José Mariano Leyva

Esta novela se refiere a los monstruos que tenemos en el interior: José Mariano Leyva

“En esa época había una cura para la homosexualidad. Era un trasplante de testículos que lo dejaban moribundo y de ese tipo de monstruos hablo. Es una novela histórica porque quería retratar todo un momento de mentalidades”, afirma.

Ciudad de México, 19 de diciembre (MaremotoM).- “Es 1901, las calles de la ciudad de México son ocupadas por excéntricos espiritistas que buscan respuestas del más allá y por escritores decadentes que protagonizan orgías. En los bajos fondos, léperos y pillos acuden a los burdeles, que huelen a opio, mientras que, a las afueras de la ciudad, los circos de esperpentos, fenómenos y dementes son la gran atracción. La psiquiatría, tenue faro que alumbra el principio de siglo, es practicada en manicomios y causante de que los cerebros de los criminales naden en frascos de formol. En medio de esta neblina de ansiedades, el doctor Servando de Lizardi, un respetado frenólogo, es el encargado de resolver el brutal asesinato de una mujer y de entrevistar a la única testigo del crimen: Ángela, una niña de apenas siete años que no puede recordar lo que vio.”

Esa es la sinopsis de la novela Lo que los monstruos nos hicieron (Grijalbo), de José Mariano Leyva, algo desconocido en su carrera literaria, pero que al mismo tiempo lo encuentra entusiasmado y muy orgulloso de una violencia fantasmal, de otro siglo, con un tiempo extraordinario.

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“Esta novela la arranqué hace 14 años. Es una novela histórica, es un thriller, que comienza con un brutal asesinato, del que se guardan fotografías y sin proponérmelo mucho rompí varios moldes. La novela se refiere fundamentalmente a los monstruos que tenemos en el interior. La única testigo es una niña de 6 años, hay un detective que narra y luego la niña que crece y establece como un diario desde una perspectiva distinta. La mujer tiene una cantidad de monstruos, esta madre que ve destazada forma parte de esos monstruos internos”, afirma José Mariano Leyva, autor también de El ocaso de los espíritus. El espiritismo en México en el siglo XIX (Cal y Arena), El complejo Fitzgerald. La realidad y los jóvenes escritores a finales del siglo XX (Tierra Adentro, 2008) y Perversos y pesimistas: los escritores decadentes en el nacimiento de la modernidad (Tusquets, 2013) y de las novelas Imbéciles anónimos (Mondadori, 2011) ganadora del Premio Nacional José Rubén Romero y La casa inundada (Literatura Random House, 2016).

“En esa época había una cura para la homosexualidad. Era un trasplante de testículos que lo dejaban moribundo y de ese tipo de monstruos hablo. Es una novela histórica porque quería retratar todo un momento de mentalidades”, afirma.

José Mariano Leyva
Me parece que la novela tiene un tono parecido a Imbéciles anónimos. Foto: Cortesía

“Me parece que la novela tiene un tono parecido a Imbéciles anónimos, que saqué en 2011, aunque por supuesto se refiere a un tiempo determinado en el pasado”, aclara.

“El pasado es usado como un espejo concreto. La novela histórica que más me gusta es El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Describe con gran maestría la idea de la escritura en el medioevo. Lo que los monstruos nos hicieron habla de la psicología, de que los detectives son científicos, de que había criminales que mataban mujeres por el solo hecho de ser mujer y de los que descubrieron al sadismo, al masoquismo, a la zoofilia”, explica el escritor.

Lo que los monstruos nos hicieron describe también el principio del siglo pasado con ciertas venas de terror, aunque como bien explica José Mariano Leyva el contexto da miedo y la ciencia hoy es estudiada con una mueca de esperpento.

José Mariano Leyva
Editó Grijalbo. Foto: Cortesía

Adelanto de Lo que los monstruos nos hicieron, de José Mariano Leyva, con autorización de Grijalbo

1901

He olido la muerte varias veces. Su aroma nada tiene que ver con rosas como creen los católicos. Nada de hedores santos. Tampoco es cercano al agrio olor de la carne rancia, o de un músculo que comienza a pudrirse en el instante en el que se desliga del hueso a tiras. La muerte, siento decirlo, huele a excremento y a orina. Tiene el mismo olor que el miedo. La muerte siempre da miedo. Peor cuando se muere debido a un acto violento. En ese momento, el pavor provoca incontinencias. La persona que sabe que está a punto de morir realiza el acto más primitivo: defecar u orinarse. Eso y, si tiene oportunidad, estalla en un grito que deja de ser humano y se convierte en terror puro. Es el miedo que viene antes de desaparecer por completo. Por siempre.

