Javier Martínez Staines

JAVIER MARTÍNEZ STAINES Y LA TEMPESTAD QUE NO LO DEJÓ ESCAPAR

En Tempestad, Javier Martínez Staines transforma un ejercicio terapéutico en una novela sobre el duelo amoroso, la memoria y la madurez emocional. El autor retrata a un hombre paralizado por la pérdida que solo encuentra salida atravesando el silencio, la amistad y la contradicción del amor que hiere y salva. La ciudad, el clima y los personajes anónimos tejen un mapa afectivo donde la serenidad llega al final de la tormenta y deja abierta una pregunta: ¿qué mitología personal nos sostiene cuando ya no duele, pero tampoco se olvida?

Guadalajara, Jal, 3 de diciembre (MaremotoM).- Javier Martínez Staines lleva décadas nombrado como uno de los periodistas más importantes de México. Dirigió Televisa Editorial, hoy encabeza una empresa de contenidos, convive con deadlines, estrategias, cifras. Sin embargo, cuando habla de Tempestad, su segunda novela, el tono cambia. Se corre de la mesa de consejo, se sienta como escritor que se dejó arrastrar por una grieta íntima que no pudo contener.

Javier Martínez Staines
Editado por Gato Blanco. Foto: Cortesía

La historia no nació como proyecto literario. Nació en terapia.

“Empezó en terapia”, recuerda. “Mi terapeuta me propuso hacer un ejercicio de duelo que yo tenía contenido. De ahí salió un capítulo de lo que hoy es la novela. Era casi un diario de duelo, nada más. Un intento de entender por lo que había transitado”. Ese texto quedó reposando. Cuando el dolor inmediato empezó a bajar, apareció otra cosa: la escritura en sí, el gusto por fabular a partir de ese núcleo.

Ese primer capítulo se quedó “por ahí en medio”. Lo que vino después ya no pertenecía únicamente al duelo personal. Comenzaron a aparecer personajes, desprendimientos, escenas que pedían otra estructura. “En algún punto la novela dejó de ser mía”, acepta. Ese momento en el que la experiencia abandona el territorio biográfico se vuelve materia literaria.

El corazón de Tempestad es Emilio, un hombre que, paradójicamente, solo puede moverse cuando todo a su alrededor se desmorona. Martínez Staines quería retratar “a un hombre emocionalmente paralizado, alguien que antes sentía que llevaba totalmente las riendas de su vida y, de pronto, enfrenta algo que no sabe dónde acomodar”. Llega una relación disruptiva, incomprensible, que lo obliga a elegir entre permanecer atrapado o atravesar la zona de dolor para encontrar otra forma de equilibrio.

La memoria de Emilio funciona como brújula y naufragio. Orienta, desorienta, miente, exagera, sostiene. En su entorno aparece Carlomagno, personaje que opera como alter ego, la versión deseante y casi adolescente del protagonista. “Representa lo que Emilio quisiera estar viviendo, no lo que realmente vive”, dice el autor.

En ese territorio aparece un tercer polo: Tatiana, la mujer que vende juguetes sexuales, figura totalmente ficticia que lo sedujo al escribirla. La novela se puebla de voces que discuten el amor desde distintas orillas: el anhelo de salvación, la herida necesaria, la insistencia adolescente en que amar equivale a sufrir. “Creo que el amor que narro persiste porque hiere”, confiesa Martínez Staines. Esa herida también salva, aunque el narrador no lo diga de manera directa. Lo que hierve en el fondo es la pregunta: ¿se ama para ser rescatado o se ama a pesar de saber que habrá daño?

Javier Martínez Staines
¿Se ama para se rescatado? Foto. Cortesía

Tempus: espejo, abismo, posibilidad

El título de la novela no aparece por azar. Tempus es el nombre del personaje central en la relación amorosa, una figura que, para el autor, funciona “como espejo y como abismo”. Encierra una parte oscura que también habita en él, una zona que trata de controlar porque “cabalga con cierta oscuridad”. La relación entre Emilio y Tempus rebasa la cadencia que el propio escritor imaginaba al inicio. Se vuelve una especie de filosofía íntima del amor y el desamor, un laboratorio de límites.

Hay escenas que todavía le duelen. Recuerda en particular el relato de una ruptura anterior, con Celeste, la mujer que funciona casi como hermana de Tempus. Esa historia tenía que entrar, aunque le incomodara. “No había otra manera de explicar de dónde venía todo. No me hubiera gustado meterme a relatarla, pero era la única forma de mostrar una herida que se quiso cerrar, se reabrió y ya no volvió a cerrarse del todo”.

