¿Descubrir a Mishima como si fuera yo mismo? Eso es un poco lo que sucede con las biografías. Hacer del personaje narrativa una especie de confesión íntima, donde soy yo el que se expone, el que se demuestra.
Ciudad de México, 14 de julio (MaremotoM).- Cristian Lagunas ejerce el acto de la dramaturgia al contar la vida del japonés Yukio Mishima. Pareciera ser que tanto la muerte como lo previo del suicidio emergen de las páginas de El lado izquierdo del sol (Literatura Random House) como una doblez del tiempo. Esto es lo que pasó, dice Cristian Lagunas, con su prosa soberbia y su lucidez escalofriante.
¿Descubrir a Mishima como si fuera yo mismo? Eso es un poco lo que sucede con las biografías. Hacer del personaje narrativa una especie de confesión íntima, donde soy yo el que se expone, el que se demuestra.
Se trata de Mishima, uno de los autores más fascinantes de la literatura japonesa. En 1957, a los treinta y dos años, Mishima hace un viaje a Nueva York y México para arrojarse al universo del turismo homosexual, pero también para aniquilar su pasado, el tiempo en el que escribió su primera novela y tuvo otro nombre: Hiraoka Kimitake.
El lado izquierdo del sol ilumina de igual forma ese pasado. Ahí se encuentran los instantes que van a determinar la existencia y el oficio de su protagonista. En las calles de Tokio, el joven Kimitake perfila sus ambiciones, a la par que descubre el deseo.
Este libro ha ganado el Premio Mauricio Achar, un texto que refrenda un poco el concurso, que es disparejo en sus decisiones y que ha traído libros francamente olvidables.

ENTREVISTA EN VIDEO A CRISTIAN LAGUNAS
–¿Podría decirte Cristian Mishima? Esta personificación que haces lo trae como figura central a nuestro territorio.
–Me encanta que lo menciones. Me encanta la palabra personificación. No soy actor, pero sí he actuado a ese hombre Mishima, a ese hombre que ninguno de nosotros ha visto, pero que sin duda estuvo ahí. Fue una escritura corporal, muy intensa, habitar esa mente. Traje esas partes que no conocemos de él. Era un hombre con ciertas capacidades y me preguntaba: ¿Dónde está la fragilidad?
–Hay un suicidio constante en él
–Si bien esta novela no habla de su suicidio, sino la etapa de la juventud, pero en efecto la forma en que vive la vida anuncia ese suicidio futuro. Un poco como querer morirse a cada momento. El personaje se arroja, se va, se deja ir, está dejando partes de él por ahí.
–También hay mucho erotismo en tu novela
–Me interesó la parte homosexual de Mishima. No está dialogada, nadie habla de eso. ¿Cómo podemos hablar de alguien tan emblemático como si fuera homosexual? Encontré una carta de Yukio, donde contaba que había conocido en un parque y se lo llevaba a un hotel. Quería que el personaje explorara libremente esa parte erótica suya. El cuerpo es muy importante para ese personaje y la sexualidad también.
–Hay como un reflorecer del cuerpo en la corriente LGTB
–Eso es cierto. No sé si en la época de Mishima estaba instaurado eso. Los cánones de la belleza se dieron más tarde y no me gusta pensar en él como parte de cierta comunidad. Era otra época. Ahora lo vemos como alguien musculoso, como un modelo de belleza hegemónica. Su amante es una estrella del drag queen. Es un sobreviviente de la bomba de Nagasaki. Él vivió el cambio de la homosexualidad a través del tiempo.
–Pienso mucho en Pier Paolo Pasolini
–Me encanta Pasolini. Estuve leyendo sus poemas, casi pongo un epígrafe de Pier Paolo en el libro, por la relación que hay entre los personajes.
–Es una novela después de una investigación, como hace Cristina Rivera Garza
–Tiene que ver con las novelas. En el caso de Cristina, que hace novelas que tienen que ver con lo archivístico, tiene que haber una investigación. Aquí también era importante esa parte, pero no para producir una verdad, más bien quería empaparme del contexto, captar poéticamente cierta esencia. A partir de ahí dejar que la ficción tomara su lugar.
–Admiras la literatura de Mishima
–Sí, me gusta mucho. Creo que fue volver a mi adolescencia. Recuerdo algunas escenas centrales que jamás se me han olvidado. Si te quedas con una imagen de una novela, es un signo de grandeza.
–Mishima trascendió la literatura japonesa, algo que todavía es misterioso para nosotros
–Sí, es cierto. Aquí tengo una, que se llama Yūko Tsushima, que editó Impedimenta, que es una autora que recién están traduciendo al español. Mishima es una piedra angular, pero creo que hay cosas geniales que se están produciendo en Japón.
–¿Qué te ha enseñado Mishima?
–Me ha enseñado a ser paciente. La literatura japonesa tiene otro ritmo. Al principio de una novela puede parecer quieto, que no pasa nada y de repente hay algo muy poderoso que está construido. La literatura japonesa me ha enseñado a ser paciente y a fijarme en los detalles.
Adelanto de El lado izquierdo del sol, de Cristian Lagunas, con autorización de Random House.
ESGRIMA en Mérida, 1957
Siempre hay una mano dominante. Un esquiador en la mandíbula. Kimitake se afeita. Una cuchilla afilada, una cuchilla espejo. Mediodía. Otra vez ecos de la guerra, sentirse un lisiado a los treinta y dos años. Él pudo haber sido campeón olímpico, colgarse medallas, en cambio, le queda esto, nunca haber matado, deslizar la navaja con rabia. Qué hombre se puede llamar así si no ha cortado garganta ajena. Aquí, en la habitación de hotel, sigue creyéndolo: la muerte es cosa fácil. De ser posible, se iría contra una yugular con la navajita que sostiene. Sería el cuello de un muchacho campesino de la prefectura de Kanagawa, un cultivador de sandías, se imagina, alguien que sepa cargar su propio peso y esté dispuesto a morir por la patria.