Sin embargo, el olor que desprendía la muerte a investigar era diferente.

Me enfrenté a un asesino que, con un solo acto, logró hacerse de dos víctimas: la mujer que tenía los miembros separados del cuerpo, y el investigador, que por seguir los rastros del crimen, destazó su propia vida.

Desde que llegué a aquel tugurio, flotaba en el ambiente la presencia del terror, pero también de la culpa.

—Ya está en un mejor sitio —me dijo con la mirada hacia abajo y las manos entrelazadas, un asistente. Pero le dije que yo no creía en la vida después de la muerte. Lo que creo es que la religión es el refugio de nuestros abuelos para huir del pánico a la muerte. Una creencia de sociedades poco civilizadas. El día de hoy, por fortuna, contamos con la ciencia, con la tecnología, con la modernidad. No resulta tan acogedora como la vida después de la muerte, pero es la verdad.

Sin embargo, coincidía con la idea de que la víctima ya estaba en un sitio mejor: cualquier lugar, incluso la muerte, era mejor que ser desmembrada en aquel cuarto oscuro que hedía a orina y a excrementos humanos. Los últimos minutos de vida de aquella mujer debieron hacerle rogar que la muerte llegara lo más pronto posible.

La masacre se había llevado a cabo en un antro de siete piezas que estaban dispuestas en los bajos de un edificio. Los cuartos que estaban por debajo de la calle eran tremendamente oscuros. Estaba en el barrio de San Sebastián, que sólo contaba con aquel edificio, el resto eran jacales, y la muerte había ocurrido justo en ese lugar: no eran buenas noticias. La zona estaba repleta de léperos y turbas de pillos. De críos andrajosos y desarrapados que tenían sus juegos en las vías públicas. De comerciantes chinos y de tabernas sin licencia. Era posible oler el opio que llegaba directo de la Nao de China. Ver a las mujeres disolutas y dispuestas con su rebozo terciado, las enaguas almidonadas y los botines altos, capaces de realizar todo por unas monedas, aunque fueran de níquel. Mujeres cuyo final ya había vislumbrado el maestro Zola. Mujeres con desenlaces de Naná.

Ya desde el túnel de entrada al prostíbulo se percibían fétidos aromas: a encerrado, a polvo, a una humedad colmada de hongos y moho. Un poco más adelante llegaba aquel aroma a muerte. A pesar de ser mediodía, adentro, la oscuridad fingía una noche cargada de libertinajes e indecencias. Las escaleras de la entrada bajaban hacia el mundo hipogeo. Hacia las actividades que no se realizan con iluminación por lo vergonzosas que son. Por supuesto, la luz eléctrica no había llegado a ese recinto. Las llamas de unas velas, grandes como cirios, conferían a ese sótano un aire eclesiástico. El calor y el olor a cera tostada recordaban a una iglesia. Pero ahí no se hacía nada santo. Eran otros demonios los que se exorcizaban.

La primera habitación estaba repleta de mujeres vestidas con corsés llenos de manchas y grasa. Las enaguas antes blancas, ahora tenían un gris polvoriento. El asistente anunció a la concurrencia entre solemne y asustado:

—Ya está aquí el gendarme.

—No soy gendarme —repliqué.

—Perdone usted —respondió con abochornada velocidad—, ¿el señor es…?

—Científico.

La cara del asistente expresó incógnita. Pero no había tiempo para aclaraciones.

—Todas ustedes —dije, dirigiéndome al conjunto—, van a salir de aquí en orden y sin tocar nada. Afuera las esperan los verdaderos gendarmes.

El desfile inició, una señora más sucia que la otra. Una vez que ya estaban arriba, y creyendo que aquel sitio estaba vacío, escuché que de cuartos vecinos salía una gavilla de hombres más avergonzados aún. Era el mediodía de una jornada laboral, y esos caballeros se dedicaban a dar rienda suelta a sus pasiones más deleznables. Sentí cómo mis mejillas se calentaban, pero no sabía si era por el enojo o por la vergüenza. Ambos sentimientos competían por ser el más rotundo. Ninguno fue capaz de verme a la cara. Su caminata hacia la salida era la repetición de una misma imagen que incluía manos en los bolsillos y cabezas gachas, como si buscaran un sótano más profundo todavía donde esconder su culpa.

