Emiliano Monge

Hace falta valor para cambiar el lugar desde el que estamos viendo las cosas: Emiliano Monge

Los vivos es sin duda el gran libro del año y no es austero ni mezquino. Uno lo va a leer constantes veces a fuerza de convencerse de dónde está lo real, de dónde irse cuando hay grandes debates, porque la sombra del que no está nos pide atención y profundidad.

Ciudad de México, 15 de octubre (MaremotoM).- Leer Los vivos (Random House) es confirmar no sólo que Emiliano Monge es uno de los mejores autores de México, sino también pensar en una forma ¿global?, de que todos los desaparecidos son todos los desaparecidos del mundo.

Hay un zacate, un nopal en el paisaje, pero al mismo tiempo uno piensa en la Gaza recientemente desaparecida o en los nazis que desaparecían a los humanos a fuerza de gases en la Segunda Guerra Mundial.

Es un libro escrito como en un murmullo. Le saca presencia al lenguaje dándoselo y por otro lado le da forma a un discurso que es como un rezo constante, algo que no se va a terminar.

Están Vestigia, Hincapié, Lucía y un niño que por momentos parece el alter ego del autor o su cruel contrincante. Alguien que por momentos cree en el futuro, cree en la luz ciega que se levanta en el camino o también cree en Vestigia, que va a hacer lo que no tiene que hacer.

Todo esto es para decir que Los vivos es sin duda el gran libro del año y que sin embargo no es austero ni mezquino. Uno lo va a leer constantes veces a fuerza de convencerse de dónde está lo real, de dónde irse cuando hay grandes debates, porque la sombra del que no está nos pide atención y profundidad.

Es tonto decir que luego de leer el libro lo cerré y lloré. Tanta literatura perdida en una añoranza del mañana, que nada dice, cuando en esta forma de la no predicación de Monge, de no explicarnos por qué tenemos que llorar cuando precisamente no sabe dónde está el dolor, nos representa como los aparecidos que alguna vez seremos.

ENTREVISTA EN VIDEO A EMILIANO MONGE (VE, ESCUCHA)

­–Emiliano Monge, autor de Los vivos. Bueno, hay una gran sorpresa al leer este libro. Pareciera ser que no es tuyo. Uno como lector dice, hay determinadas líneas para leer a Monge, pero este rompe todas las líneas.

– Entre todos mis libros hay como unas rupturas grandes, ¿no? Salvo entre No contar todo y Justo ante el final, que siempre los pensé como dos libros; o sea, como el lado materno y el lado paterno. He intentado siempre como hacer rupturas que tuvieran que ver con diferentes temas o con la historia o con la arquitectura o con diferentes asuntos que hicieran que la escritura para mí siga siendo un reto y una manera de reaprender el lenguaje o de pelearme con el lenguaje. Esta vez creo que es mucho más evidente porque el cambio es en el estilo, digamos, más bien en el fraseo, en el lenguaje. Es un libro que está compuesto, como dices, de frases muy cortas y de párrafos muy cortos, que es algo que yo no había hecho, pero tiene que ver no solamente con la necesidad de cambiar o de buscar una nueva forma, un nuevo estilo, una nueva manera de escribir, sino con la relación que hay entre la forma y lo que se cuenta. Es un libro que tiene que ver con desaparecidos, que tiene que ver con personas que están buscando y pasaron muchos años en los que yo estuve buscando la manera de escribir este libro. Lo abandonaba porque no quería hacer un libro que fuera casi como una crónica o un reportaje o la historia de un desaparecido y buscaba la forma. Y en esos años hablé con muchos familiares de desaparecidos, con parejas de desaparecidos, con amigos de desaparecidos y desaparecidas y lo que me quedaba, la obsesión que me quedaba, era que cuando uno habla y tú lo sabrás perfecto, cuando uno habla con víctimas de la violencia, hay un punto en el que el testimonio se suelta y agarra algo así como velocidad de crucero y entonces es difícil contenerlo, pero cuando uno habla con víctimas de esta forma de violencia, todo lo que está relacionado con la desaparición, eso no pasa nunca. Hay un punto en el que el testimonio agarra velocidad de crucero. Son testimonios siempre muy asediados por el silencio, muy rodeados por la penumbra, donde cada palabra que se dice se cuida muchísimo porque ante cualquier error está la posibilidad de que se quiebre ese pequeñísimo tendedero del que todo cuelga. Es decir, está o no está, va a volver o no va a volver, está vivo o no está vivo, está muerto o no está muerto, todo está como asediado, hay como una suerte de silencio alrededor. Y como yo no quería usar los testimonios uno por uno, sino hablar de la desaparición en general, la manera en la que podía ofrendar un poco de respeto a esos testimonios era en la forma. Y la forma del libro tiene un poco esa forma de un discurso asediado por el silencio, rodeado por una oscuridad frágil. Yo escribía y pensaba todo el tiempo que tenía que pensar que este texto era como el cadáver de un animalito, como el esqueleto de algo pequeño, como algo que se pudiera disolver casi.

