Juan José Rodríguez

JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ Y EL ENIGMA QUE FUNDÓ AL MÉXICO MODERNO

El inextricable caso de la banda del automóvil gris (Penguin Random House / Grijalbo): crimen, poder y el nacimiento de la tecnología política

Ciudad de México, 15 de octubre (MaremotoM).- Un automóvil sin manivela, faros eléctricos encendidos en la penumbra, puertas que se abren con sigilo y un puñado de hombres que entran a las casonas de la capital como si fuesen suyas.

La banda del automóvil gris sembró terror en la Ciudad de México en los años de la Revolución y lo hizo amparada por la protección del poder. De ese cruce —delincuencia organizada y Estado— nace el libro nuevo de Juan José Rodríguez, El inextricable caso de la banda del automóvil gris (Grijalbo), una investigación narrativa que revive el tránsito del ideal revolucionario al autoritarismo moderno, con un método que mezcla crónica, archivo, memoria familiar y ensayo.

El autor reconstruye cómo la novedad tecnológica de la época —el automóvil veloz, eléctrico, alquilado y devuelto— se volvió herramienta criminal; cómo el asesinato de Francisco I. Madero se ejecutó en convoy; cómo la ciudad, sitiada por el hambre, siguió abarrotando teatros y nacientes salas de cine; cómo nombres reales —Emiliano Zapata, José Juan Tablada, los verdugos de la Decena Trágica— se cruzan con un linaje íntimo que permite leer los hechos desde el subsuelo de las familias. El resultado es un mosaico narrativo que ilumina el origen del México contemporáneo y abre la puerta a una trilogía de la Revolución que Rodríguez prepara: la banda, Raúl F. Sierra y Tablada, “tres rostros del mal”.

Juan José Rodríguez

—Publicabas una novela cada dos años. Esta vez te tomaste más tiempo.

—Me lo pedía el libro. Durante la pandemia me metí en tres novelas; dos están terminadas. El inextricable caso… requirió decantación: silencio, pausa, volver sobre archivos. Sentí que no podía publicar nada más hasta cerrar esta historia.

—¿Por qué convertir la banda del automóvil gris en el eje de una trilogía sobre “tres rostros del mal”?

—Porque permite pensar el mal en la Revolución desde ángulos distintos: la banda criminal ligada al poder; Rodolfo Fierro, el hombre del pueblo que asciende y se degrada y José Juan Tablada, el gran lírico porfiriano que se decanta por el huertismo. Juntos arman un espejo de época.

—El libro salió antes de lo previsto.

—El lanzamiento era para finales de octubre, pero surgieron invitaciones a la Feria del Libro del Zócalo y al Senado. El sello aceleró la imprenta. En realidad lleva cinco años de reflexión; lo que se adelantó fue la puesta en circulación.

—Tu novela investiga, pero también se cuenta a sí misma investigando.

—Quise asumir el método en la página: crónica de archivo, documentos, recortes, notas familiares. Incluso incorporo textos de Tablada y materiales periodísticos de época con juego tipográfico para que el lector identifique capas. La editora Ángela Olmedo Ayuso me ayudó a afinar ese entramado.

Juan José Rodríguez
Quise asumir el método en la página: crónica de archivo, documentos, recortes, notas familiares. Foto: Cortesía

—Dices que a Madero lo matan “automóviles”. ¿Cómo entra la tecnología a tu relato?

—El automóvil es personaje. Francisco I. Madero muere en una operación montada con dos coches; la banda usaba un Lancia Torpedo: encendido eléctrico, faros y velocidad. Era tecnología de punta al servicio del crimen. Me interesó mostrar cómo lo moderno se vuelve instrumento político.

—El libro también habla de José Juan Tablada desde una perspectiva íntima.

—Tablada forma parte de una familia sinaloense, emparentada con figuras como Genaro Estrada. Fue un lírico extraordinario que, por convicción o conveniencia, se alineó con la contrarrevolución. En el libro recupero su voz periodística, su relación con empresarios, su mirada sobre Zapata.

—¿Reescribes la ciudad durante la guerra?

—Quise una novela chilanga. La capital fue tomada por zapatistas, carrancistas, obregonistas; el hambre la atravesó. La falta de circulante convirtió joyas y monedas en valor de uso y la banda saqueó casas para alimentar ese mercado. El final se va a la vida nocturna: cabarets, boleros, personajes como El Zapito, un plomero nocturno de leyenda.

—¿Qué tan cerca estás de afirmar responsabilidades históricas?

—Procuro no fantasear. Sería tentador decir que los asesinos de Zapata o Carranza eran los mismos de la banda, pero no hay evidencia concluyente. El caso es inextricable por algo. Sí sumo hallazgos: por ejemplo, la posible inspiración en una película francesa sobre una “banda del coche gris” (L’auto grise, de los archivos Gaumont) que ya había señalado José Felipe Coria.

—Mencionas a Madero, a Tablada, a María Conesa, a Mimi Derba… También discutes con la prensa de la época.

—La prensa fue un personaje. La libertad satírica pudo incendiar ambientes. Un ejemplo: el collar que luce María Conesa —amante del general Pablo González— ayuda a tirar del hilo de los robos. Mimi Derba, pionera del cine, aparece en la saga. Ese tejido entre periodismo y espectáculo también funda el México moderno.

—¿Qué te interesaba discutir con el lector?

—El origen del mal político y su tecnificación. La ciudad como escenario de guerra y espectáculo. La idea de que una historia nacional puede contarse cruzando expedientes militares —hoy más consultables—, memoria familiar y cine. Asumí el riesgo de una novela total: investigación, ficción y meta-relato.

—¿Qué te dejó el proceso?

—La certeza de que esta era la novela que había que escribir. La dedico a Arturo Trejo Villafuerte e Ignacio Trejo Fuentes, amigos y guardianes de mis noches. Siento que cerré una prueba personal: contar la ciudad, leer la Revolución con luces de automóvil y devolverle al lector el vértigo de perderse para encontrarse.

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