—¡Qué vergüenza! —dije mientras el último hombre salía, pero no sólo me refería a ellos: en ese momento, la pena era un virus que todos nos estábamos contagiando como una peste.

Con el espacio vacío disminuyó el hedor, pero no la sordidez. Las paredes manchadas y sebosas también tenían huecos que simulaban ventanas primitivas. Con un suspiro comencé mi inspección. Fui hacia una de las piezas contiguas. Era una estancia más amplia que la recepción y tenía un mobiliario excéntrico: mantas de terciopelo tiradas por el piso y dos camas gemelas. En cada esquina se levantaban columnas de madera torcidas al estilo salomónico que, para colmo, estaban doradas con una pintura barata que ya se estaba descarapelando. Sobre los cuatro pilares se extendía un cielo raso de terciopelo verde. Observé que la manta cedía ante el peso de algo. Extendí mi mano y me topé con un paquete de varias fotografías. Un lujo de la técnica más flamante aplicado a una de las aberraciones más antiguas.

Primera. Una mujer con un antifaz negro, sentada en una silla de madera. Las piernas completamente descubiertas. Sin ninguna seda para disimular las carnes. Su vulva apenas cubierta por el vello parcialmente rasurado. Con un corsé de tela negra parecida al cuero. Los brazos y los hombros igual de desnudos que las piernas. En la mano una fusta para caballos. La postura quiere ser desafiante, pero su cara, a pesar de estar cubierta, muestra miedo. Su mirada está quebrada.

Segunda fotografía. La misma mujer con una pijama infantil, recostada boca abajo sobre las piernas de un caballero en jacquet. Ella con el pantaloncillo abajo hasta las rodillas. Él, atizando azotes en el trasero de la mujer.

Un poco hastiado, dándome cuenta de que la perversión es la antesala de la rutina, pasé con rapidez el resto de las fotos: un hombre lamiendo los botines de una mujer muy obesa (que no era la misma que la anterior). Dos mujeres con guantes de boxing y los rostros bañados en pintura roja. Una anciana de carnes flácidas cargando en su regazo a un señor vestido como un bebé. Parafilias sexuales que se unificaban en una creatividad un poco absurda. Sin embargo, al llegar a la última fotografía, me percaté de que había algo diferente. Me detuve. Todas las anteriores eran sólo representaciones de realidades que no se llevaban a cabo. La última no. Ésta era una realidad terrible. El primer detalle era la mirada de la mujer que aparecía en la fotografía. No estaba quebrada como en la primera fotografía, era una contemplación desesperada. Los ojos tan abiertos que, parecía, se desprenderían de sus cuencas. Un rastro negro bajaba por las mejillas. Descubrí que se trataban de lágrimas corriendo el cosmético. La mujer buscaba con su mirada algo atrás de ella. La impotencia quedaba patente. Las facciones de la cara mostraban dolor y pánico. Aquello no era histrionismo. Tenía una especie de bozal más sencillo que el que se pone a los perros, hecho con un metal delgado, y justo en la boca había una esfera que parecía ser de caucho y que sofocaba a la mujer. La bola tenía unidos unos cintillos, también de metal, que avanzaban pegados a los cachetes hasta la nuca y ahí se convertían en una suerte de rienda. Los cintillos tenían pequeños remaches a lo largo de su camino. Los observé con más detenimiento. Me di cuenta de algo terrible: los remaches estaban incrustados en la piel de la víctima, en sus mejillas. Estaban clavados a la piel. La asfixia de la esfera y el dolor en la dermis justificaban la expresión en los ojos de aquella mujer. Alguien se había molestado en tomar el cintillo metálico e ir remachándolo punto por punto a la piel. Si ese alguien era el asesino, había tenido mucho tiempo para perpetrar su hazaña.

