Gerardo Laveaga

Gerardo Laveaga, ¿dónde está la justicia?, es la pregunta del libro Hacia el pantano

Cada quien tiene su definición de justicia. Decía un célebre jurista romano, la justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada quien lo suyo. El problema es que ¿qué es lo suyo de cada quién? Nadie ha definido lo que es la justicia. Y no es lo mismo la justicia en Platón, que cada quien haga lo suyo, a la justicia en Hobbes, ni a la justicia en Rousseau, ni a la justicia en John Rawls.

Ciudad de México, 18 de octubre (MaremotoM).- “Arturo Pereda languidece tras su jubilación como magistrado federal. Se ahoga. Por ello, cuando la presidenta de la República lo invita a ser fiscal general, acepta sin dudarlo. Más que un reconocimiento, considera que se trata de una reivindicación. Sin embargo, al poco tiempo empieza a recibir encargos turbios de senadores, secretarios y miembros del ejército. El nuevo fiscal debe perseguir a empresarios y políticos incómodos: a los enemigos del régimen. ¿Qué hará Pereda? ¿Le será fiel a los principios de toda una vida o al grupo que lo encumbró y lo rescató del olvido??

Con esta metáfora en la sinopsis, el escritor Gerardo Laveaga hace una novela muy atada a la realidad, tratando de mostrar hasta qué punto este gobierno es sensible a los problemas de derecho.

“El destino de Pereda se cruza con el de Rodrigo, un joven idealista, profesor de Derecho, que se ha enamorado de la más hermosa —y peligrosa— de sus alumnas, con el de un normalista de Iguala, que sueña con la justicia social, con la presidenta de la Suprema Corte y con jueces, litigantes y otros miembros de la clase jurídica mexicana, casi todos movidos por el resentimiento, la avaricia y el hambre de poder”.

La novela Hacia el pantano (Alfaguara) es tan brillante como sombría, donde la fragilidad de nuestro sistema de justicia, del juego político y de la naturaleza humana se muestran a flor de piel.

¿Qué es la justicia y qué es la ficción y cómo se combinan en su obra? Es la primera pregunta que le hicimos.

–La novela tiene tres historias que se van a juntar al final, para tener un desenlace común. Y justamente das el clavo con tu pregunta, porque mi novela trata de los personajes de la realidad enfrentados a los grandes ideales, a la justicia, a la dignidad, a alguien común. Yo soy abogado y te llenan la cabeza de los grandes ideales lo que tienes que hacer, lo que no puedes dejar de hacer, pero los personajes cuando se encuentran con la realidad, se dan cuenta que la realidad está bien lejos de estas narrativas. Y que estas narrativas a menudo están fuera de esa realidad. Uno de los personajes es un magistrado que ha sido honorable, gentil, trabajador y alguien lo convierte en fiscal general. Y ahí se da cuenta de que todo es bien diferente, de que todo es distinto a todos los valores que él estudió y por los que decía pelear. Otro personaje es un joven profesor que quiere infundir ideales en sus alumnos y se enamora de una de las alumnas en plena época del Me Too. O sea, ¿qué va a ser este chavo con esos ideales enfrentados a sus sentimientos por la alumna? Y un tercer personaje es un joven luchador de Iguala, que quiere la justicia social, pero que va a acabar convertido en ladrón de casas. ¿Cómo las instituciones te van corrompiendo, te van triturando y te van destruyendo? De eso trata mi novela. El pantano, por supuesto, también apunta a el cambio de moral, digamos.

–¿Cómo en este sistema de tanta corruptela o de tanta corrupción, uno aprende también a cambiar la mirada sobre la moral? ¿Qué es la moral entre la ficción y la justicia?

Cada quien tiene su definición de justicia. Decía un célebre jurista romano, la justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada quien lo suyo. El problema es que ¿qué es lo suyo de cada quién? Nadie ha definido lo que es la justicia. Y no es lo mismo la justicia en Platón, que cada quien haga lo suyo, a la justicia en Hobbes, ni a la justicia en Rousseau, ni a la justicia en John Rawls. El concepto de justicia es cambiante y es gelatinoso, pero en mi novela, todos los personajes se enfrentan a un concepto. Cada uno tiene su valor y ninguno de los personajes es capaz de sostener ese valor. Porque la realidad, repito, acaba destruyéndonos.

–Es cierto, sobre todo viendo ahora el crimen de los hermanos Menéndez, yo pensaba, leyendo esta novela también, en ese concepto de justicia tan diferente. Uno puede acusar de abusos a pesar de que no se certifiquen y conseguir la libertad a pesar de haber matado a sus padres, por ejemplo. Entonces, me dio la sensación, es la pregunta que le quiero hacer, que usted siempre ha estado un poco movido por esa duda permanente de cómo imponer justicia.

Gerardo Laveaga
Editó Alfaguara. Foto: Cortesía

–Tienes toda la razón. Y una vez más, Mónica, das en el blanco. Quizá la novela refleje mi incapacidad o mi desconcierto de no poder decirlo. Es muy fácil decir, hay que cumplir con estos cinco principios y una cosa es darse cuenta de que cada principio es costosísimo. Y cada principio no es más que eso. Una estrella polar, un apunte, un rumbo. A la hora de llevarlo a la realidad, uno se enfrenta con todos los intereses, con todos los problemas que hay. Y desde los distintos sectores y factores.

–Haber sacado esta novela en el medio de la crisis judicial de México, en medio de la reforma que finalmente se autorizó, se firmó. ¿Cómo lo ve usted?

–La novela no es una denuncia. Un novelista no denuncia. Un novelista no hace análisis objetivo. Como académico lo he hecho. El novelista retrata lo que ve, lo que siente. Mezcla todo. Y bueno, la novela es un poco ese reflejo que tú ya bien definías, de mi desazón, de mi tristeza, al ver cómo se manejan las cosas en México. La reforma judicial concretamente es un asco. Estuvo hecha con los pies. Fíjate, en la reforma resulta que se les olvidó corregir artículos, pues la misma Constitución de México dice que el presidente o presidenta de la corte, un artículo dice, estará dos años en el cargo. Y otro artículo dice, el presidente o presidenta estará cuatro años en el cargo. Es una reforma de lo más desaseada y de lo más torpe que hay. Yo no pienso salir a votar, pero un ciudadano mexicano tendría que tener 40 boletas para votar por 400 personas en la Ciudad de México. O sea, 400 personas. No conoces a nadie. ¿Por quién votas? ¿Por Juan Gómez, por Pedro Ramírez o por María Jiménez? Pues, quién sabe. Creo que la novela sí, es una expresión de desazón por lo que está pasando.

Gerardo Laveaga
La reforma judicial concretamente es un asco. Foto: Cortesía

–¿Qué pasa con la política? Teniendo en cuenta que hay novelas parecidas a la suya, no parecidas en el tema, pero sí, esta cosa de evidenciar lo que es la corruptela política, digamos, que también se ve mucho en esta cosa de la justicia, digamos.

–La verdad es que los políticos de mi novela, lo único que persiguen, Mónica, es el poder y el dinero. Todo lo demás es crema chantilly. Todo lo que dice en la justicia, el bien común, el pueblo, es pura mentira. Ellos quieren el poder descarnadamente. Quieren el dinero y extorsionan empresarios y mandan a jueces lejanos cuando no satisfacen sus intereses. Los políticos de mi novela son políticos muy desagradables. Alguien me preguntaba, oye, pero ¿tal personaje es tal político? No, no hay ninguno. O sea, aunque sí, debo confesar que fusioné a muchos de los que tú y yo conocemos,

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