Acaba de publicar en Random House Una falsa diarista, una novela híbrida que se mueve entre el diario íntimo, el ensayo, la autoficción y la investigación sobre escritoras que dejaron su vida entera en cuadernos personales.
Ciudad de México, 13 de noviembre (MaremotoM).- La pantalla se acomoda, la imagen se enfoca y del otro lado aparece la sonrisa de Silvia Aguilar Zéleny. Vive en El Paso, Texas, en esa frontera donde, dice, aprendió a escribir “pegada al muro, con un pie en cada lado”.
Acaba de publicar en Random House Una falsa diarista, una novela híbrida que se mueve entre el diario íntimo, el ensayo, la autoficción y la investigación sobre escritoras que dejaron su vida entera en cuadernos personales.
Mientras muchas personas bordaban y aprendían a hacer pan en la pandemia, Silvia se sentó a escribir.
“Tenía un personaje desbalagado, que no funcionaba, rondándome desde hacía tiempo. Lo dejé a un lado y empecé a leer diarios de escritoras. Tengo mi propia colección, de esos que una compra para ‘ahora sí leer con calma’. Abrí el de Alejandra Pizarnik, lo pasé mal, luego tomé el de Susan Sontag, me dio vergüenza ver lo que escribía a los 16 años, después me sorprendió cuando de pronto hablaba de amor. Ahí entendí que el diario es donde se pone todo. Lo que comemos, lo que pensamos, lo que leemos, lo que nos atraviesa. Entonces ese personaje se encontró con el diario y la novela empezó a tomar forma”, afirma la escritora.

La protagonista de Una falsa diarista es una mujer que escribe, lee y subraya. Le hereda a Silvia una manía amorosa: marcar los libros con lápiz, apropiarse de la frase ajena, volverla propia. En el proceso se cruza con los diarios de Alejandra Pizarnik, Susan Sontag y una constelación de autoras latinoamericanas menos visibles, editadas en sellos pequeños, difíciles de conseguir.
“Me di cuenta de que los diarios son también poéticas”, cuenta. “Son instrucciones para leer, para observar el mundo, para acercarse a otras autoras. El libro se volvió una lectura de la lectura, una investigación. Es una falsa novela, en el sentido de que hay una parte mía, claro, pero también hay un trabajo de ensayo, de pedagogía. Por eso están las referencias al final, es una invitación a que cada quien haga su propio ejercicio de investigar”.
En el libro, la narradora asiste a terapia, conversa con amigas por chat, hace listas de diaristas, relee sus cuadernos de infancia, se enfrenta a la vergüenza de sus propios 16 años. Lo que parecía un diario lineal se transforma en un artefacto fragmentario donde coexisten tablitas, corchetes, citas y silencios. Silvia ríe cuando recuerda el momento en que le mostró a su editora una de esas páginas llenas de marcas.

“Yo ya no quiero hacer otro libro sin Eloísa Nava, mi editora”, dice. “Desde que empecé a contarle qué quería hacer, que iba a necesitar que estuvieran las referencias, el guiado, esas tablitas, los corchetes, ella decía: sí, va, lo hacemos. Cuando le mandé la página de los corchetes pensé: aquí me va a decir que me calme. Y me respondió: es lo que necesita poner ella, cómo no va a estar eso. Se entendió que el libro tenía que reflejar las distintas capas de la narradora: lectora, mujer, escritora. Si es un diario, tiene que admitir las sesiones de terapia, las conversaciones en línea, el cuaderno de apuntes. Lo bello fue sentir que alguien aceptaba todo eso como parte del libro”.

Un diario falso
El título Una falsa diarista no es un truco de marketing. Silvia sabe que su protagonista miente, se miente, omite. Es más honesta en el diario de niña que en el que escribe de adulta. Esa tensión atraviesa la novela.
“Desde el principio están las pistas”, explica. “Ella se enamora del encanto de un gran escritor, de sus versos, de su lugar en el campo literario. Lo que pasó en el MeToo me golpeó muy fuerte. Me espantó pensar en depredadores en talleres para niñas y adolescentes, en hombres que abusan de su lugar de poder. Una parte de la novela está ahí por eso. No quise explicarlo demasiado, solo dejarlo en la última página. La narradora no solo es engañada por él, se está engañando ella. El diario también registra esa mentira, esa sospecha que crece”.
Hay un guiño, inevitable, a cierto mito del escritor intocable. La entrevistadora menciona a Pablo Neruda, ese tótem al que muchas generaciones se acercaron sin cuestionar, a pesar de los datos biográficos incómodos.
“Crecimos en un sistema donde no se podía tocar a esas figuras”, dice. “Ahora empezamos a leer con otros ojos. El diario sirve para eso: para ver lo que se repite, lo que se oculta, lo que elegimos no escribir”, afirma Sylvia.
En la conversación aparece otra idea: el enamoramiento de la literatura. No del autor como figura, sino de la escritura, de la manera en que un texto puede seducir, interpelar, trastocar. Silvia descubre en los diarios de Susan Sontag esa sensualidad.