La rienda estaba sostenida por un hombre vestido de etiqueta. La mujer, como un caballo a cuatro patas, era cabalgada por aquel hombre. Resultaba difícil saber qué tipo de traje llevaba el verdugo, pues no portaba ningún corte reconocible. Sin embargo, lo que sí constituía una verdadera incógnita era el rostro del degenerado: había sido raspado de la impresión en el papel. El resto del cuerpo, sin embargo, aparecía límpido y sanguinario, de hecho, había otro elemento que llamaba mi atención: la actitud del verdugo que, por su postura, denotaba ausencia de goce. El hombre volteaba a ver con tranquilidad a la cámara, no hacia su víctima, como posando con cierto tedio. Las manos no asían con fuerza la rienda. Las venas no estaban saltadas. Los brazos no estaban rígidos. El hombre parecía que realizaba ese ritual más por deber que por delectación. Tal vez era un mal actor y el placer de la foto estaba destinado para aquel que la había mandado sacar. Una petición de fantasía impresa, de un voyeur que jamás se atrevería a interpretar los descaros que su mente le pedía para lograr la cúspide sexual.

En aquella habitación no había muchos más rincones, así que pasé a la de al lado mientras guardaba las fotografías en el bolsillo de mi chaleco. En el nuevo cuarto no había una cama de las proporciones de la anterior, pero en cambio había varios almohadones en el suelo. Y botellas vacías, y vasos a la mitad, además de varios pañuelos y polvo. Entre los cojines se intercalaban pequeñas mesas. Sobre ellas había narguiles y pipas. La oscuridad era todavía mayor que la de los recintos anteriores. Cuando mis ojos se acostumbraron, vi en una esquina del fondo un cuerpo tirado. Pensé que se trataba del cadáver. Llamé al asistente.

—Diga usted, señor… científico —me arrepentí de haberle pedido que me llamara así.

—Con “señor” es suficiente —le dije. Luego señalé el bulto humano.

—¿Es ése el motivo de mi visita?

Vio al fondo. Arrugó la nariz y el entrecejo. Dudó unos segundos y luego respondió:

—¡Oh, no, señor! No, no, no. Se me indicó que el cadáver está en los cuartos del fondo.

—Entonces, tal vez pueda usted decirme qué es eso.

—Es, señor, es… es… bueno… un señor que vino a…

—¡A embrutecerse hasta la inconciencia! Y al parecer aquí todo mundo debe tolerar libertinajes toxicómanos, porque mientras se lleva a cabo una investigación, ese hombre sigue durmiendo el sueño del opio. ¡Sáqueme a ese imbécil en el acto! —en ese momento, mi enojo le había ganado con creces a cualquier tipo de vergüenza.

Con paso resuelto traspuse las otras habitaciones que me separaban de la escena que ya debería estar analizando desde hacía tiempo. Observé más camas, colchones mugrientos, cojines, trastes para realizar lavativas. Cuando llegué al umbral que, suponía, era el último cuarto, me topé con la novedad de una puerta. Cerrada. Al parecer era la única puerta de aquella mazmorra. Si la sordidez se escondía de la obscenidad con una puerta, significaba que el tono de la deshonestidad debía ser inaudito. Respiré hondo y me preparé. Empujé la puerta, que cedió con alguna dificultad. La humedad del sitio había hinchado la madera. La oscuridad era impenetrable.

—¡Señor asistente! —grité. El aludido apareció varios metros allá con el adicto que intentaba sacar en hombros.

—Hágame el favor de traer un candelabro que aquí adentro no puedo distinguir más allá de mi nariz.

Mientras el asistente se apuraba, agobiado por el peso del cuerpo que llevaba encima, alcancé a olisquear. El miedo. La muerte. Sin necesidad de volver a ver la última fotografía, recordé la cara de terror de la modelo. Segundos después, la figura del asistente, iluminada por las llamas de unas velas, llegó hasta mí. Tomé el candelabro y me interné en el estómago de la bestia.

La luz que llevaba en la mano era demasiado tenue. Tuve que entrar tocando los muros para no tropezar. Eran de una textura poco uniforme, llenos de huecos de diferentes dimensiones. De pronto mi mano se topó con algunos objetos que colgaban. Acerqué el candelabro. Bajo una hilera de clavos, había distintos tipos de látigos y azotes: de una sola tira, zurriagos de dos trenzadas, látigos tipo serpiente. Me detuve cuando alcancé a ver uno de nueve colas, ubicado al lado de una cachiporra. Miré con detenimiento: en los extremos, la cuerda tenía insertadas pequeñas esferas de metal. En varias se podía ver el rastro de sangre. No añeja: fresca, casi goteante. Inmediatamente elucubré: sangre fría. No me refería al líquido viscoso que veía, sino a la sangre que corría por las venas del asesino. Sólo alguien insensible, con el espíritu templado incluso después de haber realizado una atrocidad, era capaz de colgar un látigo que ha utilizado hasta aflorar la carne viva.

