A veces las fronteras no tienen nada que ver con el arte, es así como el cineasta Rafael Rangel se une creativamente al escritor László Krasznahorkai y al director Béla Tarr. Tanto así que en el próximo libro El cine salvaje de Rafael Rangel, hay un ensayo titulado “El caballo de Turín”, donde el michoacano analiza ese hermoso filme. Aquí lo transcribimos.
Ciudad de México, 9 de octubre (MaremotoM).- Hay películas que no se ven: se habitan. Sátántangó (1994), del húngaro Béla Tarr, pertenece a esa categoría extrema del arte cinematográfico donde el tiempo se convierte en materia, la desesperanza en paisaje y el ser humano en una figura suspendida entre el lodo y la eternidad.
Basada en la novela homónima de László Krasznahorkai —Premio Nobel de Literatura 2025—, la película es una obra de siete horas y media que narra la descomposición moral y social de un grupo de campesinos que aguarda, entre la miseria y la lluvia, la llegada de un supuesto mesías. Ese mesías, Irimiás, no viene a salvarlos, sino a confirmar que la redención también puede ser una forma de engaño.
Rodada en un blanco y negro hipnótico, con planos secuencia de una duración casi mística, Sátántangó es un ejercicio de resistencia. Tarr hace del tiempo su principal herramienta narrativa: cada paso, cada respiración, cada gota de lluvia se vuelve símbolo de una espera que no tiene fin.
En el universo del director húngaro, el Apocalipsis no llega con estruendo sino con la lenta putrefacción de lo cotidiano. Los personajes —borrachos, traidores, ilusos, niños abandonados— repiten una coreografía circular de ambición, mentira y ruina. El título mismo lo dice: el tango del demonio, una danza de seis pasos adelante y seis atrás. La historia avanza y retrocede como el destino.
El húngaro László Krasznahorkai, desde la película Kárhozat (1988), colabora con frecuencia con Béla Tarr. Es una película única, extraordinaria, descarnada y con esa atmósfera tan sobria y particular, marca del director.
El caballo de Turín
Sobre la pantalla negra escuchamos una voz pausada:
“En Turín, el 3 de enero de 1889, Friederich Nietzsche salió del número 6 de la calle Carlo Alberto, quizás a pasear, quizá para ir a la oficina postal a recoger su correo. No lejos de él, o de hecho muy distante de él, un cochero tiene problemas con su terco caballo. A pesar de sus esfuerzos, el caballo se niega a moverse, por lo que el cochero -¿Giuseppe?, ¿Carlo?, ¿Ettore?-pierde la paciencia y con su fusta azota al caballo. Nietzsche se acerca a ver lo que ocurre, y pone fin a la brutal escena. Nietzsche llorando abraza del cuello al caballo. Un vecino lo lleva a casa, donde yace en silencio en un diván durante dos días, hasta que murmuró: “Mutter, ich bin dumm” (Mamá, soy tonto). Vive diez años más, tranquilo pero demente al cuidado de su madre y sus hermanas. Del caballo, no sabemos nada”.
De la pantalla oscura emerge la imagen en blanco y negro del caballo que jala la carreta con aquel hombre en un camino árido y desolado, con ráfagas de viento…
Hace diez años vi El caballo de Turín.
Sabía que sería difícil repetir la experiencia de verla en cine, así que mientras estuvo en cartelera regresé unas 6 ó 7 veces. Sobra decir que dejó en mí una huella indeleble. Sí el cine hubiese nacido cien años antes o Nietzsche nacido cien años después, esta sería una película que él hubiese escrito y dirigido.
El caballo de Turín es más que cine. Verla nos hace partícipes de una compleja experiencia donde un cineasta-filósofo-profeta, Béla Tarr, logra imaginar, entrar, habitar, convivir, y testimoniar el lugar donde se origina el nihilismo vivencial. Más que una ficción podría ser un documental de los últimos 6 días de la existencia ante la inexorable llegada del fin de los tiempos.
Con la fotografía del alemán Fred Kelemen, ejecutor de los poderosos y escasos 30 planos, cada uno, una ontología de la imagen, la película inicia con una larga secuencia de la andadura del caballo tirando de la carreta con el hombre; la música y el movimiento del caballo son mántricos, su repetición y duración nos induce a un estado meditativo, no sereno, sino un trance inquietante. Mihály Vig (compositor de la banda sonora) no invade ni señala, es el sonido-mantra-sagrado, de un ritual que invoca y evoca.