Termina de quitarse la espuma y sabe que ya nadie está dispuesto a morir de esa forma.
Que cambió lo más fundamental.
Hoy podría ser el día de llenar la tina y meter la cabeza hasta el fondo, como ha visto hacer a algunos personajes en las películas. Sería él la esposa de un yakuza que, ante la repentina noticia de la muerte de su amante, sabe que va a perderlo todo. Y, sin embargo, no lo hará. Tiene una cita en quince minutos. Una joven norteamericana, especialista en literatura japonesa, lo ha seguido desde Nueva York y quiere entrevistarlo. Han quedado en el restaurante anexo al hotel. Ya debería estar listo, pero pasa la navaja de nueva cuenta, lo retiene la misma operación mental: preguntarse cómo cortaría el cuello del campesino. Concluye que, si tuviera que hacerlo, lo haría con la derecha, su mano dominante. Es dueño de la precisión para usar los dedos y, en general, toda la musculatura, eso le dicen. En el gimnasio, cuando sostiene la barra para levantarla hasta el pecho, los metacarpianos se funden contra el acero. Cuando da un puñetazo al saco de box, los otros palidecen. La mano tiene más de ciento cincuenta huesos, leyó en una revista antes del viaje, una de esas publicaciones que circulan por todos los kioscos japoneses; revistas que no dicen, sin embargo, cómo son las manos de un campesino, por qué un campesino no puede poseer, como él hace, una navaja de la más alta calidad. Se enjuaga el rostro y tensa los músculos. Cree que recordándose que su cuerpo es joven aún podrá estar listo y salir hacia el restaurante. Está equivocado.
De nuevo esa mañana se ha levantado con la necesidad de usarlo. Lo ha comprado en una tienda de la Quinta Avenida y lo ha guardado en la maleta, oculto entre los pantalones cortos. Un labial Chanel color rojo, tirando a púrpura. No pudo resistirse, él compra compulsivamente. No se lo dijo a nadie. Y ahora va desesperado en ropa interior hacia la maleta, a revolver las camisas y el resto de lo que lleva consigo. Busca, debajo de la tela, como si escarbara en el jardín, la barra de la belleza. La barra de la belleza no es de acero, es la cera con la que se pinta esos labios delgados. De izquierda a derecha, ahí está. Ha quedado igual que Shiro aquellas noches de copas. Se ha pintarrajeado con la torpeza de un infante, ha deseado estar en el carnaval de Río de Janeiro y ahora sí, ante el espejo, sonríe, de pronto se encuentra bailando frente a su imagen, ensayando el paso redoblado, con el color dispuesto a manchar el cuello de quien sea. Enseguida se pone a hacer flexiones en el suelo. Imagina el pie de alguien pisándole la espalda, obligándolo a llegar hasta abajo y subir. Ya quedó atrás el tiempo en el que no podía hacer ni una sola, pero no su curiosidad por los colores brillantes. Cinco minutos después se quita el labial con una camisa blanca; la restriega contra sí, asaltado de vergüenza. Será de nuevo el que estaba dispuesto a ser. Se viste con lo que encuentra, esconde en un cajón la camisa manchada. Ajusta el reloj, muñeca izquierda. Última sonrisa frente al espejo y entonces, una carrera.
A prisa por el corredor lleno de plantas. Un amigo de su editor norteamericano le ayudó a conseguir el hospedaje. El clima de aquella ciudad, a la que ha llegado curioso de ver los atractivos locales y, con suerte, pasar un rato en la playa, es bueno, pero más húmedo que el de Tokio los días del verano. No ha podido ver nada aún. Más tarde irá con la norteamericana a las ruinas mayas. Mientras tanto ocupa una de las sillas de mimbre del restaurante. Los meseros le traen un whisky y un agua mineral. Acomoda la postura. Treinta y cuatro grados y se olvidó de los lentes de sol, qué hacer. Un largo trago al whisky, otro breve al agua mineral. Se entretiene mirando la piscina, las hojas quietas que flotan ahí: son verdes, acá no existe el otoño. Observa el jardín más allá. Y entonces ocurre de nuevo. Se olvida de la temperatura, de la cita próxima, de que está en otra latitud y otro país: un muchacho de cabello revuelto poda los arbustos con unas largas tijeras y Kimitake se concentra en su pantalón de peto, en la tela demasiado gruesa para el clima. Es un chico joven, mucho más que él. Se agacha con dificultad para cortar las zonas que están próximas a la tierra. Se quita el sudor y exhala. De vez en vez gira la cabeza y responde a gritos alguna broma de los meseros.
Los hielos se derriten en el vaso, da lo mismo, Kimitake no le despega la vista. Lo examina. Le gusta, sobre todo, cuando se agacha. Pone los codos sobre la mesa y, bajo su camisa de manga corta, los bíceps se hinchan. Esta es su forma de seducir. Ya desea otra vez, ya está vivo. Espera que el jardinero lo note al girar la cabeza, que se impresione. Ojalá sus brazos sean suficientes para producir el contacto visual.
