Yo tengo una adicción profunda a la literatura, si no escribo no sé hacer otra cosa. Para mí escribir es como respirar y no lo digo con ánimo de celebrar o de hablar muy bien de la literatura, sino lo digo más bien como una especie de maldición. Me gustaría que la afición, que esta entrega, esta obsesión a la literatura no fuese casi religiosa, pero lo es.
Guadalajara, Jal, 12 de diciembre (MaremotoM).- Manuel Vilas es uno de mis escritores favoritos. Sus novelas siempre tocan fibras sensibles de mi existencia. Cuando Ordesa (Alfaguara) se publicó, yo acababa de perder a mi padre.
Alegría (Planeta) llegó cuando mi hija y yo empezamos una vida en otra ciudad y después de un complicado divorcio. Los besos (Planeta) fue para mí, un libro de proceso, a través de sus personajes volví a creer en la posibilidad del amor, aunque este no fuera eterno. No sé si los leí en orden de aparición, pero sin duda llegaron cuando tenían que llegar, como si el universo dijera: mira, tienes que leer esto.

Ahora pasa con El mejor libro del mundo (Ediciones Destino), obra que versa sobre un escritor que después de cumplir 60 años entra en crisis y con el que resulta fácil identificarse. Gracias a que Manuel Vilas y yo nos encontramos en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, tuve el honor de conversar con él sobre sus obsesiones, miedos y certezas como escritor.
— Mi novela nueva se titula El mejor libro del mundo (Ediciones Destino), obvio el título es irónico y habla de la historia de un escritor que acaba de cumplir 60 años y entra en crisis. De repente le entra la urgencia de manera utópica, casi fantasiosa, de escribir el mejor libro del mundo para justificar su vida. Obviamente, ese deseo está condenado al fracaso porque no va a escribir el mejor libro del mundo y posiblemente ni siquiera exista, es una utopía, pero los seres humanos necesitamos ideales utópicos para seguir viviendo con ilusión y esto es lo que le pasa al personaje de mi novela. En realidad es autobiográfica porque todo lo que cuento me ha ocurrido a mí y es un escritor que es muy vulnerable y depende mucho de sus lectores. Cuando un lector dice, me ha encantado tu libro, es maravilloso, yo de repente asciendo a los cielos, pero cuando te encuentras un lector que dice, esta novela me ha aburrido muchísimo, es entonces una bajada al infierno total, muestra esa dependencia emocional de los lectores. La literatura es un 50% el escritor y un 50% el lector y el libro cuenta los avatares de ese escritor que necesita el corazón de sus lectores, los que están con él a través del tiempo y a través de las novelas que va publicando y son la única razón de su vida, básicamente este es el argumento de la novela.

— ¿Y esta reflexión que te llevó a escribir el libro te llevó a otros descubrimientos sobre ti?
— Sí, el libro es un viaje también a la condición humana. El libro está lleno de reflexiones muchas veces cómicas, otras veces existenciales. Un poco lo que hay en la vida, en general la apuesta del libro es a favor de la comedia. Los seres humanos muchas veces nos creemos trágicos y nos ponemos solemnes y este libro tiene dos enemigos: la solemnidad y la superstición. ¿Qué tengo yo contra la solemnidad? Pues que me aburre profundamente y no se aprende nada de la solemnidad, porque la solemnidad está basada en las jerarquías, es decir, tú eres mejor, tú eres peor. Luego la superstición es otro tema, que cuando te haces mayor ya no quieres creer en cosas que no son verdad. Hay supersticiones amatorias, religiosas, políticas, sociales, culturales, todo aquello que en realidad no es más que una ficción en la que hemos creído. Entonces es el deseo de la libertad. Yo empecé a escribir el libro el día que cumplí 60 años, yo soy muy infantil y pensaba que con 50 años me iba a quedar, que el tiempo se iba a detener y pues no, el tiempo seguía pasando y de repente cumplo 60 años y vislumbro una certeza matemática. Los números me gustan mucho porque tienen una precisión mayor que las palabras, los números son contundentes y ¿cuál era la certeza matemática que tenía frente a mí? Pues que tenían más pasado que futuro. Entonces la parte más existencial del libro es recordar al lector que aquí no estamos para siempre, que nos marchamos, que es una verdad incómoda, pero porque sea incómoda no debemos ocultarla o ignorarla. Para un joven o una chica de 20, 25, 30 años la muerte no existe, es algo inconcebible y eso es maravilloso, pero poco a poco vas viendo que el tiempo se agota. Había un escritor español, Azorín, que decía que cuando empiezas a ver morir a alguien importante de tu vida, un padre, una madre, entonces ya empiezas a verle las orejas al lobo.

— ¿Ves a la escritura como un crisol por el que atraviesa tu vida?
— Por supuesto. Yo tengo una adicción profunda a la literatura, si no escribo no sé hacer otra cosa. Para mí escribir es como respirar y no lo digo con ánimo de celebrar o de hablar muy bien de la literatura, sino lo digo más bien como una especie de maldición. Me gustaría que la afición, que esta entrega, esta obsesión a la literatura no fuese casi religiosa, pero lo es. En el capítulo dos de El mejor libro del mundo (Ediciones Destino) hay un homenaje a filósofos escritores, pintores, cineastas y músicos con quienes establezco un diálogo muy divertido, muy cómico, porque detrás está el agradecimiento a gente que me ha ayudado a vivir, desde Luis Buñuel, Frank Kafka, Federico Fellini, Juan Sebastián Bach, incluso la música del pop, del rock and roll en donde yo me formé sentimentalmente en los 70, hago un homenaje incluso a filósofos como Kierkegaard y lo mismo puedo hablar de la cultura popular y la alta cultura, los Rolling Stones o de Hegel, todo aquello que me ha ayudado a entender esto que tenemos delante, que es tan misterioso, es la vida, enigmática, pero profundamente bella. Por supuesto la celebración de la vida no esconde las tragedias, la gran maravilla del ser humano es que sabe sobreponerse a la adversidad. Ya lo decía en mi novela, Alegría (Planeta), los hombres y las mujeres que sufrimos, tenemos algo misterioso y maravilloso, con el paso del tiempo podemos transformar el dolor en alegría.