El larguísimo trayecto es el preludio para llegar a la cabaña situada en el fin del mundo. Este eterno plano secuencia no podía ser de otro modo si el destino es ese. Jacques Rancière dice de Béla Tarr: “… el creador del tiempo suspendido”.
El anciano con presencia y rostro de rasgos mitológicos, oculto o en exilio de su propia leyenda, quien sabe de qué cultura antigua, con las huellas de quien sabe cuántas batallas, un brazo y ambos ojos atrofiados, decadente, cansado, derrotado, harto, (János Derzsi) y su hija, servil y abnegada, (Erika Bók, en su tercera película dirigida por Tarr), aislados en condiciones inclementes luchan cada instante de cada día por cubrir sus necesidades básicas.
La miseria en la que viven más que una descripción de la pobreza es la creación de un contexto en su mínima expresión, es el fortalecimiento del concepto sin distractores: cada mañana, la hija ayuda a vestirse al padre que tiene el brazo inservible. Beben un trago de palinka. Ella trae agua del pozo. Su único alimento es una papa hervida. El caballo se niega a comer e incluso a moverse. Ambos, sentados, miran por la ventana la furia del viento. Para dormir, la hija lo ayuda a desvestirse. Todos los días es esa su elemental y tediosa rutina.
Bukowski sin sacralidad. En otro contexto se refiere a lo mismo cuando dice:
“¿Cómo diablos puede un ser humano disfrutar que un reloj alarma lo despierte a las 5:30 am para brincar de la cama, sentarse en el escusado, bañarse y vestirse, comer a la fuerza, cepillarse los dientes y cabello y encima luchar con el tráfico para llegar a un lugar donde usted, esencialmente hace montañas de dinero para alguien más, y encima si le preguntan, debe mostrarse agradecido por tener la oportunidad de hacer eso?”
Esta rutina de tedio abrumador se ve interrumpida por mínimos pero significativos hechos: en el tercer día el caballo deja de comer, luego, la visita indeseada de siete cabalísticos gitanos que roban un poco de agua del pozo y, antes, en el segundo día, el caballo después de serle amarrado el atalaje para jalar la carreta se resiste a caminar. Ohlsdorfer y su hija lo regresan al establo. Más tarde, llega Bernhard (alter ego de Nietzsche, según reconoció Béla Tarr) quien entendemos es un viejo conocido, que a cambio de unas monedas le proveen en su botella de aguardiente palinka, bebida tradicional de Hungría, Transilvania y Voivodina. En su breve estancia sentado a la mesa le dice vehemente a Ohlsdorfer:
“Todo ha sido degradado, pero puedo decir que ellos han arruinado y degradado todo. Porque esto no es algún tipo de cataclismo, que cae sobre los humanos. Por el contrario se trata del propio juicio del hombre, su propio juicio en sí mismo, con, por supuesto, la ayuda de Dios, o me atrevo a decir: con Dios formando parte… o con lo que sea que ha tomado parte… de la más espantosa creación que puedas imaginar. Porque como verás, el mundo ha sido degradado. Así que no importa lo que diga porque todo ha sido degradado por lo que han adquirido como lo han conseguido de una forma deshonesta y artera, lo han degradado todo. Porque sea lo que sea que toquen, y ellos lo tocan todo, lo degradan. Este es el camino hasta la victoria final. Hasta el triunfante fin. Adquirir, degradar. Degradar, adquirir. O de forma diferente si quieres: Tocar, degradar y así adquirir, o tocando, adquiriendo y entonces degradando. Ha sido así durante siglos. Sigue y sigue y sigue. A veces a escondidas o groseramente, a veces discretamente, a veces brutalmente. Pero ha sido así y sigue siendo. Así, solo de una manera, como ratas atacando en una emboscada. Porque para esta perfecta victoria era esencial que el otro lado pensase que todo eso es excelente, grande y de alguna manera noble. No debería llevar a ninguna clase de lucha. No debería haber ninguna clase de pelea, solo la repentina desaparición de un lado, significa la desaparición de la excelencia, lo grande, lo noble. Así que los ganadores son quienes atacan y emboscan las reglas de la Tierra, y no hay ningún pequeño recoveco donde uno pueda esconderse de ellos, porque todo lo que ponen sobre sus manos es suyo. Incluso cosas que pensamos que no podemos alcanzar – ellos si pueden – también son suyas. Porque el cielo ya es suyo y todos nuestros sueños.
Suyo es el momento, la naturaleza, el silencio infinito. Hasta la inmortalidad es suya.