Me costó poco trabajo imaginar los gritos que se debieron proferir en aquel lugar. El sonido que calaba los muros reblandecidos por la humedad estaba ahí. Atrapado entre el yeso. Fui hacia el centro de la habitación. No llegué muy lejos: di dos pasos, resbalé y caí de rodillas, con las manos en el suelo, y el candelabro a unos metros de mí. El piso estaba mojado, pero sin luz no podía ver si era agua o sangre. Intenté palpar con precaución, pero un sonido extraño me distrajo de mi tarea. Una especie de chillido que reaccionó al ruido de mi caída. Pensé en roedores. Me incorporé a medias y fui por la luz. Dos de las cinco velas del candelabro se habían apagado. Acerqué la menguada luz al piso. No había ni sangre ni agua. En el suelo no había líquido alguno. En vez de eso había vísceras regadas. Órganos humanos que, aplastados, formaban una capa resbalosa. Tuve que contener una arcada. Salí de inmediato y a gritos le pedí al asistente que no dejara de traer más velas. Mientras respiraba intentando regresar al ritmo calmo, el asistente trajo varias candelas prendidas que dejaba a mis pies. Iba y venía sin parar. Las fui introduciendo en el cuarto. Así aparecieron, poco a poco, las zonas de aquella brutal desgracia. Todos mis conocimientos científicos tenían que estar afinados en extremo para darle forma a ese infierno.

Un cirio hizo aparecer extremidades inferiores en el suelo. Por la piel deduje que se trataba de una mujer: a pesar de la maceración, alcancé a distinguir ciertas delicadezas con el cuerpo humano (depilaciones, uñas bien pulidas, la piel blanca). Pero aquello era un rompecabezas de piezas opuestas forzadas para embonar. Un candelabro de cuatro extensiones dejó ver otras fracciones humanas que compartían espacio con excremento y orina. La obstinación de la crueldad. Tres veladoras sobre un plato de cobre me hicieron ver uno de los rincones. Ahí no había restos humanos, sólo un libro forrado en cuero café. Un objeto ajeno a su contexto. En cuclillas, sin tocarlo, observé la tapa. Entre las manchas de líquidos se veía el título: Del asesinato considerado como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey. No conocía al autor, tampoco al libro. Me asaltaron de inmediato las dudas: ¿era yo el idóneo para ese trabajo? ¿No hubiera sido preferible haberme quedado en el ambiente controlado de la academia? Tomé el pañuelo de mi bolsillo, limpié con alguna repugnancia los líquidos vertidos en el volumen. Lo llevé fuera de la habitación y lo deposité en el piso, a un lado de la puerta.

Cada reingreso me provocaba menos repulsión y más indicios. Con otro candelabro en mano, pasé decidido hasta el fondo. Ahí presencié lo peor del espectáculo: sobre un cilindro horizontal de cuero negro que me llegaba a la cintura y que estaba sostenido por cuatro patas de madera, encontré lo que sin duda fue el pasatiempo más morboso: los brazos de la sacrificada, que estaban atados al artilugio. Y era lo único: el resto del cuerpo estaba desparramado por la habitación. Las extremidades amarradas al potro por las muñecas con un hilo de cáñamo supuraban sangre y pus. El hilo se había enterrado en la carne, en un desesperado forcejeo que sólo logró mayor suplicio. Las uñas se habían clavado en el mismo cuero rasgándolo y quebrándose al mismo tiempo. La tortura había sido lenta. Sin el torso, sólo se veían los húmedos y pulposos huecos de la separación. Venas, cartílagos, carne.

Control, me ordené varias veces. Cabeza despejada, me recomendé.