Otra zona dolorosa es el capítulo donde Emilio comienza a cuestionarse su propia vida después de la pérdida casi simultánea de Tempus y de otro vínculo esencial. Ahí se enlaza el duelo amoroso con otro duelo mayor: crecer, abandonar la versión ideal de uno mismo, asumir la adultez como acumulación de pérdidas. Alguien le dijo alguna vez esa frase –“envejecer es esto: acumulación de pérdidas”– y se le quedó tatuada.

La novela está llena de desgarres, aunque no se regodea en ellos. En medio del torbellino hay una red que sostiene: la amistad. Martínez Staines habla de esos amigos que funcionan como red de contención más que como brújula. “Probablemente no ayudan a ubicarte exactamente en qué parte del mapa estás parado, aunque sí permiten que no caigas hasta una dimensión desconocida”. En Tempestad aparecen también personajes anónimos, frases escuchadas al pasar, observaciones de desconocidos que se quedan como marcas.

La ciudad y el clima participan como personajes silenciosos. Lluvias, insomnios, trayectos, un México que Emilio conoce y habita frente a la fuga permanente de Tempus, que parece no sentirse parte de ningún gentilicio. Él encuentra refugio en lugares familiares como Oaxaca. Ella mantiene un desapego que se convierte en casi absoluta falta de comunidad. Esa oposición permea la atmósfera del libro.

En paralelo, la novela explora el poder del silencio. Tempus es una mujer “brutalmente silenciosa e increíblemente expresiva a través de esos silencios”. Las cartas no enviadas revelan más que muchas conversaciones. En tiempos de ficción audiovisual saturada de diálogos, Tempestad apuesta por lo que no se dice, por lo que se suspende, por las frases que se callan en voz alta y solo se escriben.

Hablar con Martínez Staines supone inevitablemente mencionar su trayectoria periodística. Sin embargo, él insiste en que Tempestad le permitió ir a otro lado. “Me hace sentir capaz de escarbar mucho más en el conflicto humano que lo que lograba hacer antes. Me siento más maduro en la manera de contar, más liberado de esa mirada de cronista para entrar a relatar desde dentro”.

El narrador de la novela observa las emociones internas sin imponerse, sin aparecer del todo. Se trata de una voz que conoce el mundo exterior, aunque se concentra en dejar que los personajes piensen, recuerden, duden. El autor se reconoce como aprendiz permanente frente a los grandes nombres de la literatura, no como alguien que ya domina todas las historias posibles.

Su relación con la inteligencia artificial se mantiene en tensión. La considera incapaz de crear algo verdaderamente nuevo, aunque reconoce que el periodismo no puede darse el lujo de ignorarla. “Si los periodistas no nos hacemos amigos de la inteligencia artificial, los dueños de los medios la van a usar para sustituirlo todo”, admite. Trabaja con ella en su empresa de contenidos, la alimenta, la combate, la vigila de cerca. Sabe que, si no, la escritura automática se volverá atajo cómodo para quienes solo ven números.

Al terminar la novela sintió algo poco habitual en él: serenidad. “Fue como si hubiera expulsado toda la ansiedad”, dice. La escritura de Tempestad no solo ordenó un proceso de duelo, también abrió un camino nuevo: la posibilidad de mirar el amor, el dolor y el paso del tiempo desde un lugar menos adolescente, menos ansioso, más consciente de las pérdidas que llegan con la edad.

Los lectores han encontrado capas que él mismo no había visto con claridad. Quienes lo conocen de cerca hablan de una oda a la amistad más que de un relato de devastación. En clubes de lectura que coordina, la conversación se desplaza rápido del chisme biográfico a la discusión sobre cómo se ama, cómo se deja de amar, cómo se rehace la vida después de una ruptura.

Queda una pregunta que lo ronda. Tempestad cierra, aunque no del todo. El personaje de Tempus toma una decisión fiel a sí misma, se atiene a su propia mitología. La entrevistadora intuye que podría haber una segunda parte, quizá otra novela relacionada con ese universo. Él duda. “La pregunta que me sigue haciendo la novela es si en algún momento ella va a toparse de frente con su historia y reformular toda su mitología personal. No creo que ocurra. La pregunta, sin embargo, permanece”.

Entre el ejercicio de duelo propuesto en un consultorio y las páginas que hoy llegan a los lectores, Javier Martínez Staines atraviesa una zona que ya no pertenece solo a su biografía. La tempestad íntima se volvió libro. El hombre que alguna vez se paralizó frente a la pérdida encontró la forma de narrarla.