–Es un libro físico más que textual, digamos. Es un libro que no solamente quiebra la posibilidad del lenguaje, sino que también que quiebra la posibilidad de narrarlo. Es una narración como un murmureo, como en algo que no puede parar y al mismo tiempo no sabe qué decir.

–Sí, tiene que ver con el dolor. Digamos que es una exploración, es una forma de hacer las preguntas que hemos hecho tantas veces de un modo distinto. Más que buscar una respuesta, asomarse. Pasa que en ese punto de la desaparición, cuando alguien no está, se genera un hueco, un vacío. No es un hueco que sea único o algo que está ahí nada más como vacío. Es más bien como un vórtice que sigue succionando, que se sigue llevando cosas todo el tiempo de quien no está, pero también de quienes están. Sigue chupando, sigue jalando. Son más como abismos. Y la idea que yo tenía era como, en ese abismo, en ese espacio de la desaparición, en ese lugar en el que no se está vivo ni se está muerto y a donde no se puede asomar nadie, no se puede asomar la ciencia, no se puede asomar las ciencias sociales, la historia, la filosofía, el periodismo. Se puede intentar asomar el arte y la literatura. Podemos intentar que la literatura sea nuestro sentido en ese espacio, en ese lugar. Y un poco lo que busca el libro es eso, es asomarse ahí, meterse en ese lugar. Por lo tanto, es difícil de narrar. Es un lugar en el que el tiempo funciona de maneras diferentes. El tiempo tiene sentido si estamos vivos y tiene sentido si estamos muertos. No tiene sentido si no estamos ni vivos ni muertos. ¿Cómo funciona el tiempo si no estamos ni vivos ni muertos? Si estamos en esa pausa. El lenguaje igual. ¿Cómo funciona el lenguaje si no estamos vivos ni muertos? ¿Cómo son las reglas de ese espacio? Meterse ahí, tratar de escribir una historia que sucede en ese espacio, implica todo esto que me estás diciendo. Implica la imposibilidad de decir un montón de cosas, la necesidad de atreverse a preguntar sobre otras que normalmente no nos atrevemos a preguntar. Y sobre todo, asumir que el dolor de los demás es de uno también. En ese sentido se vuelve un libro muy físico. En el sentido que depende o está tensado por el dolor, por ese dolor que se genera en la ausencia, pero que también genera la posibilidad de la vuelta.

Emiliano Monge
Editó Random House. Foto: Cortesía

–Dicen todos que es un libro sobre los desaparecidos en México, pero lo que vi es que son los desaparecidos por los nazis, son los desaparecidos en México y son los desaparecidos hoy en la guerra de Medio Oriente. Me hizo acordar mucho a un poema maravilloso de Federico García Lorca que se llama “Tu infancia en Menton”, que está en Poeta en Nueva York. Porque claro que está la historia de Vestigia, la historia de Lucía, la historia de Hincapié, pero la historia de este niño, por ahí, creo yo, tú me dirás, te motivó a escribirlo. Como algo que te dio esa energía vital.

