En un tiempo marcado por la crisis ambiental y el avance de discursos de odio, su voz resulta imprescindible. “El futuro está en esos planteamientos que ven el agua y la naturaleza como seres vivos. Ahí está el verdadero futurismo, no en el tecno-optimismo”, afirma.
Ciudad de México, 13 de septiembre (MaremotoM).- Josefa Sánchez Contreras (México) es ensayista, investigadora y activista socioambiental. Pertenece al pueblo angpøn (zoque) de Chimalapas, en Oaxaca y desde ese lugar de enunciación ha levantado una voz que incomoda y que interpela.
Su nuevo libro, Despojos racistas (Anagrama), publicado recientemente, cuestiona de raíz las promesas de las llamadas “transiciones verdes” y desnuda el modo en que el colonialismo energético se recicla bajo el discurso de la emergencia climática.
“Hoy el racismo ya no se justifica en nombre del progreso, sino de salvar a la humanidad de una catástrofe ambiental. Bajo ese argumento se promueven megaproyectos que violentan territorios y comunidades”, asegura la autora en entrevista.

Colonialismo histórico, colonialismo verde
Para Sánchez Contreras, el vínculo entre racismo y despojo tiene una larga historia. Durante la colonización de América, el racismo legitimó la expropiación del Sur global para industrializar al Norte. Hoy, en pleno siglo XXI, esa lógica se actualiza: la narrativa del cambio climático se utiliza como coartada para instalar proyectos mineros, parques eólicos o megaproyectos energéticos en territorios indígenas.
“El Estado y el narcotráfico, quienes detentan el poder de la violencia, ejercen ataques contra los defensores del territorio. Lo que naturaliza esa violencia es el racismo: una estructura histórica que vuelve sacrificables a ciertos cuerpos y territorios”, explica.
La autora subraya que se trata de un racismo que se expresa bajo nuevas formas: “Ya no se habla de modernidad, sino de salvar a la humanidad de la catástrofe climática. En nombre de ese imperativo se justifican proyectos que siguen despojando al Sur global”.
Racismo ambiental en las ciudades
El libro también dialoga con las realidades urbanas. La autora analiza la explosión ocurrida enel Puente de la Concordia, en Iztapalapa, como ejemplo de cómo la pobreza y el racismo determinan los riesgos ambientales. “Esa distribución desigual de los impactos es lo que se denomina racismo ambiental”, señala.
El concepto, acuñado en Estados Unidos en los años ochenta, denunciaba cómo vertederos y zonas contaminadas se localizaban en barrios afroamericanos o latinos. Para Sánchez Contreras, la Ciudad de México ilustra esa desigualdad: la falta de agua en alcaldías como Gustavo A. Madero contrasta con la abundancia en zonas de élite como Polanco.

Donald Trump, el ecofascismo y los discursos de odio
En la conversación, Sánchez Contreras vincula el avance de la catástrofe ambiental con el auge de discursos racistas y fascistas. “Donald Trump representa con claridad esa articulación entre negacionismo climático y racismo. Mientras Europa habla de descarbonización con su green, baby, green, Trump responde drill, baby, drill, apostando a seguir perforando pozos petroleros. Ese negacionismo viene acompañado de discursos de odio contra migrantes y pueblos del Sur”, reflexiona.
La autora considera que esas ideas son peligrosas no solo para Estados Unidos, sino para el mundo entero. “El discurso racista aumenta a la par de las crisis ambientales. Las disputas por recursos —agua, energía, tierras— son cada vez más violentas, y los pueblos racializados son los más afectados”.
Incluso señala con alarma la propuesta de Trump de construir un balneario en Gaza, mostrada a través de videos generados con inteligencia artificial: “Es escalofriante. Esa promesa de transformar un territorio devastado en un resort turístico es la máxima expresión del ecofascismo. Es una advertencia: bajo el pretexto de modos de vida imperiales, se justifican exterminios contemporáneos”.
En el centro de la reflexión de Sánchez Contreras está el agua. “Algunos movimientos dicen: no es sequía, es saqueo. En mi pueblo la defensa del agua es fundamental. No se trata solo de un recurso, sino de un ser vivo, constitutivo de nuestra existencia. Esa visión rompe con el antropocentrismo y nos ofrece claves para pensar otros futuros”, sostiene.
El agua, en su concepción, no se reduce a un líquido vital, sino que forma parte de un modo de habitar el mundo. Por eso, su defensa contra la minería o las concesiones extractivas es, al mismo tiempo, defensa cultural y defensa de la vida.
Otro fenómeno que la investigadora analiza es la gentrificación y el impacto de los “pueblos mágicos” en México. “Son parte de la misma lógica racista. Los pueblos son exotizados, folclorizados, congelados en identidades mercantilizadas para el turismo. No tendríamos que hablar de pueblos mágicos, sino de territorios, autonomía y derechos de autogobierno”, sostiene.
Para ella, el problema no es solo urbanístico o turístico, sino profundamente político: la transformación de territorios en escaparates para el consumo implica el despojo simbólico y material de los pueblos que los habitan.
¿Cómo hace Josefa Sánchez Contreras para ser al mismo tiempo investigadora, escritora y activista? La respuesta revela la intensidad de su compromiso: “Escribo donde puedo: en el autobús, en el pueblo, en la universidad. Lo importante es articular la potencia política de los pueblos con el debate académico. Hay que poner en diálogo esos lenguajes: el de la defensa territorial y el del ecologismo académico, que muchas veces está lejos de las comunidades”.
En su escritura conviven la experiencia de los pueblos indígenas y las discusiones internacionales sobre transición energética, crisis climática y derechos de la naturaleza. Su obra es, en ese sentido, tanto testimonio como propuesta política.
Despojos racistas es más que un libro de denuncia: es una lectura urgente sobre cómo el colonialismo se reinventa bajo la máscara verde del capitalismo climático. Con ejemplos locales y globales, desde los Chimalapas hasta Gaza, desde Iztapalapa hasta Washington, Josefa Sánchez Contreras conecta las luchas de los pueblos indígenas con las disputas internacionales por los recursos.
En un tiempo marcado por la crisis ambiental y el avance de discursos de odio, su voz resulta imprescindible. “El futuro está en esos planteamientos que ven el agua y la naturaleza como seres vivos. Ahí está el verdadero futurismo, no en el tecno-optimismo”, concluye.











