aprovechemos el artificio para ir a territorios que no podemos tocar desde la realidad”.

Mónica Lavin
Una de las participantes en la FILCO 2026. Foto: FIL/Paula Vázquez.

Hay duelo detrás de todo, pero no un duelo que paraliza, sino uno que empuja. Su libro anterior fue sobre la muerte de sus padres: “Ya había escrito esa despedida. Este libro necesitaba estar en la vida. La única manera de ganarle a la afrenta del tiempo es escribiendo. Una novela abre un horizonte. Te da una sensación de futuro”.

Lavín trabajó la novela en dos planos: el archivo y el vértigo. Buscar datos, distinguir biografía de invención, equilibrar voces. “Lo más difícil fue escribir los apuntes para la biografía de Lavinia. Tenían que sonar a otra mano, dejar de ser yo. Había que jugar con tonos distintos”.

Cuando habla del sentido profundo del libro, su respuesta es inmediata.
“Esta novela no la pude escribir antes”, dice con firmeza. “Tiene que ver con una conciencia de escritura, con saber de dónde vienes, con reconocer tu genética literaria. Quise explorar el artificio, el humor dentro de la tragedia, el absurdo. Las tres escritoras son tan importantes como Lavinia. No quería que esto fuera un libro para especialistas —quería que cualquiera entrara”.

Entonces sonríe. Y la frase final cae como si hubiera estado esperándonos desde el inicio. “Somos diosas del tiempo cuando escribimos”, dice. “La literatura necesita maldad. Un desacomodo. Una grieta por la que entre la luz”. Uno entiende que en La ausencia, como en toda obra verdadera, el artificio es sólo la máscara. Lo que queda después es el temblor. El eco. Lo que no se dice.

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