Iria y Selene escriben a cuatro manos porque confían la una en la otra. Reescriben, corrigen, aprenden, avanzan. En Guadalajara conversan sobre el oficio, sobre sus recientes libros, sobre cómo la literatura juvenil puede ser crítica y feroz y sobre un tema que late en toda su obra: la libertad.
Guadalajara, Jal, 30 de noviembre (MaremotoM).—Escriben con dos manos que son cuatro, con dos voces que se reconocen en la misma respiración. Iria G. Parente (1993) y Selene M. Pascual (1989) han construido un territorio literario propio, hecho de fantasía, poder, preguntas y heridas que se abren en la página con la misma claridad con la que se cierran.
Hablan sin pausa, se interrumpen con risa breve, se ceden la palabra con naturalidad, como si la narración fuese un espacio compartido desde siempre. Quizá lo es. Quizá su obra sea la prueba más visible de esa confianza mutua que sostiene un trabajo a cuatro manos desde hace más de una década.
Lo primero, dicen, es la historia. Antes del capítulo, antes de la voz, antes del mapa. “Tenemos que saber qué mensaje queremos transmitir, cuál es el objetivo, qué estamos intentando contar”, afirma Selene M. Pascual.

No escriben a ciegas: trazan una ruta, aunque el camino pueda desviarse por el sendero corto o por el pintoresco. La escritura es diálogo y cesión. “A veces tú amas una idea, pero no es lo que la historia necesita y entonces la otra propone algo mejor y lo ves. Lo aceptas.”, afirma Iria G. Parente. El ego, como tantas gestas épicas, queda en segundo plano.
Las miro y no son parecidas, pero sus voces se trenzan con una afinidad nacida del trabajo. “Yo he aprendido de ella la descripción física,” dice una. “Yo de ella, la osadía formal,” responde la otra. Una observa la emoción como pulsación íntima; la otra mira el artificio, la forma que se adapta al ritmo del texto. No importa quién es quién. Las dos se atraviesan y se transforman en la página. Lo que cada una ha sido sola ya no es suficiente: juntas han aprendido a retarse, a probar los límites del estilo, a convertir cada novela en una pregunta nueva.

Hay un punto clave en esta conversación: Rojo y Oro, reeditado y reescrito con la distancia que dan los años. Volver al libro fue un espejo. Ahí estaban ellas, más jóvenes, más ingenuas quizá, creyendo haber dicho lo mejor posible una historia. Ahora volvieron, rehicieron, corrigieron. “Pudimos ser mejores”, dicen, y lo fueron. Tal vez ese sea el núcleo de su oficio: escribir como aprendizaje, revisar como quien se lee el cuerpo después del crecimiento. La literatura es abandono, explican. Uno no termina una novela: la deja ir, pero con Rojo y Oro tuvieron la posibilidad del regreso y la ejercieron como quien desentierra una carta que aún no ha dicho todo.
Hablamos de literatura juvenil y sus prejuicios. El más persistente, dicen, es creer que no tiene política, que no tiene intención. Ellas responden con libros donde la representación LGTB+ es columna vertebral, donde el feminismo no es consigna sino estructura narrativa. “Es una generación que se está preguntando cosas. Que se está definiendo. ¿Por qué no iba a haber profundidad ahí?”, afirma Iria. La literatura juvenil, para Iria y Selene, no infantiliza: interroga. No suaviza: golpea donde duele.
Ese quiebre fue evidente con Sueños de Piedra, su respuesta a las narrativas románticas tóxicas que dominaban el mercado hace años. Ellas escribieron contra eso. Y lo curioso —quizá lo trágico— es que hoy vuelve a ser transgresor. “Estamos viendo los mismos modelos de género que ya habíamos criticado,” dicen. La literatura, como la historia, avanza y retrocede. Ellas escriben para empujarla hacia adelante.
Entonces aparece el poder. Aparece la libertad. Dos palabras que atraviesan su obra con insistencia. Rojo y Oro, El imperio del caos, Time Keeper, El Eco del Destino: mundos distintos, misma pregunta. ¿Qué se hace con la fuerza cuando alguien la ejerce sobre el cuerpo, la identidad, la elección? “Nuestra literatura habla de luchar por tener voz, por existir sin permiso, por huir o enfrentar lo que te quiere dejar al margen.” El amor, dicen, no solo es romántico: es vínculo, familia, lealtad.
La libertad, en cambio, es herida abierta. Sus personajes la buscan, la pierden, la recuperan a un precio que no siempre es justo. Tal vez por eso sus lectores regresan a ellas incluso al cabo de los años. No recuerdan todas las escenas, pero recuerdan el final. Recuerdan la emoción. Recuerdan el golpe.
Antes de despedirnos, les pido una última imagen. ¿Qué diálogo puede abrir Rojo y Oro con El imperio del caos frente al público de la FIL Guadalajara? Poder. Familia. Libertad. Tres fuerzas tensas, tres universos en conflicto. Leer uno después del otro es ver cómo la misma pregunta se repite con respuestas distintas. Cómo un libro escribe la herida y el otro escribe la estructura que la produce. Cómo la literatura puede ser, al mismo tiempo, mito y revolución.
Las retrato con palabras porque en la foto inmediata cabrá solo la sonrisa. Aquí queda lo demás: la historia que aún no terminan, el libro que ya han dejado, el libro que vendrá. La certeza de que siguen escribiendo no porque sea fácil, sino porque mientras lo hagan seguirán aprendiendo. Porque una novela, como ellas mismas, nunca se acaba: solo se abandona para continuar creciendo.