Algo en la técnica del jardinero —en su forma de abrir y cerrar las tijeras, tan preciso— lo atrae. O tal vez es la piscina lo que lo atrae. Intenta concentrarse en ella, no ser evidente. Si no tuviera que visitar Uxmal más tarde, se pondría el traje de baño y nadaría de un lado a otro ciento veinticinco veces para llamar su atención, pero al tomar un trago más al whisky, concluye que la piscina no es lo importante. Lo importante es que el jardinero se ha detenido y echa un vistazo a las plantas, insatisfecho como un pintor. Que tiene en la mirada la delicadeza que tendría un cultivador de fresas —o de sandías, o de té verde— ante su objeto adorado.
Kimitake desea hablarle, acercarse a él silencioso e invitarlo a su habitación. Eso funcionó en República Dominicana con los jovencitos que paseaban su esqueleto en los parques. Entonces bastaba sonreír, fingirse perdido y preguntar cualquier cosa. Invitarlos de forma casi imperceptible, jalar del hilo, saciar. Acá es difícil, es ya otra cosa, los chicos son diferentes en esta ciudad. Probablemente el jardinero no habla inglés y Kimitake no alcanzaría a decirle nada, se quedaría balbuceando como el torpe extranjero que es a veces. Nada se pierde con intentar. Toma aire y se levanta de la mesa, pero en ese momento llega Sofi, la académica.
—Disculpe la tardanza. No lleva acá mucho tiempo, ¿verdad?
Su japonés es perfecto. Es de madre japonesa, aunque ha vivido siempre en Nueva York. Se acomoda el chongo y coloca su bolso en una de las sillas de mimbre. Él le dice que no se preocupe, que no lleva mucho tiempo ahí. Le sonríe y se acomoda frente a ella, pero experimenta el fracaso del esgrimista que no llegó a quedar ni de tercero, aquel que rompe su propia espada.
Sofi quiere hacer preguntas. Ha leído su primera novela, la segunda e incluso la más reciente, todas en el idioma original. Encuentra significados hasta en el más pequeño detalle, eso la entusiasma. Conoció a Kimitake tras una función de ópera —Rigoletto—, se acercó con la férrea voluntad de la investigadora y le dijo quién era, de quién era amiga, estar enterada de su viaje por América —y por Sudamérica, especificó—. Dijo estar dispuesta a acompañarlo por México y hacer un reportaje sobre él. Ya tengo los boletos de avión, informó, espero no sea molestia.
Ahora él desea nunca haberla conocido. Aunque su relación es cordial y han establecido un amistoso vínculo, alimentado por el café y los paseos en Nueva York, en este momento desearía no tenerla enfrente. Lo ha interrumpido. Ha llegado en el momento menos adecuado. Kimitake se pregunta a veces si Sofi tendrá alguna opinión sobre su cuerpo o si pensará acerca de él. Si se dirá que aquel cuerpo no corresponde con la persona que se había imaginado antes de conocerlo, la persona de los textos. O si tendrá alguna clase de pensamiento privado al que le da vueltas buscando una ruta posible, una explicación.
Es probable que sí, pero no desperdiciará fuerzas en averiguarlo. Responde a sus preguntas con monosílabos y pide a los meseros un segundo whisky. El calor arrecia y ya precisa un trago más. Sofi ordena ginebra. Y mientras esperan, él sabe —al responderle, al contemplar el lápiz con el que anota y el cuaderno vertical de espirales metálicas— que nunca, por más que ella insista, le dará las claves de su interior. No importa cuántas preguntas haga, jamás conocerá la arqueología dentro de él. Su interior es una caja bien cerrada y hace tiempo él se ha tragado la llave. Ella tendría que usar un serrucho o un martillo para ver qué contiene, pero incluso así, es muy probable que no llegue a conclusión lógica alguna. Su cuerpo, por otro lado, ya tiene reservación. Y será para alguien más. Para el jardinero, de ser posible. Para alguien, concluye recibiendo el whisky, que sepa cortar plantas, eso al menos.
—Un mosquito —dice ella.
—¿Dónde?
—Ya se fue.
Aprovechando una distracción de Sofi, él observa al muchacho, pero solo un momento, lo suficiente para captar algo: el antebrazo, la tersura del cabello. Su deseo se construye a tajos y habrá que juntarlos todos.
—¿Le está gustando México, señor Mishima?
—No he podido ver mucho —responde él mirándola y chocando la copa. Llegué enfermo de Haití. México es este hotel.
—Estaba pensando en Kawabata Yasunari, sé que tienen una buena relación. ¿Cree que le gustaría estar aquí?
—Él no puede viajar. Le dan migraña los hoteles. Se cansaría mucho.
—No lo creo.
—Una vez viajamos juntos, yo tenía veintidós. Shimoda, anote. Se pasó la mitad del viaje en cama.
—¿De verdad?
Sofi habla entonces de País de nieve y su discurso va perdiéndose poco a poco. Escenarios tradicionales, montañas, Shimamura el protagonista. Su conocimiento en ballet. Me encanta el ballet, dice él. A mí también, agrega ella, pero quiero que hablemos de la figura de la geisha. Él no quiere hablar de la figura de la geisha ni de los inviernos pasados. Mastica los hielos con tanta fuerza que las encías le duelen. Ojalá Sofi se marchara, ojalá no tuviera que preguntar esto ahora. Así podría mirar al jardinero a su antojo, si no ahí, en otra parte. En medio de un campo de cebada. Evita mirarlo, se dice, o Sofi se dará cuenta de tu deseo, le abrirás un poco la caja que te guarda. Es ya tarde: apenas volvió a mirar al chico tuvo una erección, la tela se elevó con premura. El oído está en un sitio, la mirada busca estar en otro: en la rabia del jardinero, que corta los bambúes con pretendida agilidad. Sus brazos se tensan al abrir y cerrar las tijeras. Acciones rápidas de un lado a otro. Corte. Por encima de las hojas. Corte por detrás de las hojas. Y la erección se afirma.