Di media vuelta para pensar sin que me distrajera aquella atrocidad, cuando por accidente pateé un objeto metálico del suelo. El chillido que minutos antes había escuchado se repitió. Entonces me di cuenta: aquel sonido no lo hacía ninguna rata, sino que era emitido por una garganta humana. De inmediato salí por una nueva vela. Las reservas que el asistente me ponía se agotaban: sólo encontré un pequeño candelabro a punto de consumirse. Con él me adentré como si fuera un espeleólogo que descubre la entrada al inframundo. Intenté ver detrás del potro. Detrás de los brazos cercenados. Detrás de la liturgia del escándalo. Volví a escuchar el chillido. El sonido guio mi vista. Mi vista se topó con un hueco en la parte baja de la pared. Enorme. Dentro del hueco, se agitó un cuerpo.

La réplica en miniatura de un humano. Proporciones menudas. Miedo infantil. Una niña de cabellos largos trataba de hundirse en lo más profundo de aquella caverna. Sus rodillas menudas pegadas al pecho, las manos en el piso intentando retraerse más y más a pesar de que su espalda ya tocaba la pared.

—¿Hola? —dije tratando de no asustarla. La niña chilló de nuevo. Debo aceptar que me sentí incapaz de lograr un avance. Repasé mis referencias y me acordé de Pestalozzi, aunque nunca lo había leído a fondo, pues me costaba creer que la pedagogía tuviera bases científicas. El silencio que provocaron mis reflexiones sirvió para tranquilizar los chillidos de la niña. Pensé entonces en la biología, en una auténtica ciencia. Y entendí. Aquella criatura era como un primate. Sólo debía guiarme por actos básicos. A falta de civilización y razón (que un infante no tiene todavía), el hambre siempre existiría. Pedí al asistente que me trajera un bocado, de lo que fuera. Tuvo que salir a la calle e ir a uno de los inmundos locales para traerme un pambazo.

—¿No había nada mejor?

—Fue lo primero que encontré, señor.

Imaginando que aquella niña era como un animal encrespado, puse el bocado sobre el piso. Un cuadro de papel evitaba el contacto con el suelo. Si algo nos había enseñado la ciencia moderna, era la higiene. Y aquella niña actuaba como un simio, pero seguramente no tendría el aparato inmunológico de uno. Después de poner el alimento, me retiré con lentitud. No quería asustarla, ni tampoco tropezar con los fragmentos de la ejecución.

Mi trampa tuvo éxito. Le llevó su tiempo, pero tuvo éxito. La niña, calculé, tendría unos siete u ocho años. Sin embargo, estaba vestida como una más de las prostitutas de aquel local: con enaguas y moños confeccionados a su medida y con dos trenzas bien ceñidas a su cabello. Tenía la tez blanca y la cara maquillada. Mientras comía pensé que, si el hambre había vencido al miedo, significaba que llevaba ahí dentro bastante tiempo, y podría ser testigo de lo que había ocurrido. Una pieza valiosa. Ocupada por saciar su hambre, no reparó en mi cercanía. Avancé con lentitud, me volteó a ver, ya empezaba a lanzarse nuevamente hacia el fondo de su hueco cuando logré asirla por uno de sus brazos. Con el estómago un poco más lleno, con un semblante más tranquilo, tal vez dedujo que no le haría daño. Después de un breve forcejeo, aceptó caminar hacia la salida. Una vez afuera le dije al asistente que la llevara a los servicios médicos. La niña nunca intentó huir. Sólo veía el mundo exterior como una escenografía que se podía admirar, pero en la que nunca se podría vivir. El gendarme la vio con sorpresa, pero reaccionó de inmediato. Por suerte, se comportó a la altura de las circunstancias.

Otra vez solo en aquella habitación, me di unos segundos para tomar un respiro. El aire viciado de la estancia me ayudó muy poco, pero no era momento para tener un semblante débil. En vez de eso traté de imaginar los últimos minutos de la mujer descuartizada. Caminé por el oscuro lugar. A pesar de haber revisado todo, siempre aparecían nuevos elementos de la macabra liturgia. Ahí había uno nuevo: el cráneo mancillado. Una esfera poco perfecta con la carne y hueso ultrajados a golpes. Era imposible reconocer una cara: el pelo hacía una maraña con la carne, además la cabeza tenía una gruesa venda de tela color carmesí que le cubría los ojos. La mujer no vio quién fue su ejecutor. Tal vez nunca conoció su identidad. Ésa era una crueldad común, pero no por ello menos espantosa. Si lo hubiera visto con una mueca de satisfacción, habría sabido que se trataba de un sádico. Este hecho, por más nimio que pareciera, a la hora de la muerte, le hubiera dado un sentido.