¿Me entiendes? ¡Todo, todo está perdido para siempre! Y las nobles, grandes y excelentes personas se pararon aquí, si puedo decirlo así. Se detuvieron a esta altura, y tuvieron que entender y aceptar que no hay Dios o Dioses. Y el excelente, el grande y el noble tuvieron que entender y aceptar esto, desde el principio. Pero, por supuesto, eran bastante incapaces de entender esto. Ellos lo creían y aceptaban pero no lo entendían. Ellos solo se pararon aquí, desconcertados, pero no resignados. Hasta que algo – que despertó en sus cerebros – finalmente los iluminó. Y todos a la vez se dieron cuenta que no hay ni Dios o Dioses. Todos a la vez vieron que no hay ni bien ni mal. ¡Entonces todos vieron y entendieron que si esto era así, entonces ellos mismos ni siquiera existían! Verás, creo que éste fue el momento en que podemos decir que fueron extinguidos, que se quemaron. Extinguidos y quemados como el fuego que arde en el prado. Uno era un constante perdedor, el otro era un constante ganador. Derrota, victoria, derrota, victoria. Y un día –aquí en esta zona- tuve que darme cuenta, y me di cuenta, que estaba equivocado, estaba realmente equivocado cuando pensé que nunca hubo y nunca pudo haber algún cambio aquí en la Tierra. Porque, créeme, ahora sé que este cambio ya es una realidad”.
La hija, con la “anti-Biblia” en su regazo, que en agradecimiento por el agua del pozo uno de los nómadas gitanos le regaló. Campesina, alejada de las letras con dificultad entrañable, lento, mientras sigue renglón por renglón con el dedo sobre el libro en la conexión más prístina y pura entre lo humano y lo divino, deletrea: “… la mañana se convertirá en noche y la noche llegará a su fin”.
Las austeras acciones en El caballo de Turín son metáfora del esfuerzo inútil e incesante del hombre. Camus desarrolla la idea del “hombre absurdo”, o con una “sensibilidad absurda”. Es aquel que se muestra perpetuamente consciente de la completa inutilidad de su vida. También es aquel que, incapaz de entender el mundo, se confronta en todo momento a esta incomprensión. De esta forma plantea la filosofía del absurdo que mantiene que nuestras vidas son insignificantes y no tienen más valor que el de lo que creamos.
Sísifo, en la mitología griega, como Prometeo, hizo enfadar a los dioses. Como castigo, fue condenado a perder la vista (los ojos atrofiados de Ohlsdorfer) y a empujar perpetuamente una piedra gigante montaña arriba hasta la cima, sólo para que volviese a caer rodando hasta el valle, desde donde debía recogerlo y empujarlo nuevamente hasta la cumbre y así, indefinidamente.
“No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible”.
Ohlsdorfer y su hija, son la representación de los conceptos anteriores, hasta que la brutal fuerza de la naturaleza decide continuar con su imparable historia: En el cuarto día, el pozo de agua se seca. Abandonan el lugar, pero regresan porque no hay a donde ir, intuyen que en todos los confines está sucediendo lo mismo.
Cada uno de los cinco días es flagelado por un viento apocalíptico. El viento cesa cuando en el quinto día el elemento fuego deja de existir. A la hija de aquel hombre ya no le es posible encender la lámpara, “hasta las brasas se fueron”, el agua, el fuego, el viento, la tierra, dejaron de existir. El sol se apagó. En el sexto día, sin agua, ni fuego no es posible hervir las papas. Sentados a la mesa en la oscuridad, Ohlsdorfer muerde la papa cruda: “tenemos que comer”. Fue lo mismo que dijo al caballo cuando este dejó de comer. Comprendemos entonces la capacidad de las bestias que, con su instinto sabio, anticipan los ciclos del universo.
La creación del universo según el Génesis fue en siete días. Béla Tarr en su teología personal divide la película en seis días, siendo también en un séptimo día, pero este, inexistente, en una lógica no humana, quizá sólo divina, cuando Béla Tarr, logra culminar su propio Génesis -o, si al libro que leyó la hija lo llama anti-biblia, este es el anti-Génesis- con la paradójica creación de la nada.
