EDUARDO MENDOZA: SOY UN IGNORANTE, UN ANALFABETO Y JAMÁS ESCRIBIRÉ MIS MEMORIAS

En una sala privada de la FIL, Eduardo Mendoza entra con discreción, con una sonrisa leve que parece conocer de antemano todas las escenas que vamos a protagonizar. Antes de comenzar, dice que la emoción de entrevistarlo “se va a ir a los cinco minutos”. Al terminar la charla, cuando le digo que la emoción no se fue, levanta los hombros y sonríe. Ese gesto —esa sonrisa breve que aparece cada tanto para desactivar solemnidades— es quizá su mejor definición posible.

Guadalajara, Jal, 3 de diciembre (MaremotoM).- Acaba de recibir el Premio Carlos Fuentes y guarda la medalla en una caja fuerte; un detalle que, fuera de grabadora, desliza con un dejo irónico. Silvia Lemus le advirtió que la pieza es de catorce onzas de oro. Habla del asunto con una modestia vieja, como quien sabe que los homenajes, los protocolos y las fotografías oficiales no alteran nada esencial en su oficio.

“El Princesa de Asturias fue estupendo”, dice. “Es el único premio literario internacional con glamour. Están las princesas, la reina, el rey… y entonces la ciudad cambia. Oviedo es pequeña, elegante, donde nunca pasa nada, hasta ese día. Todo el mundo está en la calle, hay gaitas, música, alegría.” Lo dice con naturalidad, como quien describe un paisaje doméstico. España está siempre en un momento complicado, añade sin dramatismo; “en España no ha habido nunca un momento que no lo fuera”.

Eduardo Mendoza
Editó Planeta. Foto: Cortesía

Mendoza vuelve con Tres enigmas para la organización, su novela reciente, donde retoma el tono lúdico, detectivesco y satírico que lo ha acompañado durante décadas. Esta vez cambia el eje: ya no hay un detective solitario, sino un equipo. “El detective individual era una persona muy inteligente, ahora siempre es un grupo”, apunta. De inmediato aparece la risa: “Siempre hay una mujer, un hombre, un blanco, un negro, lo que se lleva ahora. Quise hacer una parodia de esa corrección política”.

Dice que la novela nació de una broma seria. No pretende denunciar nada, asegura. “No tengo nada que contar. No entiendo nada de lo que está pasando. Soy un ignorante y un analfabeto.” Lo que hace es construir personajes “tan desorientados como yo” y dejarlos funcionar. Cuando un amigo le dijo que sus libros eran un divertimento, pensó en Chaplin: “De aquella época solo quedan las películas humorísticas; lo demás no sobrevivió. Lo importante es ser espontáneo, sincero, no hacer trampa”.

Eduardo Mendoza
Vino por poco tiempo. Foto: Cortesía

Su humor está aliado a la memoria. Mendoza afirma que detrás de sus novelas siempre hay una melancolía: la sensación de que escribir es un intento por atrapar lo que se va —el tiempo, las personas, los países. Después del Princesa de Asturias sintió algo extraño: “Como si me hubiera convertido en monumento nacional. Un gran honor, pero también un signo de fosilización. Soy el último que puede contar aquellas escenas con Gabo, con Vargas Llosa, con Cabrera Infante…”

No hay nostalgia en su voz. No relee sus libros. No piensa en sus memorias. No escribirá sobre sí mismo. La literatura del yo no le interesa. “La literatura no debe intervenir en la vida privada”, dice con convicción. Prefiere el extranjero, el margen, la distancia. “Siempre me gustó ser extranjero. Es la condición perfecta. Vivo entre dos ciudades, Londres y Barcelona; cuando me canso de una, compro un billete de ida. Nunca un billete de ida y vuelta.”

El humor, insiste, no es método, es ADN. Viene de la familia, de las tiras cómicas españolas y argentinas que leía de niño. Habla de Billiken y Anteojito con un entusiasmo que levanta la entrevista del suelo. “Eran cuentos que me daban tanta felicidad”, recuerda. Y en esa evocación aparece un hilo: la infancia como territorio resistente contra cualquier solemnidad.

No cree en la crítica social como función de la novela. “¿Qué vamos a denunciar? ¿Que hay políticos corruptos? ¿Quién no lo sabe ya? La denuncia es tarea del periodismo.” En sus libros, la mirada lúcida suele venir del margen, de los personajes que están fuera del centro. “El marginado es el que ve desde fuera la sociedad, el que no está condicionado por sus vínculos. Es el extranjero otra vez.”

Antes de irse, habla de lo que está leyendo. Siempre cinco libros a la vez: una novela policial en la mesa de noche, un ensayo, un libro de historia. Ahora lee Ni una, ni grande, ni libre, estudio sobre el franquismo. “Se cumplen cincuenta años de la muerte de Franco y este libro es muy oportuno. Pensábamos que Franco tenía la culpa de todo, y que muerto Franco se acabó. No. Franco era una pieza de una maquinaria que todavía sigue funcionando.”

La entrevista termina. Me dice que la emoción se iría, pero no se va. Él levanta los hombros y sonríe. No hay pose. Afuera, la FIL sigue su ruido interminable. Adentro, Eduardo Mendoza habla de sí mismo como si hablara de un extraño: familiar, cercano y al mismo tiempo siempre extranjero. Siempre mirando desde lejos, con humor y con una melancolía que se oculta en la risa.