Le pedí al asistente que entrara a la habitación. Su paso resuelto pronto se volvió vacilante. Luego, se detuvo por completo. Estaba viendo lo mismo que yo. La cabeza cercenada era un espectáculo que podía causar vigorosa conmoción, sobre todo para aquellos que no se habían fogueado en las morgues o anfiteatros. El hombre volteó para todos lados, se llevó una mano a la boca para que la impresión, convertida en náusea, no se le escapara. Vi que comenzaba a tambalearse. Me pregunté cómo había sido posible que una persona tan a la deriva de sus emociones hubiera elegido aquel trabajo.

—Tenga calma —le dije—; no vea si no quiere.

El asistente intentó observarme sólo a mí. Pero fue incapaz. Sus ojos, descontrolados, iban y venían por el cuarto, entonces cayó en el suelo de un sentón.

—Esto… esto… —balbuceó sin encontrar adjetivos a la altura de la masacre.

—Esto le parece imposible —lo asistí para completar su idea. Me volteó a ver atónito. Giró la cabeza hacia los lados indicando un gesto negativo.

—No. Esto… me recuerda… Pero no pensé que fuera posible aquí, en este país.

—¿A qué se refiere? —le pregunté acercándome y poniéndome en cuclillas, interesado. Tal vez su breve experiencia como gendarme podría ayudarme un poco en la investigación.

—A Londres… a lo que pasó allá.

—Sea usted más claro —le pedí sin abandonar el semblante rígido. El tono ayudó, sus ojos, al fin, me vieron sólo a mí. Tragó saliva religada con miedo. Más tranquilo, prosiguió.

—Jack… Él anunció que éste iba a ser su siglo.

Pensé unos segundos. La referencia me llegó a la cabeza.

—¿Se refiere a Jack el Destripador?

Entonces, el asistente sacudió la cabeza afirmativamente.

Me costaba trabajo creerlo. La prensa había sembrado una leyenda que en las cabezas rústicas había ocasionado terror, o cuando menos, chismes de verduleras. La noticia del asesino al que nunca habían capturado era añeja, al menos diez años. Sin embargo, seguía causando estragos en la imaginación de la gente.

—Eso pasó hace mucho y en un lugar lejano —contesté emulando los cuentos de hadas, mientras me levantaba y me reprendía por prestar atención a la necedad de aquel hombre.

—¡Pero él dijo que éste iba a ser su siglo! ¡Que su ejemplo se iba a seguir en todas partes del mundo! —respondió el asistente con cierto ímpetu. De inmediato la sangre se me fue a la cabeza, la tensión era demasiada y el tiempo muy breve.

—¡Compóngase de una vez, hombre! —le reclamé—, que esto no es un juego.

—Es su siglo, él lo dijo, ahora lo vemos… es su…

—¡Si este siglo será de algo, no queda duda de que será de la ciencia! ¡Será el siglo de la civilización! —respondí tomando fuerza de mis convicciones.

Frente a la confrontación, el gendarme acopió un poco de coraje.

—El siglo que acaba de pasar fue de la ciencia, el que viene no —me espetó olvidando mi rango y su propiedad—. E incluso en el anterior ya hemos presenciado vistazos de lo que se avecina. Aun en países tan civilizados como Inglaterra y Francia.

Quedé sorprendido por el desacato, pero tardé en esbozar alguna reacción. El asistente fue más veloz y, lleno de sí mismo, continuó:

—¿Qué me dice de la explosión ocurrida en el restaurante Grand Foyot de París? ¿De la catástrofe del barco Volturno? ¿De los asesinos de la monomaniática de la calle Rocher? ¿Del asesino de…?