El chico busca acabar con los tallos amarillentos que invaden el jardín, esa maldita plaga, pero de un momento a otro su ritmo se quiebra y las tijeras van a dar al lugar incorrecto: sus dedos. Una serie de gritos sacude al restaurante, un conjunto de actos busca revertir lo que ya no es posible; los meseros corren en su auxilio, apriétate ahí, dicen, qué chingados te pasó, Julio. El jovencito se contrae como si hubiera sido impactado por una bala de alto calibre. La servilleta blanca que le han dado se pinta de rojo, igual que la hierba, en muy poco tiempo. Nunca más será utilizada en el servicio. Lo que fue una mano quizá jamás podrá volver a ser. Kimitake conduce su propia mano a la boca y se chupa los dedos, Sofi en cambio se sujeta el corazón.
—No pasó nada —dice—. Esto es muy común, muy común…
Los meseros se llevan al herido en menos de un minuto y desaparecen para no volver. Sofi y él quedan solos, junto a la alberca, con los vasos a medio acabar.
Las tijeras brillan sobre la hierba.
—Otro mosquito —dice él.
—¿Dónde?
—En su cabeza.
Ella exhala, respira hondo. Ha sido un susto y nada más.
Él se inclina el trago.
—¿Cuál fue su última pregunta?
Sofi ríe, pasa las hojas del cuaderno. Él piensa que todo esto es una desgracia: el jardinero se ha ido. Y la oportunidad de maniatarlo, desollarlo y embestirlo en privado se ha ido para siempre también. Nunca se chocarán las espadas, no habrá combate. El tono de la sangre del muchacho, tan contundente, le recordó el tono de su labial Chanel, un objeto fetiche que de ser posible le pasaría por todo el cuerpo. Y eso es por una razón: el jardinero, a diferencia de él, ha conseguido el físico que tiene haciendo ejercicios de fuerza en el gimnasio de la vida, no en la sala de pesas, algo que siempre es más loable.
Kimitake recordará más tarde su cara, sus antebrazos y sus muslos. Su cabello agitado.
En otra parte. A solas.
Entonces Sofi, mordiendo el lápiz, pregunta:
—¿Qué consejo le daría usted a la juventud japonesa, señor Mishima?
—Les diría que deseen.
—¿Y a usted mismo, de joven?
—Soy joven.
—De mucho más joven, quiero decir.
Kimitake lo piensa un poco, la mira y dice:
—Desea más, me diría. Desea mucho más.
—¿Qué desea el señor Mishima?
—Muchas cosas. A veces deseo labiales de Chanel.
Sofi ríe, eso sería imposible. El que tiene frente a sí jamás podría desear cosa parecida.
Kimitake mira su reloj de plata y alza la mano para pedir la cuenta.
Se hace tarde, deben irse, hay mucho que hacer.
Con los codos sobre la mesa y acercándose a Sofi, dice casi en un susurro:
—También he deseado la guerra, ¿usted no?
CARRERA DE OBSTÁCULOS
del cuaderno de viaje, México, 1957
Nunca hay que desear la guerra, lo sé, e incluso así, me obsesionan las armas, los cuchillos, las batallas que terminan en muerte lenta. Un ser que se desangra poco a poco es mucho mejor que alguien con una bala en el corazón. Si alguien quiere saber de mí, tendrá que rodearme y ponerme una soga al cuello. Si quieren que diga una palabra sobre quién soy, lo haré de rodillas y amenazado. Por lo general, tengo observaciones muy concretas sobre la vida: es intransitable si uno no la estimula y si no se persiguen en ella las tareas más difíciles. Tras su fachada, la violencia se cierne. Eso pasa en las ruinas arqueológicas de distintos países. En Egipto, en Grecia y también aquí, en México, la violencia es belleza. Detrás de una hermosa pirámide como la de Uxmal, comparable por sus cualidades arquitectónicas a un moderno rascacielos, no es difícil imaginar la crueldad y el sacrificio. Hace tres semanas, en un café de Brooklyn, mi editor me dio un libro: el Popol Vuh. Historias sobre la creación del mundo y también otras sobre cabezas que se cuelgan en los árboles tras un asesinato, o suicidios entre las llamas. Un ser humano de naturaleza débil no podría soportar el peso de un gran relato, mucho menos el de una historia cruenta y llena de detalles. En mi caso, paso la existencia sin dejar de imaginar el momento en el que la peor situación irrumpe: cuando el automóvil se queda sin frenos, cuando la tormenta se asoma en la ruta de un avión o cuando, en un restaurante, uno no sospecha que el hombre de la mesa contigua va a matarse. Es inevitable, me obsesionan la fatalidad y el desastre. Debo encontrarlos antes de que se vayan.
No poseo mucho. Tengo mi propio pasado y ya no significa gran cosa. Mi primer cuerpo y mi primer nombre han quedado muy atrás, tanto que es difícil verlos. Si alguno quisiera escarbar ahí, se encontraría con el enorme agujero que me he encargado de hacer con las uñas. Tengo treinta y dos años y en esta época ya nadie cree en el poder de las palabras, el de su combinación, el de su acertijo. Antes bastaban para dejar un rastro luminoso, ya no. Voy por aquí con mi linterna, es decir, con mi voz, e intento que alguien me escuche. ¿Puedes escucharme, patria? ¿Me escuchas, padre? ¿Puede escucharme, emperador Hirohito? No, tampoco él escucha. Pero mi voz ilumina el mundo y sus rincones. Y sin embargo, ¿dónde está el mundo? He llegado a este país con una mezcla de desilusión y falta de esperanzas tras varios días en el Caribe. El mundo estuvo en un faro en La Habana y también en el Empire State. La realidad es aquello que se traza en el papel de cortesía de los hoteles. Podría perder el tiempo dando detalles inocuos, pequeñas postales turísticas sobre mi viaje, pero me preocupa algo más.
