“Yo la verdad es que siempre he escrito libros sobre mujeres. Yo entiendo mejor a las mujeres. De la mujer siempre se ha hablado de la infidelidad, pero no como alguien que influye sobre la vida de otro, de alguien que incide sobre el destino y el rumbo de una persona. Me interesan las mujeres que estuvieron en el Gulag como unas grandes resistentes, a través de su propia cultura, pudieron superar esa terrible circunstancia”, dice.
Ciudad de México, 21 de noviembre (MaremotoM).- Monika Zgustova tiene un universo literario muy peculiar o muy propio. Narra la vida de esas mujeres “segundonas”, sin las cuales no se hubieran descubierto grandes creadores, como es el caso de Véra Nabokov, a quien ha descrito en la novela Un revólver para salir de noche (Galaxia Gutenberg).
“En el caso de Véra y Vladimir, ella se dedicaba a toda clase de trabajo alrededor de su literatura, de la literatura de Nabokov; era una especie de empresaria que lo llevaba a él como un personaje. Lo creó como si él fuera un muñeco, creo su carácter y lo llevaba a una especie de teatro. Era una mujer muy fuerte y él era su propia vida”, dice Monika en entrevista.
Véra es un ejemplo diáfano de la mujer que, consciente de que comparte su existencia con un hombre extraordinario, decide convertir en su razón de ser el éxito de su marido.

Véra es la primera lectora de los textos de Vladimir, quien los pasa a limpio y los prepara para su edición. Organiza la vida de los Nabokov en el exilio, primero en Berlín, luego en París y finalmente en Estados Unidos, donde convence a su esposo de que pase a escribir en inglés y se centre en las novelas, hasta su regreso a Europa, cuando se establecen en Suiza.
“Yo la verdad es que siempre he escrito libros sobre mujeres. Yo entiendo mejor a las mujeres. De la mujer siempre se ha hablado de la infidelidad, pero no como alguien que influye sobre la vida de otro, de alguien que incide sobre el destino y el rumbo de una persona. Me interesan las mujeres que estuvieron en el Gulag como unas grandes resistentes, a través de su propia cultura, pudieron superar esa terrible circunstancia. Como Gala Dalí, que no era una musa, sino que fue una mujer que se introdujo en la vida de distintos hombres e influyó en su arte. Hay que pensar que Gala conoció a Paul Eluard cuando este tenía 17 años. Era una mujer culta y Gala originó los primeros versos del gran creador. Con Dalí fue distinto, pero a través suyo Dalí pudo prosperar como un hombre muy conocido”, dice Monika.
Svetlana Allilúyeva fue la única hija del dictador soviético. Y su destino pareció reunir las peores catástrofes. Su madre se suicidó cuando Svetlana tenía seis años. A los dieciséis Svetlana se enamoró de un cineasta judío, a quien su padre envió al gulag, Más tarde, en 1963, se enamoró de nuevo, en esta ocasión de un intelectual de izquierdas hindú y cuando él murió, Svetlana quiso llevar sus cenizas a la India. Una vez allí, solicitó asilo político a través de la embajada de Estados Unidos. Al llegar a Nueva York pensaba haber alcanzado por fin la libertad. Pero era el momento más álgido de la Guerra Fría y Svetlana se convirtió en uno de los principales objetivos para los servicios secretos estadounidenses y soviéticos. Esa es la sinopsis de otro libro de Monika Zgustova, Las rosas de Stalin (Galaxia Gutenberg).
Aunque nacida en Praga, Monika Zgustova reside desde los años ochenta en España. Traductora, escritora y periodista, tiene en su haber sesenta traducciones del checo y del ruso, de Bohumil Hrabal, Jaroslav Hasek, Václav Havel, Milan Kundera, Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva, entre otros, por lo que ha recibido el premio Ciudad de Barcelona y el premio Ángel Crespo. Es la autora de seis novelas entre las que destaca La mujer silenciosa, aclamada entre las cinco mejores novelas de 2005, Jardín de invierno, muy elogiada por la crítica y La noche de Valia, Premio Amat-Piniella 2014 a la mejor novela del año. Su obra se ha traducido a nueve idiomas, entre ellos inglés y alemán, con cuatro de sus novelas publicadas en estados Unidos. Ha estrenado dos obras de teatro.

También en México, ha presentado además de Un revólver para salir de noche, Nos veíamos mejor en la oscuridad, donde una madre y una hija no se relacionan desde hace varias décadas. Tuvieron que huir del totalitarismo con el resto de su familia. Desde entonces, su relación ha estado marcada por todo aquello que el exilio rompió para siempre. Con el paso de los años, ambas han rehecho su vida, aunque en continentes distintos, siempre prisioneras de no ser de ningún lugar. Y la distancia, el escaso tiempo compartido y las distintas realidades en que viven han ido debilitando los vínculos entre ellas.
“Me interesaron siempre esas mujeres cuyas circunstancias fueron difíciles y que al final a través de la dificultad se forjan las heridas. Estoy comparando mi propia vida con estas mujeres. A veces hay coincidencia, por ejemplo en Las rosas de Stalin, que salimos del régimen. Nos fuimos a través de la India para los Estados Unidos. En el fondo uno mismo como escritora compara sus propias vivencias con la vida de sus personajes”, afirma.

Adscripta a Occidente, piensa que ahora hay motivos para una nueva Guerra Fría, teniendo en cuenta que Vladimir Putin fue “empleado de la KGB”.
“Lo que hay ahora en Rusia está muy relacionado a lo que estaba antes. De esto no puede salir una repetición de lo anterior. Lo vemos en la guerra contra Ucrania, siempre es la ley del más fuerte. La democracia cuando funciona tenemos que dar las gracias y cultivarla, no es algo obvio que vaya a estar siempre”, agrega.
Cree en la democracia de Joe Biden en los Estados Unidos y admite que la mayor parte de los países de la Unión Europea tienen democracia.
“Los libros me sirven para aclararme cosas a mí misma”, dice y a propósito de la novela Nos veíamos mejor en la oscuridad cree que es el más personal de todos. “Milena es un alter ego mío. La relación que mantuve con mi madre está también en la novela. Necesitaba aclararme cuál fue mi relación con ella, que no fue nada fácil. También se trataba cómo era la relación dentro del país totalitario, donde la gente vive en el exilio interior”, afirma.
“Al mismo tiempo, el totalitarismo produce rendijas en la relación”, agrega.
Habla de lo superficial que son las llamadas telefónicas cuando las personas no están juntas. “Es una fuente de malos entendidos”, dice.