No lo dejé terminar. Era suficiente grosería. El gendarme estaba citando como loro encabezados de los periódicos más escandalosos, y con ellos quería entablar un debate académico. Le venía muy bien esa prensa que, a últimas fechas, se dedicaba a escarbar en la basura nacional o a reproducir las desgracias internacionales en busca de sangre, porque la sangre vendía. Además, la perorata comenzaba a tener visos de demencia. Tranquilo, como mi maestro me enseñó que es necesario presentarse frente a los enfermos de neurastenia, le dije:

—Usted está convencido de que es una persona cosmopolita, ¿no es verdad? Informada y bilingüe, ¿no es cierto? Pues déjeme decirle que tanto sus datos como su francés son deplorables —cada vez que pensaba en las lecciones de mi maestro, lograba mayor aplomo—. Todo lo que usted ve como una profética cadena de desastres tiene una respuesta lógica —tomé aire y procedí a explicarle, a pesar de que aquel cuarto se antojaba como el sitio menos indicado, y el asistente como el menos aventajado de los alumnos.

—Todas las desgracias que me ha citado sólo tienen en común que la prensa de los reporters las ha utilizado para atizar el morbo de individuos como usted. La dinamita del Foyot —y enuncié la palabra con cierta lentitud para hacer más sonoro mi acento parisino que tanto trabajo me había costado pulir— se debe al acto cometido por un anarquista. El anarquismo, del que muy poco hemos conocido en este país, es la exageración de las ideas de Kropotkin, Fourier o Bakunin. Y sólo se trata de un movimiento político, en efecto, un tanto desmedido, pero no muy lejano a las ideas del socialismo o el espiritualismo. Cuando los truhanes se apiñan con la radicalidad terminan siendo seres obsesos, dignos de los manicomios más modernos.

Llegado a este punto, para no alarmar la mente del pobre hombre, consideré que no era necesario agregar que México ya comenzaba a albergar pálidas versiones del anarquismo europeo. Brotes en el recién terminado Congreso Liberal de San Luis Potosí, con un par de hermanos, cuyos nombres no recordaba, y que develaban cierta vena anárquica. Proseguí:

—El buque trasatlántico, que no simple barco, llamado Volturno, cuya ruta se establecía entre Róterdam y Nueva York, en efecto colisionó y permaneció en llamas hasta hundirse. La catástrofe ahí no se debe a un obseso, sino a un simple error: los motores de la embarcación se sobrecalentaron. Pero el desliz fue subsanado rápidamente: los pasajeros subieron prestos a las embarcaciones de emergencia y listo. La dinamita del restaurante y el Volturno nada tienen que ver. Es como desear que el Coloso de Rodas hubiera sido construido por manos mapuches.

”El caso de la monomaniática de la calle Rocher —nuevamente pronunciación lenta— fue aislado y más común de lo que parece. Entiendo que le parezca un evento sobresaliente por las condiciones en que se efectuó: una mujer que baña en petróleo a su marido para prenderle fuego después y, en el colmo de la enajenación, cocinar con un sartén sobre el cuerpo en llamas es una anécdota que, sin duda, se queda grabada en la mente de gente impresionable. Sin embargo, especialistas de las enfermedades de la mente como Notzing, Moll o Legrand encontrarían en este brutal caso los componentes necesarios para declararlo un crimen pasional. Un tipo de trasgresión que ha existido desde que el hombre vive en pareja y siente celos.

Para ese momento ya me había acercado al asistente un par de pasos y le puse una mano en el hombro, no sin cierta energía. A pesar de lo dicho, balbuceó:

—Sin embargo… Las coincidencias… El siglo… La ciencia es incapaz…

—Nada, hombre. Nada. Todo siempre tiene una explicación lógica, médica, científica —me detuve unos segundos analizando ahora al hombre con el que compartía la pieza: lo curioso de las mentes como la suya es que sólo son capaces de asociar a partir del morbo. Reparé en que era necesario pensar de manera distinta si deseaba formar parte de este nuevo siglo.

Zanjada la cuestión, revisé con la mirada aquel lugar. Mi trabajo era hacer entendible el acto de salvajismo y crueldad que había sucedido. Ya tenía algunas ideas, pero la primera tarea era hablar con aquella niña, una vez que se encontrara más templada. Sabía que de ahí ya no se podría sacar más información. Antes de irme, cuando ya estaba en el intersticio de la puerta, a modo de lección, no pude reprimir decirle al asistente:

—Llame usted al dibujante. Quiero retratos en distintas perspectivas de este crimen. Usted será el encargado de cerciorarse de que no falle en el trazo, que no yerre en los detalles.

Su espíritu necio se vería obligado a curtirse con el espectáculo que, ahora, vería detallado. Tal vez con eso se vacunaría contra su afición al morbo.

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