Hace dos días la fatalidad se hizo presente, la violencia salió a la superficie. Miré a un muchacho. Su piel, su cabello agitado y castaño. Un jardinero que, como en el Popol Vuh, cortaba las ramas con su magia. ¿Cómo explicar cuando la belleza muere? El muchacho se hirió con su propio instrumento de trabajo: las grandes tijeras. Sus tendones, quizá tan ágiles como los de un pianista, fueron atravesados por el filoso metal. Eyaculé bajo la tela, sin tocarme. Y deseé la guerra con mucha intensidad. Después me encontré con la pirámide, con los árboles y las explanadas de una ciudad antigua. No dejé de pensar todo el tiempo en aquel accidente. Ni cuando subí a la punta de la pirámide ni cuando aquella académica, que me acompaña muy a mi pesar, me tomó una foto desde abajo, ni tampoco cuando fuimos al centro de la ciudad y ella me dijo, tras media botella de tequila, que yo no articulaba las palabras correctamente, ni cuando hablamos de libros, de las costas japonesas o de música. ¿Cómo se cortó los dedos el jardinero? ¿Qué mal movimiento, qué error aconteció? ¿Qué falló? Si tuviera que describir la escena en uno de mis libros, no podría resolver el enigma.
Sujetado por el enorme gancho de las imágenes —los tendones rebanándose, la sangre salpicada en la hierba, el brillo del metal— anduve por las calles en solitario una vez que, al salir del bar, me despedí de la académica y le dije que regresaría al hotel por mi cuenta. Las pequeñas mercerías, cerradas. Los perros ladrándose. Alguien invocando algo al cielo. El viento caluroso, los remolinos de mi pelo, mis pasos dramáticos de esquina a esquina. ¿Cómo se cortó los dedos? ¿Qué clase de crimen aconteció? El bruxismo. De pronto las calles empezaron a parecer todas iguales y, en la oscuridad, los edificios se inclinaron, las ramas de los árboles bajaron hacia el suelo y percibí una mirada, pero no había nadie en las proximidades. Fui yo quien le cortó los dedos al jardinero, me dije, fui yo quien lo miró de más y lo produjo. Exhalé. Más pasos. Otras vueltas a izquierda y derecha. Ciudad perdida. Alguien me persigue, pensé, alguien pone sus pasos donde yo pongo mis pasos. Nadie al girar la cabeza. Fui yo, me repetí. Mi cuerpo se deslizó en la noche. Yo quien lo había provocado todo. La sensación de tener a alguien detrás, esa mano que en algún momento va a tomarte por el hombro con firmeza. Un ataque. Como los niños que me perseguían a la salida del colegio hace tantos años. Estudia, idiota, me decían. Y me arrojaban lápices. Pequeños dardos. ¿Quién anda ahí?, grité. Apunté con mi arma, la mano en forma de pistola. ¡No me siga!, vociferé. Solté una larga risa. El arma de mis dedos es hermosa. Un arma le cortó los dedos al jardinero, pronuncié. Por tanto, quien le cortó los dedos fui yo.
Encontré el portón del hotel tras media hora de búsqueda. Al abrir la reja, miré una vez más hacia ambos lados, todavía sintiendo que alguien acechaba, las tripas saliéndose de mi boca. Tranquilo, pensé. Debí dormir, ir a la habitación, pero atravesé el jardín trasero a paso rápido, en la oscuridad, entre las pequeñas farolas. No podía ir a dormir sin encontrar el arma, la prueba incriminatoria. Es natural que un asesino quiera esconderla. El arma: tijeras grandes para trozar carne, pollo, plantas. Tijeras para cortar una vida. Busqué en la oscuridad y me sentí enorme, pero no estaba solo. Me habían seguido. Antes de escuchar los gritos tras de mí, antes de que me apuntaran con su luz, hallé las tijeras. Brillo azul, fatal corte. Sonreí. Las levanté. Soy yo el asesino, me dije. Después me abatieron.
SALTOS ORNAMENTALES
en Mérida, 1957
—¡Las manos en alto!
Son dos los hombres que se acercan, llevan linterna y le apuntan.
—Las manos en alto, le digo. Contra el muro y sin preguntas.
—Ya escuchó, ¡póngase contra el muro!
Él se pone contra el muro de bambúes y se sujeta a ellos con firmeza, los aprieta tan fuerte que las hojas se agitan. Lo han descubierto, lo han perseguido hasta acá a pesar de que él creyó que no vendrían. Uno de los hombres se aproxima a él y le pregunta:
—¿Dónde escondió el arma, Hiraoka?
Él responde:
—Mi cabeza es un cohete, ya pueden rodearme con los explosivos, estoy listo.
—No se haga el que no entiende, nosotros lo vimos —dice uno.
—Su erección bajo la tela vimos, la saliva escurriendo de su boca.
—Su pasión por el whisky. Y el desprecio a la neoyorquina.
Portan metrallas. Mostacho uno, el otro cabeza al rape.
—¿Cuántas metanfetaminas son necesarias, brigadier? ¿Qué tanto hace falta? No resisto.
—Deje de guiñarnos el ojo y cállese. No va a seducirnos.
