Daniel Day Lewis

DANIEL DAY LEWIS, EL REGRESO DEL ACTOR IMPOSIBLE

El anuncio se recibió con una mezcla de asombro, emoción y —por qué no— incredulidad. ¿Realmente volvería Daniel Day-Lewis, el actor de Mi pie izquierdo, Petróleo sangriento y Lincoln, ese perfeccionista que abandonó la actuación diciendo que ya no encontraba en ella sentido, motivación ni misterio?

Ciudad de México, 7 de agosto (MaremotoM).- Después de años de silencio, cuando muchos pensaban que lo suyo había sido un adiós definitivo, Daniel Day-Lewis vuelve al cine. No lo hace de la mano de Paul Thomas Anderson, ni de Martin Scorsese, ni de Steven Spielberg. Esta vez, el actor de los silencios y las transformaciones radicales ha decidido ponerse frente a la cámara dirigido por su propio hijo, Ronan Day Lewis. Y el mundo del cine se sacude.

El anuncio se recibió con una mezcla de asombro, emoción y —por qué no— incredulidad. ¿Realmente volvería Daniel Day-Lewis, el actor de Mi pie izquierdo, Petróleo sangriento y Lincoln, ese perfeccionista que abandonó la actuación diciendo que ya no encontraba en ella sentido, motivación ni misterio?

La respuesta es sí. El rodaje ya está en marcha y según fuentes cercanas a la producción, Day-Lewis no ha perdido ni un gramo de su intensidad actoral. Al contrario: “Está más enfocado que nunca”, asegura un miembro del equipo. “No actúa, encarna. Está ahí, frente a la cámara y uno se olvida de que alguna vez estuvo ausente”.

Una carrera esculpida en mármol

Daniel Day-Lewis no es un actor más. Es, para muchos, el mejor actor vivo. Y no por su fama, ni por los premios —tres premios Oscar como Mejor Actor, récord absoluto—, sino por su compromiso extremo con cada papel. “No interpreta personajes, los habita”, decía Paul Thomas Anderson.

Para su papel en Mi pie izquierdo (1989), donde encarnaba al artista Christy Brown, Day-Lewis pasó meses en una silla de ruedas, comiendo y escribiendo únicamente con el pie izquierdo. En Petróleo sangriento (2007), se convirtió en Daniel Plainview con una intensidad casi terrorífica. Y para Lincoln (2012), Spielberg reveló que incluso fuera de cámara hablaba como el presidente estadounidense.

La excelencia actoral de Day-Lewis radica en su capacidad de desaparición. Lo que hace parece simple porque es absoluto. Su método, si es que puede llamarse así, es una mezcla de obsesión, sensibilidad, trabajo físico y convicción emocional.

A diferencia de las grandes superproducciones, este proyecto será contenido, casi artesanal. “Mi padre decidió volver por la historia, no por el cine. Por una necesidad emocional, no por el espectáculo”, dijo Ronan en una entrevista reciente con Variety. “No le pedí que actuara. Le conté la idea y a los pocos días me llamó para decirme: ‘Si alguien tiene que contar esto, quiero que seas tú’”.

En una industria cada vez más veloz, donde los actores van de una franquicia a otra sin respiro, Daniel Day-Lewis representa lo opuesto: la pausa, la entrega, la verdad emocional. Su regreso no es solo una noticia cinematográfica, sino un recordatorio de que la actuación —cuando es arte— puede transformar la pantalla en algo sagrado.

El crítico neoyorquino A.O. Scott lo dijo con claridad tras el estreno de Lincoln: “Day-Lewis no interpreta a Lincoln: nos hace creer, por dos horas, que Lincoln realmente está entre nosotros”. Esa capacidad de resucitar almas, de encarnar cuerpos ajenos con una honestidad abrasiva, es lo que lo vuelve único.

Es difícil saber si este regreso será definitivo. Quienes conocen a Daniel dicen que sigue siendo esquivo, reflexivo, celoso de su privacidad. Tal vez esta película sea su última declaración, un acto de amor hacia su hijo y hacia lo que la actuación alguna vez significó para él. Tal vez no.

Lo único seguro es que el cine necesitaba que volviera. En tiempos de efectos y excesos, Day-Lewis nos recuerda que el alma, el cuerpo y la mirada de un actor pueden ser más poderosos que cualquier pantalla verde.

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