–Por supuesto, sí. Tienes toda razón, está muy bien visto. Efectivamente son los desaparecidos del mundo, digamos. Llevamos desapareciendo desde que somos especie y cada vez hay momentos mucho más terribles que otros. Como dices, ahora acá vivimos un momento tétrico porque hasta hace no mucho tiempo, como supieron en Argentina, en Chile y antes en España, pensando en García Lorca que mencionas, el agente de la desaparición era uno, el Estado. Y el agente de la desaparición era el Ejército, la Policía, la Policía Secreta. Y desaparecía aquel que era enemigo de, aquel que se veía como enemigo. Poco después de las dictaduras sudamericanas o del cono sur, digamos, en la parte norte de Sudamérica, aparecieron los paramilitares como agentes de la desaparición también en Colombia, en Venezuela, en Ecuador. Y entonces es una cabeza más, pero se siguen sumando cabezas. Ahora en México es el crimen organizado, la trata de personas, y ya ni siquiera el familiar, porque se ha cotidianizado de tal modo la desaparición que desaparece quien sea, no el que es enemigo de algo. Aparece el niño que va a comprar unas papitas, la mujer que sale a acomodar el coche porque lo dejó mal estacionado. Eso, que a mí me parece brutal, la cotidianidad de la desaparición, es lo que me empujaba también a escribir el libro, pero en la escritura, mientras contaba la historia de Vestigia e Hincapié, justamente aparece el niño. Y efectivamente el niño se vuelve o me hace ver a mí la necesidad de algún tipo de luz en ese mundo de esa oscuridad. Esa sensación que experimentan todos los personajes de darle algo o devolverle algo. Por un lado, por la inocencia, lo que implica las infancias, por eso no tiene un nombre y por eso es el niño, aunque todos los demás también tienen nombres que evitan la unicidad, que nos hacen no pensar en alguien, sino en la posibilidad de que cada uno sea muchos. También porque lo que no reconocen, que están sintiendo, es que ese niño que acaba de llegar, el último en haber llegado, como es el último en haber llegado, conserva todavía en él ecos de ese lugar del que todos vienen y que no recuerdan. Entonces hay una necesidad no solamente de convertir a ese niño en todo lo que estamos diciendo, sino también de reconocer en esa infancia un pasado común, de reconocer en esa inocencia un pasado común, de reconocer en esa forma de vivir, de experimentar y de reconocer la experiencia, un pasado común, de no olvidar que también fuimos y podemos ser eso. Y se vuelve esa especie de faro, como también es otro faro el amor entre Vestigia e Hincapié o el amor, la amistad entre Vestigia y Lucía o el asunto de Lucía con los animales, con esta idea que tenemos que es parecido a lo del niño, esta idea que tenemos de llevamos décadas humanizando a los animales en vez de animalizar al ser humano. Eso es otra cosa que funciona, en el mismo sentido diría que funciona la historia del niño.

–Ahora, tú dices que no sabes dónde está el dolor, pero también creo que no sabes dónde está la palabra, porque últimamente creo que es una metáfora de este diálogo que tenemos en el mundo, que es debate tras debate y no hay ninguna determinación, no hay ninguna oración que diga bueno, esto es así, todo es debatible, todo es relativo y entonces la palabra no sabemos dónde está y me parece a mí que entre el dolor y la palabra construyes esta novela.

–Ahí está el asunto de por qué el lenguaje de la novela es como es y lo hemos platicado todas las veces tú y yo, esta idea de que lo político en un libro está en el lenguaje que utilizas para escribir, en las palabras que eliges, en cómo te atreves a romper con la inercia de lo que se está imponiendo como discursos lógicos, pero en realidad discursos vacíos; vacíos porque la repetición de una palabra la vacía, pero además es tan sencillo como hacer el ejercicio, si uno se pone a repetir una palabra una y otra vez, una y otra vez, cierra los ojos y sigue y sigue y sigue, hay un punto en que la palabra se vacía, hasta que no la dices de otro modo vuelve a cobrar sentido, hasta que no la vuelves a ver de otro lugar vuelve a cobrar sentido. Esto pasa con la palabra, pero también con los discursos, las librerías se están llenando, se han retacado de libros, de literatura sin literatura, me parece y es lo que está, a veces pienso que tiene que ver con muchas cosas, tiene que ver con lo que dices tú, por supuesto, con estos discursos que nadie se atreve a que tengan sentido, la gente navega con discursos cada vez más ambiguos, porque es más seguro navegar con discursos ambiguos que navegar con posturas claras. Esto se traduce también en el lenguaje de algún modo; hay gente que yo tengo la impresión que han dejado de leer tanto los periódicos y se han dejado de ver las noticias y la gente se entera por otros medios, que esa necesidad inconsciente de la noticia se está trasladando a otros lugares, se está trasladando en muchos casos a las mesas de las librerías de novedades, la gente busca libros que sean noticia, nota roja, nota amarilla, nota pura, literatura que en vez de ser literatura es eso, es transmisión de noticias. Me parece que la literatura no puede renunciar al lenguaje y a imponerse como ejercicio que cada texto esté escrito con un lenguaje diferente al lenguaje del poder, diferente al lenguaje de la cotidianidad, que nos va a empujar si mezclamos esto con la historia que cada uno quiere contar a un lenguaje específico para cada historia, a una forma de nombrar o de intentar nombrar o de encontrar la manera de nombrar cosas que no han sido nombradas. En ese sentido, lo que dices es preciso, es decir, entre las palabras y el dolor transcurre una historia, es una historia que está contada muy entre líneas, pero no entre las líneas del texto, sino entre las líneas del texto y lo que hay o pudiera haber detrás del texto, ¿no?