El del mostacho, teniente primero, sostiene la linterna. El brigadier requisa.
Lo palpa entero, más por protocolo que por gusto. En su voz, tabaco. Fastidio.
—¿Cuánto es suficiente, Hiraoka? Sepa usted que ya no estamos de vacaciones en el Caribe, acá es la vida real, hubo un crimen.
Se gira y dice al teniente:
—Busca el arma.
El teniente navega por los alrededores sin aliento, arroja la luz, pasa por encima de cuerpos, entre ruinas, ya nada queda en esta zona excepto ellos. El brigadier y Kimitake permanecen a oscuras, oliendo el tufo del agua estancada.
Que no huya, piensa el brigadier. Que no corra por esta zona minada, el muy cobarde.
—Tengo el arma, brigadier Kawabata.
El del mostacho ha encontrado las grandes tijeras y regresa a trote.
—Apúntele a la camisa, teniente Dazai. Mírele la sangre.
—El rojo Chanel.
—Ahí está —dice el brigadier—. Juntamos las pruebas, maricón, es usted culpable de cortarle los dedos al jardinero.
El teniente Dazai apaga la linterna:
—Es así, Hiraoka. Él ya se fue, no está por ningún lado, ¿o puede verlo en la oscuridad? ¿Recordar acaso la textura de su cabello, esa paja quemada?
—De verdad no resisto, señores. Mi cuerpo va en picada hacia la trinchera enemiga, se fuga. Atravieso los pinos y la cerca.
—Es usted un imbécil, Hiraoka. Todo esto para qué. Una baja del ejército con qué motivo. Un mutilado y todo para llenarse de placer, para alimentar una masturbación barata. Qué vergüenza.
—Y pensar —dice el teniente ya rabioso y con la linterna encendida de nueva cuenta— que usted pudo haberse casado como la gente normal, tener una vida como cualquiera. Hijos bellos, un hogar.
—Prefirió esto. No hay más. Ahora gírese.
El brigadier y el teniente lo llevan a punta de metralla al borde del acantilado. Se alcanza a ver la fosa desde ahí. El acusado implora, chilla, se retuerce.
—No fui yo, brigadier Kawabata. Fue alguien más quien le cortó los tendones. Un piloto como yo. Vino a estrellar su avión a las afueras.
—Basta ya, Yukio. Escúchame.
Kawabata lo sujeta por los hombros.
—Este es el día más importante de tu vida. Recuerda lo que te dije: para realizar un clavado efectivo es necesario que pongas las manos en alto primero.
—Que tomes, agrega el teniente, tu última respiración.
—Y que te lances al vacío —concluye Kawabata—. No te preocupes por el antidoping.
—Igual que los fukuryu, hablamos de eso en el centro deportivo de Shibuya —dice Dazai—. Los buceadores suicidas de la guerra, ¿entiendes?
—Sí, entrenadores. Dos mil kilogramos de anfetaminas, quince de explosivos y al agua.
Dazai ya no lleva linterna, ahora sostiene un silbato y lo sopla repetidas veces.
—Concéntrate, Hiraoka. No vas a dejar que el alemán te tome ventaja en la competencia. Míralo, va a la cabeza, el muy nazi. ¿Te vas a echar a la fosa por la patria japonesa, por nosotros, incluso? ¿A la memoria de la sangre del muchacho?
—Sí, ya pueden llevarme al tribunal.
—Esto no es el tribunal, idiota, son los Juegos Olímpicos —dice el brigadier—. Mira al público, ahí están las escaleras. Pronto será tu turno.
Un silbatazo.
—¿Qué es un clavado, Hiraoka?
Postura militar:
—Un clavado es enterrar el hocico en la nieve y salir con el maquillaje intacto.
—No, belleza. Un clavado es lo que estás a punto de hacer.
—Tengo miedo del agua.
—No puedes tenerlo.
—¿Cómo sabré que la fosa no va a estar vacía, señor Kawabata? ¿Cómo van a obligarme a saltar de este acantilado? Necesito más whisky.
Kimitake da la vuelta. Ya no lo siguen. Ya no escucha. La trinchera queda lejos, el complejo acuático en otra parte. Un mareo. Gira la cabeza y ve a los entrenadores a la expectativa, sus camisetas blancas cubriendo cuerpos ya no aptos para el deporte, cuerpos que pronto envejecerán. El público espera en la grada. Él sigue caminando y se da cuenta, tras respirar, de que ahí están las farolas, las mesas del restaurante vacío, el clima cálido. Ninguna grada, ningún silbato. Volver a la escena del crimen es siempre un lastre. Hay que orinar el ladrillo, estrellarse y hacer la pregunta: ¿cuánto hace falta, con el jardinero o con un chico campesino de Kanagawa, para que algo suceda verdaderamente? Algo emocionante. Morder. Darse vueltas, lamerse.
¿Cuál es la distancia entre el borde de la fosa y el fondo del agua?
En el jardín del Hotel Marqués no hay otra cosa que un turista japonés pasado de tequila y ron cubano, nada más que la quietud, los mosquitos, el ladrido de los perros a lo lejos.
Él se quita la camisa y la tira al alambrado. Cuando amanezca la encontrará hecha jirones. Busca las tijeras en el lodo, el teniente debió dejarlas por ahí. Da con ellas, por poco cae de bruces. Las levanta con ambas manos, otra vez. Aquí hay un hombre armado, atención, acabará con la península. Aunque no tiene certeza de que lo escuchen, grita de todos modos:
—¿A dónde se fue, entrenador? Estoy listo y casi desnudo. Ya puede fusilarme.