La película en su estructura regresa entonces a la pantalla negra de aquella voz pausada inicial, pero ahora es una oscuridad absoluta que disuelve esa evocación de limbo, el primer círculo de Dante donde los condenados que lo habitan: el hombre, su hija, el caballo de Turín, Bernhard, los siete cabalísticos gitanos y, quién sabe, el resto de la humanidad, separados de Dios, sin esperanza de reconciliarse con Él, son también ya imposibles de ver y escuchar. Se encuentran ahora, ya no en el limbo terrenal, sino en el eterno no existir. Si la dureza de la película fue casi insoportable, el final a donde nos conduce Béla Tarr para dejarnos caer en el abismo sin ningún asidero, sin esperanza alguna, sin redención es, aún más insoportable…
Mientras éramos testigos omnipresentes de lo que sucedía en esa deteriorada y atemporal cabaña de piedra rústica inamovible en su agreste y violento-semipasivo rededor, intuíamos que no era ese un epicentro, sabíamos, teníamos la certeza que hasta en el último rincón de la Tierra y, también del universo, acontecía lo mismo…
¿Fue ese último día, el séptimo que ya no existió, el día en que Dios murió?
Desoladora, hostil, en decadencia, devastada, tediosa, desahuciada, sentenciada, críptica, el cineasta-filósofo-profeta, con imagen y sonido nos muestra así, lo preexistente al nihilismo.
Mientras en las Armonías de Werckmeister, el tema fue la bonhomía entrañable de su dulce protagonista Janos, conocedor con sabiduría inocente de las leyes y el orden del cosmos: “Todo lo que vive está quieto. ¿Las colinas se irán apagando? ¿El cielo caerá sobre nosotros? ¿La tierra se abrirá bajo nuestros pies? No sabemos. No sabemos: un eclipse total se ha encontrado con nosotros”. ¿Clarividente de lo que sucederá once años después en El caballo de Turín? Por su hipersensibilidad, padece la ausencia de un lugar para él en la sociedad demasiada pedestre de absurda barbarie, una sociedad incapaz de apreciar las armonías de Werckmeister. En su siguiente película nos habla del terrible destino de Ohlsdorfer, el individuo cruel: “…las mentes más profundas de todos los tiempos han sentido compasión por los animales”, siempre el filósofo alemán.
Nietzsche abraza al caballo para reconfortarlo y susurrarle al oído un perdón a nombre de la humanidad. Béla Tarr castiga al hombre condenándolo a vivir por siempre en una fábula ominosa, o, quizá nos quiso mostrar el origen de su profunda frustración que se desahoga en el caballo.
El cine de Béla Tarr se explica cuando nos enteramos de su intento por estudiar filosofía y tras la negativa del gobierno húngaro de permitir su asistencia a la universidad, fue que comenzó su búsqueda en el cine.
Sin embargo, Béla Tarr es filósofo nato, no de esos académicos preocupados por entender a Hegel, creyendo serlo por sus conocimientos vastos, pero en ellos, conocimientos inertes, útiles para bizantinas discusiones entre congéneres en las aulas, no, Béla Tarr es un filósofo real y puro, capaz de hacernos reflexionar con solo observar y escuchar el viento. Escribe filosofía con silencios y sonidos, imágenes y no imágenes. Un filósofo que con el tiempo será estudiado por ese pretencioso mundillo académico al que se le impidió acceder.
“… a mi entender, en esta película, un director de cine llega más lejos que la mayoría de los pensadores y literatos que lo han intentado: más lejos en el hallazgo de mostrar el finisterre de la vida y de la civilización, el territorio terminal en el que todo se desvanece, el hábitat de aquel hombre-ocaso al que Nietzsche juzgó necesario lulegar antes de que la humanidad pudiera plantearse la posibilidad de una aurora”. R. Argullol
“No he usado un guion en mi vida, porque el cine es ritmo, sonido e imagen”.
“No me importan las historias. Nunca me importaron. Cada historia es igual. No tenemos nuevas historias,” Béla Tarr coincide con lo escrito por Antonin Artaud:
“El cine tomado tal cual es, en lo abstracto, es eminentemente favorable a ciertas revelaciones. Utilizarlo para contar historias, es privarse del mejor de sus recursos, ir en contra de su fin más profundo. He aquí porqué me parece que el cine está hecho, sobre todo, para expresar las cosas del pensamiento, el interior de la conciencia. El pensamiento claro no nos basta, nos da un mundo usado hasta el agotamiento. Comenzamos a darnos cuenta de que esta vida demasiado conocida y que ha perdido todos sus símbolos, no es toda la vida. Y la época que vivimos es bella para los brujos y para los santos, más bella que nunca.”