“Leer a Sontag es ver el entusiasmo puro”, dice. “Va a una conferencia de Anaïs Nin y vuelve a casa exaltada, maravillada. Cada diarista me llevaba a un camino distinto. Pizarnik me acompañó desde la tristeza, con ese final que una ya conoce; Sontag desde el deseo, la curiosidad. Hay una evolución del gusto en el libro, la narradora crece con sus lecturas y con su propia escritura. Me gusta pensar eso: si llego a los 90 voy a seguir cambiando de gusto, sigo aprendiendo, sigo transformándome”.
En el fondo, Una falsa diarista celebra una relación carnal con los libros. Se subraya, se dialoga, se pelea. La novela propone que la crítica también puede ser un gesto amoroso, una forma de acompañar, de discutir, de no dar por sentado el canon que prefiere la nostalgia y la sensualidad domesticada de ciertas autoras “de postal”.
Silvia vive en El Paso y cruza a Ciudad Juárez. Antes vivió la frontera Tijuana–San Diego, bajo la influencia del laboratorio de Escritura Fronteriza de Cristina Rivera Garza. La experiencia de un muro no es igual que la del otro.
“Cuando cruzas de Tijuana a San Diego te subes al carro y es entrar a la competencia, al ‘a ver quién se mete primero’, a la rudeza”, dice. “En Juárez la gente es de una dulzura impresionante. Cualquier desconocido es amable contigo, si te falta un peso te lo presta. Me cuesta pensar en irme, aunque soy de Hermosillo y amo Hermosillo. Aquí tengo a mis estudiantes de primera generación, cuyos abuelos fueron quienes cruzaron. Siento que este es el hogar”.
La describe como una ciudad que “a la fuerza la volvieron ciudad”. Un lugar de ternura radical, capaz de acompañar tragedias colectivas: la balacera en Walmart, las urnas con restos mezclados con cemento, las marchas en las dos orillas. Recuerda cómo, frente al funeral de un hombre viudo y sin familia, la funeraria se llenó de personas desconocidas “para que no se quedara solo”.
Hay también la otra cara: la violencia estructural de Texas, el estado de las armas, del racismo, de la base militar, de las tasas altísimas de violencia doméstica. “Se habla del crimen organizado en Juárez, casi nunca de esto”, apunta. “En esta segunda presidencia, la sensación de miedo crece. Salimos de casa revisando que llevamos identificación. Cuando nos preguntamos ‘¿cómo estás?’ hay otra pregunta debajo”.
En medio de esa tensión, la frontera le dio a Silvia una lengua propia. Rechaza llamar “Spanglish” a lo que habla. Prefiere describirlo así: “Es el español que hablo en Estados Unidos, el inglés que hablo siendo mexicana”.
“Lo que hago es fronterizo”, afirma. “No intento imitar el inglés del canon estadounidense. Lo escribo desde la mexicana que soy. Tampoco estoy leyendo necesariamente el canon gringo, me interesan las editoriales independientes, las autoras jóvenes que se atreven a hacer cosas raras en la página. Mis lecturas vienen de los dos lados, por eso mis libros también. Si tuviera que describirme, estaría sentada en el muro, columpiándome”.

Una falsa diarista se inscribe en una tradición de literatura escrita por mujeres que se leen a sí mismas, que revisan sus diarios, que ponen el cuerpo y la vida como materia de escritura. Silvia reconoce que siempre estuvo ahí, entre escritoras, talleres, debates sobre género, pero el movimiento Me Too funcionó como un golpe de realidad y un punto de no retorno.
“El Me Too me dio durísimo”, confiesa. “A partir de ahí empecé a pensar en mis talleres, en la responsabilidad de estar frente a adolescentes, niñas, jóvenes. Saber que había instructores abusando de su lugar de poder me heló la sangre. El libro toca eso de forma lateral, pero está. No podía no estar”.
El resultado es una novela que se resiste a los moldes con los que se suele enmarcar la “literatura femenina”. No hay recetas de cocina, ni nostalgia de época, ni sensualidad domesticada. Hay una mujer que lee, miente, recuerda, se equivoca, se analiza, se enfrenta a la mitología del escritor genial y a la tentación de hacer de su propio dolor un personaje más.
En la pantalla, Silvia dice que le gustaría que el gesto de abrir una parte del muro para que las familias separadas se abracen, ese espectáculo que ocurre una vez al año en El Paso, durara más que un día, más que una pieza de arte.
Tal vez Una falsa diarista sea eso: un intento de mantener abierta esa grieta, de hacer de la página un lugar donde dos orillas se encuentran, donde una mujer puede mirarse con vergüenza, con curiosidad, con cariño, sin necesidad de fingir que su diario dice toda la verdad.