Al acercarse a la piscina está de nuevo en el complejo acuático, ahí se ven el marcador a puntos rojos, las escaleras de metal que lo llevarán a la plataforma. Se dispone a subirlas, pero antes de hacerlo, escucha por última vez a Kawabata, el brigadier que lo entrena:
—Aquí estamos para ti, Hiraoka. Ya no hay tiempo. Sube. ¿Cuáles son tus últimas palabras?
Kimitake se acerca a él y le confiesa al oído:
—Algo sé de los buceadores suicidas.
—¿Qué sabes?
—Jamás llegaron a ver los fuegos artificiales. Nunca caminaron las ruinas de la ciudad antigua, pero yo lo hice.
—No lo olvides —dice el teniente—, vas por la de oro.
Da el silbatazo final y vocifera:
—Nuestro siguiente participante es Hiraoka Kimitake, treinta y dos años, oriundo de Tokio. Realizará un clavado de dos y media vueltas. Dificultad: seis punto cinco.
Mientras Kimitake asciende no alcanza a sospechar que narrará para un programa televisivo las competencias de clavados, taekwondo y gimnasia artística varonil en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964. Solo mira al frente, dispuesto a acabar con todo.
A esta hora de la madrugada ni el brigadier ni el teniente ni los múltiples huéspedes del hotel llegan a ver al de la habitación catorce levantar las manos extasiado, dar una respiración final, gritar:
—¡Esto es por la patria!
Y lanzarse con todo y tijeras al fondo de la piscina, ansioso de encontrar allá abajo un sol, un pincel, una ola, el trazo rojo que precisa el acero si uno lo sabe usar como mejor conviene.
ECUESTRE-NATACIÓN
en Mérida, 1957
En el crol es donde encuentra su verdadera patria, puede dividir el cuerpo en dos. El brazo derecho arriba, la mano dispuesta a hundirse en el agua y dejar atrás. El otro brazo un submarino. Ahora a la inversa. Las piernas siempre hacen lo mismo, los dedos en punta. El cuerpo es un pincel y deja un brillo en la superficie del mar.
No descuides la respiración, Yukio, aumenta la velocidad, hazlo con rabia.
Se alejó de la arena blanca de Puerto Progreso y se internó en la playa cálida. Abandonó la toalla, los lentes oscuros y el bolso bandolero con el cuaderno, las plumas y un frasco de perfume de la diseñadora Hanae Mori. Apenas lo necesario para vivir.
Dos gotas de aquel perfume son suficientes para ocultar el hedor de la resaca. Y las gafas, imprescindibles: la vanidad es fuerte y él mismo ya comienza a ver arrugas en el contorno de los ojos.
Buscó el mar abierto, pero duele su hallazgo, la cabeza ya no soporta la presión del agua, en la garganta queda el recuerdo del vómito. Rechina los dientes. No pierdas la línea, piensa, ve con odio, así te enseñaste a hacer.
En la playa, a lo lejos, dos jinetes montan a pelo y a toda velocidad, sus caballos prietos levantan la arena. Los niños buscan caracolas.
Él sigue. Quiere tomar las riendas del océano.
Nunca darse por vencido.
Y va corrigiéndose, golpéandose con la fusta: si no avanzas por lo menos un poco más no conseguirás algo en la vida, no te encontrarás con nadie. Cambia el estilo a dorso: la boca abierta, los brazos yendo hacia atrás. Nada por su cuenta y tiene doce años. La vez que su madre los llevó a conocer el mar. El estruendo del oleaje. Las rocas. Lo que dijo:
—¿Por qué el mar no es dulce?
Su carrera desbocada por la orilla.
¡Estira bien los brazos, que se sientan los dorsales!
La fogata. El vestido de la madre. El gorro de capitán naval que llevó puesto y perdió para siempre. Ninguna caracola. No tocaste el agua, le temías. Hokkaido. Mírate ahora. Ya puedes tocar el agua, eres otro. Solo tienes que llegar un poco más allá y sacarás de ti el que fuiste.
Durmió cuatro horas la noche anterior, ahora las encías le sangran. El mundo irradia, está sucio. Vivir en él es tragar agua con sal. Escupe, idiota, te estás ahogando.
Se cansa.
Pierde la coordinación.
Los pulmones, frágiles desde la infancia, no dan más de sí.
Se para de súbito.
Tiene doce años, no treinta y dos. Es el mismo. Débil. Y malo para el deporte. En la playa los caballos reposan y los jinetes se limpian el sudor: uno va con el torso desnudo y el otro lleva una camisa verde. Acarician a los animales, los aman. Él se alejó más de la cuenta y los mira a todos, lucen muy pequeños a la distancia. Desea matarlos para expulsar la frustración de no llegar a donde quiere, haría falta apuntar la metralla y disparar, pero esto no es Dunkerque. Apenas puede mantenerse a flote, es casi un náufrago, quién vendrá a rescatarlo ahora. Ningún jinete va a llegar hasta acá ni llevará su cuerpo a la arena. Nadie lo besará en consolación.
Lo mismo la noche anterior, nadie fue, despertó solo y con la lengua seca.
De un tiempo atrás es de ese modo. Hundirse en el charco de la propia condición.
El mar y la sangre saben igual, podrían confundirse. Lleva puesto el bañador rojo. Corto. Se ajusta a las piernas. Él escupe y quiere convencerse de que algo cambió: aquella tarde en Hokkaido ni siquiera se atrevió a quitarse el pantalón, no se bronceó. Ahora es más grande y va solo a todas partes, ya puede gozar de sí mismo, qué pasa entonces. Los jinetes y los niños están demasiado lejos, pero eso quería: estar solo y lo consiguió.