El caballo de Turín es el prólogo visual y auditivo para encararse con lo escrito por Nietzsche, primero en La ciencia jovial: “La Gaya Scienza”, de 1882:
“¿No han oído hablar de aquel loco que, con una linterna encendida en pleno día, corría por la plaza y exclamaba continuamente: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”? Como justamente se habían juntado allí muchos que no creían en Dios, provocó gran diversión. ¿Se te ha perdido?, dijo uno. ¿Se ha extraviado como un niño?, dijo otro. ¿No será que se ha escondido en algún sitio? ¿Nos tiene miedo? ¿Se ha embarcado? ¿Ha emigrado? Así gritaban y se reían al mismo tiempo. El loco se lanzó en medio de ellos y los fulminó con la mirada.
—¿Dónde está Dios?— exclamó, ¡se los voy a decir! ¡Nosotros lo hemos matado, ustedes y yo! ¡Todos somos unos asesinos! Pero, ¿cómo lo hemos hecho? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Quién nos ha dado la esponja para borrar completamente el horizonte? ¿Qué hemos hecho para desencadenar a esta tierra de su sol? ¿Hacia dónde rueda ésta ahora? ¿Hacia qué nos lleva su movimiento? ¿Lejos de todo sol? ¿No nos precipitamos en una constante caída, hacia atrás, de costado, hacia delante, en todas direcciones? ¿Sigue habiendo un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No sentimos el aliento del vacío? ¿No hace ya frío? ¿No anochece continuamente y se hace cada vez más oscuro? ¿No hay que encender las linternas desde la mañana? ¿No seguimos oyendo el ruido de los sepultureros que han enterrado a Dios? ¿No seguimos oliendo la putrefacción divina? ¡Los dioses también se corrompen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios está muerto! ¡Y lo hemos matado nosotros!”
(III, §125)
Después, en Así habló Zaratustra en 1885:
“¿Y qué hace el santo en el bosque?”, preguntó Zaratustra.
El santo respondió: “Hago canciones y las canto; y cuando hago canciones, río, lloro y gimo, así alabo a Dios.
Cantando, llorando, riendo y gimiendo alabo al Dios que es mi Dios. Mas ¿qué nos traes tú de regalo?”
Cuando Zaratustra hubo oído estas palabras, saludó al santo y dijo: “¡Qué tendría yo para daros a vosotros! ¡Pero deja que me vaya deprisa para que no os quite nada!” —Y así se separaron, el anciano y el hombre, riendo, como ríen dos jóvenes.
Pero cuando Zaratustra estuvo solo, habló así a su corazón: “¡Cómo es posible! ¡Este viejo santo aún no ha oído nada en su bosque de que Dios ha muerto!”
El cineasta-filósofo-profeta, dijo que después de El caballo de Turín no tiene nada más que decir en el cine. Su testamento está escrito.
“Es todo lo que queríamos decir, eso es todo lo que podíamos decir, y realmente no quiero repetirme a mí mismo… Podríamos hacer 10 ó 15 películas más, pero ¿para qué? ¿Solo por dinero, solo para decirte lo mismo? No quiero ser un burgués ridículo y estúpido que va a las alfombras rojas, y haciendo algo que es falso”.
Susan Sontag, en su ensayo “Un siglo de cine”, en el que declaró la muerte de este arte, ciertamente pensaba en las películas de Tarr cuando escribió: “…esto no significa que no habrá nuevas películas que admirar. Pero esos filmes no sólo serán excepciones; eso aplica a los grandes logros de cualquier arte. Tendrán que ser violaciones heroicas de las normas y prácticas que ahora gobiernan la creación de películas en todos los lugares del mundo capitalista y del mundo que aspira ser capitalista, es decir, todo el mundo”.
De Santantangó (1994) dijo:
“Devastador, apasionante por cada minuto de sus siete horas. Me alegraría verlo cada año por el resto de mi vida”.
Querido Béla Tarr, sé de tu animadversión a las lecturas simbólicas y metafóricas, sin embargo, también dices: “Permitamos que el espectador razone sobre lo que ve, no le demos todo”, de modo que lo anterior es eso, mi razonamiento. Con tu postura de vida y obra completa -diez ficciones y un documental, todas ellas “violaciones heroicas”-, apartaste al cine del brillo vacuo y pueril, de la decadencia y la esterilidad, le otorgaste al arte más reciente pero el más anquilosado, su vigor, fortaleza y valores profundos, ampliaste su horizonte en estos tiempos de sometimiento a la banal y rampante redituabilidad. “Porque sea lo que sea que toquen, y ellos lo tocan todo, lo degradan”.
Con El caballo de Turín, abres en el cine una bifurcación secular. Perteneces al depurado grupo de quienes inspiran a los que deseamos e intentamos a través de la imagen hacer una expresión personal. Recibe todo mi agradecimiento…











