Graciela Iturbide

GRACIELA ITURBIDE: EL MUNDO POR UNA VENTANITA

La fotógrafa mexicana, con su voz serena y la elegancia de quien ha aprendido a mirar sin invadir, resumió en unos minutos lo que ha hecho durante toda su vida: transformar el acto de observar en un gesto poético.

Ciudad de México, 25 de octubre (MaremotoM).– “He pasado más de medio siglo de mi vida mirando al mundo por una ventanita que apenas mide unos escasos centímetros cuadrados.” Así comenzó Graciela Iturbide su discurso al recibir el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2025, en el Teatro Campoamor, de Oviedo.

La fotógrafa mexicana, con su voz serena y la elegancia de quien ha aprendido a mirar sin invadir, resumió en unos minutos lo que ha hecho durante toda su vida: transformar el acto de observar en un gesto poético.

Su presencia en el escenario fue la de una mujer que no necesita grandes gestos para imponer respeto. Había viajado desde México con su cámara invisible, esa que le permitió capturar los ritos de los seri, las mujeres de Juchitán, los pájaros muertos, los niños jugando en cementerios y los retratos de un país que se resiste al olvido. “La fotografía no es la verdad —dijo—, sino la interpretación de una realidad que el artista aprehende en función de sus conocimientos, sus emociones, sus sueños y su intuición.”

En ese momento, España no sólo aplaudía a una fotógrafa: reconocía a una intérprete de la vida mexicana. Iturbide no se presentó como una testigo objetiva, sino como una creadora que busca el misterio dentro del instante. “Por más que el espectador lo dude, nunca he construido ninguna imagen —añadió—. Todas han sido fruto del azar o del encuentro.”

Graciela Iturbide
Obra de Graciela Iturbide. Foto Cortesía

Una mirada mestiza

Nacida en Ciudad de México en 1942, Graciela Iturbide se formó primero en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM. Su destino cambió al conocer a Manuel Álvarez Bravo, de quien fue asistente y discípula. De él aprendió la paciencia: “No hay que apresurarse —le dijo alguna vez su maestro—, hay tiempo, hay tiempo.” Esa enseñanza marcó para siempre su ritmo, su modo de acercarse a las cosas sin violentarlas.

“Soy el resultado de la fusión entre dos culturas”, recordó en Oviedo. Con esas palabras evocó el sincretismo que atraviesa su obra y su propio país: una mezcla de símbolos prehispánicos, tradiciones católicas y modernidad urbana. En sus fotografías, la mujer indígena convive con la Virgen, la calavera y el animal sagrado. No hay jerarquías: todo pertenece al mismo mundo que ella mira con respeto y asombro.

Iturbide, que ha expuesto en el MoMA de Nueva York, el Centro Pompidou de París y el Museo de Bellas Artes de Houston, ha convertido lo local en universal. En su lente, los rostros y las fiestas populares se transforman en alegorías del ser humano. Si el público dice “esto es México”, ella responde: “No, esto es Graciela Iturbide”.

Graciela Iturbide
Alejandro González Iñárritu acompaña a Graciela Iturbide a recibir el Premio Princesa de Asturias. Foto: Cortesía

Lejos de toda etiqueta, la fotógrafa rechaza que su obra sea calificada de “mágica”. Prefiere hablar de poesía. “La fotografía juega con una ambigüedad: devela un fragmento de realidad que procuro volver a velar, para no dilapidar el misterio que recoge”, afirmó. Esa es su ética estética: mostrar sin agotar, iluminar sin destruir.

Su trabajo sobre las comunidades seri, zapotecas y mixtecas no busca exotismo ni denuncia inmediata, sino una comprensión íntima de las culturas que sobreviven pese a la pobreza y el olvido. “La fotografía, para mí, crea un sentimiento de comprensión hacia lo que veo, lo que vivo y lo que siento”, dijo en su discurso.

El jurado del Premio Princesa de Asturias reconoció en ella una mirada “dotada de una extraordinaria profundidad artística, capaz de capturar lo primitivo y lo contemporáneo, la crudeza y la belleza de la realidad social”. Iturbide agradeció el galardón con la misma humildad con que toma una fotografía: “Más allá del sincretismo que me constituye, ante todo me considero una ciudadana del mundo. El arte no tiene pasaporte ni necesita visas.”

La exposición en Oviedo

En paralelo a la ceremonia, el Museo de Bellas Artes de Asturias presenta una amplia retrospectiva de su obra. Más de cien fotografías recorren sus series más emblemáticas: Juchitán de las mujeres, Los que viven en la arena, Fiestas, muertes y pájaros. En las paredes del museo, los contrastes de luz y sombra revelan la estructura moral de su mirada. Cada imagen es un fragmento de tiempo suspendido, un país entero visto desde un encuadre mínimo.

Graciela Iturbide
La muestra en Oviedo. Foto: Cortesía

El público español descubre allí un México que no se vende como postal, sino como metáfora. Las mujeres zapotecas con machete, los niños entre cruces, los pájaros que penden como ofrendas. Todo en blanco y negro, porque en el blanco y negro —dice ella— “se revela el alma de las cosas”.

Graciela Iturbide no necesita defender su lugar en la historia. Su legado ha trascendido la frontera entre el arte y la antropología, entre el testimonio y el sueño. Medio siglo después de mirar por aquella ventanita de su cámara, ha logrado construir un país propio: un México interior donde la realidad se confunde con la poesía.

“Si mis fotos provocan que alguien diga ‘esto es México’ —confesó en Oviedo—, yo contesto: ‘No, esto soy yo’.” Y en esa respuesta está toda su verdad: la del arte como espejo y la del artista como su propio territorio.

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