El bañador rojo es también de la casa Mori y la diseñadora lo hizo exclusivamente para él, ahora no sirve en lo absoluto, no le llena el vacío. Es apenas un trozo de tela bien cosida. Y pesa. Todo pesa de manera excesiva. La última vez que se subió a la báscula había aumentado novecientos gramos de músculo, de qué sirven ahora. Está solo en medio del océano y el ruido ensordecedor de Tokio viene, el eco de los bombarderos viene, la nube de gas tóxico viene. Él va. No te pierdas, lo harás de nuevo. Hacia la costa. Siempre se puede comenzar otra vez. Con mucha más rabia.
Dicen que el crol es el estilo de nado más fácil, les gusta a los niños que entrenan en el centro deportivo de Shibuya, él los mira a veces después de saltar la cuerda. Futuros campeones algunos. Otros no. Hay muchas reglas para el nado pero los peores alumnos olvidan la más importante: nunca recordar mientras estás en el agua.
Llega a la orilla. Nadie ve esta hazaña, ni siquiera los jinetes. Suelta el peso y camina con los pies dormidos sobre la arena. Ha renacido. La resaca ya no está, pero sí una sensación de anomalía y fastidio. Nadar hora y media era su objetivo y no lo consiguió. Se pasa la toalla con fuerza hasta enrojecer.
Va a recriminarse toda la tarde. Y al día siguiente.
En la bandolera hay también un espejo redondo. Lo extrae y se mira los dientes, las venas de los ojos hinchadas. Qué espanto. Guarda el espejo en el compartimento más oculto del bolso, hasta abajo. Nadie sabe que lleva uno consigo a donde vaya. Saca los lentes de sol y se los pone. Extiende la toalla. Es otra vez un turista, alguien que toma el sol. Echa un vistazo al muelle y se deja broncear.
En la mañana lo despertó una de las mucamas del hotel y le indicó como mejor pudo que había dejado la puerta abierta de par en par y, a lo largo del pasillo, un rastro de agua. Le entregó la camisa que usó el día anterior, hecha basura.
Siempre que tiene resaca es igual. Olvida la mitad de la noche. Después sale a correr, no importa si le duelen las piernas o si piensa que va a morir. Hoy quiso nadar, no obstante, preguntó por la playa. Quiso un viaje para ver los rascacielos, las palmeras. Para transformar algo, creyó. Si fuera así. Se siente todavía el niño que se negó a tocar el agua a los doce años y vomitó sobre las rocas. Tiene escalofríos. Aunque en esta playa el calor se filtra en todas las superficies, él se cree en Hokkaido: ahí la ventisca llega por detrás y te corta la piel, ahí el mundo es distinto. Acá la arena es fina y el paisaje, inabarcable. Es mentira cuando dicen que todas las playas se parecen. Aquí hay dos hombres morenos y caballos que en Japón estarían en el establo, bien amarrados a la cerca.
Intercambia saludos de cabeza con ellos.
Después de todo, son los únicos aquí.
Uno se acerca. Ve en Kimitake una oportunidad:
—Quince minutos en el caballo por treinta pesos, señor.
Él no entiende nada de lo que le dicen, no habla español. Solo mira desde abajo. La camisa entreabierta del jinete, su abdomen plano y bronceado. Le recuerda al jardinero del hotel. ¿Todos los muchachos en este país son iguales acaso? ¿Todos buscan dinero fácil y exhibirse? El jinete, que podría ser un cadete también, se da cuenta de que no hablan el mismo idioma y entonces usa el idioma del cuerpo. Finge montar, tira de unas riendas invisibles, da golpes contra el lomo del aire. Y simula entregar billetes, porque todo cuesta, señor, en esta vida. Porque de esto se trata negociar.
—¿Qué dice, sí o no?
—Anímese, güero —dice el otro.
Elige el caballo más grande. Lo ayudan a montar. Le dan palmadas.
—Ahí está, muy bien. Quince minutos, no se olvide.
Siente el pelaje del caballo en las piernas. Lo acaricia.
Desde su nueva altura ve a los hombres dar instrucciones. Uno de ellos jala una cuerda y pretende pasearlo como si se tratara de un poni.
Kimitake es pequeño y va a su primera clase de salto ecuestre.
—No, no —dice.
Montaré solo.
Es emperador y hay que contemplarlo desde abajo.
Sujeta la rienda. Habrá que hacerlo rápido.
Los jinetes no saben lo que piensa, ni sospechan lo que hará. No alcanzan a ver que está a punto de irse. Kimitake se ajusta al lomo magro, enseguida al ritmo que le levanta la cadera y estimula su respiración. Qué tan rápido puede ir un caballo. Cuánto hace falta para morir los dos. Los jinetes creen, ilusos, que él no sabe montar, que es idiota. Ahí jala la rienda. A toda velocidad, por la orilla, rápido, un poco más lejos, muy lejos. Los jóvenes intentan alcanzarlo, le gritan. Él gira la cabeza e indica con la mano que volverá. Aquí estás, a jalar esa rienda. Cabalga a pelo y sus nalgas se contraen. Se carcajea. Muy pronto ya pasó el muelle y sigue adelante.
Arre, caballo de la armada imperial japonesa, llévame lejos, estoy listo. No voy a rendirme esta vez. Entraremos al mar, tú y yo. Al principio va a costar trabajo, pero después, cuando dejemos que el agua se nos meta al cuerpo y perdamos la respiración, sabremos con exactitud lo que dejamos de ser, quiénes somos. Habremos llegado.