–Lo que busca el texto, lo digo como lector, es precisamente la atracción. Es una tontería que te voy a contar, pero yo siempre duermo con la radio, digamos, hablando, y no con la radio, esta vez con YouTube, y estaba escuchando una cosa de la cadena SER y después me despierto con Federico Jiménez Losantos hablando pésimamente de Pedro Sánchez, de la dictadura en democracia y es todo lo mismo, digamos, ¿no? Entonces te agarra como una especie de decir, no quiero escuchar, no quiero nada, no quiero saber nada, y en este libro, sin embargo, uno va como hurgando y metiéndose. Para mí ese es el gran valor que tiene el libro, la posibilidad de ser leído.

–Es muy bonito lo que me dices y te lo agradezco mucho, Mónica  y de verdad creo que estamos hablando un poco también de cómo hacemos para ver, porque la posibilidad de meterte en algo y de dejar de escuchar lo mismo y de dejar de estar ante lo mismo tiene que ver también, me parece a mí, con el valor que hace falta para cambiar el lugar desde el que estamos viendo las cosas, ¿no? Uno puede escuchar una y otra vez lo mismo, pero si te lo cuentan de la misma manera, lo dejas de escuchar. Si ves las cosas de la misma manera, las dejas de escuchar. Si nombras las cosas de la misma manera, las dejas de nombrar. Y la literatura puede hacer que este punto de vista que está con moverse así, nada, un milímetro, todo lo que está viendo se convierta en algo diferente y en esa cosa que ves de manera diferente vuelves a ver un poco; por eso en la novela empieza con esa plática entre Vestigia y Lucía de las ranas, de cómo las ranas no ven más que el movimiento. O sea, si una rana está aquí y está todo esto que tengo yo delante, no lo ve, no existe, no está. Por la repetición, porque lo vio un millón de veces, porque ya no está. Tiene que soplar el viento para que se mueva eso o tiene que llover para que las gotas le cambien la vibración, para que ella pueda ver. La rana solo ve cuando algo mueve lo que está viendo. Y yo creo que la literatura tiene que tener el compromiso de mover lo que está tratando, lo que ya no estamos viendo por exceso de ver. Y hay que meterse ahí, ¿no? Como dices tú, hay que tratar de entrar, pues.

– Hay un tema que marcas con el tema del viento cuando Vestigia y el niño se dejan absorber por ese viento. Ahí también tiene una clave: la vida, digamos. El viento que nosotros le queremos dar cambia perfectamente toda la vida, Por ahí no solemos ser tan individuos como pensamos, pero sí cambiar un poquito el viento que viene, ¿no?

–No, tal cual, tal cual. ¿Quién era el poeta que decía…? Yo creo que era amigo de Lorca, que decía brincar y que el viento me acomode. Esi pasa un poco con los personajes de la novela, ¿no? Está el viento, porque además también está el asunto de la contradicción. Por ejemplo, la contradicción de Hincapié, ¿no? Hincapié tiene claro que quiere estar con Vestigia y que para estar con Vestigia tiene que impedir que Vestigia encuentre lo que está buscando, pero también tiene claro que Vestigia necesita encontrar, ¿no? Y que Vestigia va a estar, solo va a estar en paz si encuentra y por lo tanto si deja de estar con él, aunque ella tampoco quiera. Entonces, hay una cuestión como de dejar en mitad de todo lo que está pasando y de toda la voluntad que hay por lograr algo, hay una suerte de rumor menor, ¿no? Que lo va dejando, que le impone el dejar hacer, el dejar pasar, como un viento más suave, digamos, por debajo de ese otro viento de la voluntad, digamos, que a veces no escuchamos ese otro viento y que es el que dices, el que bien puede ponernos en el lugar que realmente nos tocaría o nos deberíamos dejar habitar también, ¿no? Es como los terremotos que se creyó toda la vida que había una onda que es la que se mide y que era la única onda que nos podía hablar de los terremotos y apenas hace poco se descubrió que hay una onda mucho más pequeña, mucho más ínfima. Que es una onda que es más pequeña, que está por debajo y que explica más de los terremotos que la onda evidente, digamos, ¿no? Eso también.

