Junto con los murales de Chapingo, donde Diego Rivera la retrató desnuda y los de la SEP de República de Brasil, donde la pintó con Julio Antonio Mella y con el famoso “hombre tapado”, como describió la revista Letras Libres y ahora el periódico Reforma el “hombre misterioso”, a Vittorio Vidali y salvo un pequeño monumento en Azcapotzalco, esta placa será uno de los pocos elementos tangibles y duraderos que atestigüen el paso paso de Tina por México.
Ciudad de México, 12 de diciembre (MaremotoM).- Escribió Octavio Paz que la arquitectura es el testigo insobornable de la historia y esta casa, (Veracruz 42, Col. Condesa CDMX) como todas las casas que perduran en el tiempo guarda en sus muros la esencia de quienes la habitaron, entre los cuales Tina Modotti y Edward Weston.
También guarda en sus entrañas una parte de la historia del México moderno, pues aquí se revelaron muchas de las fotos de ese México retratado por Tina de modos tan amplios y diversos –desde los murales representativos de un país revolucionario, hasta su oda a la raza indígena en fotos como la de “El pequeño agrarista”, pasando por experimentos puramente estéticos hasta llegar a su fotografía política: la de denuncia.
Esta es la única casa, de todas las que ocupó Tina en sus dos estancias mexicanas, la primera desde el 1922 al 1929 y la segunda del 1939 a su muerte en 1942, que se mantiene de pie. Cada una de estas demoras compartían una característica: tenían azoteas –la de Doctor Balmis 127, la última que ocupó antes de morir, era propiamente una azotea– desde las cuales se podían ver los volcanes. Don Goyo y la Mujer Dormida debieron de recordarle a Tina le Alpi Giulie que rodean Udine y que tanto nos gustan a los friulanos.
Junto con los murales de Chapingo, donde Diego Rivera la retrató desnuda y los de la SEP de República de Brasil, donde la pintó con Julio Antonio Mella y con el famoso “hombre tapado”, como describió la revista Letras Libres y ahora el periódico Reforma el “hombre misterioso”, a Vittorio Vidali y salvo un pequeño monumento en Azcapotzalco, esta placa será uno de los pocos elementos tangibles y duraderos que atestigüen el paso paso de Tina por México.

Como arquitecta y escritora, como italo-mexicana, como admiradora del arte de Tina y de su compromiso social, pero también como mujer y autora de Fuego que no muere –la reciente novela escrita sobre ella– agradezco al Embajador, Luigi De Chiara, por su compromiso con el aniversario de la llegada a México de esta italiana que es, sin duda, como él siempre la describe: “patrimonio nacional mexicano”.
Agradezco también al propietario de la casa, Andrés Siegel, no sólo por haber permitido colocar esta placa, si no por haber tomado consciencia temprana del compromiso que significaba poseer estos muros, pues ya en 1996 festejó el aniversario del nacimiento de Tina colocando uno de los más famosos y sugerentes desnudos en la azotea, como lo podemos ver en la foto de la invitación a este evento.
Por mi parte estoy contenta de que mi necedad haya fructificado y que, con la cooperación de todos, se haya conseguido que a partir de hoy, todo transeúnte, todo interesado o estudioso del tema, así como las generaciones que vienen, tenga la posibilidad de enterarse donde fue que esta extraordinaria mujer vivió.

Quisiera leerles la referencia a esta casa que hago en el libro:
Al recibir la luz del día en los ojos, Tina se habría deslumbrado. Algo mareada, habría bajado las escaleras desde la azotea donde se encontraba el cuarto oscuro y habría llegado al vestíbulo de entrada de la casa de formas caprichosas, las de un barco, que en ese momento habitaban. Allí habría encontrado, desafiante en la mesita del vestíbulo, la enésima carta dirigida a Edward con la caligrafía puntiaguda de Flora, su esposa, quien a menudo les mandaba dinero y también discretas insinuaciones sobre la necesidad de que sus hijos vieran a su padre.
A Tina le habría dolido, una vez más, no poder tener con su pareja un vínculo de naturaleza incondicional y profunda, como el que se tiene con un hijo o con quien se ha procreado uno. Por meses, tal vez años, habría tratado de resignarse a ese hecho, intentando basar su relación en otras afinidades, pero los tiempos cuando todo era diversión, complicidad y deseo ha- bían terminado y algo más los separaba ahora.
Frente a esa imagen habría logrado comprenderlo: la visión puramente estética y hasta folclórica del México de Edward ya no coincidía con la suya; más bien, nunca había coincidido, aunque apenas se diera cuenta de ello. En una misma toma, Tina veía el desorden y la vida, mientras que él convertía su intención formal en obsesión, encontrando solamente «el arte» y su propia vida, cada vez más individualista y cada vez más mo- lesto con los intereses de ella en el rubro político.
No, Edward ya no entendía a su pareja y no le parecía que el tipo de activismo que ella realizaba pudiera congeniar con el trabajo de un artista. Por su parte, Tina, antifascista convencida, comenzaría a hacer no solo fotos de denuncia, sino una franca campaña en contra de Mussolini, de quien se sentía víc- tima, y de todo lo que este representaba. Para combatirlo, e intentar construir un nuevo orden, traducía artículos en su contra por cuenta del periódico El Machete, y había reunido al puñado de italianos residentes en el país en la Liga Antifascista de México, además de haberse adherido a la Liga Antimperialista de las Américas y de haberse inscrito al Socorro Rojo Internacional, la Cruz Roja comunista, cuyo cometido era el de ayudar a las víctimas de la injusticia social en todo el mundo. Actitud y labor que, a la postre, los llevaría a la separación definitiva, sucedida un frío día de finales de noviembre en el que Tina habría llevado a Edward y a su hijo Brett, el segundo de sus vástagos que había traído a México, a la estación de tren.
Más allá de la convicción de que su amor había caducado, las lágrimas de la italiana surcarían su rostro al dejarlos en el andén, pero solo al volver a la soledad de la casa donde habían vivido juntos, y solamente después de leer el «Canto lxxxi» de la antología titulada Poesía moderna americana e inglesa, podría expresar lo que había sentido al verlo irse. Primero lo habría leído en voz alta:
Lo que sabes amar se queda,
el resto es escoria
Lo que sabes amar no te será arrancado
Lo que sabes amar es tu verdadera herencia
Luego habría tomado pluma y papel y habría escrito:
Quiero escribirte largamente, Edward, —pero no ahora— no logro hacerlo ahora. Conoces aquella poesía de Ezra Pound en la página 172. Tú eres eso para mí, Edward. No importa qué signifiquen los otros, para mí tú eres ese. Estabas acon- gojado y perdiste la fe en mí, pero yo nunca lo hice porque respeto las múltiples posibilidades que viven en cada uno de nosotros y porque acepto el trágico conflicto entre la vida que cambia continuamente y la forma que se fija inmutable…
Cuando terminara esa carta, sabría que habría llegado la hora de mudarse de allí y sabría que nunca más volvería a ver a Edward Weston, aunque ese no sería el último punto que le escribiera. También sabría que nunca volvería a ser la Tina que él había amado.
Después de ver la foto de los sombrerudos e imaginar todo lo que había detrás de ella, tampoco yo podría ser el de antes. Mientras Suzi me lamía la mano y yo decidía resolver mi pro- pio conflicto entre vida y arte, sentí a Tina más presente que nunca. Estaba allí conmigo, en espíritu e inspiración.”
Que Tina quede siempre con nosotros en espíritu e inspiración.











