Dionisio sin maletas

DIONISIO SIN MALETAS | El susurro de Raúl H. Lugo

Mientras llenaba la hoja número 12 del formulario, el hombre decidió cejar en el intento y se encaminó a casa. Al día siguiente el diario local daba cuenta del incendio en el Teatro de la Ciudad en el que sólo hubo intoxicados, gritos, sustos y uno que otro actor que por fin pudo expresar emoción alguna.

Ciudad de México, 26 de abril (MaremotoM).- Sucedió que mientras el hombre esperaba el inicio de la obra de teatro advirtió que tras bambalinas nacía un incendio. ¡Fuego, fuego!, gritó. Los más de los espectadores pensaron que la voz de advertencia era parte de la puesta en escena que estaba por iniciar, así que sólo esbozaron una leve sorpresa mientras su atención volvía a otro lugar. Algunos, los más, simplemente ignoraron el llamado.

El hombre, frustrado, decidió salir de la sala de teatro a toda prisa y acudir a la estación de bomberos más cercana para dar aviso del siniestro. Allí se topó con que, antes de acudir al auxilio, la oficina de los apaga fuegos requería que fueran llenados sendos formularios en los que el ciudadano quejoso externara lugar, hora, fecha, condiciones, número de participantes, temática de la obra, autor, elenco, argumento teatral y número de escenas para que el cuerpo de bomberos se presentara con suficientes datos al incendio.

Mientras llenaba la hoja número 12 del formulario, el hombre decidió cejar en el intento y se encaminó a casa. Al día siguiente el diario local daba cuenta del incendio en el Teatro de la Ciudad en el que sólo hubo intoxicados, gritos, sustos y uno que otro actor que por fin pudo expresar emoción alguna.

Recordé a el hombre mientras pienso en mi amigo Raúl H. Lugo, quien no deja de advertirnos, previo al incendio, de los efectos catastróficos al tratar a la tierra con esa mirada extractivista y explotadora con la que nos conducimos hasta hoy. “Esto está de la chingada, Hermano. Si vamos como vamos no iremos a ningún lado”, me dice mientras los hielos tintinean en un viejo vaso que ha escuchado ya demasiadas pláticas.

El calor sofocante de estos días, la falta de agua, las temporadas de lluvias que llegan a destiempo –si es que llegan–, las tierras secas y en camino a la infertilidad, la escasez de alimento, las migraciones sin rumbo no son más que las señales que Raúl H. Lugo, espectador de esta obra de teatro que llamamos Vida, no se cansa de advertir como el principio del fin. ¡Fuego, fuego! nos grita y escribe mientras volteamos a otro lugar.

¿Y quién es Raúl H. Lugo para prevenirnos de la catástrofe en puerta? Le cuento: Raúl tiene el don de escuchar a la Naturaleza.

Dionisio sin maletas
Raúl tiene el don de escuchar a la Naturaleza. Foto: Alejandro Cárdenas / Cortesía

Siempre se levanta temprano, a veces antes de que los gallos empiecen a afinar su voz. Las más de las veces Raúl está en Maní, un pueblo perdido entre lo que algún día fue el territorio del linaje maya Xiú y que hoy sigue inmerso en otros tiempos. Allí, en Maní, el tiempo pasa distinto a acá, donde nosotros estamos. No en balde el nombre del villorrio significa, en lengua maya, “Lugar donde todo pasó”. No es afán del azar que Rául camine esos surcos. No es casualidad, sino causalidad, que junto a otras mujeres y otros hombres valientes hayan fundado la Escuela de Agricultura Ecológca U Yits Ka’an, hace ya 25 años,  desde donde todo se puede ver y escuchar.

Y es que en este pequeño gran laboratorio de vida llamado U Yits Ka’an, “Rocío que cae del cielo”, Raúl atestigua el inicio del fuego tras bambalinas. Las abejas meliponas, beecheii sagradas para los mayas, avisan la veleidad cada día, cambiando sus rutas y muriendo donde antes encontraban vida.

Raúl sabe escuchar a las meliponas. Fue él, junto a un grupo de otros aún más soñadores que él, quienes salvaron del olvido la apicultura en la Península de Yucatán. ¿Y sabe qué? Nadie les pone una placa, nadie les dice gracias por el rescate, ningún político los ensalza porque Raúl y su gente no lo requieren y saben que las grandes revoluciones empiezan en pequeño. En tiempos en que se transmite en vivo vía Tik Tok el momento en que los hombres no quieren ser útiles sino luminarias que reciben miles de likes, Raúl y su gente han hecho tanto y lo han presumido tan poco que uno no puede más que sentirse que está frente a gente de verdad, gente que sabe escuchar el lamento de la tierra.

Maní, Yucatán
Maní, Yucatán. Foto: Cortesía

Raúl me cuenta una historia que cuentan los más viejos del pueblo: Dice la leyenda del cenote que está al lado del gran ceibo que llegará el día en que ya no haya agua en ningún lugar del planeta, por lo que todos acudirán a Maní en búsqueda del vital líquido. Habrá grandes e interminables filas porque se sabe que en ese cenote aparecerá una viejita guardiana que ofrecerá unas gotitas de agua en una cáscara de cocoyol, donde uno podrá remojar los labios para saciar la sed.

Esa es una señal, vaticina Raúl, antes de levantarse de su silla, voltear a verme y esbozar con una sonrisa socarrona: “Aún hay tiempo de salvar toda esta chingadera, no te preocupes, Hermano, lo solucionamos la próxima semana que ahora ya debo irme, tengo cita en el teatro en un par de horas”.

Lo veo caminar a lo lejos y me pregunto si la obra de teatro a la que va tendrá los mismos espectadores de siempre o por fin acudirá a una en la que todos seamos partícipes.

One Comment

  1. Maravilloso, gracias