Las librerías se están llenando de libros de literatura sin literatura. Foto: Casa de América / Cortesía

–Ahora también es cierto que todos en el mundo somos supervivientes, ¿no? Como antes hablábamos de la supervivencia como un estado poético, ¿no? Voy a sobrevivir. Ahora no es así. Estamos totalmente a expensas de lo que la vida nos vaya diciendo. Yo tengo para pagar la renta hoy, pero no sé si la tendré para pagar mañana. Entonces, tú hablas ahí de un embarazo y hablas ahí de cierta cosa optimista. No sé, a lo mejor yo pienso que hay como una cosa optimista de sobrevivir. Pero sobrevivir con todas las letras, ¿no?

–Sí, porque es que es increíble cómo se ha vuelto… O sea, había contingencias en la vida, ¿no? Y parece que lo que se ha vuelto contingente es la vida misma, ¿no? Y eso está muy de fondo en el asunto… Es justo el tema de la desaparición, ¿no? Y justo el tema de las violencias. No tenemos que ir a eventos como tan puntuales como una desaparición, un asesinato o una violación. Si pensamos en la vida sin eventos explosivos, digamos, ¿no? En las vidas comunes, esa misma contingencia está. Está en lo que dices, en no saber si mañana vas a tener para pagar la renta, no saber si pasado mañana, etcétera, ¿no? O sea, es que el asunto de que lo que se ha vuelto contingente es la existencia misma, ¿no? Y cómo hacer para quitarle ese carácter contingente a lo que es el sobrevivir. Cómo sobrevivir realmente, cómo revivir, digamos, a la vida misma, ¿no? A la vida de cada uno. Y hay momentos en la novela que a pesar de que están en medio del dolor, ¿no? Pueden implicar, pueden darle sentido a esa búsqueda de ruptura con la supervivencia, ¿no? Los animales, jugar con un perro, reconocer que lo que hacemos no es necesariamente mejor a lo que hacen otras especies, ¿no? Está muy cargado eso, me parece a mí, de esta idea de no confundir el ritual con la costumbre, de no confundir la costumbre con el instinto, ¿no? Esta idea de estar atados a una suerte de venir ser del progreso cuando quizá es completamente erróneo; lo que nos impone esa idea de progreso que nos arrastra, que nos acelera, que nos presiona, que nos desconecta de los otros, que nos desconecta de nosotros mismos, que nos desconecta de los instantes, ¿no? Hubo alguna vez en que la gente pensaba que iba a ser al día siguiente a cierta hora del día. Eso no existe, es decir, lo más que puedes llegar a ser a una hora es una cita. Uno no piensa mañana me voy a… Es decir, el tiempo desapareció en lo individual y se volvió una cosa que solamente pareciera tenernos en plural, ¿no? Y es así como creo que en esa falta de tiempo se pueden ir reencontrando momentos como de reencuentro con uno mismo, ¿no? Que son eso que dice la manera de sobrevivir.

– Eso tiene que ver un poco con la crisis del Estado, con la crisis de las organizaciones. La ONU, por ejemplo, ya no sirve para nada. ¿Cómo ves el Estado frente a esta crisis individual?

–Veo que las instituciones están pasando por un pésimo momento. La ONU ni se diga. El momento en el que está el mundo es terrible. Me parece a mí que tiene que ver con que divorciamos, dejamos que se divorciara demasiado la idea de sociedad civil de Estado. Es decir, que en tanto veíamos los ciudadanos como parte del Estado, teníamos una relación muy diferente con las instituciones a lo que pasó cuando nos confundimos pensando que la sociedad civil era independiente del Estado, en vez de ser parte fundamental. Los gremios, los sindicatos se sabían parte del Estado, del gobierno. Cuando nos volvimos todos ciudadanos y ya, sociedad civil peor todavía, pareciera que fuéramos nada, una gente intermitente, sin ningún tipo de poder, sin ningún tipo de capacidad, más que de denuncia un poquito, de demanda un poquito, pero no un contrapeso real. Hemos confundido sociedad civil con ciudadanía y con las responsabilidades de la ciudadanía para con los otros también. Y eso ha permitido que el Estado nos pase por encima, porque los demás factores reales de poder del Estado no han confundido su lugar, ni lo van a confundir. Entonces me parece que eso es fundamental.

–He leído Los vivos y la voy a volver a leer sin pensar en que si va a ser película o si va a ser serie. Y eso me puso muy tranquila.

–Nunca jamás, nunca jamás no va a ser ni una ni la otra. Es un libro que escribí con muchísimo amor como para dejar que se convirtiera en serie o en película. No hay manera, no tiene sentido, es un libro que no se puede, no hay quien puede hacerlo. Por suerte.

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